Hart Crane

Trad. Adalber Salas Hernández

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Viajes

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I

Sobre las arrugas frescas del oleaje,
erizos rayados brillantes se flagelan con arena.
Han tramado la conquista de las conchas vacías
y sus dedos desmigajan pedazos de hierba horneada,
cavando y dispersando, felices.

Y en respuesta a sus interjecciones de soprano,
el sol bate rayos contra la marea,
las olas doblan truenos sobre la arena,
y si tan sólo pudieran escucharme les diría:

niños brillantes, retocen con su perro,
toqueteen sus conchas y palos, desteñidos
por el tiempo y los elementos; pero hay un borde que
no deben cruzar ni confiar más allá de él
en que el cordaje vivaz de sus cuerpos acaricie con demasiada fidelidad
a los líquenes de ese pecho demasiado vasto.
El fondo del mar es cruel.

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II

– y aún este gran guiño de la eternidad,
de inundaciones sin orillas, sotaventos libres,
brocado ahojado y en procesión donde
su vasto vientre de ondina se inclina hacia la luna,
riendo las envueltas inflexiones de nuestro amor;

toma este mar, cuyo diapasón toca las campanas
en las volutas de oraciones nevadas plateadas,
el terror con cetro de quien desgarra
mientras sus gestos promueven salud o enfermedad,
todo excepto las devociones de las manos amantes.

Y más adelante, mientras las campanas de San Salvador
saludan el brillo azafrán de las estrellas,
en las praderas de flores de Pascua de sus mareas –
adagios de islas, mi Pródiga,
completa las confesiones oscuras que deletrean sus venas.

Señala cómo sus hombros giran y empujan las horas,
y se apúrate mientras sus ricas palmas sin dinero
pasan por lo sobrescrito de espuma y ola –
apúrate mientras son verdaderos – sueño, muerte, deseo,
ronda cerrada por un instante en una flor flotante.

Átennos al tiempo, claras estaciones, y al sobrecogimiento.
Galeones juglarescos del fuego Caribe,
no nos entreguen a ninguna costa terrestre hasta que
sea respondida en el vértice de nuestra desaparición
la mirada de espuma de la foca, dirigida hacia la muerte.

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III

Lleva una consanguinidad infinita –
esta enternecida melodía tuya que la luz
arranca de las planicies marinas donde el cielo
abandona un pecho que cada ola entroniza;
mientras que las calles de agua enlazada que atravieso
son lavadas y desperdigadas sin golpe alguno
amplias lejos de ti, donde a esta hora
el mar alza, también, manos de relicario.

Y así, recibido por las puertas negras hinchadas
que de otro modo deben detener toda distancia –
más allá de pilares torbellinos y frontones ágiles,
leve lucha incesante con la luz, allí,
estrella besando estrella a través de ola en ola hasta
¡tu cuerpo que se mece!
y donde la muerte, si derramada,
no presume nada cruento, apenas este único cambio –
en el suelo empinado, lanzado de amanecer en amanecer
el sedoso habilidoso transmembramiento de la canción.

Permíteme el viaje, amor, entre tus manos –

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IV

Cuya sonrisa contabilizada en horas y días supone
que conozco el espectro del mar y prometo
vastamente ahora quebrar un golfo tras otro de alas
cuyos círculos vinculan, lo sé (desde las palmas hasta la
severa, helada, blanca inmutabilidad del albatros)
avanzado ahora ninguna oleada de un amor mayor
que, cantando, esta mortalidad solitaria
a través de la arcilla que fluye inmortal hacia ti.

Toda fragancia irrefragante y reclamando
locamente conocer lógicamente esta hora
esta región que es la nuestra para envolver de nuevo
ojos y labios que presagian y dejar dicho
el antealtar de babor y nuestra porción de junio –

¿No cortarán de raíz y juntaran a nuestros pasos
varas brillantes de flores y plumas hoy mientras yo debo
primero perderme en mareas fatales para ganarme el habla?

A nombre de la palabra encarnada,
el puerto se apoya y se rinde al mezclar
la mutua sangre, transpirando como un mediodía ya
conocido y ampliado en el interior de tu pecho para
reunir todas las insinuaciones brillantes que mis años
han atrapado para islas a donde inviolablemente llevan
las latitudes azules y los escalones de tus ojos –

En esta ansiosa, quieta exclamación recibe
el remo secreto y los pétalos de todo amor.

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V

Meticuloso, tras la medianoche en rima clara,
desfrágiles y solitarios, suaves como si hubieran sido
fundidos en una sola cuchilla blanca, implacable –
los estuarios de la bahía salpican los duros bordes del cielo.

