Susurros de un viento demasiado mudo

María Ramírez Delgado

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De lo que no se dice; de elipsis que apenas se atrapan y son, no obstante, el verdadero asidero para que el vacío permanezca; del todo imperceptible que se asoma por rendijas con criaturas que las habitan; de espejos con reflejos mutilados en los que la distorsión es el territorio de la vergüenza, de lo que ni se dijo ni se dirá; de un pomo que no existe y si se gira abre la puerta a la demencia; de tristeza, que es rosada, y sin embargo hunde los cuerpos en un mar inaudito y negro…

De eso van estos versos que tienen su fortaleza justo en lo inaprehensible, su muro en la niebla huérfana, su voz rotunda en la profundidad del silencio, su hermosura en su ser irrealizable. Versos que miran al otro lado y este devuelve el estremecimiento; que visten el propio fantasma y cuentan, con las chicharras, la historia secreta del mundo; que escriben sobre cuchillos en la lengua de los pájaros; que mantienen el pulso del fin del pensamiento. Versos que asoman al vértigo, tan luminoso que ciega, del no-pensar.

Emilio Ballesteros

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Los techos de Turiamo

Los techos de Turiamo son un invento de las estrellas para evitar el deseo.

Esconden un destierro, un barco ahogado, negador de su bárbaro pasado, mientras
les cuentan historias a los corales.
Los techos de Turiamo ocultan volubles demonios coloridos, agitan sus colas
entusiasmados, mientras rezan padrenuestros.

Nunca he visto los techos de Turiamo, sé de su elevación desnuda, de las cañas
doradas, de las criaturas domiciliadas en sus rendijas, y los invento.

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La casa de espejos

En mi casa de espejos veo un reflejo mutilado.

 

Atrapado, conserva en su frente la marca de los ancestros, el sello de la
degradación, la forma de la esclavitud.
Las paredes deforman los modales, devuelven piedras cuadradas y sonoras,
lo que no se dijo, lo que no se dirá.

La distorsión es el territorio de la vergüenza.

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La afonía de los pomos

Voy a girar el pomo inexistente hasta abrir la puerta a la demencia.

 

Crujirá el piso cuando atraviese el portal, los verbos correrán, pequeños ratones
asustados, se acurrucan en la confusión.

Caracoles pintan las paredes con su húmedo rastro, el empuje de la afonía.

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Pasillo garganta

Cada pasillo tiene su propio rumor, gargantas habitables.

 

Vibran sus estrechas paredes con largos disparates, la luz al fondo es una boca
ronca, incapaz de reconocer el susurro.

El estrecho túnel me traga, me dejo escurrir. Me digiere.

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Torre de la iglesia

Desde la ventana veo la torre de la iglesia, al fondo teñido de diciembre.

 

Las sábanas extendidas al sol cargan sobre sí el olor de la infancia, perduran en su
fragilidad. Los ancianos monjes se alistan para el rosario, han dejado sus hábitos
castaños en la oscuridad.

La serenidad de la torre vence el calendario con su sombra y renueva sus promesas.

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Habitación rosa

En el baño mi madre es un bebé ahogado

 

La bañera tiene la profundidad de la soledad. Tristeza rosada que hunde los
cuerpos en un mar inaudito y negro.
Sumerjo la cabeza junto a su pecho, respiro el agua, me asfixio en la líquida
experiencia.

Envuelvo su cuerpo en las blancas toallas y soy ella.

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Fantasmas

Voy a coserle un traje a mi fantasma.

 

Se aparece desnudo en los rincones de la habitación, se avergüenza de su anémico
cuerpo espectral, se cubre inútilmente con las manos.
Quiero zurcir su bochorno, remendar su despojada repetición en mi pared.

Desaparezco mientras confecciono el traje y un ave sorda pica mis manos sobre la
tela.

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Conjuro de huesos

Invéntate un secreto con los huesos que no pueda ser descifrado por el viento.

 

Conjura la niebla huérfana, haz una llave para cerrar el cofre que esconde un
caballo especular.

Improvisa una danza con los cráneos y mira a través de ellos.

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Eco

Se llevarán mi voz al otro lado y devolverán el estremecimiento.

 

No se puede insistir en revelar el enigma, en intentar renovar la resonancia ajena,
en hacerse palpitante repetición de otros. Soltarán el aliento en la inmortalidad de
la niñez para esperar su retorno fragmentado que no volverá.

Porque nada se escucha en el vacío, solo uno mismo.

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Flor pagana, amapola

Exprime la flor para que de ella brote la ternura.

 

Rebana los pétalos de los mendigos, el jugo del abandono fractura el color.
Bebe el carmesí de las paganas amapolas, aduéñate de su idioma.

La inanición navega en el agua de tu cuerpo y es espina, se inmiscuye en la
eventualidad.

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M.

María Ramírez Delgado. Los Teques, Miranda, 1974. Poeta, docente e investigadora venezolana. Magíster en Filosofía (USB). Licenciada en Filosofía (UCSAR). Ha publicado Violencia (Mago Editores, 2017); Navajas sobre la mesa (BID&CO. Editor, 2009); Quemaduras (Grupo Editorial Eclepsidra, 2004); En el barro de Lesbos (Ediciones Funsagu, 2002) y Éramos malos (Ediciones Funsagu, 2002), además de algunos artículos y colaboraciones. Ha sido invitada a la Universidad de Salamanca y al City College of New York como conferencista. Actualmente es profesora de la Universidad Simón Bolívar en el Departamento de Filosofía.

La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Sofía Saavedra

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