Vida y obra de Friedrich Hölderlin

Apuntes

Alejandro Oliveros

 

I. El itinerario vital de Friedrich Hölderlin

El 20 de abril de 1770, llega a Estrasburgo, para proseguir sus es­tudios de Derecho, el joven de veintiún años, Johan Wolfgang Goethe. En esta población, hoy francesa, pero que a la sazón pertenecía a Ale­mania, Goethe conoce a Federica Brión, la primera en la inagotable ca­dena de sus romances y una de las que va a guardar mejor recuerdo a través de su larga vida. Un mes antes, en Lauffen, una pequeña pobla­ción suaba, a orillas del Neckar, había nacido el que más tarde iba a convertirse en el primer poeta lírico de su lengua: Johan Christian Friedrich Hölderlin.

Para entonces, Alemania se preparaba para vivir una verdadera Edad de Oro de su cultura. En este mismo año de 1770, nacen Ludwig van Beethoven, Georg Friedrich Hegel y el poeta Heinrich von Kleist; dos años después, Novalis y Friedrich Schlegel, animadores principales del gran movimiento romántico alemán. Para esta fecha, ya han comenzado en Könisberg los cursos de Kant sobre lógica y metafísica, los cuales, más tarde, van a influir profundamente en el espíritu de toda la juventud alemana, en Schiller, especialmente y, por intermedio suyo, en Hölderlin.

La infancia de Hölderlin transcurre tranquila al lado de su madre (su padre había muerto cuando él solo contaba dos años), entre los bosques y campos de su apacible provincia: «Me educó el murmullo / del bosque armonioso / y a amar aprendí / entre las flores», dirá después. La as­cendencia de la madre sobre Hölderlin, como veremos, se prolongará durante toda su vida. El hogar materno será el único refugio seguro que habrá de encontrar Hölderlin en los años de su doloroso periplo terres­tre. Destinado por su madre a convertirse en Teólogo, estudia primero en Deckendorf y luego, en 1788, ingresa en el Seminario de Tubinga. Para este año, la cultura alemana se ha convertido en una de las pri­meras de Europa y Goethe que, entre otras cosas, había publicado Werther, Clavijo, Ifigenia, Egmont y sus primeras, resplandecientes colec­ciones poéticas, se convierte en el supremo rector del destino espiritual de su pueblo, apoyado en el monumento espiritual de Kant, por una parte. (En 1781 había aparecido la «Crítica de la razón pura» y, en 1787, la «Crítica de la razón práctica») y por la otra, en el talento, más joven, pero igualmente fecundo y poderoso de Schiller.

En el seminario de Tubinga, en el mismo año de 1788, el destino reúne a tres de los talentos más permanentes que ha dado Alemania: los fi­lósofos Georg Friedrich Hegel y Friedrich Schelling, y nuestro poeta Friedrich Hölderlin. Allí, fue el estudio y la vivencia de los griegos, así como el de los nuevos ideales revolucionarios: «Tres fuerzas, sentencia Dilthey, informaban aquella vida espiritual: el renacimiento del espíritu griego, el movimiento filosófico-poético, que transformó durante aque­llos años toda la vida espiritual de nuestra nación, y, por último, la Revolución Francesa que venía a influir en ella desde fuera» 1.

En 1973, Hölderlin egresa del seminario y antes que profesar como pas­tor, oficio por el que siempre sintió profunda aversión, prefiere aceptar el ofrecimiento de Schiller y entra como preceptor en casa de los von Kalb, en el primero de una serie de preceptorados que le ocasionarán no pocos sufrimientos. Su anhelo, confesará más tarde a Schiller, es entrar como profesor en alguna universidad alemana. Como todas, esta aspira­ción le será vedada y, hasta el final, lo veremos deambular de ciudad en ciudad, prestando sus servicios como preceptor de los hijos de la acarto­nada burguesía alemana. Al año siguiente, marcha a Jena donde frecuen­ta a Schiller, conoce a Goethe y sigue los cursos de Fichte. Después de una primera crisis nerviosa se encarga, en 1796, de la educación de los hijos del banquero Gontard, en Francfort. Suzette Gontard, la esposa del banquero, impresiona fuertemente al joven poeta. Ella era una de esas delicadas mujeres típicas del siglo XVIII, culta, refinada y hermosa. Qui­zás la mejor caracterización de este tipo especial de mujeres sea la Otilia de «Las afinidades afectivas», de Goethe. Entre Suzette y Hölderlin se establece una relación amorosa que proporcionará al poeta sus únicos ratos de felicidad. Como Diotima, Suzette aparecerá en los mejores poemas de esta época y hará de protagonista en las dos versiones de su no­vela lírica «Hiperión».  Diotima, por su parte, le corresponderá con una colección de cartas que, independientemente de las circunstancias en que fueron escritas, forman parte por su belleza y sensibilidad, de la mejor literatura epistolar amorosa del siglo XVIII, un tiempo, por lo demás, que si de algo no estuvo ayuno fue, precisamente, de cultivadores de este género.

