¿Y qué?

Damaris Calderón Campos

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La que la soledad volvió caballo

Siempre quise ser un caballo. Patas poderosas, cascos, crines al viento, el símbolo de la libertad.

Naciendo y viviendo en un país donde se celebra y denigra a los mulos, al mismo tiempo (trabaja como mulo, se la comió, es una mula, viene cargada, viene de mula), es hasta cierto punto, lógico, que yo deseara ser un caballo.

Un caballo, no un sopenco amarrado a una carreta, no un caballo con orejeras, domesticado, no un equino incorporado a los trabajos de producción agrícola, a una cooperativa campesina, un caballo cerrero, libre. Un caballo al que, cuando se le quebrara una pata, lo mataran de un tiro limpio en la cabeza.

Ser un caballo en una comarca donde se celebran los mulos, donde los poetas más grandes escriben rapsodias para mulos, me ha traído no pocos problemas: en la infancia, cuando descubrieron mis crines, mis mechas revueltas bajos las sábanas, me llevaron a un conservatorio para mulos, es decir, a un correccional para caballos. Después vinieron las terapias, las camisas ajustadas, las herraduras, el golpe eléctrico al deliro.

Todos hablaban la misma lengua a su única boca y fueron siguiendo, con la edad, sus propios procesos de metamorfosis, de conversión. Hubo quien se convirtió en un sapo, quien se convirtió en un caimán, en una serpiente, en una jutía. Hubo quien sacó el tiburón que siempre llevaba dentro, el perro; quien siguió siendo la misma víbora, la misma cherna. Hubo quien se convirtió en su propio puerco.

Yo he representado todos los papeles: desde el caballo que trabaja para el inglés, el caballo célebre, el caballo en el pedestal, el caballo que trabaja para otro caballo, el caballo tercermundista, lleno de mataduras, hasta aquella a la que la soledad volvió caballo.

El caballo que se engendra y se arrastra y tira de sí mismo en el desfiladero.

Y galopar, correr, hasta que se me revienten las entrañas, hasta que se me astillen las patas. Y alguien entonces me la haga corta, de un disparo.

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La luna duerme entre nosotros

La luna duerme entre nosotros.
Un cuerpo más
en camisa de fuerza.
Cableado de electrodos.
Catatónico
al golpe del electroshock.
La luna huele a hembra.
A sobaco.
A sangre menstrual.
A sexo partido en dos.
La luna fue mujer de mi abuelo.
La luna me tiró en la yerba.
A esta hora los perros
y las mujeres ladran
y se muerden en círculos.

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Lágrimas rusas

¿Cómo se llama la rusa que apesta y anda por los pasillos? Liudmila (todas las rusas se llaman Liudmila) o Ekaterina, Kastanca, Catalina, le diremos, por último, cuando alguien se decida a ponerle el cascabel al gato: decirle a la rusa que apesta, que apesta; que esto es el trópico, que hay que afeitarse las axilas y ponerse desodorante.

Todo lo ruso (lo bolo) es feo, romo, chambón, maloliente: huele a col podrida, a pepinillo encurtido.

La rusa enseña piano. Hizo un coro, para hacerse querer. Y se vino con su música a esta parte. Y con una niña pequeña, tullida, con la que siempre anda en brazos y sólo suelta cuando se pone a machacar el piano.

La música que hacen el piano, la rusa y la tullidita es disonante, sobrecogedora.

La rusa dice que no es rusa, que es ucraniana y que su país se independizó de la Unión Soviética.

Que hablan otra lengua. Que eran el granero de Grecia. Menciona a Kiev, a Sebastopol, nombres, lugares para nosotros tan remotos y desconocidos que bien podrían ser rusos, ucranianos o chinos.

(La rusa pone los ojos en chino cuando habla). (Habla de república independiente, devastación, deportaciones, hambruna). (Vende cuchillas rusas, sputniks, secadores para pelo). Llegó aquí después de la explosión de Chernobil. Su niña, esa cosa pequeña, amorfa, fue alcanzada por la radiación.

La rusa fue alcanzada por la radiación. Y se trajo a este país de sol y algarabía, su olor a tragedia, a catástrofe.
¿Cómo te llamas, Liudmila, rusa que apesta, a otra tierra, que apesta?

-¿Cómo te llamas, Catalina? -le pregunta el panadero cuando va a comprar. Y luego mirándola con un reproche: -¿Y tú nos vienes a pedir pan a nosotros, cuando tu país ya ni nos manda harina?

Entonces la rusa trata de explicar lo inexplicable, que no es rusa, sino ucraniana, que Polonia, Rusia, Alemania, Ucrania. Y su rostro desaparece, mientras la gente se agolpa a su alrededor como un escudo nuclear.

