Un poema de «El uso pogresivo de la debilidad»

Juan José Rodinás

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La solitaria luz que separa mi barrio y un bosque de eucaliptos

(¿Cómo fue regresar a la casa de mis abuelos muertos para evitar los ataques de pánico?)

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  1. Lunes: las cosas bellas deben ser destruidas

………………………(o no, tú lo decides… o no. ¡Quién sabe!).

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¿Y si te digo que la vida es un camión parado en las vías del tren?
Esto no es un poema. Es una crónica sobre mi vida.

Las personas gentiles, cuando muestran la cara,
son bolsas de papel que ríen y te clavan un lápiz en el cuello.

Los crueles son más prácticos y sueñan en pisar las manos
de cualquiera que les estorbe un poco. (Pisan hasta que algo cruje).

Hoy pienso, por ejemplo, en los niños que matan lagartijas
y en los adultos que rompen sicológicamente a sus parejas rotas.

Todos fueron golpeados alguna vez en la mejilla
o en algún nervio donde el asco y la luz se mezclaban y unían.

Por ejemplo, allí, junto al semáforo, un gordo con camiseta larga
se ha puesto a llorar porque su madre ha muerto:

son cosas que pasan, la realidad sucede, todo fluye.
“Hay que ser agua” como dicen el Tao y los libros de autoayuda.

Sin embargo, es forzado el gesto espiritual en un mundo violento.
Y, por acá, están jugando a la eternidad los músicos,

los escritores de novelas y los tenistas guapos.
Y puede que sean eternos, pero la mayoría, en realidad, no lo seremos.

Vivimos un presente que, sin embargo, no vive por nosotros.

A mí, por ejemplo, me interesa más la comedia de las redes sociales
que el bosque de eucaliptos que irradia su majestad en la colina.

Postres, platos de pescado me interesan más que el sexo,
que largos diálogos en bares con gente presuntuosa.

Ha dejado de llover. El camión de la basura hoy hace poco ruido.
Ha dejado de sentir quien siente que sentía.

Hoy cometo errores de una manera imaginaria. Y daño a muchos seres.
Mi perra dorada observa el interior de la casa y no ve nada.

Yo retrocedo para no alcanzarme.

El mundo es una pregunta por los cielos, si eres pequeño y frágil.
(Y frágil eres entre frágiles. Y eres roto entre los rotos).

La bicicleta que dejé en el patio, junto a la carretilla, se oxida lentamente.
He limpiado mi mesa, he secado las ropas que no tuve.

Me senté en mi patio a llorar y mi corazón tembló como una fruta negra
del árbol más espléndido de un jardín que había visto

en un paseo cuyo tiempo y escena no puedo recordar.
Y respiro, cansado, mientras toco las cicatrices de mi cara.

Y visito mi lengua porque siempre estuve en cualquier parte:
tropezando/de modo natural/ entre la confusión y la pena.

Aquí, las pérdidas permiten que una ballena duerma
el sueño de una oruga. Y que el mundo se derrumbe
sin que yo pueda oírlo.

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2. Martes: las cosas bellas que no son destruidas o sí

deben hacernos despertar o no.

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Hoy soñé que era un músico viejo
y que me pagaban con centavos para que yo interprete

una canción donde un juguete roto explica el fin del mundo.

Ante un fondo de chimeneas industriales y camiones de refresco,
mi lengua calla y yo pienso en la muerte

(o en una vida de esqueletos)
como una catarata de acciones en reversa, no necesariamente

como una bolsa chocando contra el suelo:
más bien como célula expansiva.

De pronto, mis imágenes se vuelven agua.
Entonces, voy al baño y me rapo la cabeza.

Cierro los ojos y veo una ballena negra, varada
en los colinas que yo podría describir como mi mente:

ese conjunto de rascacielos derrumbados.

Entonces, mi alma, como en estado líquido,
desciende por las tuberías, inunda la calle, el barrio, la ciudad,

pulsa mi bomba-sangre llamada corazón,
pulsa mi bomba-lengua llamada “los huesos que se quiebran”
pulsa por el flujo oscuro, el multiverso, las células enfermas,
pulsa por el jazz de Coltrane  y los beats de Lamar,
pulsa por cada una de mis historias derribadas.

