Rojas Guardia, lo inefable

Cristina Gutiérrez Leal

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Mi primer contacto con la poesía de Armando Rojas Guardia fue a través del poema «La desnudez del loco». La profesora que propició este encuentro me advirtió: es un poema-teoría. Ella pensaba que en su lectura podríamos franquear los caminos para el entendimiento del afuera, lo extraño, lo que desordena nuestro mundo de implícitos. Tenía razón, quizás. Pero después de su lectura más íntima, menos mediada por la clase de maestría, comprendí que el poema gritaba también una forma de ver y sentir el cuerpo, ese recinto de angustias y belleza. Leí una y otra vez el texto y algunos de sus versos me acompañan hasta hoy en mi propia relación con lo corporal. A veces, entre el pudor y el estupor de la imposibilidad de reconciliación con manos, pies, espalda, y sobre todo, con la extrañeza del cuerpo ajeno, asaltaban aquellas líneas catárticas, aquel poema mantra: desamparada fraternidad de cuerpos/goteantes carnes, en la mitad del mundo. Cuando conseguía relacionarme conmigo, con este caparazón, toda epidermis, venía nuevamente la voz de Armando Rojas Guardia: en cada bocado masticando el pánico/desnudo de Adán a mediodía/que en el baño fue certeza sensorial/clarividencia.

Al compartir mis primeros poemas con amigos y colegas, uno de los consejos más repetidos fue: relee a Rojas Guardia. Al parecer, el tema de la religión en mi poesía no me permitía pasar ilesa de la vinculación con lo místico que tiene su voz, con sus conversaciones y entendimiento de Dios; sin embargo, debo decir, no fue precisamente ese hilo lo que me unió a la búsqueda poética de Rojas Guardia sino un asunto mucho más desasosegador, más cercano a la relación misma con la palabra: lo inefable. Revisitar su obra buscando la relación con Dios me condujo a otra búsqueda: la de la palabra incapaz, al poema insostenible.

En los poemas donde me detuve y me detengo desde hace un tiempo son esos que desenmascaran la tensión con el lenguaje. Cómo hacer para que el poema no demore tanto, para aceptar sin rendirse que hay momentos, linderos, lugares a los que la lengua poética parece negarnos acceso, parece ser insuficiente. Me leo en: Espero al poema/como aguardo el placer al inicio de la cópula/lentísimo, fértil/espero al poema atisbando su llegada/en el ápice mismo donde cruje…

Creeríamos que escribir poesía en el acto fluido de la palabra podría ser para algunos, supongo, pero esta tarde mi más sincero homenaje al maestro Armando Rojas Guardia está escrito en esa sombra placentera y dolorosa del árbol sin letras que lo escriben o pronuncia; comparto hoy la alegría de tenerlo cerca en la zona de lo indecible que solo la poesía, paradójicamente, nos permite siquiera rozar, aunque en ocasiones, y lo cito por última vez en estas hojas: el poema imposible/me desgasta de antemano.

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L A  D E S N U D E Z  D E L  L O C O

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A Jean-Marc Tauszik
«El Señor Dios llamó al hombre -¿Dónde estás?
Él contestó: -Te oí en el jardín, me entró miedo
porque estaba desnudo (…) Y el Señor Dios le replicó:
-Y ¿quién te ha dicho que estabas desnudo?»
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Génesis 3: 9-11

