Villon

Tristan Tzara

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La atormentada vida de Villon, a menudo flanqueaba por mas y riesgos, sucesivamente jalonada por arrepentimientos y caídas, dada a una burla y manifestación en las cuales la hondura del pensamiento roza la ligereza y el desafío, debe el destello de su trazo y de su misterio al hecho de haber sido agrandada por la necesidad del poeta de expresarse a lo largo de ella, no con ayuda de un comentario, sino con la voz misma de esa interna ternura, rescoldo constante de calor, la cual, al tomarnos por testigos, nos hace solidarios de su fracaso. Resulta tan fuerte e insinuante el valor persuasivo de la poesía de Villon, que parece como si tocase un estado de conciencia al desnudo, en tanto que la misma desnudez de su voz tiene huellas de un dolor que sobrepasa los hechos temporales donde se sitúa. A través del particularismo individual de su poesía alcanza Villon lo universal. A veces este aparece determinado de tal forma que se nos escapan los detalles; sin embargo, su semejanza resulta tan bien fundada que, aun incomprensible, se destacan en la visión coherente, si no imaginaria, de un mundo firmemente constituido.

Existe un mundo de Villon, un mundo que ha delineado sus contornos a través de la poesía de Villon y que nos impone hasta confundírsenos con la imagen que nos hacemos de ese siglo XV, a la vez ruidoso y guasón, ilustrado y pleitista, libertino y burgués. No obstante, el mérito de su poesía no radica en la creación descriptiva de ese mundo, sino en la puntualización de una realidad propiamente poética, sobrepasando así las contingencias formales y anecdóticas del medio ambiente.

De tanto inquirir sobre lo que la poesía es, se tiende a perder de vista su objeto peculiar, el de no ser significante sino en la medida en que es excepcional, único e irremplazable en la escala de valores espirituales. Quiero decir que su eficacia se halla contenida en la expresión de su calidad vivida, aunque su poder de comunicación no esté rigurosamente conforme con la intención del poeta. Lo importante es que ella responde a una serie de justificaciones latentes en el ánimo del lector, quien, a su vez, se encarga de hacer asumir una interpretación valedera en el seno de cada proposición. No hay por qué preguntarse la significación exacta de la poesía de Villon en tal o cual época, pues si bien el centro de nuestra atención hoy se ha desplazado, su poesía contiene suficiente vigor para conmovernos forzándonos a seguirla en cualquiera de sus multiples derivaciones.

Lo que a toda obra poética confiere el encanto sonoro del eco remoto que despierta se halla, en cierto modo, encubierto por la unidad de tono, el feliz encuentro de la experiencia vivida y de su justa tradición dentro de un lenguaje que infringe su valor conceptual. Un lenguaje propio de la poesía existe, pero cada poeta debe estar en posibilidad de reinventarlo, de adaptarlo según la conveniencia. Lo que entonces se plantea es saber si, una vez reducido los factores propios de su trama, puede manifestarse un residuo común en la base de la poesía, como un sentimiento propio de la naturaleza humana, una función latente de su espíritu. ¿En qué medida esta función, unida al acto de pensar, actúa sobre el hombre? ¿Podrá erigirse, separada del conjunto de las actividades mentales, en un modo de conocimiento?

En Villon, la sencillez con que espera dar un resultado comunicable a hechos reales torno más sensible las súbitas elevaciones de tono, en las cuales sentimos circular ese aliento lírico que escapa a la descripción. Hay en su poesía una dirección intencional de su pensamiento hacia una meta que se traza: la de convencer al lector, la de conquistar su adhesión a ideas y sentimientos, y otra parte que de ello se desprende en estado naciente, digámoslo así, cuyo real centro de gravedad recae sobre una facultad más secreta del espíritu, manifestada por una actividad no sometida al control de la conciencia.

Será notable, después de Villon, el intento de definir más explícitamente el género poético. Pero la especialización en este campo, al establecer el régimen de tabúes poéticos, así como el de sus atributos formales y sentimentales, al mismo tiempo vuelve más arduo el reconocimiento de la parte de poesía residual. ¿Se trata de un esfuerzo de los poetas por alcanzar lo esencial de la poesía? Lo cierto es que por pretender cultivar la poesía separándola de lo prosaico, articulándola en un sistema estrecho, se ha llegado a ocultar el poder de la emoción real de naturaleza poética bajo un fárrago de fórmulas académicas. Contados poetas, a través de los tiempos, han sabido reducirla a sus justas proporciones. Cabe afirmar que la voluntad práctica de producir obras poéticas mata la poesía. En tal situación, esta resultaría solo un exceso, un resto, una calidad añadida a la voluntaria determinación del poeta.

