¡Todos partidos!

René Char

 

Inclusive si hubiese me­nester yo no les contaría una historia demasiado árida. Sólo espero a mi amor.

HUBERTO EL TRANSPARENTE.

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1

CALLEJUELAS EN EL AÑO 1978

Avanzamos ante la valle de una doble realidad: la primera es la más costosa (la vida continuamente iluminada y que sube has­ta la flor), la segunda se da por nula ya que sólo puede desvestir­nos lentamente y reducirnos a polvo. La ventaja de la primera sobre la segunda es saberse confiable, no ser ciega, mentir en cuanto respira, una vez consumado el encantamiento.

Uno no comparte sus abismos con los otros, sólo las sillas.

La esposa del esperar no puede resistir la soledad, ni siquiera en un baño de olas. Pero, sobre la cuna crispada del mar, ríe con las espumas.

La tierra presta muchachas y muchachos al sol que despunta y luego los recoge al atardecer. Apurada su comida de la noche, la cruel los incita a dormirse pronto, consintiendo avaramente al­gunos ensueños.

La mayoría de los hombres se hallan consagrados a la rapi­dez de la obediencia. Tan pronto como descubren o conciben a lo lejos una servidumbre repintada, su patrón será aquel que con­centre en sus manos las puntuales tareas despedazadoras. Hemos dejado de asistir a eso. Encanto insólito: ¡sin renunciar a la espe­ranza!

El paso del conocimiento a la ciencia consuma una feroci­dad. Esto no es una previsión sino una comprobación. Maldad más vasta que la del Beluario cristiano tirando a suerte sobre no­sotros. Suerte recuperada y remodelada por su descendencia tota­litaria que la aplica a la humanidad bajo la red.

Lo que nos es sustraído de la naturaleza y de los hombres es inconmensurable; lo que de ambos recogemos es mínimo, tanto dicen en voz baja sus secretos. Pero viene un atardecer en que se pliega el horizonte de su oscura finalidad, en que lo cubierto se expone; allí la claridad penetra —y mata.

La poesía domina lo absurdo. Ella es lo absurdo supremo: el cántaro que se eleva a la altura de la boca enamorada y la colma de deseo y de sed, de distancia y de abandono. Ella es la inconstancia en la fidelidad. Ella avecina al aislado.

El arte poco ruidosamente… Con alrededor esa zona de sufrimiento, esa zona de sufrimiento hasta los cielos más retirados, las auroras demasiado pronto alcanzadas.

La constante malicia de la muerte es calmar cada escalón del infierno con los tizones de nuestra vida gastada.

Ya que no tengo el poder ni la esperanza de conjurar al hálito que muere, dame, oh vida que me escribes y a la que yo transcribo, capacidad de esparcir, guarida afiebrada, los poemas reunidos en su carretilla de silencio, antes de que sean tragados.

Los hombres nacen, trabajan, se pierden, el corazón unido o desunido en sus mil motivos. Un negro genio obsede a algunos. Que sea separado en ese momento de su hálito y de sus cenizas, quienquiera que fuere, pulverizando inocencia y dolor, corta ese camino.

El único poderoso y muy en su lugar: el Tiempo. Yo me sustraje de él en mi estallido, en mi terror, entre las ruinas donde raspa todavía mi obstinación.

Vivimos con algunas arpentas del pasado, las alegres mentiras del presente y la cascada furiosa del porvenir. Tanto como para seguir saltando en la cuerda, el niño-quimera a nuestro lado.

Mi singular, mi plural, ustedes preocupan a los seres que me son más queridos.

De momento en momento yo lanzo lo más lejos. De la calle brumosa a la historia intestable. Del pan mohoso al pan que can­ta, a pesar de un terrible dolor en el brazo. Luego hablamos, so­mos dos.

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2

EN FIN DE CUENTAS

Cien existencias en la nuestra inflaman la carne con tatuajes que no aparecerán.

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Sueño liviano sobre fondo de júbilo.

Mis dioses con cabeza de grosella no me desmentirán, ellos que sólo tienen rostro una vez al año.

La lejanía no es montañosa. No está incluida en una masa, a pesar del círculo opresivo que se dibuja alrededor de nuestras vi­das. Se adelanta, metódica, sobre un horizonte aliviado.

Durante largo tiempo fui locatario del tercer arco del puente de San Bénezet. Yo sé todo de la desaparición y ella de mí. De nuestros sentimientos, de nuestra alegría, en mi escritura.

Las tiernas manos patonas del recuerdo, que otra sangre irri­ga, no se dejan acariciar largamente.

Repliegue bajo la corteza, ruptura en la rama. Repliegue ha­cia la hoja con ayuda del viento solo. Un sentimiento prometido al recibimiento.

Alcanzar el goce del yo profundo, se toca en la llaga muda. Aquello a que consentimos temblando no es más que un camello que trota detrás de nosotros.

A menudo Poussin, entre todos: «Es necesario hacerse oír en tanto el pulso nos late todavía un poco».

Poussin pintaba con su pulso la mancha de sangre que habría herido su vista de no habérsele aparecido azul en el descote del vestido.

Los grandes sueños desvastadores no obran según compás y medida, ni lanzan mensajeros. Su naturaleza los incita a mostrar­se ruidosos: son silenciosos. Las gomas con ondas breves, tarde en medio del día, los impulsan a desaparecer.

La mala salud de los zarzales ha entristecido siempre mi co­razón. Arroyo, vela un poco tu espejo, tú que sólo tienes ojos para esos malditos.

Es el lobezno y la loba. El lobezno corre por delante. La loba se queja sordamente. El poema entra a ponerse a cubierto.

A la campana que había perdido la fe, un aquilón la golpea. Ella nos urge, soñadora, a que esto nos encante, a que seamos, a nuestra vez, sus saqueadores.

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Lo imaginario es ya la realidad -antes de los resultados. Una realidad que muestra los rasgos de un muchachuelo mal afeitado en medio de peligros que todavía no lo han reconocido. Existen proezas de la imaginación que no traicionan a sus amantes.

Las delicias de la imaginación, ¿han elaborado los horrores que afrontamos?

Las largas lluvias de la imaginación, bien que teniendo todo el campo, tienen un revés y un derecho. Tanto bien como mal.

¡No! A lo largo de nuestras sedes, no hemos bebido el agua de la fuente en un cuenco de plata, sino en nuestras manos des­nudas que no repelía nuestra boca inhábil.

Hay fuentes enemigas hostiles a nuestro apaciguamiento. Plantas indigentes y piedras taciturnas las rodean. En fin de cuen­tas ellas y yo nos saludamos, aunque la buena suerte esté de su lado.

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Rodeo por el puente de madera

El acontecimiento, regalo romántico del corazón exasperado, con el que tanteamos y pactamos, que nos coloree, cerebros que­mados, con su elogio, deberá impulsar reiteradas veces la doble puerta de la memoria electiva, antes de ser cosechado. Lo será una única vez, y con ese poder radiante que llegó a ser el suyo.

La poesía de las maneras y la verdad permutable de las pala­bras no aparecen juntas, sino se alejan juntas, habiéndose pren­dado la una de la otra, con inmenso retraso, ante un sol de in­vierno en la boca de verdolaga salvaje. Trazador sempiterno, ca­minante sin negrura, vestido de yute, al margen de la caza cla­morosa. Al verte, se creería que él se ha acercado, y que ya no es el único en descender el camino en la cuesta nevada, el arco en el hombro? Aquí están, corriendo sobre el puente de madera, a la vez sonrientes y como ensanchados.

principe

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La versión castellana de los textos de René Char es de Raúl Gustavo Aguirre y fue publicada en la revista Poesía número 43.

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