Una misa negra en «Caravana»

Milagro Meleán

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La poesía es conocimiento (…) Oración, letanía, epifanía, presencia.
Exorcismo, conjuro, magia.

Octavio Paz

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T o d o s  d e  p i e

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El inicio de la misa, un traspié dentro del corazón. En la búsqueda de una polvareda, se camina de espaldas y hay un misterio de cercanía y una ternura que puebla los límites invisibles de lo pagano. «El mundo entra y sale de mí / y el alma nada concibe», mas, en esa claridad de abrazo, como quien busca en las puertas del recuerdo, se besa el hombre que somos como una suerte de tranquilo bostezo, lo que es lo mismo:

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Hombre, a esto se reduce tu vida;
y engordas con tu leche a la muerte
en los cuartos, los baños y las manos

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El poema dice que debemos mirar entre los escombros de la lucidez después de la quema, en Caravana se supone que las voces, como hilos, descifran el tumulto de una tranquila y esperanzada señal de la cruz[1], salvando los cristales de L. Uci. F–r que viene entonando una extraña melodía de amor; al instante sabemos que se trata de nosotros mismos, intentando abrir el paso entre unas gotas de aquello que nos acerca al cielo, a la mano de Dios.

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Después, entre las ofrendas, las plegarias no tienen el color que recordaba de una plegaria; antes bien, desde la pasividad, una sombra me induce a encontrar desde el poema, aquella canción que de niña inventaba, como cuando sucumbía al onanismo o cuando maldecía en secreto a mi hermano mayor, pero cuidamos de ti, oh, Lord Demonio. «Sin embargo sé de mí la pureza de la carne. / Alimenta al Demonio conmigo Señor, / para que no engorde»

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Ay

Que este libro es el indicado para leerlo en una plaza con un mendigo que canta en español canciones de Metallica. Ese mismo que se parece a una prueba del Diablo, y que este mismo hombre-mendigo repetía varias veces: ¡VETE, SÉ QUE TE QUIERES IR, PORQUE TODO EL MUNDO ME DEJA SOLO!

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P a l a b r a  d e l  S e ñ o r

O   S   C   U   R   O

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La divinidad de la inconsistencia que somos, parte del reconocimiento. Caminar a ciegas o simplemente bebernos el terrible descubrimiento de la grandeza de nuestra mierda. Pero es de humildes besar la mierda, acompañar el estudio de las fuentes de aquello que nos aleja del Diablo y nos remite a caer en los brazos de un ausente Padre, como los ángeles de Andrés Eloy Blanco que van comiendo mangos en los barrios de un cielo; desde luego que distante, pero dice Víctor Manuel Pinto:

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Me cubro con una manta[2]
y sigo el camino de los miedosos.
Entre ellos despierto tranquilo.

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Ojo: no es un abolirse de pena para que entre la corrección y la agonía fantasmagórica de lo impalpable como una condición de lo que se es; antes bien, dejemos que el poema continúe:

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No con la vergüenza
de haber danzado bajo la luna
al aplauso de los hombres

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Caravana no es el ruido, tampoco es la permanencia en el mundo, no es una procesión que se encuentra lejos, Caravana se encuentra cerca, y pasas los poemas como en un acto sagrado que no tiene Santidad, y vas por los poemas simulando que hay un recinto escuchando lo que se pierde en tu mente, leyendo y gritando (si es que tienes el suficiente dominio del grito en el pensamiento) todo el segundo muerto de la fatiga.

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Ay

Que este libro tiene el poema de la comunión de los otros, una suerte de despedida y una noción parecida al beso, de aquello que nos sobrecoge, como queriendo atender el segundo de la muerte donde se escucha la vida:

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………………………………………………………………….Pero qué decir de lo que se dice
………………………………………………………………….¿qué dicen aquellos de lo que ya está escrito?

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¿Por qué me encuentro aquí? En esta página que me dice que es la hora del té y que debo volver al trabajo, pero soy impaciente y testarudo, como cuando muerdo los pezones de la Ktira borracha.

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La cruz no tiene sombra bajo el cuerpo que tuvo[3].
De pecho es sacrificio, de espalda su pasión
y de reojo la muerte.

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De esta manera comienzan todos los poemas que deben cerrar un libro: «Sobre un burro / se está cerca del hombre y su amor con ella, / y van padre y animal y la cruz entre el lomo y su hijo».

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Ah

Pero no nos olvidemos de la materia, de la carne que somos como una melodía de aquello que no solemos recordar. Sin embargo, cuando es nuestro cuerpo una fragancia, atesoramos que se vaya poniendo maduro, oliendo a dulce por etileno:

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«Nunca entendí la santidad del cuerpo.

(Sin duda, no existe tal cosa, a menos que estallemos con las prostitutas, las recojamos del suelo después de haber dibujado algo en la arena)

Lo posible de amoldarlo a campos y montañas.

(Para que pese menos la vida, y sin embargo, el cuerpo se explaya en todo lo demás que no conoce el vigor de lo pequeño)

(…) Qué natural creía esa forma de maltratarme».

(En algún momento, este es un acto de belleza, como descubrir el misterio y la culpa, como silenciar que “animal de costumbre” dice que estamos en la dirección del amor).

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No existe lo sagrado, pero sí existe nuestra manera de construirlo.

 

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[1] Invertida
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[2] ¿Se trata de una protección que puede ser tan cálida como material?
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[3] Y la angustia de ser cuerpo tendido en el dolor, es como una canción que antes se perdía.

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Milagro Meleán
. Venezuela, 1994. Actualmente vive en el estado Zulia. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad del Zulia. En la revista La Náusea (España) hay una selección de su poesía en la antología Doce poetas femeninas del siglo XXI. En la revista POESIA de la Universidad de Carabobo se ha publicado parte de sus poemas inéditos, igualmente en la revista AWEN (III número y en ebook Horas de Extravío). Ha sido finalista en el concurso Rafael Cadenas y Hugo Fernández Oviol. Participó en el proyecto audiovisual La Casa Andrógina, que a su vez está vinculada con la Editorial Digital Independiente del mismo nombre.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Euro Montero
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