¡Como si fuera demasiado endeble o demasiado claro para el tacto!
Los cables de nuestro sueño, pulidos tan rápidamente,
ya cuelgan, jirones de estrellas recordadas.
Una sonrisa congelada, sin huelas – ¿qué palabras
pueden estrangular esta sorda luz de luna? Pues nosotros

estamos rebasados. Ahora ningún grito, ninguna espada
puede detener o desviar esta cuña de marea,
lenta tiranía de la luna, luna amada
y cambiada – «No hay

nada como esto en el mundo», dices,
sabiendo que no puedo tocar tu mano y mirar
también esa fisura atea en el cielo,
donde nada aparece, salvo arena muerta, parpadeante.

«¡Y nunca entenderlo por completo!» No,
en todo el carguero de tu cabello brillante nunca
soñé nada tan desbanderado como esta piratería.

Pero ahora
acerca tu cabeza, solitaria y demasiado alta aquí.
Tus ojos ya en la pendiente de la espuma vagabunda,
tu aliento sellado por fantasmas que no conozco,
acerca tu cabeza y duerme durante el largo camino a casa.

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VI

Donde calabozos helados y resplandecientes alzan
los ojos mañaneros, perdidos de los nadadores,
y los ríos oceánicos, agitándose, mueven
fronteras verdes bajo cielos extraños,

invariables como conchas secretas
con sus ligas pulsátiles monótonas,
o como muchas aguas que abrevan la quilla roja
del sol, más allá de la piedra húmeda del cabo –

ríos que se mezclan hacia el cielo
y guardan algo del pecho del fénix –
mis ojos presionados negros contra la proa –
tu huésped ruinoso y cegado,

esperando entre llamas, qué nombre, no pronunciado,
no puedo reclamar: que tus aguas se encabriten
más salvajes que la muerte de reyes,
alguna guirnalda astillada para el vidente.

Más allá de los sirocos, cultivando
los truenos del solsticio, reptando lejos,
como un acantilado que oscila o una vela
lanzada dentro del día más profundo de abril –

La palabra descuidada y pétala de la creación
dada a la diosa holgazana cuando se
levantó concediendo diálogos con los ojos
que sonríen un reposo imbuscable –

Todavía pacto ferviente, Belle Isle,
alisada flotando en la tarima antes
cuyos arco iris enlazan un cabello continuo –
¡Belle Isle, eco blanco del remo!

La palabra hecha imagen que mantiene
sauces callados anclados en su resplandor.
Es la réplica imposible de traicionar
cuyo acento no conoce despedidas.

 

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Harold Hart Crane. Estados Unidos, 1899-1932. Fue un poeta norteamericano caracterizado por un estilo oscuro, ambiguo, difícil y altamente estilizado. Desde muy joven fue influenciado por la dramaturgia inglesa a partir de sus lecturas a Shakespeare, Marlowe y Donne, así como por los franceses Vildrac, Laforgue y Rimbaud. Mientras vivió en Nueva York estuvo relacionado con figuras como Allen Tate, Katherine Anne Porter, E. E. Cummings, entre otros.  Un admirador irreverente de T. S. Eliot, Crane combinó en su trabajo los hallazgos de la literatura europea, la versificación tradicional y una sensibilidad romántica muy americana heredada por Emerson y Whitman. Su trabajo más ambicioso, The Bridge (1930), es un largo poema que intentó expresar lo significativo, histórica y espiritualmente, de la experiencia americana en su totalidad. Como en La Tierra Baldía, Crane utilizó el paisaje industrial y urbano para crear una literatura con una interpretación de la modernidad más optimista que aquella de Eliot. Aunque no fue bien recibido por la crítica, sí impresionó a muchos hasta ser considerado como uno de los poetas más influyentes del  siglo XX. El poema acá presentado forma parte del volumen El sol que reventó en el mar. Poesía y prosa. Hart Crane. Madrid, Amargord Ediciones, 2017, cuya selección, traducción y prólogo estuvo a cargo de Adalber Salas Hernández.

Adalber Salas Hernández. Caracas, 1987. Poeta, editor y traductor. Miembro del comité de redacción de POESIA, Salas Hernández actualmente cursa estudios doctorales en la NYU en Nueva York. En 2015 fue merecedor del XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita por su libro Salvoconducto. Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Arthur Rimbaud y Hector de Saint-Denys Garneau. Su su poesía ha sido incluida en distintas antologías del país.

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