Sobre poeta y poesía

Por Juan Liscano

 

I

Siento y pienso el oficio de poeta y la poesía como experiencia interior de ser y del ser, exteriorizada en la artesanía de la escri­tura. Se trata de una acción vital, afirmativa y trascendente; de un modo de existir y de un norte. Implica una actitud, un estado de alma y de conciencia que subyace en el poeta y lo sostiene, como cimiento de edificio. Esa actitud y estado anímico nada tiene en común con los valores y objetivos inmediatos de la civilización actual de consumo; ni con las normas, ayer, de comportamiento y estímulo burgueses; ni con la tradicional ambición

de poder político y económico. El sentir y sobre todo el pensar poéticos escapan por entero de los análisis estadísticos del consumo litera­rio y a la gran manipulación de la compra y venta. De modo que un poeta del sentir y de la escritura queda situado, en nuestra época, al margen de las actividades principales: ejercicio del poder eco­nómico o político, inmensa manipulación del tecnólogo, metas del dominio cósmico material de la tecnociencia.

Los éxitos en poesía son casi siempre póstumos. Cuando son inmediatos es porque se insertaron, sea en una circunstancia polí­tica; sea porque los reveló algún premio como el Nobel, sacando al creador de su anonimia; sea porque la moda momentánea convirtió al poeta en noticia. Conviene señalar que la poesía, como lenguaje e inspiración, tiene escala y que cierta facilidad de comu­nicación en detrimento de la calidad y del contenido, puede convertirla en producto adecuado al consumo de masa industrial. Así esas ráfagas de poesía que alientan de pronto en la letra de las canciones populares. Así la poesía escrita que aspira a la comunica­bilidad de la canción popular.

II

La poesía se compone de la esencia y de la forma que la con­tiene. El trabajo formal tiende a lo artesanal, la esencia (alma, espí­ritu) inspira lo formal y procede del misterio del ser. La poesía pierde esencia cuando predomina en ella la operación reiterativa artesanal. Se escriben poemas desde la forma y desde el alma. La simbiosis produce la gran poesía y el gran poeta. La esencia es la emanación de la entera condición humana, en lo físico y en lo metafísico.

III

Siento la poesía no enteramente como hecho artístico puro, crea­ción de un objeto artificial, autosatisfacción expresional, hechura lograda. En la creación del poema, objeto, hechura, arte, expre­sión, se abren vías hacia un conocimiento metaliterario y meta-artístico que implican al ser y ofrecen momentos irradiantes de imponderable realización del alma y de la artesanía escritural. Esto reza con el arte, en general. Pero siendo la poesía el arte menos aceptado, el arte marginal y minoritario por excelencia, inciden menos sobre ellas las exigencias mercantiles y masivas, librando al creador de presiones inmediatas, exigencias extrapoéticas y compromisos externos.

Por eso los grandes dramas del poeta se suscitan cuando lo atrapa el compromiso político, ideológico, obligándolo a crear poesía comprometida, hasta el punto de no dejar —si es un alma poética, un espíritu de poesía—, otra alternativa que la supresión de sí mismo (el caso más típico es el de Maiakovski, gran Habla de la Revolución de Octubre). En general, el verdadero poeta se siente desgarrado entre su persona y su compromiso social, entre su vivencia interior intemporal, libertaria y marginal, y el puesto que ocupa o debería ocupar en la sociedad a la que pertenece. Aun más, el poeta suele ser antisocial, persigue crear su propio reino, re­huye el esfuerzo colectivo, rehuye inclusive la vida tal como se manifiesta en el automatismo de la gran civilización tecno-científica. Ramos Sucre era explícito: «Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras» … «El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo de la muerte».

Pero hay poetas que aceptan el tumulto de la vida, el movimien­to febril, el hormiguero. Entonces sueñan con ser guías de la multi­tud, profetas del porvenir, grandes Hablas de lo inmediato. El suicidio de Maiakovski culmina, en su caso, esa inspiración. En otros casos, el poeta multitudinario enmudece, lo dejan solo (Marinetti). Whitman, un patriarca, es excepción pero nunca fue dogmático.

