W. H. Auden (un recuerdo)

:Por Golo Mann

  

No puedo hacer del todo justicia a su obra porque, aunque conocí bien en algunos aspectos, no la conocí suficientemente. En todo caso, no me siento competente para juzgar el sitio que le corresponde en la literatura. A cambio de lo cual, entrego este acopio de recuerdos personales.

Oí su nombre por primera vez en 1935, cuando se casó con mi hermana Erika sin haberla visto nunca antes de la boda. Fue de su parte un gesto generoso con una emigrée alemana para ayudarla a obtener un pasaporte inglés. El telegrama de Auden aceptando el matrimonio tenía una sola palabra: «Encantado». Pocos meses después volvió a casa de mis padres en Küsnacht, a orillas del lago de Zurich, para expresar que él deseaba entablar estas relaciones de una manera formal, que en realidad pasó a ser una especie de amistad. Era alto y desliñado, nicht gerade Shön (no precisamente atractivo), como pensaba nuestra ama de llaves. Sus modales eran torpes pero atractivos, aunque seguros de sí. De cerca, tenía el aire de alguien acostumbrado a ser primus inter pares; se le notaba, incluso, cierto aire triunfante sin caer por ello ni en lo exagerado ni en lo teatral. Me tocó llevarlo al aeropuerto pues iba a tomar un vuelo en Australia, donde colaboraría en un film propagandístico para un negocio que recién empezaba a desarrollarse: el turismo. Para entonces ya había adquirido algún renombre como distinguido poeta y crítico. En ese azaroso oficio continuó por casi cuarenta años: siempre fresco, original y de una asombrosa independencia de criterio.

Nos conocimos mejor en Nueva York y Pricenton durante la primera mitad de 1939. Nunca he hablado con nadie que tuviera una conversación tan penetrante y llena de estímulos. Era un profesor nato y este había sido su oficio inicial en Inglaterra, pero de la vieja escuela. Sobre las Conversaciones de Goethe escribió: ¿Qué sucede cuando un maestro se encuentra con otro? Luego de su encuentro con Madame de Staël, Goethe anotó: «Estuvimos juntos como una hora y fue muy agradable. No pude pronunciar palabra. Ella habla bien pero muy largo, demasiado largo…». Citó después a Amalie von Helvig: «Entretanto, un grupo de damas encaró a nuestra visitante (Madame de Staël) para preguntarle qué impresión le había causado nuestro Apodo. También refiere que no le fue posible intercalar una sola palabra. ­—Pero —se dice que agregó con un suspiro— cuando una persona habla tan bien, siempre es un placer escuchar».

Ignoro si en este momento Auden se refería sí mismo, aunque no es del todo improbable que así fuera. Su conversación era igualmente unidireccional y el más mínimo comentario que a uno se le ocurriera intercalar era puesto de lado con un «Así es». Yo me sentía igual que Madame de Staël, aunque sin el suspiro.

Aún recuerdo trozos de una conversación que tuvimos en 1939. Sobre la religión: «Yo doy por sentado que cuando escribe algo se concentra en ello al máximo, ¿por qué? ¿Éxito, renombre, dinero? Todos son importantes y, sin embargo, no son la razón principal. ¿Cuál es esa razón?». Y más tarde: «En cada uno de nosotros hay algo de católico y algo de protestante; la verdad es católica pero su búsqueda es protestante».

Sobre padres e hijos: «Si el padre es un novelista, la relación invariablemente será difícil ya que no puede evitar que el hijo le parezca un personaje salido de sus novelas». Sobre el principio de lealtad: «Si uno no es capaz de conservar la fe, está perdido». De los poetas líricos: «No dependen, como se cree, de los sentimientos, inspiración, amor, luna llena, desesperación; son artesanos que, como todos los demás, se ganan la vida honestamente trabajando para el mercado. Y es lo mejor: les impone una disciplina sin la cual su talento no les serviría de nada».

Estas palabras llenas de sabiduría las pronunciaba con un toque de seco didactismo, pero también con humor, cuando se trataba de comentarios divertidos sobre la vida diaria; siempre las decía ex cathedra, como sino estuvieses sujetas a discusión.

Del mismo modo, pienso en sus innumerables reseñas críticas como en una forma de monólogo. Tanto en contenido como en longitud, son ensayos muy desarrollados, si bien no en el sentido de «tentativas». Más que monólogos en el sentido clásico de diálogo con uno mismo, son diálogos con el lector. Nunca debatía consigo mismo, ni modificaba o corregía lo que quería: ponía simplemente sus cartas sobre la mesa. Por eso hablo de su actitud ex cathedra. Aun así, su estilo no era nunca dictatorial sino que por el contrario, era íntimo y amistoso; quizás relajado sea la mejor palabra para definirlo. Nueve de cada diez pronunciamientos suyos, tomados al azar, son tan esclarecedores que el lector puede sentir cómo se descorren los velos que le impedían ver.

