Tiempo Abierto

Xavier Oquendo Troncoso

:

 

Las flores

Fue un momento en la ciudad de México, como si fuese en todas partes, donde Tomás Segovia leyó un poema sobre las jacarandas. Estuvieron esos árboles merodeando la muerte del poeta que los vio en su océano de palabras cortadas por el hacha de su exilio.

Me gusta la palabra jacaranda, más para ser sonido que concepto. Tiene eco de postre y de timbre de salida y de reloj dañado y de luz verde en cualquier situación y de portón que se abre luego de unas 732 esperas. Suenan las jacarandas a los rostros de mi abuela haciendo bucles a sus cabellos lilas o al de mi abuelo fumando cigarrillos sin filtro y a la roca donde descansé, alguna vez, en medio del acantilado de la infancia y de mis traumas de espuma. Se parecen, las jacarandas, a las ruinas de algún castillo medieval que nunca pude habitar por minoría de muebles y lejanías.

En mí han crecido jacarandas y han estado como si el sol fuera una ortiga necesaria en mi  piel escasa por mayoría de huesos. Y también las vi en enredaderas, poblándome un poco los caminos sinuosos de las otras patrias que se iban haciendo mías, mientras las verificaba en los zapatos de viajero.

Las vi leerse[1] en la boca antigua de Segovia, en un palacio de mármol, en una ciudad infinita. Todos queríamos tener algo de abeja para extraerle la miel a los conductos de polen de las jacarandas, en esos versos, en esas vidas viejas, en esas casi muertes de esas ciudades nuestras, donde no crecen flores porque no hay más razones para usar floreros ni para que entre el frío de la memoria de la naturaleza.

:

:

:

:

:

Primer deseo

Allí, que puede ser cualquier Allí o cualquier dedo que señala o cualquier tiempo que se ha quedado insólito, como figura de tótem, con la boca abierta y la mandíbula asustada. Allí conocí el sexo por primera vez. Vi el truco del deseo moverse por entre las aguas de un tiempo que no se mueve y que parece como si otro tiempo tuviera un calendario paralelo que lo asumiera.

Allí, recostados en las orillas de una cama hecha para una persona, estábamos dos, alienando las sábanas y las mantas y el colchón onanista. Personalísimos, los dos, no nos veíamos, bajo la luz de algún electrodoméstico urbano que señalaba un color sobre la alfombra eficaz de los deseos. Fue Allí, cuando entré en el amor[2] desde la teoría de su no existencia, cuando supe que el deseo está sobre la realidad y que Cernuda era más que un poeta, el filósofo de ese momento en el que dos ocupábamos el espacio cerrado de uno y que solo teníamos la intención de controlar el deseo. Pero la realidad era el televisor encendido y la cama estrecha y la noche en el silencio y el miedo y el cuerpo en forma de fiebre material y los monosílabos sin concepto, apenas con una interjección que era una queja más y era una muestra para que el deseo agrandara la cama, apagara el electrodoméstico de colores, cobijara al otro cuerpo con el cuerpo mío y viera el sol, luego de despertar en la incomodidad más bella de la vida.

:

:

:

:

:

Datos inexactos

No sé si ese fue un buen año para las cosechas. Tampoco si en esa época pasaron cometas, extraterrestres, pájaros grandes. No tengo idea si en aquel tiempo surgió alguna teoría sobre la inmortalidad de la humanidad o sobre la bomba más letal de la existencia o si hubo un eclipse perturbador. Tampoco sé si en esos años se remasterizó algún álbum viejo de los Beatles, si volvieron a ser famosos los cerquillos y los copetes de las niñas pop o si santa claus se mintió a sí mismo. No sé qué país desapareció, qué reino llegó a ser nación productiva. No tengo idea si hubo que cuidar la luz, si debimos picotear el cielo, si las plazas azules fueron hechas para los cisnes o si alguien ya llegó a la otra luna de la luna. Tal vez se haya inventado, en esos días, nuevamente al cromañón y se hayan fabricado tulipanes en probetas. Estoy seguro de que fue un año en el que estaban pensando cambiar la polarización del mundo. En aquel momento debieron pensar en matar al rey de Dinamarca y en hacer alguna autopista a las estrellas.

No sé si en ese tiempo el poeta lojano Carlos Eduardo Jaramillo ya habría escrito uno de sus poemas de amor,[3] rodeado de la incertidumbre de la vida conyugal.

No recuerdo año, mes, día. No tengo idea del momento ni de la intensidad del alba ni del formato que aprendí para vivir en lo establecido. Pero fue ese día, ese momento, en esa fecha en que te conocí y entonces aprendí a rajatabla cómo se vive en el centro de la tierra. Y cómo la felicidad tiene un nombre que ya no está en tu memoria ni en la mía. Lo recuerdan algunas mariposas que viven unas horas. ¡Maldita sea!