La poesía de Villon participa de un estado de espíritu ingenuo cuya frescura de sentimiento no aparece empañada todavía por las especulaciones intelectuales que no tardarán en introducirse. Estas, tributarias de la toma de conciencia de la razón discursiva y paralelas al avance científico, delatan a la era moderna.

Hay que convenir que en nuestros tiempos, sobre todo después se Verlaine, la poesía reencuentra en Villon un parentesco que difícilmente pueden ofrecerle las épocas intermedias. Tal correspondencia en gran parte debe a la creciente preocupación de los poetas por situar a nivel puramente humano los móviles esenciales de un mundo más próximo a la naturaleza del hombre que es ese otro, hostil, desarrollado para su perjuicio. A través de su sensibilidad el poeta, zaherido por la dureza de un presente caótico e injusto, que está cada vez menos adoptado a los deseos y requerimientos del hombre, ha buscado en la nostalgia del pasado la imagen proyectada hacia el futuro de un mundo paradisial para siempre perdido. Nada hay en ello de fortuito. La evolución de la poesía a partir de ese movimiento revolucionario que fue el Romanticismo –contrapartida, a su vez, de la Revolución Francesa y del ideario de los Enciclopedistas–, debía conducir al poeta a reaccionas, gracias a la posición singular que ocupaba en la sociedad, en contra de ella, valiéndose de la única arma a su alcance: su afectividad. El rechazo a adherirse a las premisas de la sociedad era generado por sus pésimas condiciones. ¿No habrían alcanzado estas últimas proporciones tales que los mismos principios de la sociedad yacían encerrados bajo el peso de la injusticia?

En el plano ideológico ese resentimiento social se tradujo en rechazo de todas las formas del pensamiento burgués, consideradas como una emanación –y uno de sus sustentos, también- de la casta en el poder; en el plano poético aparejó la evasión ante lo real y la reintroducción masiva de lo fantástico, de lo maravilloso y del sueño en la creación artística. Puede decirse que nuestra época, que comenzó con el Romanticismo, si adversó violentamente la época clásica precedente, ha encontrado en la Edad Media un eco valedero, así como se ha acercado, por encima de la poesía y el arte grecolatino, a épocas bíblicas y proto-históricas, a fin de orientar sus tendencias estéticas hacia un ahondamiento estilizado de lo real perceptible.

De este modo la poesía moderna halla uno de los elementos de su mecanismo funcional en la poesía de Villon. Así como Baudelaire, en quien nos complace ver el indicador de la poesía moderna por el reconocimiento del mundo real, encarna en su sinceridad una reacción contra el Romanticismo, Villon se sitúa en el inicio de una corriente igualmente moderna en poesía, aquella que al reaccionar contra el amor romántico, ya convencional, de los trovadores, y contra el formalismo religioso sin contacto con la realidad de su tiempo, anuncia el otoño de la Edad Media. Por esta postura realista, y partiendo de hechos propios de su vida para alcanzar una visión personal del mundo, Villon dota a la crítica poética de un nuevo criterio. En adelante la autenticidad de la poesía será una calidad que reside en un acuerdo valedero y orgánico entre el hecho aprendido y su expresada transposición. La poesía será verdadera si el sentimiento que la anima ha sido vivido íntimamente, y no si ha resultado de alguna fórmula impuesta. Es necesario, en fin, que el poeta la haya experimentado de un modo bastante intenso para que su expresión poética le sea naturalmente adecuada.

La poesía de Villon no es solo una poesía de circunstancia, es, sobre todo, una poesía de la circunstancia. Al decantar la realidad del mundo circundante para extraerle el material de la imagen poética, el poeta moderno otorga al hecho vivido un sentido que, por serle particular, no deja de estar centrado sobre el primer contacto que tuvo con él. Si la imagen poética, tal como hoy la concebimos, se debe sobre todo al equilibrio más o menos sutil de dos elementos tomados de esferas distintas entre sí, equilibrio que tiene por fin la constitución de una unidad nueva, superior a la entidad de cada uno de sus elementos contrapuestos, y destinada a formar un cuerpo con la totalidad del poema, en Villon la imagen se confunde con la metáfora del lenguaje concretizado bajo forma de proverbios o locución. Puede también más cómodamente fundirse en el cuerpo del poema. La función metafórica del lenguaje se hallará de alguna forma en el origen de la imagen poética. Más, siendo la facultad de invención en el dominio del habla una actividad humana que encontramos asociada al mecanismo del pensamiento, ¿no habrá que deducir, a partir de este dato, que la función poética está íntimamente ligada al proceso de elaboración del pensamiento?

Antes que expresar un sentimiento de la naturaleza exterior al hombre, de la cual se percibe como reflejo, Villon procuró definir la naturaleza humana en sus variadas sensaciones, tal como han sido selladas en el cuerpo del lenguaje para servir a las relaciones entre los hombres. Como se ha observado, Villon carece de la facultad de maravillarse ante la naturaleza. No experimenta la necesidad de contemplarla, necesidad que hallamos, más o menos desleída, en la mayoría de los poetas de su época. ¿No convendría ver en ello uno de los síntomas de su estricta sinceridad? El sentimiento que lo embarga al ahondar en la condición humana solo es valedero cuando aparece situado ante la única instancia reconocida, la del propio Villon. Tal ahondamiento, que al parecer excluye cualquier otra ternura ante el mundo objetivo, ¿no implica, acaso, que la suma de preocupaciones relativas a su vida concierne por ello mismo al mundo, tal como se refleja en su conciencia?

Fue un poeta maldito, en verdad, al modo de Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, sus pares en el sufrimiento, la rebeldía y la miseria. Fue precursor en ese dominio de la condición social hace que el poeta, al margen de esta, se alce en soledad orgullosa y permanente desafío. Una actitud de las que exigen, por la disminución voluntaria en el campo del sufrimiento, la correspondiente elevación en el imaginativo, este último campo dotado de virtudes exaltantes y particularmente apto para fomentar leyendas. En el caso de Villon convendría, guardando la parte del mito, revisar la imagen enteramente simplista que han creado algunos de sus comentadores. ¿Qué resabio moralista los lleva a excusar al «mal muchacho» que Villon fue, y ello como condescendencia, en nombre de la obra que nos dejara? Es necesario ver en la discriminación entre la labor del poeta y su vida una concepción superada, pero tenaz, según la cual la poesía sería apenas una forma de trabajo subordinada a un oficio. La vida de Villon está imbricada a tal punto en su obra que no solo es imposible concebir la una sin la otra, sino que, interdependientes, esclareciéndose recíprocamente, aparecen a la distancia como dos fases inseparables de una sola realidad.

Se constata en la obra de Villon el carácter específicamente moderno que es el drama de la adolescencia, el de la dificultad para adaptarse a las condiciones de la sociedad. ¿En qué momento, y gracias a cuál fenómeno nace la inclinación del adolescente hacia la vida imaginativa? Se trata del problema de las determinaciones instintivas, que no ha recibido respuesta satisfactoria hasta nuestros días. Debemos suponer que al madurar en él un impulso violento, aunque difuso, de objetivo indeterminado, el adolescente vacila en comprometerse con una de las vías que se le abren en el cual la magia de la aventura hace el papel de un llamado libertador. Si a primera vista parece como si el delirante, el niño, el criminal y el poeta presentan características comunes, ya sobre el plano de la imaginación, ya sobre el de la acción, el ensayo con que intenta resolver su inadaptación síquica tropieza con diversas dificultades. Para unos la solución consiste en crear un mundo a su imagen, lo que a menudo los lleva a organizarse en grupos. ¿Fue acaso una operación de esta índole, luego de una contenida rebeldía que, al dejar al descubierto su sensibilidad descarnada, herida demasiado pronto, susceptible y vulnerable, actuó sobre Villon como un mazazo, sin que la escogencia entre acción e imaginación se le planteara en forma precisa? El caso es que pronto aparecerán una y otra estrechamente ligadas, complementándose, entre mezclando sus causas y sus efectos hasta convertirse implícitamente en reglas de conducta y razones de vida.

Como toda época de inflación, los desórdenes ocurridos con motivo de la inflación inglesa ofrecen a los jóvenes estudiantes del siglo XV múltiples ocasiones de dar libre curso a su turbulencia. Se comprende que Villon, al procurar una salida a su temperamento, en oposición a las fuerzas del orden representadas por sus allegados, haya encontrado en la compañía disoluta pero pintoresca de aquellos estudiantes, un eco al sueño de aventura que le servía como visión del mundo. Así, por afinidad de intereses, y sobre la base de una voluntad común de rebelarse contra el medio, nacen los círculos cerrados, los clanes. Las leyes, jergas, iniciaciones, los grados jerárquicos de estos agrupamientos muestran sus similitudes con las sociedades secretas de los pueblos primitivos. Citaré como ejemplo la casta ambulante de iniciados, los Areoi de las Islas Marquesas, constituida por lo que hoy llamaríamos actores, baladistas y poetas. Su consagración de orden religioso les permitía todas las licencias, incluso la de matar. Las fuerzas conjugadas de atracción y repulsión que ejercían sobre la población revestían el carácter de un terror sagrado. Ese doble movimiento de terror y admiración populares debió jugar paralelamente, aunque en menor grado entre los Coquillard (1), cuya historia ha indagado Marcel Schwob con el acierto que conocemos. La organización de estos últimos, aunque desprovista de atributos religiosos (lo religioso y lo social, entre los primitivos, constituyen la expresión de un mismo apremio), ¿no procede de un mecanismo similar al de la formación de los clanes? Rateros y estafadores, mas también letrados y poetas, portadores de secretos de la ciencia, iniciados en ritos misteriosos, si los Coquillard aparecían ante la población como seres peligrosos, rodeados de leyenda, para algunos de sus afiliados, como Villon, ese grupo correspondía a sus aspiraciones de total liberación.

