Soy esa lengua

Sobre Ororó, canción para un párpado de Ana Strauss

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Manuel Barrios
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Del cuerpo de la voz, atravesada y multiplicada, nos llega este racconto. Una suma de miradas viables por el tacto, los olores y la experiencia de recobrar el polvo de palabras, la desintegración del individuo. Así perece esta intención de hablar, de qué es y qué significa. Hablar sobre Ororó, saber de qué habla Ororó, o preguntarse por la voluntad de saber sobre ello.

Ana Strauss despliega sus poéticas sin esperar retorno. Los paradigmas seleccionan habitáculos, los ritmos se forman limpios y transfigurados, como los poemas iniciales de este libro de palabras suspendidas para recogerse en los rincones. Suerte de biblioteca de ritmos donde el Ser espera partir sin saberlo, sin ejercer conciencia. Se deslee, desanda un camino de hojas, otrora palabras vueltas rostro.  Personas perdidas en la arena donde se resigna al lenguaje.

El cuerpo de la voz se multiplica, gesta Voces como las de Antonio Porchia. En otras, hace del extravío, el exilio y la extranjería un territorio inubicuo para la voluntad de decir. El relato está vivo pero no se sabe cuál es, ni dónde empezó. Son estas banderas deshilachadas las que desgranan su lugar para el decir/pensar la poesía, como en la obra del uruguayo Eduardo Milán. Recobrar el acto de una vez por todas a sabiendas de que eso no.

Esa lengua (no esta) hace marcas al decir cuando deviene para contentarse en la separación del reino que ha enviado sus sabuesos/mandato. Presión en el decir, precisión. La Canción para un párpado que cierra y abre Ororó es el vestigio de una canción de cuna que no podemos deletrear. Tal nuestro origen. Un quejido, un tarareo, la voz de alguien que nos recuerda.

¿Cuánto ganan estos rostros sin espacio? Aparecen transfigurados, delatados sobre su función de imagen que abre la tierra para expropiar su terrón. Lo sagrado lo confirma.

Es posible trazar un eje de simpatías. No dar alarma. Recordar una canción, o bien una tonada, con un sufrimiento que no aplique familiaridad. La pesadez, el hastío, las formas del dolor emancipadas de sus rostros para destejer la tragedia y su genealogía de  nombres asociados a hechos.

Es posible destejer el pasado. Volver, desde lo anterior del textus, para tejer imágenes que reinventen lo anterior. Inventar un origen sin necesidad de confirmación o prueba. Ororó, de Ana Strauss (México, 1977), tiene un sitio privilegiado entre las voces de sus  coetáneos debido al lugar donde sitúa el dolor, el cuerpo y su mandato en esta transición, sueño, viaje. La travesía es un abrir y cerrar de ojos (un dios que no juega a los dados). Inicio y fin, tan cíclico y frecuente que se convierte en ritmo. Acto de abrir y cerrar la experiencia, recordar generativo para construir un cuerpo en varios lugares. Son las palpitaciones de la lengua tornando al decir en la lengua nómada. No la lengua del otro sino la lengua de Una.

Recuerdo de un Edén que nos contaron como relato de expulsión. De ahí la katabasis del héroe, la caída al inframundo que es la tierra (entre el bosque de los cedros de Gilgamesh y La Torre de Babel hay un delirio que es el propio lenguaje adscribiendo territorios).

El relato de México perdido en la gran noche, o de Uruguay, perdido en el corazón del día de Armonía Somers:  México, Uruguay y Latinoamérica entre penumbras. Porque sería terrible reconocer el relato de las desapariciones y la crueldad cotidiana en que vivimos. Ante eso aflora, cándido, un cuerpo hecho de pedazos.

De los deshechos del Ser, de las ruinas de la lengua, Ana Strauss acude al mandato de «hacer dunas y arena y más arena (…) deletrear luces». La norma se ha convertido en un vaso de agua solicitado por su abuela moribunda. Así de peligroso es.

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debería yo deletrear luces (…)

(…) me estoy hablando

«me duele la cara de tanto andar sobre tantas caras»

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Ororó se pliega como un clítoris sobre sí. Porque es un camino hacia lo que no se conoce, lo aún por explorar. Ana deambula, se extiende, estalla en las páginas de un libro con el papel recortado en su interior. Quizá esa escisión sea la lengua y su propósito de situar un origen. Quizá un sueño, de ahí el corte que significa el plano onírico ante la narratividad de la vida social. Apreciamos lo más mínimo, la inocencia de querer dar palabras. Guiarse por ese deseo hasta destrozar la casa familiar. Convertirse en un susurro cantando las masacres de los países y sus sueños.

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Ó
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Manuel Barrios. Montevideo, Uruguay, 1983. Su obra literaria se conforma en: Investigación Poética/ Explanans (2007); Democracia (2007); Telos/Virga: Yoga (2011);  Atari (2011) Her Bodhi et XXII Sigilli (2014);  Silicio (libro colectivo), (2009); Bagrejaponés (libro colectivo) (2010); Más instrucciones para el año XIII [Antología de poesía oriental], (2012); Inverso (compilación de la obra del poeta uruguayo Julio Inverso)  (2013); Atlántida (libro colectivo con Héctor Hernández Montecinos, Yaxkin Melchy y Ernesto Carrión). Permanecen inéditos: Hábito, Corpus Geneticum y Casa de Estudios Yariel.

La imagen que ilustra este post pertenece a un detalle de la obra D’où venons nous? Que sommes nous? Où allons nous? (1897) del pintor francés Paul Gauguin (1848- 1903).

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