Poemas de Armindo Trevisán

Arte de amar

¡Es grande la tristeza de quien amó
y no fue amado!

¡De quien no amó,
ni fue amado!

De quien quiso amar,
y no lo consiguió.

De quien pensó
en amar,
pero quedó en el pensamiento.

De quien,
hombre o mujer,
creyó que podría amar,
a la rebeldía del propio cuerpo,
o del cuerpo de ella.

De quien, enamorado de sí,
o de ella,
no se percató
de que el hombre y la mujer pueden amar
cosas que no existen.

De quien, después de una noche de deliciosa fusión,
imaginó que esa noche engendraría la concupiscencia
de todas las noches.

De quien se cansó de la mujer que amaba
porque no la amaba.

De quien se cansó de la mujer que amaba
porque ella no lo amaba.

De quien se cansó de la mujer que amaba
porque ella olvidaba
sus infidelidades.

De quien se cansó de la mujer que amaba y no amaba,
porque la mujer que ama,
ama  para siempre,
(aunque no ame siempre).

De quien no amó lo suficiente para desear
que su mujer dejase de pensar en el amado
o en el amante.

De quien supuso que la mujer, que lo amaba,
amaba a otro,
complaciéndose en esa ilusión
para sentirse más deseado.

De quien, deseando ser el otro,
se fue haciendo cada vez más parecido
a su rival.

De quien desistió del sexo antes de tiempo,
o sea, antes del último suspiro.

De quien tuvo la locura de pensar que el sexo
era enemigo del amor.

De quien, en vez de alimentarlo,
lo exilió.

De quien supuso que amaba a Dios,
y terminó confundiéndolo con su mujer,
o con las otras mujeres.

De quien descubrió que era eterno
solamente a la hora
en que el amor declaró que no lo era.

De quien necesitó llegar al umbral de la muerte
para percibir que poseía un tesoro
en el patio de su casa,
y fue a buscarlo en Pasárgada.

Grande, muy grande, es la tristeza de quien
pudiendo ser feliz,
prefirió ser infeliz
adecuando su infelicidad
a la medida de su inapetencia.

De quien, en definitiva, amó a una mujer,
como si amara al proprio Creador.
Y por eso se negó a amar
a una sola.

De quien, solamente a la hora de la muerte,
miró a su mujer
(o a todas las mujeres)
como si mirara
su propio rostro.

 

Cuando lleguen los primeros fríos…

Cuando lleguen los primeros fríos,
no me busques.
El lecho es bueno,
y la lana no es para nosotros.

Si los primeros fríos rugieran
y los pájaros fueran lanzados
contra las ventanas
por la furia del viento,
déjalos despedazarse.

No repares
en el hocico de los caballos que resoplan,
ni en los brazos de enfermos terminales
que se enrollan como pergaminos.

Fría
es que eres apetecible.

Tus encantos redoblan
con la glacialidad de tu sonrisa.
¡Qué poder de succión, el de tu sexo,
cuando se le junta
el recuerdo de las ondulaciones
de tus caderas al sol,
en una playa desierta!

Fría,
repito,
eres mejor.

¡No tan fría que no me percibas!
Ni tan fría que no te retoques
a la luz del espejo
que cargas en tu bolso.

Mejor así: fría.

¡A punto de espantarte
de estar viva!
¡A punto de sofocarme
en tu prolongado
abrazo!

Tal vez lo último.

Es algo como una flor que abre su corola
entre tus senos,
oliendo a tierra mojada;
o como una flecha
que te alcanzara el pecho,
venida de ti misma.

Las mujeres experimentadas aman así.

Son las que alcanzaron la edad
en que los sueños se realizan,
cuando sus amantes ya no se deslumbran
con labios henchidos y carnosos,
ni rugen por orgasmos definitivos.
Fragilizados,
arrasados,
toman sus comprimidos
con modestia,
deseando, en el fondo,
ser un poco menos viejos.

 

La última tela

Al final de la vida,
a los setenta y nueve años,
el pintor Iberê Camargo,
que sufría de cáncer de pulmón,
despertó, cierta madrugada,
impelido por un incontenible deseo de pintar.

Llamó a su mujer
que, a su vez, llamó  a una amiga,
y ambas lo ayudaron a subir la escalera
que llevaba al taller,
en lo profundo de la casa.

