Variaciones Victoria

Carlos López Degregori

.

§

.

.

I

Llegó envuelta en periódicos dentro de una caja de cartón. Antonio Ciudad, un amigo médico, me la trajo de la Facultad de San Fernando porque yo le había comentado mis inquietudes y recuerdos. Mi primera vocación fue la medicina y sabía que muchos estudiantes tienen cráneos para sus estudios de Anatomía. El visitante era así la sombra de una antigua inclinación. Señalaba una línea con el pasado y una perplejidad. Además yo albergaba entonces un pathos romántico que ya no poseo. Supongo que por eso permití que entrara en mi casa hace casi treinta años.

Un cráneo en nuestro espacio privado supone una descolocación. Es el nudo de una existencia clausurada que accede a nuestra cercanía. Al principio todo es asedio. ¿Quién fue? ¿Se trató de un hombre o de una mujer? ¿Cómo vivió su infancia, si acaso la tuvo? ¿Por qué la realidad lo condujo a los márgenes? ¿A quién recordaba con insistencia? ¿Por qué extravió su identidad y acabó en los gabinetes anatómicos? Cargué la caja con cuidado y ubiqué el cráneo en un espacio superior de mi biblioteca. Durante meses imantaba mis ojos cada vez que entraba en la habitación, hasta que se volvió invisible como sucede con las realidades y cosas que se tornan familiares. Es una traslación paulatina: el sujeto desaparece y se convierte en objeto. Cesa su existencia. Pasaron varios meses y un día me convencí de que
necesitaba un nombre. Será Victoria, me dije. Victoria: tres sílabas como campanadas de advertencia.

.

.

.

.

.

II

Nombres comunes y nombres propios. Así aprendimos en los pupitres de madera del colegio. Pupitre es un nombre común. Con la aguja del compás dejábamos nuestras marcas en la superficie de la madera: una línea, una inicial, algún dibujo incomprensible. No importaba que nos castigaran, porque era más importante contrarrestar la pluralidad del mundo. El nombre común es un universal. Designa una clase de seres: todos los pupitres que han existido y existen, también los que aún no han sido fabricados. El nombre propio señala un ser único que transcurre en una porción de tiempo singular con principio y fin. El nombre propio es identidad y diferencia: el uno enfrentado a los otros vertiginosos que nos rodean. Al poner un nombre somos pequeños dioses. Así ocurre cuando bautizamos a nuestros hijos y adquieren un contorno en el instante de nuestro soplo. Cráneo es un nombre común. Victoria es solo Victoria. En sus huesos empieza un río que cesará cuando se desvanezca su nombre y vuelva a ser un cráneo.

.

Ahora es Victoria. No puede haber un error al deletrear su nombre, tampoco una omisión. Victoria es la diferencia que se opone a la indiferencia.

.

.

.

.

V

Guiados por luminarias, Adán y Eva siguieron un largo camino de arena hasta algún lugar entre el Tigris y el Éufrates. Allí fundaron un segundo Edén de árboles escuálidos y rosas de polvo. Tuvieron muchos hijos e hijas, aunque las escrituras solo recuerdan a Caín, Abel y Set. Adán murió a la edad de 930 años y sus hijos edificaron un túmulo para guardar sus restos. Cuando vinieron las primeras lluvias que anunciaban el diluvio, Noé recogió el cráneo de Adán y lo guardó en el lugar más profundo del arca. Antes de morir, se lo encomendó a su hijo Sem, quien muchos años después se lo entregó a Melquisedec.

.

Melquisedec buscó una tumba en la base del monte Gólgota, que en arameo significa Monte de la Calavera: un macizo óseo enorme que después sostendría la cruz del hijo de Dios. Allí, en una cantera abandonada, sepultó la forma sustancial que continúan todos los otros cráneos que han existido. Es el modelo primigenio, el arquetipo. Mira ese innumerable río de cabezas calvas que se repiten con leves variaciones hasta llegar a la tuya. Si tienes suerte alguien te salvará del diluvio y buscará un nuevo Gólgota para ti. Yo solo puedo decirte al
oído:

.

Dichoso eres, porque has contemplado este misterio.
Ama tu polvo.
Entona esta música de huesos.

.

.

.

.

.

