Trilogía de Argos

Alejandro Oliveros

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1. Atalaya

No ha debido ir a la guerra
Agamenón. Esa hija no
será olvidada. Y a una reina
no se ultraja impunemente.

Poco le costaba postergar
la partida y quedarse unos
días en Argos, al lado
de la alba hija de Tíndaro;

convencerla de la voluntad
de los dioses, llenarla
de caricias, hacerla reír,
decirle algo, mentirle.

Pero pudo más la vanidad
que la prudencia. La ceguera
sobre sus ojos como yunque
del cojo Hefesto. En mala hora

zarpaste Agamenón. El más
triste de los días, después
de malograr a Ifigenia,
la amada de Clitemnestra.

Ahora no sé qué va a pasar
cuando regreses. Bajo la red
de las estrellas he visto
el exceso en tu palacio.

Mejor haber nacido ciego
y alejado. Ojalá la luz
de la antorcha no llegue a Argos
o no esté yo ahí para verla.

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2. Agamenón

Nadie sabe que estoy aquí, en Siracusa;
me he detenido en esta ciudad amada
antes de regresar a la distante
Argos. Las voces de Casandra, la flor
escogida para mí entre la multitud
de riquezas, me advierte del peligro
de un retorno ciego y apresurado.
¿A qué se refiere cuando asegura
verme atrapado, como pez espada,
en una red espesa y homicida,
en medio del agua turbia y agitada?
¿Qué episodio tan nefando me puede
aguardar entre gente que me adora?
He llegado a Siracusa a meditar
ante la fuente de Alfeo y Aretusa.
En las playas de Ortigia he interrogado
a la noche las vueltas de mi destino.
Ya hace diez años que las estrellas han
tejido una malla sobre mi cabeza.
Pero ahora debo aparear la nave
para mi retorno. Clitemnestra
se dispone para recibir a su
príncipe. A pesar de Casandra y otras
jóvenes cautivas, ansié su abrazo
apasionado y su sexo humedecido.

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3. Clitemnestra

No sabes lo que te espera cuando llegues a Argos,
Agamenón. Llevo diez años en este palacio hueco
esperando por la señal rojiza de la hoguera.
Diez años cultivando este odio como el jardinero
cuida sus rosas. He plantado todos los rencores
en la blanca y lisa superficie de mi pecho.
Acaba de aparecerte y entra en la casa de alfombras
rojas y humeantes trípodes. La mesa está dispuesta,
el baño ha sido preparado y hay espacio suficiente
para ti y tu llorosa esclava troyana. También
el hacha afilada está lista y la ancha red
que recibirá tus miembros agotados. Egisto
aguarda para separar la cabeza de tu odioso cuerpo.
Haré naufragar la débil madera de tu carne
en el piélago hirviente de tu propia sangre.
No has debido abandonarme, Agamenón,
no después de dar muerte a la hija más amada.
No has debido abandonarme, no para ir a salvar
una perdida y regresar, con una amante.

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Alejandro Oliveros. Valencia, Carabobo, 1 de marzo de 1948. Poeta y docente venezolano. Profesor de literaturas occidentales en la Universidad Central de Venezuela. Fundador junto a Reynaldo Pérez Só de la revista POESIA. En 1980 recibió la beca Guggenheim, fue director de Literatura del CONAC y en 1984 obtuvo el Premio Municipal de Literatura por su libro El sonido de la casa. Ha publicado en ensayo: Imagen, objetividad y confesión: Estudios sobre poesía norteamericana contemporánea (1991), Imágenes de Siena y de Florencia (1991), La mirada del desengaño: John Donne y la poesía del barroco (1992), Poetas en la tierra baldía (2002) y Las mismas aguas (2006). En poesía: Espacios (1974), El sonido de la casa (1983), Fragmentos I-XXV (1986), Fragmentos XXVIII (1989), Visiones (1991), Famas (1991), Preludios (1992), Tristia (1996), Magna Grecia (1999), Poemas del cuerpo y otros (2005). En 2008, fue publicada Il tempo in fuga, una antología de sus poemas traducidos al italiano por Carlo Ferrucci con un prefacio de Mario Specchio. Desde 1996 ha ido editando sus Diarios Literarios, de los cuales han aparecido, hasta ahora, trece volúmenes en diversas editoriales.

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La Trilogía de Argos se encuentra publicada en el libro Magna Grecia, publicado por la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo en 1999. La ilustración del post es un detalle de la obra mnday, del artista venezolano Lauren Bianchi.
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