Al llegar, la mujer lo dejó
en compañía de las estrellas
(el taller tenía un techo de
vidrio).

Y él pintó una gran tela
de cuatro metros de largo
por dos de alto,
con tres figuras,
que se asemejan, vagamente,
a estatuas cubiertas.

En este preciso momento,
contemplo su tela.

Ella duele en los ojos,
en la mente,
¡en el corazón!

Sin embargo  posee,
en segundo plano,
un  misterioso anaranjado
que trae a la memoria…
muros de ladrillos.

¿O simplemente un muro?
¿O simplemente  un color?

Ningún color puede ser dicho
por medio de palabras.

¡Es este el misterio
que hace grande
al pintor  muerto!

Él dio
a su tela el título: Soledad.

Una semana después,
murió.

Se dice que la figura de la izquierda
representa a su gato preferido,
la figura del medio
al propio pintor, sin rostro,
un objeto empaquetado
a la manera del búlgaro Christo,
donde se puede identificar
una línea en forma de flama,
¡la línea vermiculata!

¡Pobre gran Iberê!

Debe, ahora, estar en la Luz,
a la luz del cual los colores
envilecen,
y las líneas
no sufren ninguna distorsión.

Su tela se quedó en este mundo,
y la veremos, a través
de sus ojos, siempre
ebrios de colores.

Ellos sobreviven a su polvo,

Posiblemente, sobrevivirán a nuestro polvo.

Mientras tanto, nosotros te agradecemos, Iberê,
esa pintura
que mí nieta jamás verá,
con ojos inocentes.

Porque en ellos
no cabe tanta soledad:
la tuya,
la mía,
la nuestra,

la de todos los que están por nacer.

 

Verificación

El silencio, que se anida
entre la palabra y el abrazo,

entre el beso y la languidez
del abrazo,

es el más alto tributo
que el corazón paga
al incendio de la carne.

Él nada dice,
porque es silencio.

pero los labios milimetran
los avances finales.

Los amantes felices,
a veces,
lo desmerecen.

Prefieren la baba
que se desequilibra
sobre los labios saciados.

 

El fin

Dijiste: No me gusta nada que termine

Las glicinias…
Eran las madreselvas, Pupetta,
¡que te perfumaban las sílabas!

me acuerdo que repetiste,
como un oráculo de Delfos:
¡Una  muerte que mata sin matar!

Sonreí.

¡El fin del amor es amor…
que recomienza!
– murmuraste-.

Tus murmullos prosiguieron
hasta que mis oídos, exhaustos,
se adormecieron.

Oí un canto de pájaro
que salía de tu garganta.

Hoy comprendo todo:
¡preveías un fin para nuestro amor!

¡Y yo… que ignoraba
que las mujeres adoran  ser asediadas!

Sólo los fanáticos,
los truculentos,
los babosos,
las irritan.

Eso fue lo que me hizo consentir
tu partida.

Confiesa, pues, tu misma:
fue cómico que te vieses
inesperadamente sola,
mariposa
que paró de volar.

Ahora,
si te reencuentro,
observando tu aire de tejedora sin manos
(no en un cajón, cubierta de  flores,
sin embargo viva),
¡sé lo que quisieras decir!

¡El fin existe, amor…
Es el fin
del placer!

Solamente el placer,
si tuviese consciencia de sí,
tendría
que acordarse cuando
era tan delicioso, que no sabía
si era placer,
u otra cosa.

Tal vez ambas.

 

Armindo Trevisán. Brasil, 1933. Poeta, teólogo, ensayista y crítico. De su extensa obra poética destacan A surpresa de ser (1967), Funilaria no ar (1973), Em pele e osso (1977), O moinho de Deus (1985), O canto das criaturas (1998), Uma viagem através da Idade Média (2014) entre otros. Ha sido merecedor de varias distinciones internacionales, entre ellas el Premio APLUB de Literatura en 1997. En 2008 el Encuentro Internacional POESIA Universidad de Carabobo le rindió homenaje en su VII edición. Los textos pertenecen al libro Adiós a las golondrinas y las traducciones del portugués fueron realizadas por el poeta Carlos Osorio Granado. La fotografía en la imagen de cabecera fue tomada por Dulce Felfer.

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