La permanencia de Hölderlin en casa de los Gontard se prolonga hasta 1798. Al parecer, Gontard se enteró del amor de Hölderlin por su esposa y después de una escena violenta lo habría conminado a abandonar su residencia. Hölderlin, entonces, se retira a Homburgo donde, en casa de su amigo de juventud, Izaac von Sinclair, permanece hasta 1800. Durante este tiempo se establece una correspondencia secreta entre Hölderlin y Diotima e incluso, furtivamente, se encuentran en algunas pocas ocasiones. En 1801, Hölderlin abandona Homburgo y marcha a Suiza, de nuevo como preceptor. En este año Hölderlin escribe algunas de sus mejores composiciones y termina sus traducciones de Sófocles. Al año siguiente viaja a Francia a ocuparse de los hijos del cónsul alemán en Burdeos. Francia, sacudida por las campañas napoleónicas, impresiona hondamente al poeta, alterando, de modo radical, su delicado equilibrio psicoló­gico: «Hace mucho —escribe a su amigo Cassmir von Boelhendorf— que no te escribo. Durante este tiempo he estado en Francia, donde he tenido ocasión de ver la tristeza de las tierras abandonadas, las masías del Sur y alguna que otra belleza: hombres y mujeres que han crecido en la angustia del hambre y la incertidumbre patriótica. La potencia de los ele­mentos, el fuego del cielo y el silencio de las gentes, su vida en plena naturaleza, su sobriedad y resignación me han tenido de continuo emo­cionado; y, lo mismo que se dice de los héroes, bien puedo yo decir que he sido tocado por Apolo» 2. En adelante, será la historia del desvarío y la locura. A su regreso a Alemania, los síntomas de la enfermedad han progresado hasta un punto que hace imposible toda recesión. Mientras tanto, Alemania, aunque bajo la constante amenaza de los ejércitos de Napoleón, producirá una serie de obras que constituye la más valiosa contribución del genio alemán al espíritu de Occidente: el Fausto, de Goethe; La Fenomenología del Espíritu, de Hegel; Don Carlos y el ciclo de tragedias de Schiller; las Poesías, de Novalis; en música: La flauta mágica, de Mozart; las obras de Beethoven, Schumann y los otros músi­cos románticos, etc.

 

