Welserland: erótica de la violencia

Yanuva León

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El triunfo de un ideal moral
se logra por los mismos medios inmorales
que cualquier triunfo: la violencia, la mentira,
la difamación y la injusticia.

La voluntad de poder
Friedrich Nietzsche

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La repetición de la repetición en clave canónica y sedentaria hace que el conformismo engorde hasta la morbidez. La gran mole consecuente, que puede llamarse convención, reposa sobre la duda, la curiosidad y la creatividad, ahogando estos principios del pensamiento vital; ahogando el deseo. En Welserland (Kavrial, 2021), Víctor Manuel Pinto demuestra una guardia tenaz contra esta posibilidad.

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Persiste en la obra del escritor de Valencia, la del Caribe, una intención consciente de sacudir y romper varios niveles, tanto estructurales del objeto libro, como de las tradiciones formales y teóricas que conforman sus discursos. Esta intención también describe su publicación precedente, Quieto (Kavrial, 2014), y quizá defina en general su pulsión creativa. Me interesan dos de sus muchos nervios, por medulares: violencia y eros. Tal como me asaltó la idea desde la primera lectura, afirmo que en el cuerpo raro que es Welserland destaca una erótica de la violencia o, dicho de otro modo, una violencia libidinal.

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La obra es una orgía sanguinaria no solo porque reescribe, sin concilio de normas (ni historiográficas ni ideológicas ni literarias), el trance de cuatro siglos de un territorio que devino república, sino porque es capaz de transmitir la voluntad de que lectores y lectoras gocen un placer estético mientras aúllan un dolor político. Hablo de erótica y violencia indisociables, pegadas como perros, en varios registros. Abordaré tres expresiones de violencia en Welserland y la inmanente erótica en cada caso.

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Sadomasoquismo del diseño

Welserland extraña porque provoca. Hay que esforzarse un poco para encontrar por dónde tomar un libro que no muestra el título servido como y donde se espera por mor de costumbre, sino que exige aguzar el entendimiento y el ojo hasta arrancar significados. Desgárrate y desgarra si quieres ver lo que soy, lo que enuncio desde mi capa primera. La cosa propina y demanda violencia. Fractura bases del diseño editorial clásico. La expresión visual del libro rutila en guiños y mensajes ¿velados? Como si editor, diseñador y autor hubiesen sincronizado ganas de golpear paradigmas y excitar búsquedas de sentido. Es necesario poner el cuello de la razón para sufrir sofoco y alcanzar el clímax al pillar, por ejemplo, que en la separación de tapa y contratapa, desplegando ambas alas como abriendo dos piernas, se muestra en tipos góticos, casi indescifrables, WELSERLAND. Nada será fácil, pero todo será sensual. Así, portada y contraportada soportan en su juntura continua una palabra como letrero de bienvenida a un territorio decididamente hostil, decididamente fascinante.

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En la disposición y sinuosidad agigantada de cada letra del título adviene la intención estética de la obra. Se trata de un diseño que da preeminencia a lo tipográfico, aunque incorpora imágenes: grabados, sellos, íconos, fotografías. Que se fundamenta en la diversa y poco común selección de tipografías. Los atributos y estilos de letras. La incursión de símbolos y viñetas. Las cajas de texto: manchas uniformes a dos columnas para la prosa, que se estrechan y ensanchan cuando es preciso, para acoger poemas o estructuras dramáticas. El color de fondo del papel: blanco para la prosa, negro para los versos. La foliatura asimétrica, únicamente en el borde superior de las páginas impares. Las páginas posliminares: tabla de contenido (rara avis), reseña de autor, agradecimientos (en giro de 180 grados, para leer de cabeza) y el colofón anunciando que la impresión se efectuó un 2 de noviembre, «en la conmemoración de todos los fieles difuntos». Cada detalle tiene su lugar en el apareamiento incansable entre luz y sombra. Esto comporta el concepto del diseño, juego especular del concepto mismo del libro en su dimensión hermenéutica.

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Sodomía de la historia consagrada

El más gore de los fornicios de Welserland acontece en los hechos narrados; no por invención del poeta, es la saña habitual del poder. Venezuela es producto de asaltos y desmanes monumentales, hija de una brutalidad que nunca, ni siquiera en su eje político-económico (y acaso más enfáticamente en este), ha dejado de ser sexual. ¿De qué otro modo se realiza el mestizaje? Víctor no acomete esta verdad con método académico o científicosocial, sino a partir de un instrumento de persuasión: la literatura; persuasión tal como la antigua Grecia entendió la retórica y también en el sentido más popular contemporáneo. Pero se propuso tocar zonas poco exploradas de la conquista y su devenir, se desvió de la reiteración sabida y consabida que identifica al reino español como agresor responsable, casi en solitario, de la penetración, saqueo y desgarre de geografías humanas en territorio prevenezolano.

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¿Por qué los textos y programas escolares excluyen a los Welser, banqueros de los predios que hoy conforman Alemania, en tanto partícipes protagónicos de aquel genocidio inaugural, cuando en comparación con los castellanos no desmerecen ni en bestialidad ni en ambición? El libro configura y reconstruye en gran medida la relación que los germanos tuvieron con un punto específico de los confines que alcanzaron las exploraciones de Colón: Venezuela, la pequeña Venecia, Welserland o país de los Welser; porque todo va, por supuesto, de apropiación, violación y despojo. Y con ese hilo conecta varios momentos históricos venezolanos donde hubo participación del poder alemán: tanto en la convulsión independentista, como posteriormente, cuando Venezuela ya era república.

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La primera crónica, The Dirty Prince, embiste así:

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Carlos I de España es un hombre marcado por el morbo. Como su familia practica la cópula endogámica, recibe al nacer la patada facial del prognatismo. Una mandíbula disforme es la lacra que le obsequia su ascendencia. Hijo de una psicótica y un sexoadicto, el anómalo príncipe de los Habsburgo es criado lejos del reino disfuncional de sus padres (…) Para emerger de la melancolía, pasa los días fornicando con su abuelastra, la francesa Germana de Foix, quien lo consuela oralmente e introduce en las artes amatorias (p. 22).

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Apenas una página después, por obra y gracia de analepsis, asistimos a un palacio en la ciudad de Gante, en febrero del año 1500, y presenciamos el escatológico alumbramiento de este Carlos, a quien el narrador epitetiza «príncipe de las heces (…) heredero de Occidente». Pero el paroxismo de la crueldad y la gula, el desenfreno de apetitos, está por venir, en los relatos que tratan las expediciones de hombres blancos en las tierras ofrecidas por Carlos I a los Welser en condición de pago por sus gruesas deudas:

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Francisco Martín siente cómo la sangre le hincha el aguijón ante el capullo alargado que cuelga entre almendrones. El sargento aprieta el cuello del ángel como el pescuezo de una gallina que se mata para sopa; lo derriba, se le sienta en el pecho y le prueba la boca a la fuerza, pero el indio rechaza los lengüetazos con maniobras negativas. Martín insiste, lo doblega, lo voltea y lo punza sobre la arena revuelta por la lucha (p. 73).

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Nuestro autor rasga trozos temporales de un modo que no resultaría cómodo a un historiador pudoroso. Y va más lejos, llena los orificios de la historia oficial con turgente ficción. Esta audacia no perfila un trabajo irresponsable o de investigación flácida. Por el contrario, desborda una obsesiva exposición de acontecimientos, fechas, nombres de personajes y lugares, descripciones de linajes, detalles epocales, anécdotas y curiosidades, rumores seculares, contraposición de datos, noticias, interpretaciones, conclusiones e interrogantes, testimonios y comentarios. Sin referencias bibliográficas dispuestas, encajonadas y clasificadas según impone la Academia, una abultadísima parte del contenido que sostiene la obra está cuidadosamente extraída de materia documental comprobable, de dominio público, aunque marginada.

