Sophia

La gran dama de la poesía portuguesa

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Rodolfo Alonso

 

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En un libro de cuyo título no consigo acordarme, dice como al pasar George Steiner, uno de nuestros últimos grandes humanistas, algo que nunca olvido: no hubo, en la segunda mitad del siglo XX, ningún poeta que encontrara resonancia exclusivamente por su obra. Es claro, me dije, concluida la Segunda Guerra Mundial, en 1945, comienza a instalarse sobre el planeta la irrefrenable sociedad de consumo. Que iba a acrecentar al máximo su letal poderío asumiéndose a la vez como seductora y deletérea sociedad del espectáculo, capaz de articular en su servicio toda la parafernalia primero audiovisual y luego definitivamente digital.

Y el aserto de Steiner se vio confirmado por cuanto nombre vino a mi memoria: todos, prácticamente todos, tenían en su bagaje algo espectacular, ajeno a su escritura. Y el hecho de que eso no fuera casi siempre sino legítimo, contribuía a avalarlo. Pero también surgió, como sucede, una excepción a la norma. Si alguien tuvo una vida ordinaria, común, silenciosa y recluida, sin anécdota alguna, ese fue el poeta portugués Fernando Pessoa (1888-1935). Vivió, murió y permaneció absolutamente desconocido hasta que, recién hacia finales de la pasada centuria, comenzó a gestarse, siento que espontáneamente, por la exclusiva potencia de su obra, una inesperada pero creciente consagración que lo llevó a convertirse en aquel «Super Camoens» al que aludiera, ¿vaticinándolo?, en su completa soledad de 1912, cuando ni él mismo podía imaginarse otro destino.

Y que también tuvo otras derivaciones. Como ya había ocurrido y volvió a ocurrir después, esa canonización universal de Fernando Pessoa acarreó sin proponérselo una gran injusticia: opacar no sólo a sus contemporáneos y hasta a sus predecesores, sino a los otros grandes poetas portugueses del siglo XX. A lo cual contribuyó sin duda el largo período negro de la dictadura salazarista, forma lusitana del fascismo. Y fue bajo ese yugo (del que iba a liberarla en 1974 la legendaria «revolución de los claveles», en cuyo clima libertario germinó probablemente el culto de Pessoa), que se formó el luminoso y hondo vigor, a la vez ético y estético, de los nuevos poetas de Portugal. Por citar sólo algunos en la misma segunda mitad de la centuria pasada,  recordemos al personalísimo brasileño hijo de portugueses y vuelto de niño con sus padres que fue Carlos de Oliveira (1921-1981), la indiscutible originalidad del reservado isleño Herberto Helder (1930-2015), el comprometido realismo social de Egito Gonçalves (1922-2001), que supo bautizar a su revista «Noticias del Bloqueo», el virulento y  liberador surrealismo de Mário Cesariny (1923-2006), o un lirismo tan pleno y fecundo como el de António Ramos Rosa (1924-2013). Y también por supuesto una mujer, que implicaba a otras muchas.

Nacida en Oporto en 1919, y fallecida en Lisboa en 2004, Sophia de Mello Breyner Andresen fue sin duda la gran dama de la poesía portuguesa. En su escritura, sucinta y clara, medida y contagiosa, como en la indeleble luz mediterránea de los griegos que tanto amó, la belleza y la justicia no resultan más que una sola y misma musa. Arduo sería intentar aludir a la poesía de alguien que fue capaz de encarnarla, de manera honda, luminosa y cabal. No sólo en sus poemas, sino también en aquellas conmovedoras palabras con que agradeció, en plena dictadura, el Gran Premio de Poesía concedido por la Sociedad Portuguesa de Escritores a su Livro sexto (1964). Y que formarían parte luego de un texto clave,  ejemplar, revelador: su paradigmática Arte poética 1. Muy pocas veces ha sido dado poner de manifiesto la dignidad de la poesía, tan nítidamente:

La poesía no me pide exactamente una especialización puesto que su arte es el arte del ser. Tampoco es tiempo o trabajo lo que la poesía me pide. Ni me pide una ciencia, ni una estética, ni una teoría. Antes me pide la entereza de mi ser, una conciencia más honda que mi inteligencia, una fidelidad más pura de lo que aquella que puedo controlar. Me pide una intransigencia sin fisura. Me pide que arranque de mi vida que se quiebra, gasta, corrompe y diluye una túnica sin costura. Me pide que viva atenta como una antena, me pide que viva siempre, que nunca duerma, que nunca me olvide. Me pide una obstinación sin tregua, densa y compacta.