II. La locura de Hölderlin

El proceso psicopatológico de Hölderlin se instala de una manera defini­tiva, irreversible, a su regreso de Burdeos, en 1802. No obstante, antes de esta fecha es posible apreciar algunas alteraciones en su comporta­miento que corresponderían al período inicial de la enfermedad. Pierre Bertaux, a quien debemos uno de los mejores ensayos biográficos de Hölderlin, sitúa hacia 1794 la aparición de los primeros síntomas. Su regreso intempestivo de Jena, a donde había llegado para encontrarse con Schiller, y la crisis depresiva subsiguiente son, para Bertaux, «las primeras manifestaciones de la demencia precoz que se declarará más tarde»3. Para sostener tal afirmación, Bertaux cita dos testimonios elo­cuentes, el primero es una carta de Hölderlin a su maestro Schiller, don­de confiesa: «Estoy paralizado, me congelo en este invierno que me ro­dea. Mi cielo es de hierro, y yo me siento de piedra». (Esta es una carta escrita en septiembre, de modo que la sensación de frío no puede ser atri­buida a la temporada). «De este modo —comenta el mismo Bertaux—, la enfermedad de Hölderlin se caracterizará, precisamente, por una sen­sación de frío casi físico, por un sentimiento de total indiferencia res­pecto del mundo. Es contra este estado que habrá de enfrentarse y al que temerá, mucho antes de que se convierta en un estado francamente patológico. Periódicamente veremos reaparecer en él este miedo a «en­friarse», a perder los últimos restos de calor y participación que le quedan, el miedo ya no a vegetar, sino a llegar a ser indiferente como los minerales, el hierro y la piedra»4. El segundo testimonio es la des­cripción que en una carta hace un amigo que acaba de visitarlo: «Hablé con Hölderlin, mejor dicho, lo vi, ya que era incapaz de hablar; todo sentimiento hacia sus semejantes había desaparecido en él: un cadáver viviente. Contaba historias sin pies ni cabeza sobre un viaje a Roma, donde los valientes alemanes van a apaciguar sus almas». Wilhelm Dilthey, en un memorable estudio publicado en 1867, describe de este modo el regreso del poeta de Jena: «Llegó como un náufrago, enfermo, con el alma herida y un sentimiento de humillación ante la necesidad de volver a ser una carga para su madre».

Hölderlin, sin embargo, va a superar rápidamente este desequilibrio y, durante año y medio, se instala en casa de su amigo Izaac von Sinclair, en Homburgo, dedicado a la redacción de su tragedia La muerte de Empédocles. Pero, de nuevo, tres años después, hacia 1800, se hacen presen­tes los signos de la enfermedad. Su delicada constitución mental sucumbe cada vez que la realidad sin contemplaciones lo sacude y esto en su iti­nerario vital ocurre en no pocas ocasiones, a decir verdad, en demasia­das ocasiones. En esta oportunidad, va a ser el fracaso de sus planes para editar una revista literaria, lo que va a alterar de manera lamentable el curso de su existencia. El rechazo y abandono en este momento por parte de los amigos en que más confiaba, Schelling y Schiller, entre otros, lo obligan a descartar uno de sus más caros proyectos. La publicación de esta revista debía, según él, garantizarle su situación económica, al tiem­po que le proporcionaría el reconocimiento que tanto anhelaba. Entonces, como cinco años antes, va a ser nuevamente la huida. Aprovechando una ausencia de Sinclair, abandona Homburgo y corre a refugiarse en casa de su madre, en una búsqueda dramática del calor y afecto que siempre le negó su tiempo. De nuevo, lo vemos sumergido en una crisis depresiva que se alterna con estados de irritabilidad. De nuevo, es el poeta fulminado por la furia de los dioses, el vate de aspecto sombrío que, como fantasma, deambula por los campos de su provincia natal. Como si no bastara, a esta situación se le suma la separación, ahora defi­nitiva, del lado de su amada Diotima, la única, entre todos los espíritus de la época que, intuitivamente, supo reconocer su luminoso genio y lo rodeó con ese amor sublime que, infructuosamente, Hölderlin buscó en­tre sus contemporáneos.

Para el año siguiente, 1801, y en opinión de Pierre Jean Jouve, uno de sus mejores traductores al francés, el trabajo de este año «en general, está marcado por una profunda modificación mental, siendo perceptible una disminución de la concentración individual»5. En carta del mismo año dirigida a su hermano, Hölderlin expresa: «…luché hasta la exte­nuación total para mantener la fe y la aspiración a una vida más eleva­da; he luchado, sí, en medio de sufrimientos que, considerados en con­junto, resultan mucho más agotadores que cualesquiera otros que ningún hombre pueda soportar, por muy férreo que sea su ánimo»6. Poco más tarde, enviará una conmovedora misiva a Schiller solicitando una vez más su protección, la cual no obtendrá respuesta.