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La transgresión que persuade y emociona, en la faz epistemológica de Welserland, está precisamente en la manera como voces narradoras, poéticas y dramáticas manosean «la verdad» y la muestran sucia, desnuda y obscena. Sin marcos metodológicos convencionados.

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Rudeza y lascivia del lenguaje

En todas las piezas que articulan Welserland abunda la adjetivación sugerente, con doble sentido o incluso con explícita intención de remitir a imágenes sexuales cuando aborda, en un primer nivel, asuntos históricos, políticos, sociales o marciales.

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Después de cada asalto, luego de cada sendero conquistado, el himen de la selva se reconstruye como la red de una araña. La jungla se contrae y repele la fila de machetes que intenta penetrarla (p. 72).

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El uso de diversas lenguas (español, alemán, inglés). El estilo con aires de crónicas de Indias en remix con un moderno flow narrativo. Los recursos retóricos tanto en prosa como en verso. Los variados tonos y ritmos, como pasar de respiraciones acompasadas, de largo aliento, a jadeos de percusión acelerada. Los homenajes a escritores y poetas. El encabalgamiento de estructuras clásicas como el endecasílabo y el soneto en feliz amancebamiento con fenómenos léxicos del underground más reciente y vivo. Las traducciones de textos en versiones del propio autor. Nada se estorba con nada, aunque todo puede incomodar. Cada espacio, cada hueco parece destinado al éxtasis del recibimiento verbal.

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SEXTING

Antes,
las mujeres mojadas
usaban los pozos del río
para peinarse.

Mi madre,
como todas las indias,
adoraba los espejos.

Los pasaba por el cuerpo y,
envueltos en un pañuelo,
los entregaba a las manos de mi padre
y él pasaba la noche mirándose los ojos.

Eso fue hace 15 años.

Ahora,
la cámara del teléfono
es un relámpago que brilla
como la pieza de acero
en mi ombligo,
mientras la mano
juega conmigo a la saliva.

Me despedazo en el aire,
en las ondas,
y vuelvo a unirme
en los ojos de Pedro.

Mi imagen lo agita.
tengo poder sobre su sangre. (p. 163).

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La obra de Víctor Manuel Pinto es mestiza también y especialmente en su concreción formal; resultaría una hazaña desarrollar la taxonomía de géneros literarios que cobija y sus mixturas. En definitiva, la exuberancia lingüística de Welserland es metáfora de la configuración cultural, genética y política de un pueblo históricamente sodomizado por poderes foráneos y criollos, pero que paradójicamente no suele mostrarse en performances lastimeras o victimistas, sino que encarna su tragedia con picaresca mutante e incluso con astucia y malignidad creativas; asumiendo por momentos el látigo, el papel activo, la voluntad de sus propias manifestaciones.

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Esta aparente contradicción entre repugnancia y belleza, ruido y armonía, ardor y caricia, determina la cualidad más valiosa y atractiva del libro, marcado por una atmósfera agria que cautiva a pesar de la náusea. Tal secuencia dialéctica, si se quiere perversa, tiene sus realizaciones mayúsculas, con absoluta contundencia, en el lenguaje.

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Yanuva León.
Venezuela, 1983. Escritora, editora y correctora literaria. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Autora de los poemarios Como decir cántaro  (2014) y Desviada para siempre (2019), ambos publicados por Editorial Senzala. Algunos de sus poemas han sido incluidos en antologías, entre las que destacan: Poetas transfronterizas, 38 poetas latinoamericanas (Universidad Nacional de México, 2016), Plexo América: poesía y gráfica (Páramo Editorial, Chile 2019), Aislados (Dendro Ediciones, Perú 2020). En el ámbito de la literatura infantil es autora de seis libros editados recientemente en México y de una saga de ciencia ficción en Turquía.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Jesús Martínez Querales

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