Veo hundirse mi ligerísimo delirio, como un bote de remos.
“El chico era bueno, pero la ciudad estaba loca”.

Ya me siento liviano. Soy quizás una pelota de cartón. O:
………a)el granizo que caía en mi rostro/
cuando subí por la colina/
para llegar a mi casa prestada/
en un día de colegio (y mi abuela aparecía con bebida de avena);
………b)el nombre de mi hija,/
convertido en arroyo,/
que me lleva entre sauces/
donde los musgos me hablan y soy una luciérnaga cuya luz se termina.

La vida es un hombre que marcha hacia abajo y atrás, rápidamente.
La vida es un hombre que ha desaparecido.

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3. Miércoles: nada es importante,

pero mi hija cómo brilla cuando baila.

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A los 8 años noté que los mapas, las avispas
y los robots de plástico eran mi único mundo.
(Porque la vida es un perro sin ojos).
Y, ahora que mi hija de cabello castaño me sonríe,
todo elige apagarse. Porque todo
(cuando la muerte sueña que yo sueño)
es una bolsa de papel
que se destruye —lentamente— bajo la lluvia.

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4. Jueves: perdí mi Tao,

pero está por allí en alguna parte y lo estoy buscando

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El camino es destruir la senda
y que esa destrucción
sea el camino.

No, lo ideal es que no haya camino,
que no sea siquiera imaginable,
que no sea siquiera concebible.

No, lo ideal es que tú, caballo que no vendrás,
corras, vengas y digas
hacia dónde te diriges: y no te dirijas hacia allí.

No, lo ideal es que el alma sea
cualquier palabra seca
como un puente quebradizo.

No, lo ideal es que tú, caballo que te sueltas,
no te dejes soltar
para que te destruyan por dentro

y te crezcan las flores de cartón
y te crezcan los pastos
y te crezcan las yedras siderales

junto a un campo invisible.

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5. Viernes: la infancia es un anciano

que arroja una pelota contra un muro y ríe y ríe

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Hoy, las pantallas de mi habitación se apagan o suspenden.
Una gallina blanca, con el cuello cortado, va corriendo en el patio de mi abuela.

Y yo recuerdo cosas.

Desde que era chiquito, si no puedo evitarlas, yo pierdo mis peleas.
Y siempre pierdo porque no peleo.
En realidad, mi problema fue siempre:

….a)No cierro el puño ni lo lanzo adelante:
….b)mi izquierda es mi derecha y mi derecha, un ojito de alambre.
….b)Si recibo un golpe, yo escondo la cara, los nudillos.
.c)Si retrocedo, mi mundo retrocede conmigo, viaja y elabora su hogar
……….en una lonchera de latón —sin asa, con la imagen del Chavo,
……….con olor a jugo de naranja y petequias de óxido—
……….que cargué bajo el brazo por un año (y, entiendo, fue la única).
.d)Soy un niño que rueda 100 gradas abajo todo el día (sin final, ni comienzo).
.e)Tengo un ojo morado. Tengo un ojo amarillo.
.f)Y doy todos mis brazos torcidos.
……….Y doy todos mis brazos a torcer.

Me escondo en mi cajita de lápices
donde enciendo la luz, hospitalaria, llamando a un circo de flores parlanchinas.

Como las avestruces, hundo la cabeza en la tierra,
entre los libros de botánica, bajo la mano de mi hija dormida.

Frágil, no juego a la pelota.
Frágil, frágil, los árboles son mi país, mi oráculo y mi casa.

Elijo el punto donde comedia y sufrimiento se anhelan y rechazan y brillan y recrean.
Yo me río de mí.

Recibo el golpe, pero ya no estoy en el dibujo que inventaba, en el que yo creía.
La tierra, pesada y gruesa, es ahora un viento que lleva las noticias más fugaces del mundo.

La vida suele ser un conjunto de ventanas que, súbitamente, se clausuran.

Alguien que huye desde dentro de mí -un extranjero silencioso-
recoge la cabeza de una gallina muerta. Y la entierra con respeto. Es decir, con olvido.