En enero de 1802, Hölderlin emprende su fatídico viaje a Burdeos, al que iba a ser su último trabajo regular, de nuevo como preceptor, ahora de los hijos del cónsul alemán en la ciudad francesa. Poco o nada sabemos de la estadía del poeta en Francia, la cual duró aproximadamente seis meses. A principios de julio de este año, Hölderlin llega a casa de su madre presentando síntomas evidentes de enfermedad mental: accesos de rabia, grandes gesticulaciones, el rostro descompuesto, etc. La noticia de la muerte de Diotima, ocurrida un mes antes, empeora su estado que, con alucinaciones y períodos de agitación furiosa, se prolongará por dos meses. En sus crisis de violencia solo conseguirá calmarlo su amado to­mo con los poemas de Homero. A los dos meses, Sinclair, quien va a ser su ángel protector, especie de Theo van Gogh en la vida de Hölderlin, lo hace examinar por los médicos, quienes lo declaran «loco». Sin con­vencerse del todo, Sinclair, que había conocido al poeta en sus años de mayor lucidez, lo devuelve a casa de su madre, donde permanece hasta 1804. Allí, recibe la visita de Schelling, su antiguo compañero de estu­dios en Tubinga, el cual lo describe en una carta dirigida a Hegel: «Sus facultades mentales están totalmente arruinadas. Tiene una ausencia de ánimo completa… Su aspecto exterior repugna de puro abandono… Sus modales son los de un perturbado… Siempre está callado y absor­to»7. Empero, Sinclair, esperanzado en el restablecimiento de su amigo —para él se trataba de una máscara que como Hamlet, Hölderlin se colocaba a ratos—, se niega a abandonarlo y obtiene para él un puesto como bibliotecario en la corte de Homburgo, que debe mantener con su propio dinero. En esta situación permanece dos años hasta que Sinclair, enfrentado a un problema judicial, que ponía en peligro su libertad y la de su amigo, se ve precisado a dejarlo interno en el manicomio de Tu­binga, en manos del Dr. Auternicht, cuyos cuidados, si acaso como tales debe entenderse la aplicación de un tratamiento que, entre otras prácti­cas no menos bárbaras, prescribía el azote para los pacientes agitados, solo conseguirán agravar el estado de salud del poeta. En 1807, Hölderlin es confiado al zapatero Zimmer, quien se encargará de él hasta su muerte, ocurrida en 1843, a la edad de setenta y tres años. En estos años de oscuridad total, Hölderlin cambiará de nombre repetidas veces y sus últimos escritos los firmará como Scardanelli. Su comportamiento es el de una persona tranquila y a aquellos que llegan a visitarlo los trata con los títulos de «Su Majestad», «Su Ilustre Majestad», «Ilustre Barón», etc. El 7 de junio de 1843, termina la existencia de este pisceano luminoso, quizás el último poeta de Occidente que, sin vergüenza, podríamos en­frentar a los divinos bardos de la antigua Grecia.

 

* * *

 

Durante los largos años de su enfermedad, Hölderlin recibirá numerosas visitas por parte de curiosos y admiradores. Estos últimos habían ido surgiendo poco a poco gracias a la atención que le prestaron los jóvenes poetas del romanticismo alemán, los primeros en reconocer el maravillo­so resplandor de su genio. Bettina von Arnim, una de las figuras más deliciosas de este movimiento, hará una de las narraciones más detalladas de la vida del poeta durante este tiempo. Hablando del piano que le había sido obsequiado a Hölderlin por la princesa de Homburgo, dice que le ha­bía roto muchas cuerdas, «pero no todas, de modo que algunas estaban in­tactas y sobre ellas improvisaba. Y créanme —dice luego—, toda la lo­cura de Hölderlin le sobrevino por su constitución demasiado delicada, su alma es como un pájaro de las Indias cobijado en el seno de una flor y ahora vive encerrado entre cuatro muros de cal, duros y severos, ¿có­mo puede curarse si ha sido encerrado entre los búhos? (Bettina se refiere al manicomio de Tubinga, no a la casa del carpintero Zimmer don­de gozaba de plena libertad para salir a pasear). Ese piano al que arran­có las cuerdas es la imagen de su alma». Más delante anota: «Pensando en Hölderlin me lo figuro sumergido por las olas de una potencia celeste: la palabra que lo arrastraba todo en su violenta caída, ha inundado sus sentidos»8.