1

La hora de bañarse era a las doce.
Bajo la ducha todos, uno a uno.
Las paredes: amarillentas, desteñidas.
El sol del mediodía en las ventanas.
Atrás dejábamos el patio, los árboles inmóviles
y el rotundo imperio de la luz de agosto.
Nos desvestíamos con prisa (El enfermero
conminaba a hacerlo de ese modo).
Juntos y desnudos ante los cuatro grifos
de los que brotaba la ancestral terapia
aplicable en estos casos: agua fría.
Llegábamos en grupos hasta el baño,
desamparada fraternidad de cuerpos,
goteantes carnes, en la mitad del mundo
-porque estar allí era una cósmica intemperie,
la orfandad meridiana y absoluta:
verse a sí mismo, desnudo ante los otros,
desnudos también ellos, devolviéndonos
a la solar ingrimitud de ser un cuerpo
parado allí frente a los ojos
del escrutinio ajeno, sin la sombra
bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable
con la conciencia súbita de estarlo
en la desolación panóptica del día,
justo en el eje de las doce en punto.
Sí, el sol en las ventanas también era
un ojo coherente y vertical:
la mirada de Dios, omnividente,
de la que deseábamos huir, sólo escapar
para no sentir la vergüenza de ser vistos
siempre desnudos, con el sudor manante.
Y el agua de la ducha va cayendo
sobre la desnudez flagrante y compartida
y no aminora el ardor de ese Ojo vivo
clavado en la pulpa de ser hombre,
ese sol sin párpados brillando
sobre la piel empapada por el chorro
de un gran incendio líquido.
…………………………………Nuestros pies
chapotean en los pozos que las grietas
del piso hacen aflorar en torno a ellos
y un asco en flor asciende hasta la boca:
náusea del agua corrompida que pisamos,
de esos viscosos charcos, de la humedad
pringosa, del olor a orina, de las losas sucias,
asco de tanto desamparo genital
en el centro nítido del cuerpo
mientras el paranoico estupor del mundo
permanece acribillado de ojos y más ojos
dentro de la totalidad de la canícula.

Íbamos por fin saliendo, unos tras otros.
Cabeceaban los árboles. Agosto
refulgía, preciso, en la luz densa
que gravitaba alrededor del patio.
El almuerzo aguardaba (la comida
era tomada con las manos: los cubiertos
podían significar intentos de suicidio).
Y esa ración de cárcel en los dedos
venía a ser otra manera, avergonzada,
de ser siempre observados
-ahora ridículos, asiendo
un puñado de arroz con la torpeza
del que no se habitúa a comerlo de ese modo-,
en cada bocado masticando el pánico
desnudo de Adán a mediodía
que en el baño fue certeza sensorial, clarividencia.

.

.

2

Pero él no quería bañarse a la hora en que todos debíamos
hacerlo. Deseaba estar bajo la ducha de acuerdo a un
horario personal, imprevisible: por la mañana o por
la tarde, no a las doce. Era un deseo que implicaba
automáticamente indisciplina, una heterodoxia de hábitos
violentando el código impuesto, normativo.
Al enfermero le disgustó esa conducta al margen de
las reglas. Blandiendo con la mano derecha el rejo
que utilizaba para rubricar gestualmente su autoridad
entre nosotros, una mañana sacó al muchacho
-desnudo, por supuesto- de su baño personal y lo
condujo al calabozo (porque había en ese caserón un
calabozo) y lo encerró allí durante horas. Siempre
me he preguntado lo que ese compañero sentiría en
aquella habitación hedionda, sin un mueble, en medio
de los muros húmedos, sentado o acostado sobre el
cemento helado, mirando la desleída claridad que
se apelmazaba sin gracia en los cristales de un alto
tragaluz, único contacto posible con el sol que, afuera,
festejaba al patio, y con el viento matutino, y con el
cielo absurdamente remoto a esa hora del día. Estaba
desnudo el prisionero. Otra desnudez, distinta a la
buscada para lavar el propio cuerpo en el agua lustral,
bajo la ducha, le era ofrecida dentro de aquel
calabozo: la de estar sin abrigo en la gélida humedad,
y la de estar excluido, siendo un réprobo.

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3

«Un joven lo iba siguiendo, cubierto tan sólo
con una sábana. Le echaron mano, pero él,
soltando la sábana, se escapó desnudo».
:
Marcos 14:50-52

:

Nosotros, desnudos, en el baño
-el baño era el resumen convergente
de toda nuestra vida en esa casa-
y el muchacho desnudo en su prisión
éramos y aún somos aquel hombre
que Marcos infiltra, subrepticio,
en el Getsemaní de entonces y de ahora.
¿Quién era aquel joven que seguía a Jesús
con la carne lunar cubierta apenas
por el único ropaje de una sábana
en esa noche de sudor de sangre,
de inescuchada súplica, de la traición del beso,
de antorchas y grupos, túnicas y espadas,
rumor de pasos entre la maleza,
amontonadas sombras al acecho,
humillación y arresto y, al final,
los tercos gallos del amanecer?
¿Qué pasión inaudita puede conducir a alguien
a salir hacia el oprobio y la amenaza,
bajo la indiferencia universal de las estrellas
con sólo una íngrima sábana por ropa?
¿No había fiebre en la mente de ese joven?
¿No obedecía su presencia allí, y su atavío,
a una conciencia distinta a la ordinaria,
a una visión de Jesús que no cabía
en el tácito régimen oficial: lo acostumbrado?
Marcos señala, con exactitud, que lo seguía.
Seguía, pues, a Jesús como un discípulo,
como lo hacían algunos en su patria,
como hay que hacerlo ahora, un día tras otro.
Un discípulo era, iluminado
por un ardor mental que lo llevaba
a exponerse al peligro, a trastocar
los hábitos -incluso el de vestirse como todos-,
a autoexiliarse del lugar común
del que la razón colectiva se alimenta
para entregarse -únicamente con su sábana-
al subterráneo, rebelde axioma del Proscrito,
a la réproba lógica del envés, la cara oculta
de lo real visto y vivido a la inversa, a contrapelo.

Eso significaba, para él, ser un discípulo.
Y eso significa todavía.

………se escapó desnudo.

Sólo desnudo podía huir
de la muchedumbre ávida de sangre,
la soldadesca insomne, la confusión
de voces y de gritos, los empujones, los insultos,
huir de la hora societaria de la ley
buscando al Transgresor, al Reo de siempre.
Su desnudez fue momentánea libertad
para escapar de la gregaria trama
que necesitaba a su víctima expiatoria,
al señalado eterno con la culpa
de no ser como todos: el distinto.
Pero no huía, no, de la Pasión.
Estaba todo él -su presencia en el relato
lo confirma- inscrito en la tragedia
que la noche del jueves diseñaba
para cualquier discípulo del Réprobo:
lo imagino andando ahora desnudo
primero al ras de las ortigas que en el monte
le laceraban la piel, luego en las calles
ante el unánime asombro de vecinos, transeúntes,
maldiciendo acaso su impudicia, preguntándose
de dónde vendría sin ropas a esas horas.
Su desnudez era observada, escudriñada
con curiosidad objetante, minuciosa.
¿Qué sintió, desnudo, al llegar a su cuarto
y pensar en la casa de Caifás, llena de gente?
Quizá escuchó él también el canto de los gallos
en la vergüenza núbil de la aurora.

Nosotros todos éramos y somos
aquel evangélico muchacho:
las doce del día bajo la regadera
y la mañana en el calabozo
configuran una única noche detenida,
un mismo Getsemaní agónico.
Éramos y somos, como él,
aquellos afiebrados buscadores
de lo que no se nos ha perdido,
los perpetuos perplejos ante lo real,
que para los demás es únicamente sólito
-una simple magnitud de la costumbre-,
los que, merced a un privilegio padeciente,
ven al mundo al revés, al colectivo
desde una periferia contumaz, al hombre
con el virgen sobresalto del asombro,
al universo entero girando en el pavor
del primer ser humano frente al fuego
o la exclamación de una llanura oceánica
(vivimos de atávicos terrores que los otros
se escamotean a sí mismos, para estar
a salvo de la estupefacción del firmamento
sobre el inmóvil Jardín de los Olivos).
No, nunca fue fácil vivir para nosotros.
Llenos de nuestro metafísico estupor,
nuestra disonancia ante la ley,
nuestra subversión vocacional,
nuestra manera tangencial, oblicua,
de ser miembros de la especie,
nuestro seguimiento metafórico
-cubiertos por una única sábana precaria
en las alucinaciones, el delirio,
la depresión, las fobias, la manía-
de Aquél de quien se habló de esta manera:
está loco de atar, ¿por qué lo escuchan? (Juan 10: 20)
y más cruelmente todavía:
sus parientes fueron a echarle mano,
porque se decía que no estaba
en sus cabales (Marcos 3: 21)

-La locura como metáfora e imagen
del seguimiento de Jesús:
pues la sabiduría de este mundo
es locura para Dios (1 Corintios 3: 19)

Un modo inconsciente de seguirlo
que puede convertirse en voluntario
si uno toma conciencia de la gracia
que ha sido recibir la enfermedad
como invitación a vivir de otra manera,
con temor y temblor ante el milagro
de existir todos los días, bajo el cielo.

Y desnudos. Estamos desnudos, como el joven,
en el baño o en mitad del calabozo
escapados, desnudos del uso compartido
de la razón social que exige víctimas
y clava, desnudo, en el madero
al que por ser diferente carga todas
las culpas de los que son iguales
al rasero común, a la horma idéntica.
La locura es aquella desnudez
a través de la cual nos escapamos
de la cotidianidad de esa razón
legislativa que fabrica, marginándolos,
a los parias, los manchados, los impuros
-Fue el loco Rey Lear quien, por serlo,
pudo sentenciar ante un Edgar confidente
desde la desolada majestad de su delirio:
………Nadie es culpable, nadie,
………digo que nadie: yo seré su fiador
La locura como inocencia absolutoria
que desviste a los hombres de sus culpas.

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4

Pero esa desnudez libérrima conoce
la paradoja de ser también la otra,
la propia desnudez ya percibida
como maldición al ser examinada
por los ojos de los otros, por la pupila del Otro
frente a la cual nos desprotege
ese mismo estar desnudos, observados
por la visión ajena que se llaga
en la conciencia de sí, hasta su médula.
Y el desnudo al que ya no le importaba
el cómodo ropaje de la sujeción
busca ahora, desesperadamente,
ser vestido por la aprobación de esa mirada
que lo escarba, esclavizándolo.
Las dos desnudeces se entrelazan
dentro del cuerpo único del loco.
Y me pregunto si acaso la salud,
la sola curación posible y deseable
que no aportan ni aprontan sanatorios
con sus multitudinarios baños de agua fría
y calabozos para el deseo disidente
(¿Pensé, estando allí, en Auschwitz, en Dachau?)
consiste en romper la trama inextricable
que confunde la una con la otra:
la libertad desnuda de Adán en el Jardín
y esa misma desnudez ya avergonzada.

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Cristina Gutiérrez Leal. Coro, Venezuela, 1988. Poeta. Licenciada en Educación, mención Lengua, Literatura y Latín (UNEFM-Coro), magíster en Literatura iberoamericana (ULA-Mérida). Actualmente cursa un doctorado en Literatura Comparada (UFRJ-Río de Janeiro). Ganadora de la XX Bienal de Literatura José Antonio Ramos Sucre en 2015 con el poemario Estatua de sal. Con el poema «Sé del mar reventando contra un muro» obtuvo el II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas en 2017. Sus poemas, ensayos y fotografías han sido publicados en diversas revistas electrónicas y antologías poéticas.

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El texto introductorio, titulado «Rojas Guardia, lo inefable», fue leído por Cristina Gutiérrez Leal en el homenaje ofrecido al poeta caraqueño en el marco de la 18.a Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Naguanagua, domingo 29 de octubre de 2017). El extenso poema «La desnudez del loco» pertenece al libro Patria y otros poemas (Editorial Equinoccio, Caracas: 2008).
La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra «Los Cuatro Evangelistas», óleo sobre tabla, de Pedro Pablo Rubens, siglo XVII.
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