Valeria Tentoni

Muestra poética


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Batalla sonora (2009)

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Números romanos

De habernos acordado antes
deberíamos haber pedido
ser jabalíes.

Aspas
de un molino de provincia.

Tétanos, tuberculosis,
fiebre.

Todos los alientos del incendio.

Un milagro, querida,
que no hayamos muerto en batalla.

Los heridos se cuentan
con números romanos.

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Babilonia

Hundirnos en la tarde.
nombrar Babilonia como si
supiésemos, apenas nombrando,
Babilonia.

Ser estúpidos como gaviotas, ser
nuestra propia tarde.
Hundirnos en Babilonia como si
nos nos fuera exactamente a la inversa:

Babilonia hundiéndose en nosotros.
La tarde estúpida nombrando una gaviota.

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Ajuar (2011)

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Diosmío

Yo veo al pájaro incandescente cruzar el álgebra
lo veo ir
como una flecha luminosa cruzando el número
yo veo al pájaro, levitando, entre los rieles del número
el pájaro que es una cifra entre toda la nada
el pájaro que gorjea, y se parece un poco a la piedad.

Yo veo al pájaro y su constelación de sombras
ir y venir entre los tendales, ir y venir, meciéndose
al aire yerto de la mañana dejándose cruzar por el pájaro
al aire que es también un hijo pequeño y distante.

Yo veo al pájaro, diosmío, también lo veo
y nadie duerme al cuento cuando debería
y menos todavía el pájaro que cruza y se trenza en el cableado y después
sale revoloteando como un monstruo marino
entre la miel blanca del cielo y las nubes como mantas
en las que se acuna el hijo
entre las que el hijo mama

y el pájaro cruza los ojos del hijo
que piensa en los ojos del pájaro
que de diminutos y fusilados resplandecen
como piedras amarillas
y lo ciegan
hasta que la sombra y la noche y el sueño
son una sola aureola seca.

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Tuerta

La abuela arranca el tallo
aprieta fuerte lo primero
que sale de la tierra
y estira
el mundo hacia arriba

le saca el yuyo, lo feo
y es fuerte la abuela
es un poco
toro
así, arrancando el yuyo
y deja el cantero
tan hermosamente verde

tan absurdo de verde, el cantero
lo deja

como se dejan sobre la mesa del comedor
las cartas ajenas.

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Sierva María

La que moría de rabia
en una novela que leí de chica
sigue muriéndose
en el mismo capítulo.

Se muere mientras las cosas andan;
se muere todo el tiempo
en el mismo párrafo, se muere
incansable
sin variaciones.

 

Antitierra (2016)

 

 

Yo me saco esto que traigo
y te lo dejo
como dejan algunos perros
pájaros muertos en la puerta
de sus dueños.

Con inocencia
y con exceso.


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Estaba por escribir un poema de odio
pero me tiré un poco en la cama
no atendí el teléfono.
Pensé el asunto:
decía cosas que tenían que ser dichas
todos los versos que se me ocurrían me parecían brillantes
encajaban bien, se movían bien,
las palabras eran tiburones embadurnados con aceite en mi cabeza,
aparecían, una detrás de la otra, dictadas por una supernova

me decía sí, ahora me voy a levantar
y voy a escribir esas líneas definitivas de venganza
y bronca y dolor y repulsión y venganza
y todo va a estar bien después, el poema
va a curarme, va a quedar ahí
como una cicatriz humeante,
va a hacer por mí ese camino.

Me voy a levantar y el poema
o si no es eso
por lo menos levantarme.

Pero me quedé dormida.


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Adentro de la heladera siempre es de día.
Las cosas que están ahí no se quejan, no le piden a ningún dios
que apague la luz. Esperan su turno.
Algunas se vencen, pero se quedan igual.
Me gustaría ser la botella de Coca-Cola
que cargo con agua de la canilla. Algo que acepta su destino
sin escándalos.