Quizás no esté de más citar algunos extractos de la entrevista realizada al buen carpintero Zimmer, el hombre que más cerca estuvo del poeta en los 37 años de su noche. Por lo demás, es una candorosa exposición de las opiniones populares, siempre sabias, a menudo más de lo que nues­tros ilustres científicos pretenden. En opinión de Zimmer, la enfermedad de Hölderlin no fue el resultado de ninguna carencia, antes bien, «todo lo que poseía en exceso fue lo que lo volvió loco. Si se ha vuelto loco, expresa, no es por fallas del espíritu, sino a fuerza de ser sabio. Cuando el vaso está demasiado pleno y se cierra es necesario que reviente. Y cuando Ud. quiere ensamblar todos los fragmentos, se da cuenta de que el contenido se ha perdido. Todos nuestros sabios estudian demasiado, se llenan de sabiduría hasta los bordes, una gota más y se desbordan. Y con eso solo escriben impiedades. Esa manía por el paganismo es lo que le alborotó las ideas… Todo el día, los desdichados libros están abiertos sobre la mesa y cuando está solo lee pasajes en voz alta de la noche a la mañana, declamando como un actor y con aires de conquis­tar el mundo… Créame, el problema amoroso no tiene que ver. Después de los treinta años nadie pierde la cabeza por amor. Es esa manía suya de saber…»9.

 

III.    Aproximación a la lírica de Hölderlin

La poesía, lo sabemos, es el resultado de una nostalgia. No sin obstina­ción, se entrega el poeta a la memoria de un tiempo presentido en el sueño y las visiones. Desde Safo, hasta Baudelaire y Rilke, la búsqueda del poeta se orienta hacia la recuperación de una realidad en la cual ha de prevalecer la correspondencia armónica y universal:

Mi suplicio
es cuando no me creo
en armonía

nos dice Giuseppe Ungaretti, el más grande lírico italiano de nuestro tiempo. Este suplicio, emanado del contacto con un mundo del cual la poesía ha sido desterrada, o por lo menos reducida a un oscuro marginamiento, lo experimentó Hölderlin con una intensidad solo comparable a la que, en su tiempo, experimentaran Rimbaud, Poe y, más cercanos a nosotros, Dylan Thomas y Pavese.

Para Hölderlin, la armonía que conduce a la plenitud, debe surgir del comercio y la comunicación fecunda con los dioses. La dificultad de fun­dar de nuevo este diálogo, provocará en su espíritu la nostalgia de la cual va a surgir lo mejor de su lirismo. En los primeros estadios de su evolución poética, aquellos que corresponden a los años de su juventud, libre de las sombras que luego se apoderarán de su ánimo hasta hacerlo sucumbir, Hölderlin se muestra agradecido por todos los dones que ha recibido de las celestes criaturas:

¡Oh, Padre Eter!
Ninguno de los hohbres o Dioses
tan fiel y cariñoso, como tú, me ha cuidado 10

o recuerda la compañía de los seres divinos en su infancia:

Cuando era niño
un dios me libraba a menudo
de los gritos y la vara de los hombres.
Jugaba seguro y contento
con las flores del soto.
Y los aires del cielo
jugaban conmigo 11.

Luego, en su madurez, después de experimentar no pocas veces lo que de menos agradable depara la existencia, esta primitiva certeza desapa­rece. Sobreviene la duda, y ya no se siente tan seguro de la protección divina. Presiente un alejamiento, percibe que hay un abismo entre el hombre y su creador. A los 28 años, se da cuenta que el tan anhelado diálogo difícilmente podrá ser reanudado en nuestro mundo, el hombre ha sido rebajado en su condición y solo merced a grandes esfuerzos po­drá reconquistar su pureza primigenia. Toca al poeta, mediante «el más inocente de los menesteres», la poesía, la tarea de recordar a sus seme­jantes que solo por los dioses la felicidad será un día posible. Intuyendo los peligros de su misión y consciente de ser «un poeta elegido por Dios y castigado por Dios», como de él dijera Herman Hesse 12, Hölderlin, en uno de sus más conmovedores poemas, A las Parcas, exclama:

Dadme un verano solamente y un otoño
para que el canto me madure, ¡oh poderosas!
Cuando se sacie de estos juegos, más conforme
el corazón podrá morírseme en el pecho.