:

:

:

:

:

Amor constante más allá de mi constancia

Yo tuve un libro de Jardiel Poncela. Un libro de aventuras norteamericanas. Uno con dibujos en dos colores. Otro sin pasta y con el hilo al aire. Tuve un libro de Faulkner que no leí. Uno con rayas de crayón que eran mis marcas de niñez con motricidad atrofiada. Un libro de recetas que olía a humedad. Una guía telefónica que me hizo feliz. Una biblioteca con el libro Ficciones de Borges. Tuve unos libros de poetas ecuatorianos que todos se mataron. Unas navidades de libros. Un intercambio de día de Reyes entre ropa o libros. Compré libros y discos a amigos que compraron más libros y discos a otros amigos. No robé libros por falta de motricidad gruesa y fina. Hice una mesa con libros viejos que me obsequió un sacerdote. Improvisé una escalera para que mis hijos suban al cielo con lomos cosidos y pastas encoladas. Decoré una habitación con libros y luego los tomos se iban cambiando de estantería. Coloqué mis discos y mis libros sobre los espejos y los cristos. Adapté mis libros para arrimar las paredes. Los junté como adornos en los sitios solemnes. Llevé libros de regalo de cumpleaños y la gente dijo que los leería –e incluso sé de alguien que los leyó–. Adapté mis libros como escenario para tomarme una foto. Usé mis libros como arma para matar mosquitos medievales. Me puse más alto sobre mis libros y me peiné feliz con posición de Elvis. Hice equilibrio con los libros en mi cabeza. Alcé libros en mochilas y mis bíceps crecieron. Usé libros en mis piernas y jugué a ser un robot. Tengo libros por ojeras. Cito libros por números. Vomito libros y no conejos. Huelo los libros y luego los paso por mi cachete y veo si son suaves. He besado libros. He dormido con libros. Me he dejado seducir por ellos. He roto libros por frío, por malos asesores de corazón, por dolor de alma. Yo quiero que a mí me entierren como a mis futuros bisnietos, en la mitad de un pesado libro, en el fondo de algún discurso, en la cercanía de algún universo que tenga páginas, placeres, demonios y lacras editoriales, y que sea mi tumba un libro de pasta blanda y bond de 75 gramos y formato A5. Y que no sea eso la libertad, sino algún eterno castigo divino y bibliográfico.

:

:

:

:

:

La mía testa

(o canto con migraña)

Mía cabeza: tuétano ordenado luego del cuello. Caja de masas y de duendes y de oscuridades. Cajón de un lustrabotas suicida. Esperanza para una corona de burger king. Caspa crecida sin pelo. Calva torneada al sol por accidente.

Cabeza mía: alfombra de ideas, estropajo de la ciencia inútil, renacuajo de momentos castrados, puerta oxidada para el más acá. Cabeza en que no entra un dios para la fe, sino para el desahucio, que no maneja la paciencia, sino las leyes del pasado, que no oxigena las dudas, que no espera, mientras teje el futuro. Cabeza sin sentencia del rey Luis XVI, cara de guillotina, con piedras en los callos de tus cerebelos. Cabeza sin cuidado de ser poderosa o profunda o perfilada, que no enseñó a los ojos la cordura. Cabeza equivocada de cuerpo[4], sin buen maxilar para masticar proyectos. Cabeza sin sentido de cabeza, con pretéritos salvajes. Cabeza que perdiste la cabeza. Cabeza que no juega a cabezazos. Cabeza que se estira y no se encoje, que festeja sus neuronas. Cabeza de bananas y de cocos. Cabeza que pareces de payaso, que eres tuerca sin tornillo que te encaje, sin el calambre del miedo, sin que te duela la mollera, sin el asunto del sombrero, sin las muelas de tu juicio, sin perder las referencias, sin los líos, sin las faldas de montaña.

Esta cabeza mía como el río que le dejó ojiabierto a Borges[5] y le dejó sin voz a las costillas y despertó la ira de volcanes y se dio de tortilla en la merienda e instigó a Martí para la lucha y se enredó en el viento como helecho y se fue deportado como un perro.

Mía cabeza que padeces de odios y amas durísimo y a oscuras y pareces loro por tus plumas y vuelas los cielos de las casas y terminas violada por un faro y tomas un vino y te levantas y pareces azúcar en los jugos y te haces redonda en geometrías y pareces azul cuando eres ocre y remedas al demiurgo hecha la suave y malgastas el sol por ser caliente y terminas perdida en un cuartucho.

Cabeza que te crees Frank Sinatra y te vas en picada como nave y te revientas la voz en un agudo y te pareces a la Monalisa por lo pura y que no tienes ni boca que te ladre ni historia que te cubra y que pareces melaza en los afrechos y que te pasas de lista en las escuelas.