VIII

Victoria fue Ella o Él.
No sé: Victoria es Ella o Él, es Ella y Él.
Victoria es hermafrodita.
Yo es Victoria. Yo es Él y Ella.

.

.

.

.

X

Hace trece mil ochocientos millones de años, cuando aún no existían el espacio ni el tiempo, algo explosionó con una fuerza incalculable. Con horror o felicidad empezó a expandirse en todas direcciones, a huir, a ejecutar la música de su metástasis. Es quizás el gran cráneo de Dios colmado de polvo estelar y cuerpos brillantes que se alejan hasta el hielo invisible. O es un guante que se dobla sobre sí mismo para tornarse hueso, saliva, piel. O es una boca descomunal que dibuja una O que muerde, besa, succiona y se reduce hasta ser un punto trece mil ochocientos millones de años atrás o adelante. Expansión y contracción en mi pulso que es ruido de fondo.

.

Eres un universo de universos, escribió Rubén Darío, a quien es impropio citar en este siglo XXI. Aléjate de su musiquilla falsa. No leas sus versos de una sensibilidad envejecida, ni acaricies las interrogaciones de los cuellos de sus cisnes. Fruslerías. Mejor viaja a Baltimore. Es el invierno de 1848. La nieve se desprende de las estrellas y cae alucinada. Hoy asistí a una conferencia incomprensible de Edgar Allan Poe: Eureka. Cada letra sonaba como una gran explosión. Las palabras huían en una ansiedad cosmogónica y para atesorarlas nos fuimos a beber bourbon en una botella de Klein. Entonces Felix Klein aún no había concebido su forma topológica enloquecida que es un tumulto de cifras y fórmulas matemáticas. Bebíamos el líquido estelar que temblaba dentro y fuera del cristal. Comencemos, me dijo Poe, con la más simple de las palabras: Infinito. Esta, como Dios, espíritu y algunas otras expresiones que tienen equivalentes en todas las lenguas, en modo alguno expresan una idea, sino un esfuerzo hacia ella: un intento posible hacia una concepción imposible.

.

Sigo a Darío a mi pesar y a Poe. Soy un universo de universos. Adivino la irradiación geométrica que surgió hace trece mil ochocientos millones de años y la encierro como un Genio maligno y cartesiano en una botella de Klein. Esa es mi concepción imposible ahora que cuelgo como un murciélago en algún punto de este cráneo.

.

.

.

.

.

XI

La historia de la mujer en la carretera que casi todos conocen. La escuché por primera vez a los nueve o diez años en Arequipa. Es de noche y un viajante solitario conduce un automóvil o un inmenso camión. En una curva aparece una mujer que hace señas para que la lleven. Suele ser hermosa. A veces se muestra descalza con el rostro semioculto por la cabellera. En otras versiones solo es una figura difuminada que viste de blanco o negro o que lleva una prenda larga de color impreciso. El conductor duda, pero al fin se detiene y sube la mujer. El diálogo es escueto y, en el frío nocturno, los ojos de ambos escenifican el deseo. En este punto la historia se ramifica. En algunas versiones la mujer acepta las caricias hasta que el conductor pierde el control del vehículo y se desbarranca; en otras pide que la lleven a su casa y allí el viajero descubre que ella murió violentamente hace mucho tiempo.

.

Reverberaciones. Variantes. Antes fueron carruajes levantando el polvo de los desfiladeros, peregrinos extraviados en bosques o tierras nubosas. Más lejos aparece la belle dame sans merci que detiene con su belleza a un caballero. Y más lejos aún es una Lamia o Empusa venida de Libia y condenada a no cerrar nunca los ojos. Siempre hay una erótica de la otredad que abrazas o te abraza y que señala tu muerte instantánea o postergada.

.

Tenso un hilo entre tus parietales y fijo estas historias. ¿Qué ocurrirá conmigo? Quizás soy la nota en una partitura de la que irradian todas las otras notas: me volveré mujer y aguardaré descalza al borde de una carretera. Seré Lamia, belle dame sans merci, silueta sin ojos cubierta de espinas y cardenales, con los zapatos negros en la mano.

.

Ruega por mí, viajero. Que Bach componga un conjunto de variaciones huidizas para mi insomnio. Que alguien recoja mi cráneo y lo llame Victoria. Ah, pídele también a Keats que me escriba un poema.