En el ámbito estrictamente individual en que su conciencia buscaba apoyo, ¿qué otra senda habría tentado la sensibilidad de Villon sino la que implicaba total ruptura con los detentadores del poder? Ya en su obra se hace sentir una burguesía tramposa y aborrecible. Si los románticos pusieron al descubierto el carácter deleznable de esa burguesía, Villon no deja de manifestar igual horror. Frente a ella, el populacho, destinatario de todas sus simpatías, estaba lejos no solo de saber defenderse, sino incluso de conocer la naturaleza de la opresión que sufría. La lucha se situaba entonces a nivel de la persona humana y de las responsabilidades individuales. Apenas comenzaban las leyes a delimitar su radio de acción en base a las categorías definibles de sujetos.

Villon insurge contra la malevolencia de los hombres, rechaza el sistema del cual solo ellos solo son instrumentos. Pero estos llamados a una vida mejor sobre la tierra tienen por telón de fondo a la muerte que sin distinción derriba a grandes y pequeños. Aparecen recorridos por acentos desgarradores. La cínica y mordiente ligereza de los sarcasmos que despliega y confiere una dignidad a sus llamados que en nada disminuye la acidez de su lenguaje. Más tarde seguiremos los trazos del tono coloquial de la poesía de Villon a lo largo de la historia poética. Su resonancia repercute en las obras de Verlaine y Apollinaire. Brota con su sentido fraterno y confidencial de palabra tenue y grave, otras veces gracioso, el cual, a pesar de su alejamiento, o tal vez a causa de este, llega hasta nosotros. El conocimiento del hombre, del hombre que vive en lucha con lo real sensible, de sus límites y de su entendimiento, señala el fin de la gratuidad en poesía. El hecho real no solo está incorporado al espíritu del poeta sino que él mismo se vuelve materia poética. En dramática unidad confunde el sentido del signo, el punto de partida y la senda recorrida. De esta forma se crea un objeto nuevo; una nueva realidad emergida de la realidad circundante halla lugar entre los objetos de sensación.

Con cada poeta la poesía es puesta en tela de juicio. Si cambia su apariencia al transformarse, acaso no deje de proseguir por nuevas sendas la exploración de temas permanentes. Considerada en la raíz de sus atributos y de su esencia, se llega a pensar que era necesario destruir la idea que de ella nos hacíamos para verla renacer de sus cenizas. Pero el destino de la poesía, a través de contradicciones y tropiezos que son también los de la historia, será el de conducir la experiencia vivida hacia el conocimiento objetivo. El poeta no solo vive la historia, en parte la determina. La existencia misma, para él, es un fenómeno poético, a la inversa de aquellos para quienes escribir poemas constituye una profesión. Son muchos los que al tomar parte por una de estas posiciones se pronuncian en contra de la otra. Mas cuando la canalización de tendencias, tanto hacia la invención expresada como hacia la acción sensible, ocurre de modo inexorable, la poesía, a la luz de esa conjunción, reviste su significación profunda. Y en virtud de esta significación la poesía escrita apenas constituye un hito, un pasaje, un limitado indicio sobre el campo inmenso que abarca la vida del poeta. Nunca una coincidencia entre las distintas formas de operación mental y afectiva referentes a la vida y a la imaginación se dio más naturalmente que en Villon. La poesía es una superación y una afirmación; superación del lenguaje, del hecho; afirmación objetiva que actúa sobre el mundo como factor de transformación y enriquecimiento. En esa mescolanza de valores de acción recíproca que es la vida artística, la gestión del espíritu parece agrandar la vida misma, y por tanto, en la medida que en ello participa, da testimonio de la manera más fidedigna.

 

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Nota:
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Coquillarde: grupo de mendigos medievales.

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El ensayo sobre Villon de Tristan Tzara es una traducción de Eugenio Montejo y se encuentra publicado en nuestra edición impresa N°22 (1975: pp.9-18).

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