Era el hombre más inteligente que he conocido, o acaso el más hábil (puesto que «inteligencia» sugiere solamente intuición y entendimiento), con la habilidad esencialmente creadora. Llegaba por sí mismo las verdades; muchas merecían ser ampliadas en forma de libros enteros. No obstante, se contentaba con representarlas a su manera: asistemáticas. Por ello no existe un Auden «filósofo».

Aunque generalmente era fiel a su teoría del poeta como artesano, algunas veces se escapaba de ella. Cuando, en 1939, mi hermano menor se casó con el intelectual italiano Giuseppe Antonio Borgese, los invitados encontraron en sus asientos un poema impreso de varias páginas: «Epitalamio conmemorando la boda de…». No es que Auden fuese particularmente íntimo del señor Borgese o de la novia; aprovechó simplemente la ocasión, como los poetas del siglo XVIII que obtenían parte de sus precarios ingresos de composiciones ocasionales por el estilo, o como los clérigos con los oficios religiosos. Aun en sus últimos libros de poemas, los llamados «Textos Comisionados», realizados por encargo a cambio de los correspondientes honorarios, ocupan un espacio considerable.

Le gustaba parecer del siglo XVIII. Cuando nos conocimos consideraba a Pope su maestro, hasta donde es posible atribuirle uno solo (en realidad tenía muchos, o ninguno). En todo caso, este discipulado fue la causa de sus largos, filosóficos y didácticos poemas, las «Cartas a…». Eran obras que el mismo tomaba muy en serio, pero yo creo que su intención era probar que, a pesar de todo, era posible, al menos para él, escribir en nuestros días este tipo de textos y que todo era posible para su genio y fuerza de voluntad. Era un maestro, un virtuoso de la forma poética y le gustaba demostrarlo.

Fui vecino suyo en enero de 1939, año de la muerte de W.B. Yeats, por quien profesaba una enorme admiración. De inmediato escribió dos poemas in memorian. El primero extremadamente moderno, con rimas sueltas apenas reconocibles. El segundo podía haber sido escrito por Tennyson:

«Sigue poeta, sigue derecho
hacia el fondo de la noche…

En los desiertos del corazón
Deja fluir la fuente consoladora…».

(Trad. J. R. Wilcock)

Debo a Auden mi propia definición de poesía: algo que crea un orden y puede aprenderse de memoria. (No creo que Auden haya sido siempre fiel a la segunda premisa. Nadie podría recitar su «Carta a Elizabeth Mayer» de memoria). ¿Acaso un poeta doctus? Su virtuosa maestría en todos los estilos y formas poéticas, sus eruditas referencias a la mitología, sociología, psicología, así como su hambre insaciable de buenos libros, ideas y verdades, hacen que uno piense. Mas tal descripción no que creo que le cuadre. Se contradice con la elegancia y el brillo, o la traviesa alegría de muchos de sus escritos. Decía que para Goethe era más fácil expresarse en verso que en prosa. Para Auden todo era fácil.

Amaba a Donne y Blake (en realidad no se puede amar a Pope); y a Goethe (especialmente el Diván) y Hölderin entre los alemanes. Pronunciaba las líneas Ich bin nichts mehr, ich labe nicht mehr gerne! en un tono que revelaba claramente la carga de dolor inexpresable que les convenía. El dolor, por lo demás, no le fue extraño.

Había aprendido alemán en Berlín antes de 1933, cuando la capital alemana ejercía una fuerte atracción sobre los jóvenes ingleses. Después lo practicó realizando traducciones (las Elegías Romanas, de Goethe, en colaboración con su amiga Elizabeth Mayer), y en Austria, finalmente, lo hizo su segunda lengua. Llegó a captar todos los matices del idioma.

Por un tiempo, durante 1940, viví con él en Brooklyn, en una vieja casa que había alquilado con el escritor neoyorkino Georges Davis (quien se casaría luego con Lotta Lenya, la viuda de Kurt Weil). A menudo he sido interrogado sobre el funcionamiento de esta casa, puesto que tres de sus ocupantes, Carson Mac Cullers, Benjamín Britten y el mismo Auden, alcanzaron después de la fama. Debe haber sido, dicen, una comuna distinguida e interesante. Solo puedo decir que una comunidad de este tipo, en general, resulta más interesante para los extraños que para los mismos integrantes.

En realidad, cuando pienso en la casa de Brooklyn, solamente veo Auden y no en el papel de un poeta genio sino en el austero jefe de familia. Era quien imponía el orden de la casa. Había dos sirvientes de lo color que limpiaban y cocinaban; eran comidas pesadas y formales que comíamos en un sótano sombrío con muebles tapizados de felpa. Cuando alguien se retrasaba, Auden no disimulaba su desaprobación. Los gastos se cubrían de acuerdo a un complejo sistema ingeniado por Auden. Todos colaboraban en el mantenimiento general y las comidas tenían precios individuales. El número de comidas a las que cada uno había faltado, previo aviso con la debida anticipación, era un problema seria. Una vez a la semana había un día de cobreo, anunciado por Auden, no sin satisfacción, durante el desayuno; después iba de cuarto en cuarto recogiendo los pagos. Comía copiosamente y bebía bastante, pero únicamente vino, un chianti barato o algo por el estilo; nunca, al menos mientras estuve con él, licores fuertes.

Nadie fue menos bohemio que Auden, si bien, quienes lo conocen poco pudieran haberlo tomado por uno de ellos. La cabaña en la baja Austria, donde pasaba los veranos a partir de los años cincuenta, estaba precariamente amoblada. En el salón había una mesa para escribir, grande y rústica, y par de sillas. No había estantes, el piso estaba cubierto de libros y botellas de vino semi-vacías. Esto solo era la apariencia exterior. No concedía ningún valor a las posesiones, pero mucho a una norma de vida, estrictamente dirigida. Durante el tiempo en que lo conocí, nunca se acostó después de las once, a fin de estar descansado para el trabajo de la mañana. Si los visitantes no estaban al tanto de este hábito, no vacilaba en hacérselos conocer.

Benjamín Britten súbitamente dejó Brooklyn y volvió a Inglaterra presumiblemente porque no deseaba estar lejos de su país de origen en tiempos de guerra. Auden se quedó, lo cual molestó a sus compatriotas quienes pasarían pronto a ser sus ex – compatriotas. Un día le mostré un artículo hostil aparecido en un periódico inglés, diciéndole que hacía falta una respuesta suya, me interrumpió y dijo: «No viene al caso». Es otro ejemplo de su independencia, autoconfianza y orgullo. Sabía que la mejor manera de superar la crisis era no concederle ninguna importancia.

Nunca fue rico, pero después de su primer periodo difícil en los Estados Unidos de 1938 a 1939, ganó lo suficiente para satisfacer sus necesidades. Era duro y hábil en los negocios. «Siempre pido el doble, decía». Tenía poco respeto por los editores: «son todos unos criminales», exclamaba en alemán (Sie sin dalle Verbrecher). Podía ser arrogante, incluso despectivo en asuntos de negocios, creyendo, pienso yo, que para alguien que ejercía una profesión tan precaria, la mejor defensa era el ataque.

Jamás quiso escribir una autobiografía, si bien porque no carecía de material. Un escritor, pensaba, es un hacedor no un fabricante y solo este tiene algo que contar sobre su vida. Se sabe que comenzó su carrera como «intelectual de izquierda» y militante antifacista; así lo evidencia su conocimiento sobre Marx, Freud y Brecht, sus visitas a China y España durante la guerra civil y los poemas escritos en los años treinta. Durante 1938-1939, sufrió un cambio de naturaleza religiosa mientras vivía en los Estados Unidos. Es posible que lo influenciaran sus lecturas, en particular la del gran libro de Reinhold Niebuhr, Destino y naturaleza del hombre, al que estudió y dedicó una de sus piezas críticas más profundas. Fundamentalmente, sin embargo, Auden nunca permitió que otros lo dirigieran. Cuanto necesitaba para sí, lo extraía de los libros y lo condesaba a tal punto que, subjetivamente, era justificable que lo reclamara luego como suyo. Por esta época le oí decir: «los intelectuales ingleses que ahora claman al cielo contra el demonio encarnado en Hitler, no tienen cielo al cual clamar; sus protestas resuenan en el vacío porque no tienen nada que ofrecer».

De esta circunstancia extrajo sus propias conclusiones, producto tanto del razonamiento como de su gran fuerza de voluntad. De repente empezó a desaparecer los domingos y al cabo de dos horas, con una apariencia de felicidad en el rostro. Después de varias semanas me confesó el objeto de sus misteriosas excursiones: la iglesia anglicana, en el seno de la cual permaneció por treinta y tres años. En Kirchstetten, donde existe solamente una iglesia católica, iba a misa, y en el día de Corpus Christi, asistía a la procesión, caminando inmediatamente detrás de Bürgermeister; la ciudad lo amaba por esto y él, a su vez, amaba la ciudad. Hay un libro de William James, La Voluntad de Creer, que recuerda el caso de Auden. Creo que esta decisión fue buena para él, para espíritu, para su estilo de vida y para su obra. Acrecentó aún más su natural disposición a ayudar a otros, a la vez metódica, ligeramente severa y protestante de espíritu.