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Sala de hospitales públicos, vertederos

Salas de hospitales públicos
vertederos donde los llevan a morir.
¿Has visto los ojos de los que duermen
de los que no duermen
en los hospitales públicos toda la noche?
Los ojos inyectados de sangre
como semáforos detenidos ante una luz roja.
Los cuerpos conectados a las máquinas
de respiración artificial a las ventosas.
Los sonidos los scanners las radiografías
las sondas
satelitales recogiendo las señales.
Los que esperan del otro lado
una noticia del más allá
un diagnóstico determinado
y el oficiante repite: «pronóstico reservado».
Salas de hospitales públicos salas de espera
Pabellones silenciosos
gritos
resortes hierros retorcidos
cuerpos
atravesados por la noche
por la aguja del suero
el upa de la morfina el sueño intravenoso
la broma obscena
entre la asesina vestida de blanco
y el paciente de la camilla 16.
Los ojos se aferran se desbordan se dilatan
miran por última
por primera vez.
La boca traga
la sopa
la pastilla de este mundo.
Salas de hospitales públicos
paredes manchadas goteras
instrumentos de tortura de primeros auxilios.
Salas de hospitales públicos,
yo no he caminado sobre las aguas,
pero le di el yogur de morir a mi madre
fermentado en tus cuatro paredes.
La muerte es concreta.
Una cuchara una taza.
Una navaja de afeitar.

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El tiempo del manzano

Una tierra hueca, un cuerpo hueco,
un país hueco.
El manzano divide el patio.
Sembrado a un costado es el centro. El imán.
Todo se articula alrededor de él.
Enfrente, una montaña de plantas suculentas
y cactus
guardan el agua racionada: una población
en tiempos de guerra.
Más allá, un conjunto de ramas secas
y la yerba quemada,
de un amarillo pisoteado.
El manzano (mi madre) tiene un corazón rojo,
demasiado grande para su caja torácica.
El cardiólogo lo diagnosticó
en la última radiografía.
Y las ramas perdieron todas sus hojas.
…..-Te gusta escribir? (me pregunta mi
…..hermana medio hermana, Mayra,
Apuntándome con la pistola de mi padre, nuestro
padre común)
…..-A mí también me gusta. Yo escribí
….. Los zapaticos de rosa, de Martí.
…..-¿Y si jugamos a matarnos?
Entonces llega mi madre y me aparta de Mayra
(la pistola, la locura) hacia otro lado.
El manzano tiene flores fragantes.
Primero, son rosadas, después,
antes de desprenderse,
se van volviendo blancas de delicadeza,
hechas de papel de arroz.
Y luego aparecen unos botones rosados, apretados,
como puños cerrados.

Se van abriendo,
hasta que aparece el fruto, verde,
que recuerda a la guayaba.
Cuando viene el ciclón y sacude a los hombres
y a los árboles,
arrancándolos de cuajo,
el manzano permanece erguido
en lo descarnado.
(En los cañaverales los hombres están haciendo
ejercicios militares,
camuflándose de naranjas,
por si viene la invasión).
El manzano (la flor de loto)
se alimenta de todo lo podrido:
sobras de comida (cuando hay),
animales muertos, insectos.
Transforma la descomposición en fruto,
en símbolo, en verticalidad.

Mi padre (el huracán) golpea
y yo entro al manzano: (un río).
Al manzano: (un mar de hojas verdes).
Con el manzano llegan los trasatlánticos,
el frío, la Antártica.
Aunque lo derrumben de un puñetazo,
seguirá ahí.
En la cáscara del sueño del manzano,
está todo el manzano.
Real como la tierra hueca, el país hueco,
el cerco de púas y el racimo de plátanos.

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¿Y qué?

Unos gramos de bondad.
Unos gramos de anfetaminas.
La gente prefiere llenarse el cuerpo de agujas.
De anfetas.
Pastillas para soñar.
Cantoras diurnas
cantoras nocturnas
metieron la cabeza en el water
en el horno.
Se la ofrecieron de desayuno
a su propia cría.
Como el ratón que el gato
despedazó en ofrenda
bajo la mesa.
(El ratón chillando
como un niño en napalm
de otra guerra).
Unos gramos de bondad.
Unos kilos de sobrepeso.
Sinead O’connor
cabeza rapada
50 años
(mi edad)
dice a la cámara
que está sola.
Todas las que cantaron
siempre murieron solas.
Tú estás sola.
Yo estoy sola.
¿Y qué?

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Damaris Calderón Campos. La Habana, Cuba, 1967. Poeta, narradora, pintora y ensayista.Ha publicado más de catorce libros en varios países entre los que se cuentan Cuba, Chile, España y México. Entre ellos: Sílabas. Ecce Homo, El remoto país imposible, Duro de roer, Los amores del mal, Parloteo de Sombra y Las pulsaciones de la derrota. Ha participado en festivales de poesía internacionales en Holanda, Francia, Uruguay, Argentina, Perú, México, entre otros países. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al holandés, al francés, al alemán, al griego, al noruego y al servo-croata e incluida en numerosas antologías de poesía cubana y latinoamericana actual, entre ellas: Otra Cuba secreta, Antología de poetas cubanas del XIX y del XX, Editorial Verbum; La poesía del siglo XX en Cuba, Colección Visor, Cuerpo plural, Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, Editorial Pre-textos, España; Poesía cubana del siglo XX, Tierra Firme. Fondo de Cultura Económica, México y Jinetes de aire, Poesía contemporánea de Latinoamérica y el Caribe, Ril Editores, Chile. En 2011 obtuvo la beca Simon Guggenheim. En 2014 le fue otorgado el Premio Altazor a las Artes, en el género de poesía, en Chile y el Premio a la mejor obra publicada por el Consejo nacional del Libro y la Lectura.

La selección de los textos fue realizada por los poetas César Panza y Damaris Calderón Campos  de su libro más reciente ¿Y qué? (Ediciones La dos Fridas, Chile, 2018). La imagen que ilustra la entrada es cortesía del portal web magdalenahurtado

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