Alma que en vida no cumplió su ley divina
no halla reposo ni del orco en las honduras.
Pero si al fin, logro plasmar lo sacrosanto
que llevo dentro de mi ser, la poesía,

¡oh, bienvenido sea el mundo de las sombras!           
He de sentirme satisfecho, aunque la lira
no me acompañe…  Una sola vez habré vivido
como los dioses. Y no preciso nada más 13.

No fueron, en verdad, demasiado generosas las temibles criaturas con nuestro poeta; apenas un verano y un otoño. A sabiendas de su trágico destino, Hölderlin se apresuró a construir, en tan escaso tiempo, su sor­prendente universo poético. En solo diez años, de 1793 a 1803, compon­drá lo más permanente de su labor como poeta.

Hacia 1800, al final de su vida lúcida, la poesía de Hölderlin alcanza un grado de luminosidad pocas veces logrado en Occidente. Es la época de los grandes Himnos y Elegías; para algunos, lo mejor de cuanto es­cribió, para Martin Heidegger, la esencia misma de la poesía. El aleja­miento de los dioses es enfrentado ahora como misterio. ¿Cuál ha sido la causa de esta separación? En uno de sus últimos poemas. Hölderlin, en un intento de sintetizar toda la experiencia religiosa de Occidente, acude a la figura de Cristo que emparenta a la de Dionisos:

«He contemplado innúmeras bellezas
y he cantado la imagen
del Dios que vive ahora entre los hombres,
Pero ¡oh, dioses antiguos! ¡y vosotros
los valerosos hijos de los dioses!
hay uno más que busco
y adoro entre vosotros,
al postrimero de la estirpe busco
………………..……………………
Ahora está mi alma
de pesadumbre llena,
porque sospecho que vosotros mismo
procuráis ¡oh celestes!
que cuando sirvo a uno, otro me falte.

Y no obstante, lo sé, la culpa es mía
Puesto que demasiado
te pertenezco, ¡oh, Cristo!
aunque de Heracles hermano seas;
y a declarar me atrevo
que eres también hermano de Dionisos…»14

Pero, tal intento de reconciliación terminará, como antes los otros, en­frentando al poeta con el vacío, con la noche profunda de la ausencia de Dios:

Celebrar, cantar en coro… Yo quisiera. Pero ¿a quién?
Tan a solas y distante, me hace falta lo divino.
Y esta es mi desgracia. Yo lo sé. Y un maleficio
paraliza mis designios y arrebata mis anhelos.

Como un niño yazgo mudo todo el día,
pero en cambio de mis ojos brotan lágrimas heladas.
 ………………………………..……………………
Hasta el sol vivificante se ensombrece en mi tiniebla
y se vuelve vano y frío como el rayo de la noche.
¡Ay! Y sobre mi cabeza, como el techo de una cárcel,
cuelga el cielo su vacía pesantez anonadante 15.

Lo que, en principio, fue celebración y canto ante la cercanía de los dio­ses, queda convertido, después de un período de dudas y vacilaciones, en queja amarga y dolorosa. La poesía de estos años, escrita en amplios ver­sículos y no siempre exenta de reiteraciones y oscuras analogías, testi­monia, ya no el alejamiento de Dios, sino, lo que es más terrible, su po­sible muerte. En esta intuición, como agudamente señala Maurice Blanchot, se adelanta, casi en cien años a la visión nietzscheana de La muerte de Dios: «Hölderlin vive ese mismo acontecimiento, pero con una com­prensión más amplia y extraña»16. «Es el tiempo—dirá Heidegger— de los Dioses idos y el Dios por venir. Y este, tiempo de indigencia, por­que se halla en una doble carencia y con un doble no: en el no más ya de los Dioses idos, en el aún no del Dios por venir»17. La percepción de este sentimiento absolutamente contemporáneo es lo que confiere mo­dernidad a la poesía de Hölderlin. Su angustia frente al vacío, experi­mentada a principios del siglo XIX, es la misma que aqueja al hombre de nuestro tiempo. Todo el pensamiento del siglo XX se estructura alrededor de esta noche de los dioses, desde el poco convincente ateísmo sarteano, hasta el mito mesiánico de la Revolución. La misma angustia de Hölderlin será sentida por Kafka, Joyce, Eliot, entre otros, y alrededor de ella levantarán sus magníficas estructuras poéticas.