Consecuente con todo, sus opiniones acerca del hombre, la sociedad y la historia, fueron revisadas a la luz de su nueva fe. Como antes, siguió políticamente alerta. Tengo una carta suya de 1965, donde expone sus ideas sobre la división de Alemania y otros asuntos relacionados: «¿Está de acuerdo conmigo que Alemania Occidental debiera invertir fuertemente en Alemania Oriental? Mientras siga siendo tan grotesca la diferencia entre los niveles de vida de una y otra, Ulbricht no puede hacer concesiones. Solo podría hacerlas un régimen verdaderamente popular y, en Berlín Oriental, no encontraré ni un alma que respete Der Spitzbart…».

Después de la invasión de Checoeslovaquia escribió un poema «Agosto 1968», el cual expone en breves líneas su violento sentido de ultraje. A estas alturas, pensaba que los políticos, más que un tipo de salvación nos conducirían al desastre o, en el mejor de los casos, a evitar lo peor. Lo que conocemos como «historia» le parecía ahora un proceso en esencia irracional, cruel e irremediablemente idiota. Aunque atenuado por una profunda compasión por el individuo, comenzó a sentirse más cerca del pesimismo general que del espíritu de amor universal característico de la izquierda.

Dos ejemplos conmovedores dan prueba de ello, en City Without Walls (1969): el poema para Joseph Weinheber, el sufrido vecino de Auden en Kirchstetten, y la elegía a su ama de llaves en ocasión de muerte:

Liebe frau Emma
na, was hast Du denn gemacht?
You who always made
Such conscience of our comfort
Oh, how could you go an die…

Emma Eiermann y su hermano Josef, eran refugiados alemanes de Checoslovaquia; ambos se encargaban de cuidar la casa y el jardín de Auden. Sus desgracias estimularon en Auden una especial estimación, así como un desprecio por la «historia», a causa de la manera como los hechos habían hecho pagar a estas dos personas absolutamente inocentes de los crímenes de Hitler. Toda la elegía rebosa de este sentimiento. Cuando volví a Kirchstetten cinco años después, y, ¡ay! por última vez, ambos habían muerto. Los temas de la elegía son característicos de Auden más reciente: pensar, gratitud, compresión y cariño por una persona de corazón sencillo, con sus idiosincrasias y excentricidades; y también un punto de vista archiconservador, al que no me opongo cuando es justo:

but catastrophe
had failed to modernise you,
Child of the Old World,
in which to serve a master
was never thought ignoble.

Sabía que para tales mujeres no había sucesoras.

Ignoro cuán feliz o solitario se sintió Auden al final. Había tenido éxito durante varias décadas, había vivido con independencia en lugares muy famosos: California, Iskia, Austria. Trabajó en compañía de otros escritores, con Cristopher Isherwood en sus primeros años y luego con Chester Kallman, trabajo en equipo que respondía a su concepción del artista como artesano. Con un profundo conocimiento de literatura, poesía, psicología, teología, profesaba una admiración similar por la música, medio de expresión colectivo, especialmente cuando se practica como libretista o compositor de canciones. Fue esta una de las razones que lo llevaron a instalarse en Kirchstetten: necesitaba estar cerca de un excelente teatro de Ópera.

Le gustaba leer sus poemas en voz alta, no sin cierto sentido de posibilidades dramáticas de la ocasión. «Soy un actor» solía decir. Disfrutaba haciendo apariciones en público y entreteniendo a los demás. Vivía en una intricada maraña de relaciones públicas y, sin embargo, había un aire de soledad a su alrededor, especialmente hacia el final, tanto la espontaneidad de su conversación, tan despreocupada del interlocutor, como en su carcajada.

Pero, así como tuvo voluntad para ser creyente y bondadoso, la tuvo para la felicidad. En una de sus últimas reseñas, publicadas hace pocos meses en Nueva York, va pasando, como era su costumbre, de un tema relevante a otro: él mismo. Era, decía, un hombre feliz y agradecido. Había sido un trabajador y no un jornalero. El primero es alguien que disfruta haciendo su trabajo y la sociedad le paga. El segundo, en cambio, debe realizar, para ganarse la vida, un trabajo que le parece molesto y sin interés. Tuvo y todavía tenía, muchos amigos: «Tengo muchos amigos que quiero con cariño». Pero siempre, la sombra de la vejez, siempre la vejez. Anoto de memoria: «Le pido a le Bon Dieu que me lleve cuando tenga setenta años. Más temo que no lo haga…».

Le Bon Dieu fue más amable de lo que Auden esperaba.

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El texto de Golo Mann sobre W.H. Auden que acá presentamos se encuentra en la edición impresa n.° 18 de Poesía.

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