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2

Hay en Sophia una enorme luz, luz de la razón (ardiente) y del logos, sol vivo del lenguaje, de lo real y del espíritu. En la palabra de Sophia está la luz. Es decir, no habla de la luz. Está en la luz. Y es una luz generalmente meridiana, transparente, plena. Que por lo tanto implica también su sombra, ambas bien netas: «El sol es pesado y la luz leve. Camino por la acera junto al muro pero no quepo en la sombra. La sombra es una cinta estrecha. Sumerjo la mano en la sombra como si la sumergiese en agua.»

Y está también la concisión, la brevedad. Que siempre imaginé, sentí capaz de concentrarse para irradiar. Es una concisión de humildad digna, que no seca a los poemas ni los vuelve enjutos ni puritanos. Todo lo contrario. Es una brevedad que se ejerce, que se desarrolla para hacer decir más al lenguaje, a las palabras, siempre vivas. Una brevedad que se despliega, como la vida, preñando, cubriendo de fecundidad hasta las últimas estribaciones de la nada.

Y es un dichoso lujo del despojamiento, acaso el único modo, para ella, para ese ser que es Sophia, no de ser ella misma sino de dejarse fluir en su ser ella en devenir, atenta y vigilante sin dejar de estar, al mismo tiempo, en estado de gracia, entregada. Es una desnudez que recibe y que da, una desnudez para recibir y para dar. ¿Qué cosa? Lo que fluye, el devenir, la vida en toda su maravillosa, espléndida fragilidad entrelazada ineludiblemente, como su luz con su sombra, con la muerte.

Decir que Sophia es breve no es exhaustivo, ni convincente, o necesario. Y no es suficiente. Esa concisión no es austeridad. Es un lujo de lo esencial, pura «pobreza y privilegio», como subraya René Char 2.

Me pareciera que bien podría estar hablando de Sophia cuando el agudo Pier Paolo Pasolini 3 advierte que, la vasta obra de Biagio Marin (forjada en el idioma, no dialecto, de los escasos  pobladores de su pequeña isla natal, Grado, una joya viva en la luz del sol y del Adriático), sólo puede medirse con justicia en función de su mayor o menor cercanía con la gran luz del sol mayor que la origina, que es su fuente.

Pues nos dice Sophia, magníficamente: «La cosa más antigua de que me acuerdo es de un cuarto frente al mar dentro del cual estaba, posada encima de una mesa, una manzana enorme y roja. Del brillo del mar y del rojo de la manzana se erguía una felicidad irrecusable, desnuda y entera. No era nada fantástico, no era nada imaginario: era la propia presencia de lo real que yo descubría.»

¿Fue acaso el mar, entonces, como creo, quien la abrió a ese mundo, a la conciencia inconsciente de ese mundo, quien le abrió los ojos, deslumbrante? ¿Fue entonces el cielo limpio, inagotable, la arena infinita, inmemorial, el sol que nos templa con sus rayos, como creo, quien despertó su sed para abrevarnos, para abrevar en ella? ¿Fueron los griegos clásicos, presentes, con su presencia real, los dioses de deslumbrante humanidad, pero no simplemente leídos sino latentes, percibidos, en lo trágico y desbordante del mundo ser y de ser en el mundo?

Parecería que si: «El reino ahora es sólo aquel que cada uno por sí mismo encuentra y conquista, la alianza que cada uno teje.         Este es el reino que buscamos en las playas de mar verde, en el azul suspendido de la noche, en la pureza de la cal, en una pequeña piedra pulida, en el perfume del orégano. Semejante al cuerpo de Orfeo despedazado por las furias este reino está dividido. Nosotros buscamos reunirlo, buscamos su unidad, vamos de cosa en cosa.»

Y aquí se hace evidente lo que enunció Gabriel Miró 4: «Pero es que la palabra no sería deliciosa si no significara una calidad». No fue en los libros, o no sólo en ellos por lo menos, donde Sophia bebió primordialmente. ¿Fue su sed de belleza y justicia, inescindibles, quien la condujo, suavemente, no hasta ponerla en movimiento sino hasta que sintiera estar en movimiento, viva y tendida a todo el vivo esplendor de vivir, de estar vivo, y no apenas seguramente su concepto de ello, su presencia y no su intelección?

Hay transparencia allí, y no es etérea y lo es al mismo tiempo. Cuando se vela incluso. Es la transparencia que la deslumbrante invasión enamorada del mundo vivo produce en la viva carne humana, haciéndola humana. Es la transparencia de ser poseído y no poseer, ser hablado y no hablar, decir y no decir para decir en la luz, el mar, el viento, el cielo, el sol, la arena tibia que acompaña contorneándolo al pie que se hunde en ella, dándole una al otro su regazo, huella huidiza del ser humano esencial, humilde y milagroso, el primitivo, el moderno de ocasos y de albas. Los griegos, la justicia. Y a la vez, huella del mundo.

Teilhard como telar, como urdimbre, pero urdimbre de cáñamo o de mimbre. Y de barro, bendecido y bendito, como el que en manos del alfarero se hace inmemorialmente ánfora, inmediata y evidente, pura belleza ancestral, al mismo tiempo que con su contacto ese barro va volviendo más hombre al alfarero, más ánfora a su ánfora, más ánfora a su cuerpo. Un mundo insaciable y contenido, contenedor y que contiene, que nos contiene, nos tiene y nos conforma, nos tornea, nos forja dulcemente, muy muy dulcemente.

Luminosidad y transparencia fueron los valores a que acudió el gran poeta griego Odysseas Elitys, en su radiante discurso de recepción del Premio Nobel 5 (1979). Y supo enunciar también las claras consecuencias: debemos calibrarnos con respecto a «un sol moral». Quince años antes, en aquellas tocantes palabras  dirigidas en plena dictadura (1964) a los escritores portugueses, de las que germinaría su reveladora Arte poética, dijo claramente Sophia:

Quien busca una relación justa con la piedra, con el árbol, con el río, es necesariamente llevado, por el espíritu de verdad que lo anima, a buscar una relación justa con el hombre. Aquel que ve el espantoso esplendor del mundo es lógicamente llevado a ver el espantoso sufrimiento del mundo. Aquel que ve el fenómeno quiere ver todo el fenómeno. Es apenas una cuestión de atención, de secuencia y de rigor. Y es por eso que la poesía es una moral.

Vana esperanza es pues atreverse a intentar hablar de poesía cuando la poesía es lo que toca sin habérselo propuesto, lo que roza y entibia y aprieta y acaricia y conforma, da forma, con su orgánico impulso, como las bellas ondulaciones seductoras e infinitamente cambiantes que modula en las dunas el viento del desierto, si alguien lo sabe es el viento y lo es porque no se lo pregunta, como no se lo pregunta el poeta que se ofrece como el mundo a ese viento.

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3

Cual revela en aquel prólogo que se impuso (libremente, pero se impuso) a André Breton en su significativo Martinica, encantadora de serpientes 6, yo también me he descubierto aquí llevado al menos por dos perspectivas de lenguaje. Una que se propuso no quedar solamente en información y otra, que no me atrevo a llamar poética, dejándose llevar por la oleada irresistible de que no se puede hablar de poesía sino en poesía, porque no se analiza a una evidencia sin destruirla. Quiera el amable, inaudito lector perdonarme estos arrebatos de sinceridad en el lenguaje. Es que no se puede hablar de Sophia sin sentirla, no se puede aludirla sin que el aliento milagroso y simplemente vivo de su voz encarnada nos posea, nos tiente también. Son los dulces riesgos y benéficos daños de tratar con la belleza y la justicia. No se roza la llama sin ahogarla, o quemarse. ¿Y de qué otra cosa, sino una llama viva, hemos estado hablando?