Abandonado por sus dioses tutelares, al borde de la locura, Hölderlin penetra el misterio de la poesía que, en nuestros días, es la del aleja­miento de Dios, y nos descubre su verdadera esencia señalando a los poe­tas que habrán de seguirle, el sentido de su misión en el mundo:

Mas a nosotros corresponde
oh, Poetas, estar bajo los truenos
del Dios, desnudas las cabezas,
y aferrar con la propia mano
del Padre el rayo mismo
para entregar al pueblo,
envuelta ya en el Canto,
la dádiva divina,
Pues si nosotros somos, los Poetas,
de limpio corazón como los niños,
limpias serán de culpas nuestras manos…»18.

En su misión, el poeta, como señala Heidegger en su célebre conferencia Hölderlin y la esencia de la poesía, «está expuesto a los rayos de Dios». La poesía que, según Hölderlin, es «el más inocente de los menesteres», es también, »el más peligroso de los bienes». La trágica experiencia de Hölderlin ilustra, como ninguna, sus propias afirmaciones. Al «aferrar con la propia mano / del Padre el rayo mismo», el poeta cae fulminado por exceso de claridad. Poco antes, en uno de sus más reveladores poemas de la época, había declarado: «El hombre no soporta / sino por breves instantes / la plenitud de lo divino». En el juego de la poesía, el poeta juega su existencia; arriesga la vida persiguiendo la dádiva divina para entregarla, como ofrenda, a su pueblo. El destino de Hölderlin, encuentra justificación en esos poemas breves, Himnos, Elegías y Fragmentos que nos dejó, y que constituyen uno de los más permanentes y preciosos legados que poeta alguno haya hecho a su pueblo, a nosotros.

 

Nota
______
1. Dilthey, Wilhelm: Vida y Poesía. Trad. Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica. México, 1953, p. 346.
2. Cit. por  Karl  Japers  en  Genio y Locura.  Trad.  Agustín   Caballero Robedo. Ed. Aguilar. Madrid, 1968, p. 193.
3. Bertaux, Fierre:   Hölderlin,  Essai  de  Biographie  Interieur.   Librairie Hachette. París, 1936, p. 11
4. Op. Cit. P. 93.
5. Jouve, Fierre  Jean:   Poèmes de  la Folie de Hölderlin.  Ed.   Gallimard, 1967, p. 123.
6. Holderlin, Friedrich: Oeuvres. La Pleiade. Ed. Gallimard. París, 1967, p. 996.
7. Jaspers, Karl: Op. cit., p. 181.
8. Hölderlin, Friedrich: Op. cit., p. 1.106.
9. Hölderlin, Friedrich: Op. cit., p. 1.109.
10.Hölderlin, Friedrich: Poemas. Trad. José Vicente Alvarez.  Ed. Asandri. Córdoba, 1965, p. 22.
11.Hölderlin, Friedrich:  Ibid. p. 41.
12.Hesse, Herman: Obras Completas. Trad.  Rafael de la Vega.  Ed. Aguilar.  Madrid, 1961, p. 355.
13.Hölderlin, Friedrich: Ibid., p. 43.
14.Hölderlin, Friedrich: Ibid., p. 150.
15.Hölderlin, Friedrich: Ibid., p. 162.
16.Blanchot, Maurice: El espacio literario. Trad. Jorge Jenkins, Ed. Paidos, Buenos Aires, 1969, p. 262.
17.Heidegger, Martin: Holderlin y la esencia  de  la poesía.  Trad. Juan  David  García  Bacca.  Ediciones  de la  Universidad  de  los  An­des.  Marida,  1969, p. 37.
18.Hölderlin, Friedrich: Himnos tardíos y otros poemas. Trad. Norberto Silvetti Paz. E. Sudamericana. Buenos Aires, 1972, p. 33.

 

«Apuntes sobre la vida y obra de Friedrich Hölderlin» se encuentra publicado en el n.° 7-8 de Zona Tórrida (1975: pp.101-111), revista de cultura adscrita a Artes Literarias de la Dirección Central de Cultura de la Universidad de Carabobo. La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra «El curso del imperio: Destrucción» del artista estadounidense de origen inglés Thomas Cole.

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