Tres ensayos sobre la voluntad individual

Graciela Yáñez Vicentini

 

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Simples disfrutes en negativo

 

No, esta generación no tiene nada que ver con la tristeza,
es mucho peor que eso. Somos bastante más infelices.

Victoria de Stefano. El desolvido

 

 

Mi mejor época de elementalismo vital se volcó en los placeres simples. Ser feliz, para mí, se limitaba a comer, a dormir; y, para la mayoría de las personas a mi alrededor, a echar gasolina, a encontrar una botella de Coca-Cola. En ese entonces, yo ya no manejaba y no tomaba refresco, así que esos placeres no eran de mi interés. Los míos se reducían a lo más básico.

Estoy hablando de los meses del paro. Época denominada por mí y mis allegados como la Era del Elementalismo. La búsqueda constante del placer minimalista. Lo elemental como placer extraordinario.

 

 

Hoy veía llover, atascada en la cola de Caracas –dos horas desde Los Palos Grandes hasta La Florida, camino del trabajo a mi casa– y pensaba en las cosas que me generan placer. Lo pensaba en presente, es decir: me preguntaba qué cosas me están originando placer en estos tiempos. No hace meses o hace años; eso sería más fácil, se me ocurre una larga lista: un libro, un cd, una obra de teatro, una página en blanco, la música, bailar, alguna persona en particular, un gato, una piscina, la lluvia, el mar, el agua en general, reír, hablar, comer hasta reventar, etc.… sino en esta época de sequía sensorial en la que nuevamente me hallo. Y me di cuenta de que, una vez más, lo único que viene a mi mente es básico y elemental. Que esta cola se acabe. Que deje de llover y yo me pueda bajar de aquí, sin mojarme. Llegar a mi casa. Quitarme los jeans. Acostarme a dormir. Mi cama.

Las horas de almuerzo al mediodía, es decir: dejar de trabajar. Ya ni siquiera comer –que, por aquello del ahorro y la salud, ya no lo hago con jactancia exuberante– sino la interrupción que significa, en medio de mi estresado tedio cotidiano, la hora del mediodía. Apagar la computadora y repetir el mismo ritual: calentar la comida en el microondas de la oficina y sentarme, un rato, en sana paz.

Acostarme en la noche a leer antes de dormir. Pero no por la lectura –que el cansancio y la mente distraída no permiten la inmersión necesaria– sino por la suspensión del día. La relajación de los músculos, el celular apagado, las letras que se hacen borrosas mientras me sumerjo en el sueño. Dormir.

 

 

Se me ocurrió, mientras pensaba en estos elementos placenteros, que no eran tales. No significan un placer en positivo, una actividad cuya realización disfrute, o alguna cosa con cuyo vínculo halle un gozo personal. Al contrario. Son «placeres» en tanto que representan la interrupción o ruptura de algo desagradable para mí. Incluso salir a tomarme un café con mis amigas es un «placer» porque significa el rompimiento del deber, y, más aun, es gozoso porque es el momento de la semana en que puedo hablar sin filtro de lo que quiera y de quien quiera y como yo quiera. O sea: puedo descargarme, desahogarme. Es la válvula abierta para una concentración de energía negativa… la explosión hacia afuera de algo que, de seguir comprimiéndose hacia adentro, podría hacer estallar todo en cualquier instante. Eso son mis placeres. Son alivios, relajaciones del absurdo: pausas del spleen, del horror incluso. Placeres por descarte, gozos pasivos, simples disfrutes en negativo. Escapes. Urgencias. Huidas desesperadas. Como aquello que siento cuando, en la oficina, el teléfono deja de sonar por media hora. O la sensación que me da cuando, de tanto oírlo sonar y fantasear con arrojarlo por la ventana, finalmente apago el celular. (La imagen de Punch-Drunk Love en que Adam Sandler por fin quiebra de un golpe el ventanal. I had to break the window / It just had to be / It was in my way. / Better that I break the window / Than him / Or her / Or me… como diría, tan lúcida, Fiona Apple).

Espacios de silencio. No oír música, no pensar en mí misma: sólo dejar de oír ruido, sólo dejar de pensar.

Ya no leer: tan sólo quedarme dormida.

Entre dos notas de música existe una nota, entre dos hechos existe un hecho, entre dos granos de arena por más juntos que estén existe un intervalo de espacio, existe un sentir que está entre el sentir –en los intersticios de la materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo, y la respiración continua del mundo es aquello que oímos y llamamos silencio.

Clarice Lispector. La pasión según G.H.

 

 

Recordé que, durante la Era Elemental, el oficio de leer tampoco me era placentero. Supongo que en ese momento se debía a la novela que me habían mandado en la universidad: La peste de Albert Camus. Era asfixiante salir a la calle: no ver a nadie, pues todo estaba cerrado, no había gasolina y, en general, no había nada que hacer; y llegar a casa a leer cómo en La peste salir a la calle era: no ver a nadie, pues todo estaba cerrado, las gasolineras estaban vacías y, básicamente, no había nada que hacer.

Recordé de pronto un diálogo genial de la novela, algo más o menos así:

―¿Cuándo crees que las cosas habrán vuelto a la normalidad?
―Bueno, eso depende. ¿Qué significa volver a la normalidad?
―No lo sé. Supongo que ir al cine.

Durante esos meses, sin embargo, nunca dejé de ir al cine. Al contrario: empecé a ir con altísima frecuencia. Estaban todas las salas cerradas – excepto las cinematecas, pues, al ser del gobierno, claro, no podían estar en paro. Así, el Ateneo de entonces se convirtió en mi más preciado refugio. La cinemateca en el Museo de Bellas Artes y el café que en ese entonces aún existía al lado del Museo de Ciencias. Antes o después de la película, pedir un nestea gigante y un pastelito de queso crema.

Iba casi a diario, con un novio, con una amiga despechada, con quien fuera. Sola, de ser preciso. Si no había nada mejor que hacer.

Y, durante el paro, casi nunca había nada mejor que hacer.

A pesar del innegable ocio que impulsaba el ritual de aquellos días, no lo considero un placer por descarte. A pesar de la imposición social del paro, para mí era casi una elección, porque el hecho impuesto estaba totalmente acorde con mis más íntimos deseos. Es más: recuerdo clarito haber dicho, llegando esos meses, que, si no se daba el paro nacional, yo sola iba a dar un paro personal.

Me iba a poner en pausa.

Para mí, la imposición era la vida cotidiana. El placer, en positivo: detenerla por tiempo indefinido.

Es más, si me hubieran dado carta blanca para escoger a qué quería dedicar todos mis días de pausa –todos sin excepción– hubiera descartado toda mi vida: el trabajo, la universidad, el novio, la familia, los amigos, todo… y hubiera dicho: voy a ir al cine todos los días.

 

 

Creo que ha escampado. Espero que haya menos cola. Estoy esperando a un amigo que me viene a buscar para ver una película del Festival Francés. La semana pasada vi cuatro. Las otras dos noches fui al teatro, y una noche El perfume estaba agotado y optamos por ir a cenar.

¿Cuál es la diferencia entre el cine y la televisión, o para sus efectos, el teatro, un libro, escribir, o incluso una película en DVD vista en casa? No lo sé. Supongo que los niveles de concentración.

Cuando veo televisión echada en la cama o el sofá hay todo tipo de interrupciones: suena el teléfono, mis padres me hablan, pasan anuncios y mi cerebro divaga. No me logro concentrar realmente, y la huida, como huida completa, falla.

El teatro requiere, me parece, de un mayor esfuerzo por parte del espectador. Es como si la concentración necesitara ser más activa: tiene uno que proponerse entrar de lleno en la escena; hacer un esfuerzo por estar pendiente de que las frases, los detalles, no se le escapen… Y supongo que eso ahora, tal como estoy… bueno, quizá ahora sea pedirme demasiado.

Con un libro pasa lo mismo: el mundo lucha por no dejarme concentrar y yo pierdo ante el mundo, o ante el sueño.

Y, lógicamente: una película en casa, conmigo echada en el sofá-cama, también pierde la batalla contra el sueño. O contra los interruptores.

Sólo el cine exige el justo decibel de mi concentración. Penetro en un mundo otro, milagrosamente logro tal penetración: mi mente escapa de mí, mas no de mi vigilia consciente. Y así logro un inmenso placer «activo» en efectuar, religiosamente, el ritual. Escojo la película, hago la cola, compro las entradas. Luego compro las cotufas, algo dulce y una botella de agua. Me acurruco en el sweater, me quejo del frío. Me rodeo de oscuridad y silencio colectivo por un aproximado de dos horas, un poco más si corro con suerte. Me divorcio de mí, y de mi mundo diario, aun cuando no del mundo en su totalidad, y logro la unión más placentera posible: la alianza con una realidad ficticia… que, en tanto ajena, no me angustia demasiado, ni me amenaza en serio, ni me molesta, ni me preocupa, ni me somete, ni me sobrepasa, ni me es –como tantos otros placeres antes tan deseados– explícitamente indiferente.

Caracas, 7 de mayo de 2007
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Este texto está incluido en el libro inédito Del último regreso. Dispersiones sobre el desarraigo,
mención publicación del Concurso Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana 2017.

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Diario de un confinamiento

Durante estos tiempos extraños de confinamiento forzado y universal (debo hacer énfasis en ambos adjetivos: mi confinamiento no siempre ha sido forzado, y nuestro confinamiento no siempre ha sido universal); durante estos tiempos en que reina esto que he convenido en llamar «ánimo de cuarentena», pocas cosas han logrado mantener mi interés y mi concentración de manera sostenida. Cuando esta suerte de tiempo suspendido que nos embarga a todos nos regala la «libertad» de «cierto ocio obligado», la sensación de la inexistencia generalizada de horarios de trabajo y de las presiones usuales del calendario forja una dilatación de los deberes – que siguen estando allí, claro, pero sin la premura de lo que siempre hemos entendido como «tiempo real», lo cual inevitablemente incita a una relajación mental, espiritual y física.

Recuerdo esos meses en que me fui a vivir a Nueva York, sin trabajo alguno, sin intención alguna de buscar trabajo alguno, sin objetivo más allá que vivir la ciudad y, supuestamente, adelantar mi tesis de pregrado; recuerdo las reacciones de mis amigos de allá ante mi ocio, ahí sí, personalmente provocado: los que me preguntaban si yo no quería que ellos me ayudaran, por ejemplo, a conseguir un trabajo (no, gracias); los que me elogiaban por mi manera de vivir en la falta absoluta de propósito, o lo que ellos llamaban el «no propósito»: mi no tener siquiera el afán de querer buscar tener un propósito. (Del mismo modo como me lanzo en el trazo de mi dibujo, este es un ejercicio de vida sin planteamiento. El mundo no tiene un orden visible y yo sólo tengo el orden de la respiración. Me dejo suceder. Clarice Lispector, Agua viva). La sensación extraña de no tener horario, y, en esos tiempos en que la casa estuvo absolutamente sola, esa especie de bendición-maldición de no tener que rendirle cuentas de mi existencia a nadie, de no deberle nada a nadie, de que nadie me estuviera esperando… de que nada me estuviera esperando. Podía salir, claro, y lo hacía siempre tarde, cuando el sol ya estaba a punto de ocultarse (era otoño, luego invierno, y el sol solía ocultarse por completo a las cinco de la tarde), y en esas salidas quizás estribe un poco la diferencia entre esa situación y la presente. Eso, claro, y el factor de la elección individual, que no se puede dejar nunca de lado, mucho menos ante lo que estamos todos viviendo, solos, pero colectivamente.

 

 

Decía que pocas cosas han captado y sostenido mi interés durante estos tiempos tan particulares. Trabajo desde casa desde hace años, así que la dinámica no me es del todo extraña. Y trabajo no es precisamente lo que me falta en estos momentos, cosa que –por primera vez, quizás– agradezco a la vida de manera honesta. Trabajo, además, en lo que amo, lo cual desde luego siempre ayuda. Y sin embargo mi cabeza se dispersa, la pasión de siempre está un poco debilitada y la falta de estímulos me resulta más que evidente. Practico, de cierta manera, el fino arte de estar literalmente suspendida, en mente y cuerpo. Tomo el sol en la terraza, tomo largas siestas en las tardes, postrada por este calor insoportable que me aletarga y me adormece hasta provocarme malestar físico.

Lo único que me acompaña en estas sesiones soporíferas suele ser un libro. Leo. Leo con avidez, con una inmersión que no experimentaba, quizás, desde mi infancia, en que solía leer novelas más que poesía: esos años en que no trabajaba y el tiempo era menos tirano, la vida menos dispersa y yo acostumbraba leer, durante horas seguidas, textos no fragmentarios, sino más bien continuos, que sostenían el hilo de mi interés y mi atención de manera mucho más prolongada y a la vez compacta. Leo ahora como leía entonces: obsesivamente, incluso; como cuando descubrí a Clarice Lispector, al empezar la universidad, cuando un mismo autor me fascinaba en una especie de rapto que me hacía buscar y leer y releer más y más libros suyos.

La obsesión esta vez ha sido, principalmente, con Philip Roth. Pero entre una y otra de sus novelas –y también su presunta autobiografía– ha habido otro libro protagónico en mis tiempos de cuarentena, un hallazgo de esos que uno hace cuando corre con suerte en una librería: ves una carátula, una imagen que te atrapa, un título y un autor que desconoces, que nadie te ha recomendado, y el libro está a un precio ridículamente barato (sí, esos milagros todavía se dan – o se daban, de vez en cuando, antes de este encierro) y lo compras y te lo llevas a casa sin sospechar realmente la magnitud del vínculo que acabas de establecer. Justo eso me ha sucedido durante los últimos meses con un libro que es un diario ficcional, una novela escrita en clave de diario y de correspondencias, cuyo hilo central está tan lejos de lo que suele preocuparme que, supongo, se conecta conmigo de maneras insospechadas, íntimas, que no suelo explorar demasiado de manera consciente; pero como a mí me gusta eso de «evadir de frente» o de percatarme de mis propias evasiones, pues se me hace evidente que me toca una fibra precisamente desde las carencias y las ausencias que más me preocupan, aunque esas sean –precisamente– las que poco suelan ocuparme. Estoy hablando del Diario de un cuerpo de Daniel Pennac, que leí casi en su totalidad durante estos tiempos extraños, en que nuestra relación con el cuerpo propio y con el cuerpo del otro (cómo detesto ese término que han agarrado para decirnos cómo comportarnos ahora: el so-called «distanciamiento social») está todo el tiempo sobre la mesa, nos guste o no. Tendría que escribir un ensayo largo sobre todo el libro para desmenuzar cada manera en que éste me ha tocado –y a lo mejor lo haga– pero, por hoy, sólo deseo posarme sobre este pasaje de la última carta que el protagonista presenta, en la que se dirige, como en todas sus cartas, a su hija Lison:

Mis muertos habían tenido un cuerpo y ya no lo tenían, ahí estribaba todo, y esos cuerpos únicos me faltaban por completo. ¡A mí, que tan poco los había tocado cuando vivían! ¡A mí, considerado tan poco acariciador, tan poco físico! ¡Eran sus cuerpos lo que ahora reclamaba yo!

Seguían accesos de dulce locura durante los que me convertía en su fantasma: la mano que tendía hacia el azucarero, por ejemplo, los dos dedos que hundía en él encarnaban el gesto exacto que hacía Grégoire cuando endulzaba su café, precisamente el gesto de Grégoire tomando un terrón para su café con el índice y el corazón, nunca metía el pulgar (¿te habías fijado en este detalle?). Estaba yo reducido a esas breves crisis de posesión: convertirme, durante un relámpago, en Grégoire endulzando su café, en Tijo riéndose, en Violette bamboleándose sobre los guijarros. ¡Pero cómo hubiera preferido ver ese gesto! ¡Y oír esa risa! ¡Y volver a apartar la silla plegable de Violette! ¡Dios, cuánto me faltaba esa compañía y cómo comprendí esa palabra: compañía!

Daniel Pennac. «Agonía (2010)», Diario de un cuerpo

Como si eso no fuera suficiente, el protagonista pasa entonces a hablar sobre sus idas al cine con sus nietas (dios, cómo extraño ir al cine), que lo llevan arrastrado, vez tras vez, para intentar hacerle olvidar la muerte prematura de su otro nieto (Grégoire, muerto apenas a los veinticinco años); hasta que en una de éstas se encuentra, en la pantalla grande, con una de mis películas favoritas, The Hours, de Stephen Daldry. Cuenta entonces este hombre en duelo cómo la imagen de Ed Harris enfermo de sida, sentado en la ventana, despidiéndose antes de lanzarse, lo hace dejar de ir al cine de plano… lo cual pone fin frustrado y contundente al noble proyecto de sus nietas. No voy a empezar a hablar sobre esta película, la novela, el guión, el soundtrack, y mis paseos por Nueva York para reconstruir la trayectoria de sus personajes (tomando fotos apuradas, antes de que cayera el sol a las cinco de la tarde); tampoco me voy a poner a hablar sobre mi amigo Eduardo, a quien esta película invariablemente me recuerda, y a quien casualmente envié el libro de Pennac como regalo, justo antes de que se iniciara la cuarentena. Voy, eso sí, a detenerme en el comentario que expone la carta sobre lo «poco acariciador» y «poco físico» que se considera el protagonista de Diario de un cuerpo: cómo su comentario me llevó en seguida a mi vida personal, para recordarme, muy en concreto, la postal que me envió mi amigo Jeffry desde Barcelona, hace tantos años, y que leí llorando mientras caminaba por la Plaza de los Museos donde solíamos ir juntos (porque no pude esperar a sentarme para abrir el paquete), junto a la dedicatoria al libro de Virginia Woolf que mandó con ella. Jeffry terminaba su mensaje en la postal (¿o era en la dedicatoria del libro?) diciéndome «cuánto deseaba ahora poder darme todos los abrazos que tan poco nos habíamos dado cuando habíamos tenido la oportunidad de hacerlo». Y es que las personas que nos sabemos ariscas, poco dadas a eso de andar acariciando a la gente que queremos, quizás estamos más conscientes de lo que echamos en falta cuando esa falta deja de ser una elección personal y pasa a ser una imposición, dada por un contexto particular, y en todo caso –y lo que es más importante– totalmente indeseada e involuntaria.

 

 

Debo detenerme también en esa maravilla del protagonista –jamás dicen su nombre en todo el libro, más bien hacen énfasis en aquello de «mantener su anonimato»– de querer encarnar a sus muertos calcando los gestos físicos de los que, así, lo transforman a él en su fantasma: ¿no sería hermoso que la gente hiciera eso al echar en falta a alguien, más que insistir en todos estos universos virtuales que, en lugar de fantasmas, nos convierten en avatares?

 

 

Extrañar el cuerpo del otro. Físicamente. Sentir, en lo material –en cuanto a materia– una verdadera ausencia. Pienso en eso que dicen que les pasa a las personas cuando pierden un brazo o una pierna: que, de pronto, siguen sintiendo el dolor que sentían justo en el miembro que ya no tienen. Creo que de eso se trata. Cuando la presencia concreta de alguien ha sido tan contundente en nosotros, en nuestro cuerpo, en nuestra vida física, su desaparición duele como un miembro fantasma que sigue quejándose por su falta. Debo aclarar, quizás, que no estoy hablando sólo de y desde presencias eróticas. Hablo también de mis almas gemelas, que dejé de ver hace tanto tiempo antes de esta pandemia, y que todavía me duelen como un órgano que me falta, como una mano manca (Mariana); como un corazón dejado en medio de una montaña (Fabiola); como un amuleto mental que cargo conmigo, en ocasiones como zarcillos en forma de bicicletas (Eduardo) y, en otras, de delfines (de nuevo, Mariana), o como bufandas invernales fuera de estación o chales (Claudiana, Valen); como películas que veo hasta aprenderme de memoria (Eduardo, Camilo); como cd’s quemados con música que me define (Mariana, Jeffry, Isa, Claudiana); como postales pegadas en un corcho al lado de mi cama (Jeffry, Carola); como libros enviados como cartas con dedicatorias que me hacen aguar el guarapo (de nuevo, Jeffry, Camilo, Eduardo, Freddy, Carola, Néstor).

No soy de abrazos ni de caricias constantes. Aquellos que me conocen –los que me conocen bien– suelen tildarme de «arisca» o de «cerebral» o de ambas. Y francamente no creo que esta pandemia –este confinamiento por el que todos estamos pasando– me cambie, en eso, demasiado. Soy solitaria hasta la médula, amo mi espacio como un rincón que desearía que nadie invadiese de la manera y con la frecuencia en que tantos lo hacen; y quizás por eso, justamente por eso, puedo decir con franqueza que detesto la vida virtual que se ha fortalecido en este encierro colectivo, en la misma medida en que estoy acostumbrada a vivir rodeada de fantasmas.

 

 

Estos tiempos me han hecho pensar mucho, también, en los muertos. No en mis muertos, sino en los muertos de todos. La imagen de Nueva York y sus fosas comunes es algo que no consigo ni quiero imaginarme, y, sin embargo, esa maldita imagen no deja de acecharme. El hecho de que, ahora, cada vez que nos dicen que alguien ha muerto, en seguida salten a nuestro cerebro y nuestros labios estas preguntas ineludibles: «¿Y murió de coronavirus?», «¿y qué edad tenía?». Y cuando la respuesta es que murió de otra cosa, creo que sentimos un alivio insólito: porque la muerte por otras causas, de algún modo, forma parte de nuestra normalidad extrañada, de lo que ya estaba medianamente aceptado –o cuando menos previsto– en nuestro universo que no sabe convivir con la muerte, pero que ciertamente la sabe inevitable. Y, cuando nos hablan de la edad de los que han muerto, no sabemos si preocuparnos por nuestros viejos o recordarnos a nosotros mismos que, mientras mayor sea el número dado, más se acerca el fenómeno de la muerte del otro a aquello que vamos «digiriendo»… aquello de lo que no queremos saber demasiado, mas ante lo que es mejor irnos preparando, pues es «normal» y «natural» morir «cuando se es viejo».

Pienso, sobre todo, en las personas que mueren sin poder despedirse de quienes aman. Y, una vez más, no es esta pandemia la única causa ni la primera de esa desgracia.

 

 

En estos días, decía, me ha costado trabajar, concentrarme. Por eso he agradecido tanto esta entrega sin esfuerzo a los libros, que siempre han sido mis mejores acompañantes. Por eso, también, agradezco cuando alguien me invita a escribir sobre cosas que, de una manera u otra, estaban dando vueltas dentro de mí y necesitaban exorcizarse.

 

Caracas, mayo 2020
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Una versión anterior de este texto fue escrita para y está incluida en Pasajeras. Antología del cautiverio,
de Les Quintero y Graciela Bonnet (comp.), Caracas, Editorial Lector Cómplice, 2020.

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Apuntes sobre la muerte del otro

 

Porque sé que él es mi error. Y de una vida entera, por Dios, lo que se salva a veces es tan sólo el error, y sé que no nos salvaremos mientras nuestro error no nos sea precioso. Mi error es mi espejo, donde veo lo que yo en silencio hice de un hombre.

Clarice Lispector. «Mineirinho», La legión extranjera

 

 

En El ser y el tiempo, el ‘Gran Maestro Alemán’ conocido como Martin Heidegger plantea que, ante nuestros ojos, la muerte de los otros patentiza –como a fuerza de contraste– el hecho de que nuestra propia vida continúa [1]. De modo similar, en «Mineirinho» –y no ajena a la obra de Heidegger entre sus influencias filosóficas– la escritora brasileña Clarice Lispector sugiere casi el mismo asunto, pero desde un punto de vista que se me hace aun más inquietante: el de que mi salvación ha significado la muerte del otro [2]. El primero habla desde el discurso filosófico sobre el ser, en un intento de definición de la muerte como elemento determinante de lo que somos; la segunda, desde la crónica literaria que, a partir del hecho puntual de la ejecución polémica de un criminal que era considerado una especie de Robin Hood brasileño, discurre sobre lo que la muerte del otro tiene que ver con mi vida.

La crónica de Lispector surtió en mí dos efectos extraños y casi contrapuestos, si tomo en cuenta la primera lectura que hice de ella, en oposición a las lecturas posteriores que, durante años –con la frecuencia obsesiva que origina aquello que nos mueve mucho– seguí haciendo. En un principio, el discurso personal, casi íntimo, en que la autora se refería a un tema de índole social, político y filosófico, se me hizo terriblemente agudo: incisivo; me perturbaba tanto como me conmovía. No sólo en mi propia posición ante la «pena de muerte» (¿la ejecución de Mineirinho puede ser calificada como tal?), sino en cuanto a mis nociones de justicia, libertad y egoísmo humano. Pensé: «Es cierto: innegablemente, la muerte del otro es el error que siempre me tranquilizará ver no cometido conmigo». Heidegger tendría razón: la muerte del otro patentiza la continuidad de mi propia vida. Y pensar esto –saberlo como cierto– es fatal. No porque inevitablemente ese otro vaya a ser yo, tarde o temprano –cosa que sé– sino porque ese otro es un hombre cuya muerte no sólo sirve para ‘evidenciar mi vida’ y tranquilizarme… sino para develar que, en lo más hondo, la vida humana me duele sólo en cuanto mía, no en cuanto vida y menos en cuanto humana.

Y creo que eso no lo sabía.

Esta sensación provocó entonces, en mí, una reacción de rechazo instintivo, traducido en una lectura ¿crítica? del texto terrible. Lispector escribía hermosamente –pensé–, no cabía dudar sobre eso, así que no lo hice; pero no podía perder de vista tampoco lo que implicaba su posición –su compasión– ante la muerte de un criminal; su evidente sentimiento de culpa por su vida ante la muerte del otro. No podía leerlo con ingenuidad, ni dejarme llevar por la obvia contundencia y hondo alcance de sus imágenes poéticas. Que «el otro» sea «mi error» y «mi espejo» no significa que mi vida y yo seamos un error también.

Ahora bien, antes de toparme con las reflexiones de Heidegger –que me inclinarían a confirmar lo temible en mi primera lectura de Lispector– hallé unas palabras de Emmanuel Lévinas que deseo reproducir aquí. Ética e infinito dice, textualmente, que «desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago. (…) la responsabilidad es inicialmente un para el otro. Esto quiere decir que soy responsable de su misma responsabilidad. (…) el otro no es próximo simplemente en el espacio, o allegado como un pariente, sino que se aproxima esencialmente a mí en tanto que yo me siento –en tanto que yo soy– responsable de él». Lévinas también afirma que «el decir es el hecho de que ante el rostro yo no me quedo ahí a contemplarlo sin más: le respondo» [3]. Sin mencionar el suceso de la muerte, al menos no en este capítulo que cito, Lévinas aclaró para mí el conflicto suscitado por la sacudida lispectoriana. Así, comencé a leer otro recado en la crónica: no que la muerte del otro deba ser saldada por la mía propia, o siquiera que mi vida sea injusta ante la muerte del otro: no; es la vida del otro lo que debe ser respaldado por la mía. Sentí que la crónica de Clarice era su manera de responder ante este otro que, muerto, no podía hacerse responsable ya. Hablar ante el otro es, siempre, nuestra responsabilidad.

Me parece que los discursos de Lispector y Lévinas, a pesar de la distancia en sus tonos, coinciden en ver el hecho de la muerte como lo más íntimo y esencial del ser humano: lo tratan como un asunto personal. En cambio, diría que Heidegger señala un hecho general en el hombre: algo inherente a la percepción humana, cotidiana; a la ilusión de vida eterna que suele tener todo individuo. Sería quizás demasiado señalar que, en tanto hombre, también el filósofo que produce esta disertación se halla sujeto a los vicios de percepción ¿y de carácter? que sus propias palabras señalan. Pues el ‘Maestro’ sólo está indicando los engaños de apreciación de nuestra psique, en tanto que estos contribuyen a la formación de nuestra creencia de lo que es la muerte –por ende, de lo que somos– desde nuestra propia subjetividad… que, después de todo, es lo único con que contamos para construir una «definición» del ser. Es sólo de manera tangencial, casi inocente, que el filósofo saca a relucir ese átomo oculto en cada uno de nosotros que nos dicta –casi inconscientemente– que mientras sea el otro quien está muriendo aún no somos nosotros los que de manera tangible nos reconocemos como mortales. Más aun, Heidegger señala que ocurre casi el proceso inverso: si es el otro el que muere en lugar de mí, quizás sea porque yo no voy a morir. Y esto, claro está (y el filósofo nos lo recuerda), no conforma un razonamiento lógico ni empírico, sino una suerte de error de percepción: sencillamente es lo que creemos, sin darnos cuenta, cada vez que la muerte nos ronda… cerca, pero no demasiado.

El discurso heideggeriano, en contraste con el de Lispector, y en el fondo también con el de Lévinas, no pretende insertarse en la subjetividad íntima de la opinión o la posición ética ante el morir ajeno, aun cuando provenga de la opinión de un hombre –cosa que no podemos olvidar– sino que pretende todo lo contrario: este tipo de discurso precisa objetivar la muerte del hombre para intentar explicar la esencia del ser en términos filosóficos. Criticarlo éticamente sería, tal vez, caer en un error de juicio… de la misma naturaleza, aunque en dirección opuesta, de mi error al releer el texto de Lispector. Lo que Heidegger plantea no puede ser tomado como una declaración ética individual, al tratarse de un discurrir filosófico sobre el ser esencial. Así como, de manera exactamente inversa, lo planteado por Lispector no podía ser tomado como una verdad universal, puesto que es una toma de responsabilidad personal.

Sin embargo, el filósofo que escribe también es un hombre ante su discurso, aun cuando nos olvidemos de verlo detrás de él. Y así, por esta misma distancia inocente y ‘objetiva’ con que nos habla, por su misma falta de posición subjetiva –por el mismo hecho de que sus objetivos disten de tomar una– se me hace que Heidegger falla a la hora de responder… en tanto que, porque no pretende hacerlo, no lo hace.

 

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Textos referidos
[1] Heidegger, Martin (2004). «El ‘ser ahí’ y la temporalidad». El ser y el tiempo. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, p. 278.
[2] Lispector, Clarice (1974). «Mineirinho». La legión extranjera. Caracas: Monte Ávila, pp. 347-353.
[3] Lévinas, Emmanuel (2000). «La responsabilidad para con el otro». Ética e infinito. Madrid: Visor/Machado, pp. 89-96.

 

Caracas, 2005
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Versiones anteriores de este texto han sido publicadas en Argumentos Literarios
(revista nº 1, año 1, marzo-junio 2006) y en el «Papel Literario» de El Nacional (28 de mayo de 2017).

 

 

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G.

Graciela Yáñez Vicentini. Caracas, 1981. Escritora, promotora cultural, editora, traductora, librera. Su heterónimo Egarim Mirage firma los poemarios Espejeos al espejo (2006, 2007) e Íntimo, el espejo (2015). Sus textos de índole diversa aparecen en compilaciones como 102 Poetas Jamming, Cien mujeres contra la violencia de género, Nuevo país de las letras, Dispara usted o disparo yo (antología de microrrelatos policiales), entre otras publicaciones de Venezuela, México, España, Argentina y EEUU. Sus poemas, traducidos al inglés, aparecen en la muestra bilingüe de poesía venezolana «Lectura de la diáspora» de Latin American Literature Today (LALT, Universidad de Oklahoma). Ha sido 2° lugar de poesía (Ateneo de Caracas, 1997); varios lugares de narrativa y poesía (Festival Literario UCV, 2001, 2002, 2004); finalista del Concurso Minificciones Mosaico (Embajada Argentina/FILUC, 2017) y mención del Concurso Anual Transgenérico (Fundación para la Cultura Urbana, 2017) por su libro de prosas híbridas Del último regreso. Dispersiones sobre el desarraigo, aún inédito. También permanece inédito su libro de ensayos sobre Eugenio Montejo y la heteronimia. Es coeditora de la Obra completa de Eugenio Montejo (Pre-Textos, España, 2021); desde 2018, coeditora y correctora de la serie «Los rostros del futuro» (Banesco/Artesano Group) y, desde 2016, gerente cultural y correctora de Ediciones «Letra Muerta».

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Marco Saraceni 
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Intertextualidad y traducción en Cuidados intensivos de Arturo Gutiérrez Plaza

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