Un hipocampo encerrado en cada cráneo

Draupadí de Mora

 

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Sobre la memoria son muchas las cosas que nos sorprenden, su volubilidad y capricho, la complejidad con la que nos lleva al detalle del pasado es la misma con la que nos induce déjà vus y déjà vécus fantasmagóricos. Pero acaso su valor suprapersonal y carácter público sea lo más asombroso. La facultad general del recuerdo choca con el hecho de que cada cerebro es único, aunque sus laberínticos surcos y partes se repitan con mínima variabilidad de uno a otro, descontando la riqueza y particularidad de cada impresión. También el otro manifiesta padecer interferencias involuntarias que excitan y/o bloquean recuerdos, también hay complicidad en el registro material de las vivencias que hará una cifra específica capaz de procurar que suceda de nuevo lo ya ocurrido para muchos. Hay quienes identifican en ello un signo del estar vivos, uno de los tantos mecanismos metabólicos que nos ata al pasado y nos empuja al futuro, solamente efectivos si se reproduce desde lo singularísimo. Leer estos poemas inéditos de la poeta mexicana Draupadí de Mora, que alternan tonos personales e impersonales, llama fuertemente la atención sobre esa forma de pensar y padecer la memoria; los poderes limitados de guardar y borrar, sean procedimentales o semánticos, accidentales o deliberados, compasivos o vengativos; la exuberancia y el exotismo de las imágenes que produce. Draupadí apunta sus palabras al quizá corazón del ser históricos, el backup comprimido de un metahipocampo, procurando que recordemos junto a ella, sea límpida, sea borrosamente, con qué frecuencia tenemos la reminiscencia de haber olvidado.

C. Panza

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hallamos pocas cosas
no quedan cubitos de hielo en el refrigerador
hay compresas frías
por si el golpe resulta demasiado doloroso
busco alguna colilla fumable
y encuentro una imagen salvaje de mí misma
preferiría comer papas fritas con salsa cátsup
tomar cerveza con limón
preferiría no tener que usar el tronco común del espino
ni el sonido del espanto
pero hallamos aves muertas alrededor del sol
y viajamos treinta o mil kilómetros
para olvidar que volamos en círculos
que volverán nuestros huesos al desierto
y nos perderemos sin duda
en otro mar

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el hipocampo se divide en regiones
una zona  para el espacio
una zona  para los recuerdos
una zona  para recordar que recuerdas
un mapa al que se llega por mil caminos

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algunos recuerdos desaparecen al ser alumbrados
vuelan como polillas rubias
se esconden en huecos
algunos recuerdos no resisten el paso del tiempo
ni mirarlos muy de cerca o desde alturas imponentes
no aguantan las lentes poderosas
ni exámenes bajo el microscopio
algunos recuerdos nadan lento
asoman solo cuando los geranios duermen
cuando las ciudades se enroscan
cuando se han ido la lluvia y los meteoritos
cuando los pasos dejan de resonar y las puertas no son golpeadas
cuando se han quemado todas las listas de detenidos
y los autos ya no carcomen las madrugadas
cuando la vida sigue y en el metro una mujer mira al vacío
mientras su boca se fuga hacia otro mundo
cuando los muelles exhalan un vaho turbio
cuando el tiempo se descascara
y los gatos duermen al sol junto a ancianas dementes
que invocan el nombre de un amigo
de una calle y un café
aunque hayan olvidado sus propios nombres
entonces    quizá entonces
los recuerdos aparezcan como imágenes
revelados en bandejas
tendidos en cables finos
a la luz roja de oscuros cuartos oscuros

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la memoria
es un órgano
sin hueso

un caballo
un pez
algo prensil
algo frágil
algo móvil

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en cada recodo espera mi rostro
mirando a través de la cámara de mi padre.
su ojo mira a través de otro ojo que dispara
pero él revela el mundo en el baño
lo siento moverse en lo oscuro
sin derramar líquidos ni tropezar
como murciélago vuela al fruto
se posa en una rama
bebe
y me deja ver cómo al fondo
aparece poco a poco
una imagen