Vivo arriba de un supermercado chino.
El otro día colgué un pantalón de la ventana
y el viento se lo llevó. Tuve que bajar, tuve que pedirles permiso.
Me dejaron entrar al depósito: fue como llegar
a la vasija de pepitas de oro al final del arco iris.
Durante mucho tiempo pensé que el ruido ese venía de la panadería
que está a mitad de cuadra. Resulta que no,
que viene de lo de los chinos.
Hay un enorme motor que usan para ventilar su mercadería.

Las cosas que están ahí no se quejan, no le piden a ningún dios
que haga silencio.

Todo lo que brilla es satélite de alguna estrella opaca.
Algún día esa estrella dejará de existir
antes que sus rayos
y caeremos a una fe ridícula.

Si no hubiese cosas más tristes que esa,
……..esa sería una cosa triste.

 

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El amor es un toro mecánico del que nadie se baja con elegancia.
Una atracción de feria
abandonada,
desafiando la intemperie.

Todos se paran frente al toro y se dicen
Yo puedo con él. Todos, sin excepción, confían
en sus talones
y se montan a la violencia eléctrica
de su lomo. Confían todavía cuando el movimiento
se inicia,
como si una mano poderosa e invisible
echase una ficha al aparato
sin previo aviso.
El clic metálico se recorta en el sonido,
una topadora minúscula
derribando
al silencio de un empujón. Entonces todo comienza, y ya
no hay manera
de emprolijar el cuerpo, esa forma
de la que antes creíamos tener dominio y que ahora
se nos revela
como si hubiese estado esperando su turno
comiéndose las uñas
desde que le pusieron nombre.
Si yo fuese un ratón
preferiría
perder mi cola en la trampa
antes que mi queso.

Una y otra vez.

 

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Piedras preciosas (inédito)

 

Escala de Mohs

Los diamantes
solo se dejan
lastimar
por los diamantes

ninguna otra cosa del universo
los puede herir en su forma
en su transparencia
en su capacidad
de dispersión de la luz.

Cuando encontraron el Cullinan, en Sudáfrica
no podían calcular su precio

y entonces enloquecieron
no supieron qué hacer.

Hasta que supieron:
lo trozaron
en 150 partes.

Ante las estrellas del sur
nadie sabe qué hacer
no se sabe qué hacer
ante una belleza completa
no se sabe
y entonces
como es costumbre
entre nosotros
cuando no se sabe
qué hacer
se destruye.

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El primer ámbar que conocí

brotaba
de los duraznos enfermos
del patio de mi abuela

vulcanizadas
las pinchaduras
de esos planetas suaves y conejos

el sol directo
petrificaba
tales desajustes naturales
y a los duraznos les quedaban
gruesas pecas, gemas
naranjas arriba

yo imaginaba que todo eso les venía del carozo
no sé

son cosas que miré muy de cerca
para no tener que tocarlas.

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Leyendo en el balcón
me acomodo al sol, persigo su favor

un molde
al que debo pleitesía.

Laminada por los rayos que recién ahora,
a fines de agosto, pueden alcanzar estas cosas,
me organizo alrededor de esa luz

serpiente,
advierto el frío
y me mudo al hachazo blanco
un centímetro por vez.

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Valeria Tentoni.
Bahía Blanca, Argentina, 1985. Se graduó como abogada. Es periodista y escritora, vive en Buenos Aires. Publicó los libros de poesía Batalla sonora (Manual Ediciones, 2009), Ajuar (1º Premio Concurso Editorial Ruinas Circulares, 2011) y Antitierra (Libros del Pez Espiral, 2014/ Neutrinos, 2015/ Liliputienses, 2016). Publicó los libros de relatos El sistema del silencio (17 Grises, 2012) y Furia diamante (Leer es futuro, Ministerio de Cultura de la Nación, 2015). Participó como guionista de El abrigo del viento, de Romina Haurie (Lupa Productora, 2013). Fue incluida en distintas antologías, como Voces -30 de jóvenes narradores latinoamericanos (Ebooks Patagonia, 2014) y Penúltimos. 33 poetas de Argentina 1965-1985 (UNAM, 2014).

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