.

.

.

.

XIV

Somos el alimento de Dios. Él nos mastica con sus mandíbulas de tierra hasta que solo quedan los huesos absortos en su duración. A veces su boca es de fuego y canta desde sus crepitaciones, o de agua si la muerte nos alcanza en el mar. A veces sobrevuela con su ropaje de nubes sobre nuestros cuerpos. Dios se vuelve cuervo, rasga el aire con sus graznidos para celebrar su inteligencia. Vi cuervos en un documental: recortaban ramas filudas y las usaban como alfileres para atravesar los gusanos ocultos en las hendiduras de los árboles. Uno más grande instruía al pequeño y le ofrecía un gusano blanco que se retorcía. Pensé que el cuervo aprendiz hacía su primera comunión y sonreí como Dios cuando nos mira antes de devorarnos.

.

Comer y ser comidos en un ruido o en un silencio de alabanza. Tronar, desgarrar, moler, mascar, chupar. El 21 de junio de 1961 hice mi primera comunión. Recibí el cuerpo de Dios como alimento y lo guardé en la gruta de mi inconsciente. Conservo varias fotos. En una estoy tomando desayuno y mi madre está detrás. Bebo de una taza de chocolate que contrasta con la blancura de mi ropa y el lazo en la manga con un corazón bordado. La foto es en blanco y negro. Hostias y cuervos. Antes de la primera comunión hacíamos un examen de conciencia, orábamos, escuchábamos historias. Recuerdo la de San Tarcisio llevando el pan consagrado a los prisioneros cristianos que serían martirizados. Unos jóvenes romanos lo detuvieron en el camino y quisieron arrebatarle las hostias que llevaba. Él las protegía con sus manos sobre el corazón. No pudieron quitárselas y lo apedrearon hasta matarlo. Recuerdo a Santo Dominguito de Val, el niño de Zaragoza que fue detenido en las callejuelas que rodeaban la sinagoga. Los judíos le pidieron que pisara la figura de Cristo. Él se negó y fue crucificado en un madero. Usaron su sangre para cocer el pan ácimo y su cadáver decapitado fue arrojado al río Ebro. Dos pequeños santos que fueron monaguillos. Yo solo lo fui en un cuadro teatral: los doce monaguillos para recordar a San Tarcisio. Sigan acolitando alguna misa, algún rosario. Actué como vinajeras en la representación y en una vuelta debía tomar el falso vino que soloera agua. Giros, voces infantiles que anticipaban algún castrati. Doce monaguillos vestidos de rojo, como cuervos con un trastorno de color. Comer y ser comidos. Devorar aves, niños vestidos para la primera comunión que después serán adultos y ancianos en la jaula de sus recuerdos.

Y crecí. Fui desdoblando vidas muy lejos de Tarcisio y de Dominguito de Val. No comulgo, pero ahora creo en un Dios a la medida de mi extrañeza. Es la resistencia de mis huesos, de mi cráneo que será una catedral si así lo dispones.

.

.

.

.

C.

Carlos López Degregori. Lima, 1952. Ha publicado trece libros de poesía entre los que se cuentan Las conversiones (1983), Cielo forzado (1988), El amor rudimentario (1990), Aquí descansa nadie (1998), Retratos de un caído resplandor (2002) Una mesa en la espesura del bosque (2010) y La espalda es frontera (2016). Sus poemarios son los capítulos de un único libro titulado Lejos de todas partes 1978 – 2018 que ha escrito a lo largo de cuarenta años y que fue publicado a finales del 2018. Campo de estacas (2014), Herida de mi herida (2015) y 99 púas (2017) son tres antologías de su obra editadas en Colombia, Chile y España respectivamente. También ha publicado A mano umbría (2019), un volumen de límites borrosos que reúne memoria, testimonios, poemas en prosa, componentes de ficción y ensayos. Su último libro es Variaciones Victoria (2022), un poema en prosa dividido en 32 fragmentos. Ha participado en numerosos encuentros y festivales de poesía. Sus poemas figuran en diversas antologías peruanas y latinoamericanas. También ha publicado numerosos ensayos.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Lakshmi Weßmann

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda