Trinidad Gan

Muestra poética 

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Inventario de aves

Acaba el día.
Un hombre en la trastienda del negocio
hace inventario de aves.
Calcula el gasto en jaulas y alimento.
En columnas registra alas rotas
y cuerpos de los pájaros
que, cruzando el océano, vinieron
a morir en la arena de sus puertas.
Cerrada la estadística,
anota finalmente su margen de ganancia
y, tras el parapeto del cristal,
contempla ensimismado el cielo,
las bandadas ruidosas que lo cruzan.

Dulcemente atardecen las calles europeas.
Pero, ¿y si enmudecieran los pájaros de golpe,
si caen al asfalto ya cansados
de sus audaces fintas en el aire,
hartos de poner gritos al ocaso extranjero,
de rastrillar las nubes en busca de esperanza?
Una sombra oscurece la ventana.
Se ha levantado un viento de tormenta.
Brillan sobre la acera pájaros fulminados
por la última luz del paraíso,
ahogados con la cuerda de campanas
que mentían la costa entre la niebla,
mordidos por las fauces que anticipan
la noche y su silencio.

Tras apagar las luces de la tienda
y arrojar –humo negro–los despojos
al vertedero frío de un libro de balances,
el hombre, escapando de la lluvia,
camina a su casa
y, al doblar una esquina,
con gesto distraído sacude de sus manos
un polvo de cadáveres.

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:Papel ceniza (2014)
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Perspectivas

A veces el poema es un espejo
y su fondo delata.

Allí contemplo ahora
la imagen invertida de mis manos,
su arbórea arquitectura
de venas, de cartílagos, de uñas.
Las manchas diminutas donde traza
su oscuridad fugaz lo ya vivido.
El reverso de líneas incompletas,
de huellas diferentes que tantean el mundo.
Esa cóncava hondura con que esperan
la caricia del agua.

Son mis manos, las mismas manos
que con cuidado intentan
romper la cáscara de cada día,
sostener solamente su centro luminoso.
Las que tratan, al escribir palabras,
de despojar sus dedos de la sombra
como si fuese un guante ya gastado.

Pero detrás de ellas, en el punto de fuga
trazado en el azogue del cristal,
se dibuja un paisaje con patíbulo:
la escalera, los postes, la trampilla
y el balanceo rojo de una soga.

Me estremezco al pensar si muchas veces
mis propias, inconscientes, viejas manos,
aunque no hayan movido la palanca,
han apretado el nudo.

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Hueco de pájaro en mi mano

El desnudo de un árbol solitario
con sus uñas rayando los cristales.
Entreabro el postigo hasta alcanzar
el borde de una rama con mis dedos
y en sus nudos, que vibran todavía,
toco la huella mínima de un pájaro.

La ciudad amanece entre la niebla,
con un rostro de invierno, desprovista de alas.
Los relojes inician sus juegos malabares,
lanzando y recogiendo lo que ayer fueron sueños,
dejando en las aceras aquel plumaje herido
que la zarpa del tiempo ha desgarrado.

Pero miro mi mano,
esas líneas oscuras que creí tan vacías,
y su palma sostiene, vuelto hueco de luz,
en imposible sístole y diástole,
el corazón de un pájaro.

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Moneda al aire

Al aire lanzo una moneda.
Levanto la vista, espero
en vilo su caída inevitable.
Pero la moneda no acaba
nunca de caer, sigue
dando vueltas y vueltas al vacío.

En su giro destellan las preguntas.
En su borde de plata
—esa frontera ambigua
entre ganancia y pérdida—
hay un hombre que tienta su equilibrio.

Mas ahora, pequeño azar redondo,
—nunca decidimos nada,
nos descarta la vida—,
su vuelo se desploma desde el cielo
y con un implacable golpe cae,
metálica y certera,
presente ya, sobre mis manos.:

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El tiempo es un león de montaña (2018)

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Trinidad Gan. Granada, 1960. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Granada. Ha publicado los poemarios Las señas del pirata (Cuadernos del Vigía, 1999); Fin de fuga (Visor, 2008), por el que obtuvo el XX Premio de Poesía Ciudad de Cáceres; Caja de fotos (Renacimiento, 2009), galardonado con el XII Premio Surcos de Poesía; Papel ceniza” (Valparaíso, 2014) y El tiempo es un león de montaña. XX Premio de Poesía Generación del 21. Visor 2018.

La selección de poemas  fue enviado por Geraldine Gutiérrez-Wienken, nuestra corresponsal en Alemania.

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