 

Buenos Aires, Argentina, 3-IV-2017

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Notas:
1 Arte Poética / Poemas, de Sophia de Mello Breyner Andresen. Selección, traducción y nota de Rodolfo Alonso. Bilingüe. En revista «Fénix», nº 12, Ediciones del Copista, Córdoba, Argentina, octubre 2002, páginas 85-123. (N. del A.)
2 Recherche de la base et du sommet, de René Char. Gallimard, París, 1971, pg. 5. (N. del A.)
3 Poesie, de Biagio Marin. Al cuidado de Claudio Magris y Edda Serra, bilingüe. Garzanti, Milán, 2010, pgs. 464-470. (N. del A.)
4 Años y leguas, de Gabriel Miró. Losada, Buenos Aires, 1958, pg. 116. (N. del A.)
5 Seis y un remordimientos para el cielo, de Odysseas Elytis. Traducción de Nina Anghelidis. Argonauta, Buenos Aires, 1983, pgs. 57-64. (N. del A.)
6 Martinica, encantadora de serpientes, de André Breton, con dibujos y textos de André Masson. Introducción y traducción de Rodolfo Alonso. Argonauta, Buenos Aires, 2010, pgs. 15-16. (N. del A.)

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Cuatro poemas de Sophia de Mello Andresen

Traducción de Rodolfo Alonso

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Mitad de la vida

Porque las mañanas son rápidas y su sol quebrado
Porque el mediodía
En su desnudo fulgor rodea la tierra

La casa compone una por una sus sombras
La casa prepara la tarde
Se multiplican frutos y canciones
Desnuda y aguda
La dulzura de la vida

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Patria

Por un país de piedra y viento duro
Por un país de luz perfecta y clara
Por lo negro en la tierra y lo blanco del muro

Por los rostros de silencio y de paciencia
Que la miseria largamente dibujó
A ras del hueso con la total certeza
De un largo informe irrecusable

Y por los rostros al sol y al viento iguales

Y por la limpidez de las amadas
Palabras siempre dichas con pasión
Por el color y el peso de palabras
Por el concreto silencio limpio en las palabras
Donde se yerguen las cosas nombradas
Por la desnudez de las palabras deslumbradas

— Piedra   río   viento   casa
Llanto   día   canto   aliento
Espacio   raíz   y agua
Oh mi patria y mi centro

La luz me duele me solloza el mar
Y el exilio se inscribe en pleno viento

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Dolor tan grande

Dolor tan grande para un pequeño pueblo

Palabras de un timorense a la RTP

 

Timor fragilísimo y distante

«Sándalo flor búfalo montaña
Cantos danzas ritos
Y la pureza de gestos ancestrales»

Frente al asombro atento de los niños
Así contaba el poeta Ruy Cinatti
Sentado sobre el piso
Aquella noche en que volvió del viaje

Timor
Deber que no cumplimos y duele por eso

Después vinieron noticias desgarradas
Raras y confusas
Violencia muertes crueldad
Y año tras año
Siempre lo atroz iba creciendo
Y día tras día –prodigio espanto asombro—
Creció la valentía
Del pueblo y la guerrilla
Evanescente en brumas de montaña.

Timor cercado por un muro de silencio
Más pesado y más espeso que aquel muro
De Berlín siempre tan divulgado.
Porque no era un muro sino un cerco
Que por segundo cerco era cercado.

El cerco de sordera de tantos consumistas
Repletos de diarios y noticias.

Pero como si fuese el milagro pedido
Por el río de la plegaria en son de balas
Las imágenes de la masacre se salvaron
Las imágenes rompieron los cercos del silencio
En pantalla irrumpieron y los sordos vieron
La desnuda evidencia de las imágenes.

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A la manera de Horacio

Feliz aquel que dijo su poema al son de lira
entre amigos en la mesa del banquete
y coronado estaba de rosas y de mirto.

Su canto nacía de la solar memoria de sus días
y la mágica pausa de la noche –
su canto celebraba
conciente de la fina arena que escurría
mientras el mar las rocas desgastaba.

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Rodolfo Alonso. Argentina, 1934 – 2021. Poeta, ensayista y destacado traductor argentino. Publicó más de 25 libros y se le reconoce como el primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina, a la vez primera con sus heterónimos en castellano. También fue uno de los primeros en traducir a Paul Celan y, así mismo, suya es la primera versión al castellano de los dos libros de poesía de Cesare Pavese. Su obra fue editada en Argentina, Bélgica, Italia, España, México, Colombia, Francia, Brasil, Cuba, Galicia, Inglaterra y Venezuela. Alonso fue uno de los colaboradores más fervorosos de POESIA. Lo que publicamos es uno de los ensayos inéditos, que el poeta enviara, recientemente, a nuestra redacción.

 

La imagen que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Andrea Britto Moreno
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