Las vías de la poesía pueden ser abruptas, secas, lujuriosas, pro­fusas, húmedas, agotadoras, enriquecedoras. Pueden conducir a la locura, a la autodestrucción, al exceso, o a estados superiores de conciencia y de conocimiento apaciguadores, armonizadores, a alianzas entre las diversas personas que componen al poeta, objeti­vadas por Pessoa.

Se impone señalar que la historia moderna de la poesía, desde el romanticismo, abunda en poetas insoportablemente ególatras, capaces de crear como los políticos, un aparato de poder personal y propio para dominar, eso sí, dentro de los predios de la literatura. Otros pasan a la acción política directamente, pero no con los fines ególatras de los antes aludidos. Por ejemplo Martí, Mao Tse Tung, encauzaron su ego hacia un ideal de servicio popular y nacional. En cambio, los caudillos de nuestro tiempo quieren acu­mular honores y distinciones literarias y culturales. Constituyen una manifestación más del yoísmo burgués decimonónico.

IV

El principal problema de la poesía estriba en cómo abordar la realidad sin encallar en ella. Hay contradicción desgarradora entre la idea del ser, de la realización anímica y espiritual, y la proposi­ción tecnocientífica y tecnológica, capitalista y política, de mani­pular el mundo como mercado de explotación, como territorio de conquista y expansión del instinto de poder y rapiña. Leí alguna vez una definición de la poesía que me convenció profundamente. Es esta: «Una de las fuentes de la poesía es demostrar, sin que quepan dudas, que el mundo es de otra manera».

Hacer poesía consiste precisamente en una revaloración y her­menéutica de la realidad concebida más allá de la limitación con­ceptual del utilitarismo o del historicismo. Mediante el lenguaje y la inspiración se penetra en los diversos ámbitos de la realidad, de lo temporal hacia lo intemporal, estableciendo nuevas relaciones entre los componentes de la misma, entre la naturaleza dada y nuestra naturaleza, entre el logos y las cosas, entre lo microcósmi­co y lo macrocósmico, entre lo visible y lo invisible, entre lo que está aquí y lo que está allá. Esta exploración de lo externo hacia lo interno, de la topía hacia la utopía, de lo inmediato hacia lo mítico, de lo existente hacia lo esencial, ofrece según la naturaleza y el carácter individual, grandes misterios estimulantes, relaciones compensadoras ante el absurdo, respuestas inesperadas o bien sumen en el enigma como ante el destino. En ningún caso se trata de manipular la creación para acumular poder, sino de descubrir su organización primigenia y la jerarquía de las cosas. El poeta es un subversivo y un explorador, siempre en demanda de la otredad, del más allá, del mito y de la metáfora.

No se puede ser poeta y hacer poesía sino por vocación. El aprendizaje artesanal, formal, lingüístico, para surtir efecto exige la vocación previa. Y esa vocación es un don, una gracia imponde­rable. A partir de esa gracia, de ese don, el poeta inicia un desarro­llo más que todo intuitivo, mediante el cual afirma la otredad del mundo. No es fácil persistir en esa dirección. No se trata de negar la realidad del vulgo en aras de una realidad esotérica, sino de inte­grar las manifestaciones de la existencia y de la esencia, de lo visi­ble y de lo invisible, en demanda de una armonía universal del ser, de una reorganización física y metafísica, de una liberación, de una meta-realidad. No es fácil mantener esa actitud crítica e inspirada, inusual, mítica, porque a muy pocos interesa esa aventura del espí­ritu y del logos, inclusive literariamente. Pero no hay otro modo del más allá, del mito y de la metáfora.

Estas breves notas acá presentadas fueron tomadas del número 74 de Poesía.

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda