Trilce & la apertura del sentido

Juan Pablo Velásquez

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Conmemoración en la Pontificia Universidad Javeriana por los cien años de la publicación de Trilce

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Para comenzar, considero pertinente introducir la siguiente afirmación: la poesía impregnada en las páginas de Trilce (1922) no es fruto del “hermetismo retórico” que usualmente se le asigna. Por el contrario, no creo que exista tal cosa como el hermetismo; ninguna realidad material es inmune a la afectación de lo ajeno. Además, si así fuera, hoy, en este espacio, no estaríamos celebrando cien años de la publicación de los setentaisiete (LXXVII) poemas que componen Trilce, pues a ninguno de nosotros nos habrían impactado los enigmas simbolizados en sus guarismos, las sugerencias incompletas de sus neologismos o las estridencias de sus onomatopeyas. Sin duda, la verdad es otra: Trilce es una herida abierta en la memoria de nuestra lengua hispanoamericana.

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La poesía de Trilce, en este sentido, no es un medio formal encauzado a comunicar un mensaje X o Z, sino más bien una “madriguera” como dirían Deleuze y Guattari: una estructura viva con múltiples entradas y salidas; un entramado de callejones que, a veces, se interceptan entre sí y, otras, finalizan en un muro infranqueable; una estructura del lenguaje que se modifica a sí misma de manera constante y también nos transforma a nosotros (los lectores) a lo largo de nuestro recorrido. Por ejemplo, paladeemos solamente su título: Tril-ce. Un neologismo cuyo sentido es imposible de asir. Más que una palabra, funciona como una grieta del lenguaje a través de la cual fluyen diversas posibilidades de la significación.

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En relación con lo anterior, traigamos a colación a algunos biógrafos del poeta, como Jesús Espejo Asturrizaga, que han interpretado esta palabra desde una perspectiva puramente anecdótica, es decir, como la distorsión de la expresión “tres libras” (o sea treinta soles peruanos), el precio original del libro en su primera edición. También a poetas como Juan Larrea, quienes afirmaron que la clave del título encierra un enigma dialéctico: la unión del número “tres” y la palabra “dulce”, para así hacer referencia a una “triple dulzura”, la cual, al final, en un movimiento teleológico, llevaría al lector a una revelación de la experiencia del mundo moderno. En otras vertientes, críticos, como Francisco Martínez García, eliminaron el carácter numérico del título y aseveraron que el significante Trilce era la unión de los adjetivos “triste” y “dulce”, la expresión de un sentimiento contradictorio e inédito como los que usualmente enuncian los poemas de Vallejo. Y, por último, seguidores de diferentes líneas psicoanalíticas, como Gerardo Goloboff, creyeron que el título plasmaba de manera inconsciente y cifrada la experiencia traumática del poeta en la cárcel. Según Goloboff, la palabra Trilce es un anagrama que comprende el lugar donde estuvo preso Vallejo (o sea la ciudad de Trujillo) y la primera sílaba de su nombre (“Ce”)[1].

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Vallejo y su hermano Néstor

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Todas estas interpretaciones de gran valor hermenéutico son, en mi opinión, igual de válidas e inexactas, pues su validez radica paradójicamente en su inexactitud. Trilce, como lo quise decir antes, es un significante-puerta, el cual está atravesado por un chorro de posibilidades semánticas. No obstante, para ser más explícitos, pensemos en los múltiples tiempos convergentes en la susodicha palabra. En el significante Trilce, por supuesto, palpita el pasado: es una palabra hecha con fragmentos rotos de palabras que la preceden en la historia (Trujillo, tres, César, tristeza, dulce, etc.); pero también es una palabra con raíces antiquísimas conectadas a un mundo prehispánico y a traumas irreparables que siempre nos recordarán nuestra lengua como una lengua impuesta por medio de procesos coloniales. Igualmente, en la palabra Trilce el presente es intenso, como bien valdría suponer, no posee un referente en específico que podamos señalar con certeza en el mundo, sino que todo, por el contrario, podría ser su referente. Trilce es la encarnación lingüística de un sentimiento de anonadamiento ante la totalidad y el vacío oculto detrás de ella; es un significante capaz de hacernos conscientes de que el sentido que ahora, en este momento, le asignamos a todas las cosas está vivo y, por ende, se está transformando y muriendo. Sin embargo, lo más sorprendente del significante Trilce es su deseo de futuro: un deseo por nombrar lo que aún no existe y en cualquier momento podría intervenir en nuestras vidas. Entonces, ¿qué es Trilce?, ¿un adjetivo, un verbo o un sustantivo? Simplemente deberíamos responder: son las tres cosas al mismo tiempo. Trilce es una cualidad y dimensión de nuestro mundo; también es una revolución del lenguaje; y, a su vez, es una realidad que nunca termina de completarse.

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Recuerdo la primera vez que leí Trilce, a los diecinueve años con la guía de Gina Saraceni y ella, ante mi asombro, me dijo unas palabras que aún no cesan de crecer en mí: “el problema con Trilce es que no estamos acostumbrados a una poesía que no signifique”. En esta frase, ahora pienso, está en disputa el espíritu de la poesía moderna en contra de las costumbres de una sociedad utilitaria y punitiva: el deseo de libertad. Ya lo decía el mismo Vallejo, en una muy comentada carta de 1922, a su amigo Antenor Orrego respecto a la primera edición de Trilce: “Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡La de ser libre! Si no he de ser libre hoy, no lo seré jamás”. Según mi lectura, ese es el gran tema de Trilce: el deseo de liberarse de las diferentes opresiones enajenantes que ofrece su mundo peruano en el lado más oscuro de la modernidad y la globalización: una sociedad neocolonial, periférica, semiindustrializada, productora de materias primas y en trance de los procesos de secularización.

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Pensemos solamente en el poema III, donde la voz poética nos refiere una celda con cuatro paredes que, de cuando en cuando, expanden su materialidad en el espacio y el tiempo, y nos permiten a los lectores asomarnos a una infancia ideal donde un niño juega con sus hermanitos y coloca barcos de papel sobre las aguas de un pozo. Una fuga de libertad que, al final, se ve eclipsada por la oscuridad de la celda: “Aguedita, Nativa, Miguel? / Llamo, busco al tanteo de la oscuridad. / No me vayan a haber dejado solo, / y el único recluso sea yo”. Sin embargo, es importante señalar que este deseo no se limita a una determinada temática, ya que, como lo dije anteriormente, Trilce es una experiencia de libertad materializada en la forma misma del lenguaje. A este respecto, bien valdría considerar una vez más el significante Trilce, una palabra que no significa nada en particular, pues el sentido que la atraviesa no está preso (como le ocurrió a Vallejo en vida), sino mutando y desplegándose a lo largo y ancho de toda la vida. Trilce no es un forma retórica útil para comunicar un mensaje de libertad, sino la libertad en sí misma del lenguaje.

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Ahora, para terminar, solo habría que sugerir un ejercicio cada vez que Trilce se nos presente como una palabra oscura e impenetrable. Para ello es necesario comenzar por paladearla (Ttttrrriiiillllllssssssseeee) tal como lo hacía el mismo Vallejo cuando le pedían una dilucidación, según su viuda Georgette Philippart. A través de dicha práctica no solo sentiremos que Trilce es una palabra cualquiera en el intercambio usual de las interacciones cotidianas, sino que es, sobre todo, una experiencia del cuerpo. Cuando pronunciamos la palabra Trilce enunciamos todas la palabras que existieron, existen y existirán; nuestro cuerpo se transforma, entonces, en un umbral que es atravesado por toda una tradición poética que comenzó hace mucho tiempo y cuyo fin desconocemos por completo.

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[1] Para un análisis de mayor hondura genealógica, especialmente uno que ofrezca el rigor otorgado por la filología, sugiero remitirse al texto de Federico Bravo: “La palabra Trilce: origen, descripción e hipótesis de lectura”. Dicho texto fue publicado en la Nueva Revista de Filología Hispánica, en el volumen XLVIII, número 2, año 2000.

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Juan Pablo Velásquez. Bogotá, Colombia, 1995. Ensayista e investigador de poesía latinoamericana. En el año 2020 obtuvo su título como Profesional en Estudios Literarios (Pontificia Universidad Javeriana) con su trabajo de grado César Vallejo y la epopeya de la heterogeneidad, el cual fue merecedor del primer lugar del Concurso Nacional Otto de Greiff (versión 2020) en la categoría “Creatividad y expresión en artes y letras”. Actualmente se desempeña como asistente editorial en la revista académica Cuadernos de Literatura, vinculada a la Pontificia Universidad Javeriana, y espera culminar pronto sus estudios de maestría en la misma institución con una tesis que examina la relación dialéctica entre los conceptos de “poesía” y “represión” en América Latina durante el siglo XX; un estudio que toma por objetivo el análisis de las obras de Raúl Zurita, Juan Gelman y Heberto Padilla.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Alba Izaguirre

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