El mundo que no soy también me eligió para vivir.

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6. Sábado: el invierno son los demás, pero no todos los demás

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Hoy me sostienen dos capulíes en un jarrito de cerámica.

Los cogí esta tarde, subiéndome a un muro de cemento
(y me dolieron las rodillas),
para que mi hija los pruebe.
(Ella, pajarita de azafrán, mi hija y su gesto de hojas y abejorros).

Subí al departamento. Los corté con precisión
y dejé las semillas en un cesto de plástico.
(Hija mandrágora, aquí dejo mi bosque, habitado de ortigas
y de puertas heridas y de hongos pequeños).

Ella come capulíes. Yo como un pan de leche.
(Hilo de mí, fluye la infancia, hilo de gorrión delirante,
azúcar de corteza doméstica,
desde el parque de las alamedas, desde las luces de los viejos cines).

Hoy, junto a la puerta de la cocina,
soy poco bienvenido a eso que llamamos realidad.

Y tropiezo entre la escoba y la escalera.
Y, cuando toco el suelo, imagino que:
“un enjambre de fotografías brilla en los ojos

por detrás de las ramas, un cielo que es ventana,
un cielo comentado en el parque donde llueve y refresca”.

Me incluyo en una escena que imagino futura
donde soy el retrato de un hombre fallecido.
(Me lo muestra mi hija calabaza, mi hija comadreja,
mi hija recolectora de juguetes despiertos).

Sin embargo, en mi día real, solo siento una lluvia ligera,
repetitiva, espléndida, moviendo el corazón, meciendo el mundo.

Ya sin anécdota, aire como el cielo que se vuelve persona
y aire como el cielo, recuerdo

una resbaladera que ya nadie usa (y la uso
sin saber por qué o para qué, mientras todo se borra).

Y soy niño otra vez, y como capulíes,
con la mujer adulta que es mi hija distante,
emú que se divierte molestándome cuando quiero alimentarla.
Y soy niño otra vez, pero me borro. Estoy disuelto.
Y todo es un alrededor que se disipa.

Todo menos el olor a jabón de las habitaciones
cuando fueron completamente abandonadas.

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7. Domingo [21:00]: el marido obediente

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Habito una casa pequeña, lavo los trastes, como la sopa
que alguien dibuja en la vida que cuido.
Soy la mano que solamente acierta cuando falla.
Dejo caer la jarra y puedo beber del cielo.
Rompo la silla y solo entonces me puedo sentar en ella.
Hago ruido y solo entonces la melodía se presenta.
Imagino una serpiente de agua en un cielo de agua
y es casi un río volador. Pienso para errar una vez más
y, entonces, dirigir mi rencor a mi único enemigo:
la persona que firma mis recibos y cepilla mis dientes.

(Esto también es un equívoco. Soy el error
que sacude mis manos cuando estaba por comer una salchicha helada
que quizás me explicaría la crudeza del mundo
—su horror y su incoherencia—
o solo la textura de un plástico salado que no quiero tragar.

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J.

Juan José Rodinás. Ambato, Ecuador, 1979. Doctor en Estudios Hispánicos por The University of Leeds. Magíster en Literatura por la Universidad Católica del Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar. Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador. Sus últimos libros publicados son Cuaderno de Yorkshire (Valencia, 2018), Un hombre lento (Salamanca, 2019) Yaraví para cantar bajo los cielos del norte (La Habana, 2019; Nueva York, 2020), Fantasías animadas de ayer y alrededores (Quito, 2021), El uso progresivo de la debilidad (Valencia, 2022). Además, ha reunido su trabajo en antologías personales como Los páramos inversos (Popayán, 2014), 9 grados de turbulencia interior (Guadalajara, 2014) y Koan Underwater (Phoenix, 2018). Formó parte del comité editorial de la revista de poesía Ruido Blanco y ha sido editor de varios libros bajo ese sello. Actualmente se desempeña como docente universitario.

La obra que ilustra esta publicación se titula Otoño otra vez, y fue realizada por el artista venezolano Juan Ballesteros

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