Señora cabeza de mi cuello roído, que gobiernas mis lados particulares y mis extremidades de fantasma y mi idea de hacerme el exquisito y esa forma de comer las verduras y esas luces que ves cuando ya duermes y esos bronquios que tienen tus instintos.

Dame de tus aguas derretidas, cabeza mía, déjame ser una persona justa: alguien que te saluda mientras vives y se parece a alguna ortiga. Déjame ser tu dedo sometido, la flor que pesa en tu tallo, cabeza infame. Déjame ser el líder de tus vísceras, los olores que tiene tu canela, el polvo de gorrión que, turbia, creas, la rosa de algún pobre verdulero, el holocausto azul que el cielo brinda.

Dame, cabeza, tu fruto, tu corpiño, tu cardenal de versos, tu rutina, tu enredadera calva, tu camino podrido. Dame, cabeza, el poder para someterte, para ponerte freno, para destruirte, para sacarte el cuello, darte rodillazos, patearte, cabeza sucia, cabeza de alquitrán, fría cabeza, fruta de cabeza mal cosechada.

O te vas de mi cuerpo o mi cuerpo germina en otro tronco. Déjame, mía cabeza, en mi costra hiriente y, por tu parte: rueda, rueda, rueda por la calle para encontrar alguna alcantarilla que te ame, que de verdad te perdone, que te haga el amor, que feliz te haga, que te corte el pelo, cabeza mía, infierno mío. Hasta mañana.

:

:

:

 

______
:
Notas
[1] Las dulces jacarandas se quedan en lo suyo/ todos son verdes y ellas no/ nadie les quitará de la cabeza/ que hay mil maneras de ser árbol/ mil maneras de ser lo mismo/ de otra manera/ que se puede ser verde siendo azul/ tener flores por hojas/ tener por copa un fresco resplandor/ ser dichosas aparte y a su modo/ bien seguras están de que hacen bien/ que nos da gusto que así sean/ que no por eso las queremos menos/ que siempre nos ha sido necesario/ que haya otra cosa. (Tomás Segovia).
[2] No decía palabras,/ acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,/ porque ignoraba que el deseo es una pregunta/ cuya respuesta no existe,/una hoja cuya rama no existe,/ un mundo cuyo cielo no existe.// La angustia se abre paso entre los huesos,/ remonta por las venas/hasta abrirse en la piel,/ surtidores de sueño/hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.// Un roce al paso,/ una mirada fugaz entre las sombras,/ bastan para que el cuerpo se abra en dos,/ ávido de recibir en sí mismo/ otro cuerpo que sueñe;/ mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,/ iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo./ Aunque sólo sea una esperanza/ porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe. (Luis Cernuda).
[3] Sé los nombres secretos de todas las mujeres/ que giran en la galaxia de mis poemas/ quien entró en ella nunca sale/ aunque no resplandezca/ sea una flor de piedra/ y niebla/ sin peso ya/ para hacerme daño. / Galaxia mía/ cuando yo ya no esté/ no te oscurezcas/ deja que mis mujeres sigan cantando/ su canción. (hay por ahí en el aire una canción, Carlos Eduardo Jaramillo).
[4]Por una cabeza/ de un noble potrillo/ que justo en la raya/ afloja al llegar/ y que al regresar/ parece decir/ no olvidés, hermano/ vos sabés,/ no hay que jugar… (Tango Por una cabeza. Letra: Alfredo Le Pera).
[5]También es como el río interminable/ que pasa y queda y es cristal de un mismo/ Heráclito inconstante, que es el mismo/ y es otro, como el río interminable. (Arte poética, Jorge Luis Borges).

:

:

:

:

:

 

X.

Xavier Oquendo Troncoso. Ambato, Ecuador, 1972. Poeta, editor y gestor cultural. Periodista y magíster en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca. Además de su obra poética, ha cultivado el género del cuento y la literatura infantil. Fue seleccionado entre los 40 poetas más influyentes de la lengua castellana en El canon abierto. Última poesía en español (Visor, 2015), que congrega a 40 poetas nacidos entre 1970 y 1985. Ha participado en encuentros y festivales de poesía en Argentina, Bolivia, Chile, Perú, Colombia, Nicaragua, México, Estados Unidos y España. Organizador del encuentro internacional de poetas «Poesía en Paralelo Cero», uno de los más importantes festivales de poesía de América Latina. Es director y editor de la firma editorial El Ángel Editor, en donde ha publicado alrededor de 300 libros de poesía de autores ecuatorianos y del mundo, haciendo una amplia difusión de la poesía contemporánea en la región. Dedicatorium (Lima, 2020), Dos cuadernos en soledad (Nueva York, 2021) y Algunas alas (Cali, 2021) son sus publicaciones más recientes. Su poesía ha sido traducida al inglés, portugués e italiano.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Euro Montero

Contenido relacionado

POESIA

De barro

Ernesto Cañizalez

Archivo

introduzca su búsqueda