Jules Laforgue

Trad. Juan Romero Vinueza

Lamentación de un cierto domingo

Ella no concebía que amar fuese el enemigo de amar
Sainte-Beuve, Voluptousidad.

El hombre no es malvado, ni la mujer efímera.
¡Ah! Locos los que en el casino baten los talones,
Llega el día en que todo hombre llora y toda mujer es madre,
Nosotros somos todos hermanos, ¡vamos!
¿Y ahora qué? Los Destinos tienen divergencias tan tristes,
Que hacen que, los unos lejos de los otros, nos exiliemos,
Que nos tratemos torpemente y como egoístas
Y que nos desgastemos buscando el único
Evangelio
¡Ah! Hasta que la naturaleza Sea tan buena
Quiero vivir monótono.

En este pueblo de acantilados, lejos, a través de las campanas,
Yo retorno observado por los niños
Que serán bendecidos con tibios panes
¡Y retraído, mi Santo Corazón se resquebraja!
Los gorriones de los viejos tejados pían en mi ventana,
Me miran cenar a la carta, sin hambre;
¿Será que los amigos muertos habitan sus almas?
Yo les arrojo pan: ¡como si los hubiera ofendido, ellos se marchan!
¡Ah! Hasta que la naturaleza Sea tan buena
Quiero vivir monótono.

Ella se fue ayer. ¿Estoy triste por ella?
¡Pero es verdad! ¡Ahí está, en el fondo de mi pena!
¡Oh, mi vida está en los pliegues de tu fiel falda!
Su pañuelo me flotaba sobre el Rin…
Solo.—El Poniente retiene un momento su marcha
Con los rayos donde el ballet de los moscardones baila,
Después, hacia los techos humeantes por la sopa, se aflige…
Ya es de Noche, la insaciable confianza…
¡Ah! Hasta que la naturaleza Sea tan buena,
¿Habrá que vivir monótono?

Que los ojos, en abanico, en ojiva, o de incesto,
¡Desde que el Ser espera, han reclamado sus derechos!
¡Oh cielos!, ¿los ojos se pudren como el resto?
¡Oh! ¡Que se queda solo! ¡Oh! ¡Que Se hace frío!
¡Oh! ¡Que queda otro mediodía de otoño por vivir!
¡El Spleen, eunuco de frío, sobre nuestros sueños se revuelca!
Y así, no pudiendo volver a ser madréporas,
Oh mis humanos, consolémonos los unos a los otros.
Y hasta que la naturaleza Sea muy buena,
Tratemos de vivir monótono

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Lamentación de las pubertades difíciles

Un elefante de Jade, ojo a medio cerrar sonriente,
Meditaba acerca del rico y eterno péndulo,
Buen buda del exilio quien encuentra ridículo
Que lloremos hacia los Nilos de los ponientes
De Oriente,
Cuando babea nuestro crepúsculo.
Pero, tonto Edén de Floriano
En un vaso de Sèvres donde pastores finos y sosos
Se ofrecen ramos azules y corderos rizados,
Un clavel espiraba sus púberes besos
Bajo la trompa sin olfato del elefante de Jade.

Estos pastores pintados de pomada
En la leche, en esa pareja impotente de ópera
Helada hasta el fallecimiento en la masa de Sèvres,
Un gran pequeño dios Pan venido de Tanagra
Abría sus muy inconscientes brazos y labios.

Sordos a las vanidades de París,
Los laureles marchitos de los tapices,
Las máscaras de oro de las tablillas,
Los libros de pálidos encuadernados,
Se arremolinaban por el cuarto oscuro,
Cantando, sin orgullo, sin desprecio:

«Todo es fresco desde que quisimos comprender la naturaleza.»
Pero él, irritado delante de estas tardes acostumbradas,
Donde subía la dicha de los niños de su edad,
Solo en el balcón, decía, con los ojos quemados por la rabia:
«Tengo un mal genio, en fin, nadie querrá amarme».

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Lamentación de las nostalgias prehistóricas

La noche llovizna sobre las ciudades.
Mal nutridos por tener menos sílabas,
Cenamos; e, hinchado el ideal,
Cada uno sorbe su idilio,
Sea furtivo o fácil.
¡Ecos de las grandes tardes primitivas!
Ponientes de llameantes fábricas,
Ruda paz de los suelos que nacían,
Grito brotado desde un macizo,
¡Voluptuosidades al rojo vivo!

Rodando por un valle,
Choca, en las amapolas,
Un niño bestial y quemado
Que chupa, bromeando a los ecos,
Los jugosos duraznos.

Entregar a las languideces de las tardes
Su cabello donde el cristal reluce
Relamer sus labios azucarados
Embadurnarnos el cuerpo de las frutas
¡Y luchar sin tirar la toalla!

Abrirse, un momento, sin decir nada,
Inquietos por una estrella en lo alto;
Después, sin propósito, sátiros muy gentiles,
Nos ubican en los primeros sollozos
Fraternales de los sapos.

Y, deliberamos sobre el éxtasis,
¡Oh! Delante la luna en su plenitud,
Allá, como un bloque de topacio,
Locos, nos volcamos sobre los riñones,
¡Risueños, aplaudiendo!

La noche llovizna sobre las ciudades:
Afeitarse la máscara, adornársela
Con un frac de duelo, como para cenar,
Para después, entre vírgenes débiles,
Tomar un aire imbécil.

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Jules Laforgue. Montevideo, 1860 – París, 1887. Poeta y crítico uruguayo  radicado desde joven en Francia. Uno de los autores simbolistas más importantes, escribió toda su obra en francés. Extravagante, atrevido, con una ironía muy marcada por la decadencia del pensamiento occidental del siglo XIX, así como por una espiritualidad budista, la influencia de su obra se extendió hasta el modernismo y el surrealismo, reconocida incluso por T.S. Eliot. Empezó a publicar en revistas en 1879. En Berlín fue lector de la emperatriz Augusta (1881-1886). Entre sus obras destacan Las Lamentaciones (1885), La imitación de Nuestra Señora la luna (1886) y El concilio mágico (1886). Sus amigos publicaron tras su muerte Flores de buena voluntad (1890) y su Poesías completas (1894).

Juan Romero Vinueza. Ecuador, 1994. Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Sus poemas y cuentos han sido publicados en revistas físicas y digitales en México, Chile, Perú, Ecuador, Argentina, Colombia, Venezuela, Guatemala, Estados Unidos y España. Su más reciente libro, Revólver Escorpión (2016), ha sido publicado por la editorial La Caída.

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