Verdad dice quien sombra dice

Christiane Dimitriades

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En Verdad dice quien sombra dice, que remite directamente al celebrado verso de Paul Celan, se reúnen las huellas del discurso lírico, filológico, metaficcional y aforístico; somos capaces de saborear los orígenes textuales que dan cuenta de una cultura asimilada y humana: «Estoy segura de que tu voz llegará, con más acierto, al corazón de las palabras». Christiane Dimitriades nos acerca a un efectivo «pensamiento poético», de la mano de un estricto y a la vez sutil empleo del lenguaje. Aquí detectamos el cuerpo de una escritora que percibe su estancia en la tierra (un país que se deteriora) y registra su tránsito con sagacidad. En su palabra se asocian el pensar y el sentir, dos ingredientes indivisibles y fundamentales para entender esta poesía que se deja palpar a través de todos los sentidos. En su elegante prosa poética (sin excesos ni fachadas intelectuales) la voz suena y reflexiona en una frecuencia radial que todos reconocemos.

Néstor Mendoza

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Ese animal que nos acompaña hasta el final de nuestra existencia, que marcha al unísono de nuestras percepciones, este cuerpo cuyos movimientos son siempre impredecibles, como los del perro encadenado que, al salir de su encierro, toma la delantera y nos obliga a ir tras él, a seguirlo por sendas desconocidas.

 

 

En su duelo los judíos cubren los espejos de la casa, acertado hábito que oculta el dolor de nuestros semblantes.

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La ingenuidad de Myshkin, el príncipe idiota de Dostoievski, seguramente ha contribuido a formar la imagen que el vulgo, no sin razón, se hace en la actualidad de los poetas al considerarlos privados de astucia, estúpidos tal vez, seguidores de una voz que sólo emite el eco de las cosas.

 

 

Incluso así prefiero el liviano soplo de la palabra, su extraño poder sobre el vacío.

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Vergüenza de sólo balbucear palabras entre las sombras, de girar en círculo sobre mí misma sin poder asir el mundo, este país en ruinas, convertido en un maltrecho juguete en manos de la insidia.

 

 

Las llamas de la hoguera proyectan fantasmales figuras ante los prisioneros de la caverna. En esta alegoría mora una evidencia que Platón no admite como verdadera. ¿Acaso toda certeza no es más que el doblez de los hechos, y el bien una escasa limosna de la existencia?

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Te acostumbras a la enfermedad como a la presencia de un pretendiente, debido a su constancia se convierte en el perfecto marido. Por las mañanas sabe si tomarás café o alguna fruta, si harás tu habitual caminata, visitarás al médico o tendrás suficiente fuerza para comenzar a escribir; pero ignora ese deseo tuyo de quedarte callada, inmóvil, escrutando las tinieblas.

 

 

«Acaso de mi sombra surgen, fatales e ilusorios, los días» (Jorge Luis Borges).

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Después de ordenar y limpiar el apartamento, se sienta, me observa leer como quien contempla un espectro, con su habitual timidez me extiende papel y lápiz, quiere que la ayude a redactar una carta para su hijo en el exilio. «Algo bonito, dice, igual a lo que está escrito en los libros». No, Irma, las líneas ajenas a veces se convierten en verdaderas telarañas de las que es difícil zafarse. Estoy segura de que tu voz llegará, con más acierto, al corazón de las palabras. Díctame, te escucho…

 

 

Soy dos mitades que se esquivan, ninguna quiere que la otra le arrebate su lóbrego sol.

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A esta hora de la tarde el impulso de escribir adquiere el brío de una bestia balanceándose dentro de la cuadra para huir de su impuesta reclusión, sin embargo, me detengo, no logro escribir.

 

 

El verbo «asombrar» nació en las caballerías, del espanto de las bestias ante sus propias sombras.

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Si pudiera prestarte mi voz para que hable de tu vana jornada en la que hurgas los basurales, del cansancio que ya no distingue la enfermedad del desconsuelo, de tu regreso a casa por las doscientas treinta escaleras con las manos colmadas de rancia oscuridad.

 

 

De los amantes y de los libros nos queda alguna imagen, deslustrada por la impertinencia del tiempo.

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Con la muerte ningún pacto es posible, a nadie concede unos instantes para agregar esas pocas líneas a nuestra inacabada frase.

 

 

Pertenezco a esa estirpe que sólo descansa cuando asoma el alba.

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Una larga sombra sera mi relevo.

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D.

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Christiane Dimitriades es venezolana, de origen griego. Nace en Egipto, El Cairo (1953), y llega a Venezuela a los tres años de edad. Es licenciada en Filosofía y luego profesora de Estética en la Escuela de Artes (de la que fue su directora entre 1993 y 1996) de la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado poesía y ensayos de arte y filosofía en diversos periódicos y revistas especializadas (Revista Imagen, Revista Nacional de Cultura, Lamigal, Revista M, Revista iberoamericana Casapaís, Revista checa Plav, Papel Literario de El Nacional, diario El Universal, entre otros) y ha escrito textos en varios catálogos sobre artistas visuales nacionales. Es autora de los poemarios Del eterno retorno (La Draga y el Dragón, Caracas, 1987) y de Encuentros del poeta con el psicoanalista (Fundarte, Caracas, 1991). En 1997 publica una novela: Sabath (Grijalbo, Caracas). Es la compiladora de Mínima antología de estética (2001, Caracas, Fondo Editorial de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela). El libro Voz de fondo (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2019) reúne tres poemarios escritos entre 2003 y 2019, a saber: Todos los bordes, Hablo una lengua y Voz de fondo. El cuarto jugador es su último libro de poesía publicado por Dcir ediciones (Caracas, 2020).

La imagen que ilustra esta publicación es el detalle de una obra realizada por el artista venezolano Martín García / Yeyo

 

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