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mis pisadas sobre el musgo
suenan a pólvora mojada
las repeticiones pop y las enumeraciones postpunk
saben a anuncio de benetton
los poemas son manuales de objetos perdidos

en esta casta oficina
tantos rostros empapelan las paredes
que no hay sitio para más ausencia

a lo lejos retumban los cuetes de san judas
y los reguetones de sus devotos nos adiestran
en la separación de hombres y mujeres
los ritmos acéfalos
el trabajo por horas
el sexo artrópodo
pero nadie nos instruye acerca del hundimiento
nadie     abre fuego

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un hipocampo encerrado en cada cráneo
en sus mil vericuetos
la distancia entre recordar y vivir
el hotel colón
oficina de la jsu
hoy es una apple house
nuestros huesos negros de alquitrán
serán pequeños postes para otras casas
y quizá en ese tiempo las manzanas sigan frescas
o podridas y con gusanos
pero pegadas al árbol
diciendo de la gravedad
cosas realmente sencillas
para quien usa peluca blanca
o carga una granada
sin pasador

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san bartolo coyotepec

creímos ver el universo    pero era solo el carro de orión con sus fustas   tendidas en la hierba   quizá un poco demasiado lejos   yo quería dilapidar la sangre en cada arcada de vómito   hacer un revoltijo de sudor semen saliva   lanzar puñados de tierra   piedras   masticar hierba junto a las cabras   dormimos junto al río   no fuimos a la fiesta   alguien se cortó un dedo antes de partir el pastel   la esposa del amputado era muy joven   una niña embarazada que sostenía un vaso de plástico con alcohol   en el fondo    el dedo de su esposo flotaba como un feto

creímos ver el universo   pero el resplandor de la luna impide ver las constelaciones   a veces frente al mar nos tendíamos sin ropa   la arena nos entraba por las rendijas   no era nada erótico   lo divertido era más erótico que lo erótico   cargamos una garrafa enorme de ron   con ron encendimos una hoguera de cocos verdes   encendimos un enorme poste   le prendimos fuego a cuadernos diarios hojas ramas cartas chatarra   vagabundeamos la orilla   en tu hombro se posó un periquito verde con rojo   pedía semillas o que no dejaras de hablar nunca

creímos ver el universo  pero era un río   pero era una franja de noche cruzando un hueco en una manta   pero era un pueblo seco   pero era la matanza del chivo   las tripas grises  el estómago rosado   la carne envuelta en tortillas   era un bolo luminoso que no se podía tragar   un rescoldo a punto de extinguirse   y correr lejos   hacia el mar   lejos de ese pueblo   de cualquier pueblo   hacia el lecho del musgo   entre el desove del jurel y el graznido del cielo   había un fuego encendido

algunos días todavía sueño que nos tendemos al sol   que naufragamos porque no reconocemos ninguna estrella que nos devuelva a la orilla   que cavamos muy hondo       o flotamos   como un dedo en alcohol

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así es
en esta casa mecida por el fuego
recuerdan los dormidos
amontonados unos contra otros
niños con los zapatos puestos
hechas nudo las manos
ahorcados   desmembrados
o con un tercer ojo de plomo
rimbauds polifemos
ciegos niñas muertos
chiquillas con la falda sobre la barriga
zapatitos de tacón bajo
mochilas           uñas recién pintadas
señoras de tenis y pantaloncillos cortos
salvadoreños con atuendo de viaje
chamarras, gorras, calcetines
gordos, flacas, chicos, altos
no sueltan la amarra de la tierra
vienen lentamente
hacia nosotros tienden los brazos
y son hongo, fruta y pasto nuestros
que los devoramos

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D.

Draupadí de Mora. Ciudad de México, 1984. Poeta y traductora, estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha publicado El jardín de los violadores amables (G0 Ediciones, 2016), Lo merecemos todo (Mantra Ediciones, 2017) y obeliscos (Dharma Books, 2021). En 2020 le fue concedida la Beca Montserrat-Roig/UNESCO para residencias de escritura en Barcelona. A la par de su trabajo poético, se desempeña como traductora de portugués y es coeditora de la revista cartonera PUF!, en colaboración con Martín Cinzano.

La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Sofía Saavedra

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