Contra el «Poemario»

Por Francisco Catalano

 

Odio el nombre «Poemario»

Aunque lo uso, me irrita por varias razones. De buenas a primeras, tendría que decir que lo detesto porque me suena a «Recetario». La idea del «Recetario» parece sugerir que allí dentro, en este universillo embadurnado de aura de celofán, conservado con recelo de letras doradas en el lomo, hay «un-poema-para-todo-el-mundo» (lo que no parece ser un problema, Whitmaniana o económicamente hablando), pero lo que realmente sugiere la palabra, que me da mucha más sarna, es que «hay-un-poema-para-todos-los-gustos». Y, al igual que el libro gordo de la abuela en el gabinete de las especias, cada quien –sorteando la dificultad de la lectura como la preparación de una receta- hallará un poema que sacie su noble «hambre de poesía»; que generalmente no es más que la glotonería de una superioridad moral que nada tiene que ver con el libro en cuestión o, incluso, el poema leído. Este uso «noble» de la poesía me arrecha porque muchas veces no es más que una chimba lectura universalista sobre las potencialidades humanísticas e incluso idílicas del poema, lo que termina siendo no más que otra forma de distanciar la poesía de nosotros mismos en el supremo altar de lo intocable, desde donde debería bañar nuestro Caribe húmedo y salvaje con su manto dorado, propio de contrarreforma y arte católico, tan colonial como patético. Este supra-rol de la poesía es sólo una forma de doblarla para hacerla más manejable, y la poesía no debería doblarse ante nada ni nadie, ni siquiera ante el «buen-gusto» o mucho menos «las-buenas-maneras», a menos que su poeta así lo decida y como es su derecho, encarcele a su palabra si lo quiere.

Otra razón para detestar la pusilánime palabra «Poemario» tiene que ver también con el gusto, pero en cuanto a dinámicas estructurales del texto poético que me perturban. El «Recetario» es un texto cercado y sin centro, y yo prefiero textos bien centrados y sin cercos, aunque sus centros sean múltiples y sus cercos se propaguen como tormentas solares. Me explico: Si despegásemos las páginas del lomo del recetario y los pegáramos en fila en la pared, o simplemente hacemos un zoom out en el documento de Word, veríamos una alineación de textos contenidos, que no se empapan el uno al otro más que por una sugestión a veces demasiado débil o inexistente, que empiezan y terminan sin agregar o quitar un ingrediente, modificar la preparación o si quiera alquimizar por fuego la lectura previa o la siguiente1. Los textos sin centro del «Recetario», singulares y unívocos, no se anclan en una anatomía mayor, sino que se contienen, se agrupan y se acorralan con una cerca. Esa cerca es el nombre o el eje temático del recetario: Las recetas de mis abuelas a mi manera, Cocinemos con Recetas de Oro, Ni una dieta más, Bueno, Bonito y Barato, El Libro del Chocolate, etc… Esta dinámica estructural es análoga, al menos teóricamente, a una manera de escribir y de entregar editorialmente el poemario: la compilación.

Ahora, que no se me malentienda, por favor. No creo que toda compilación sea mala y todo libro de poemas bueno. Esto sería estúpido. Un poema y un Libro son, ante todo, ejecución: una práctica. Hay, de hecho, grandes poetas con muy buenos poemarios y muy buenos libros de poemas. Un ejemplo claro, para ambos casos, es Armando Rojas Guardia, quien tiene en Del mismo amor ardiendo (1979) y Hacia la noche viva (1984), excelentes compilaciones, además de haber escrito excelentes libros de poemas, como lo son Poemas de quebrada de la virgen (1985) y, a mi parecer su más brutal libro de poesía, La nada vigilante (1994).

Lo que me interesa subrayar es que ambos tipos de textos no son iguales y no debemos ser ingenuos ante este crucial rasgo estructural. La escritura compilatoria tiene que ver con una escritura íntimamente relacionada a un quehacer cotidiano (aunque no necesariamente a lo cotidiano como tema), pero viendo este quehacer como quien todos los días sale de su casa a dar un paseo a pie: su escritura es la de la respiración física. La naturaleza de ese proceso nace en un (im)pulso que surge y se apaga, que tiene fin y comienzo nuevo cada día: cada poema es un paseo a pie de alguien que luego vuelve a la casa y almuerza con un poema o un bosquejo hecho bajo el brazo. Pero lo más notable de la escritura compilatoria, es que el poeta trabaja el poema sólo dentro de las dimensiones de esa caminata que ha dado: la escala de un poemario compilatorio es el poema singular. Por esto, leer un poemario compilatorio se parece a ir dando saltos de poema en poema, de la primera a la última página, habiendo disfrutado más o menos de este o aquel texto. De hecho, siempre se dice que un poemario compilatorio «se arma y se entrega», al contrario que un libro de poemas, que «se ha terminado o no se ha terminado». Porque la dimensión de un Libro de Poemas es el Libro en su totalidad, razón por la que los poemas, en su singularidad, tienen también otra, doble función, como parte de una composición general, segunda. Por esto, leer un libro de poemas se parece a haber entrado a un túnel o a una cueva, donde el poeta va llevando al lector, como un diablo guía, a través de grandes salones, rendijas, callejones sin salidas, nuevos comienzos y pasillos, por donde eventualmente salimos más con el sabor de un viaje en la boca que con algún poema particular en el paladar de la lectura. De hecho, la misma escritura de estos textos se parece a un viaje. Uno vive un libro de poemas dejando que este lo viva a uno mientras lo escribimos. La escritura de estos proyectos ya no tiene que ver con la respiración física, sino con una respiración más larga, ligada al momento de la vida en que escribimos el texto. Ya el tiempo no es sólo el tiempo del día, sino el de la temporada. Y aunque exista, claro, una dinámica de apagado-encendido dentro de la experiencia creativa, ligada al trabajo diario, son caminos que componen una selva asumida como selva desde un principio y cuyos bordes son los bordes a veces ni siquiera del libro mismo que se hace sino del proyecto que, como en mi humilde caso, abarca y supera a los libros. Esta conciencia topográfica del Libro deja un mayor espacio para jugar con la articulación de las partes e implica al menos el deseo y la voluntad de una representación estructural más compleja de la experiencia poética. Acaso el talón de Aquiles de este tipo de planificación textual sea olvidar o sacrificar la frescura que debe empapar a cada verso para que el libro sea verdaderamente una materia porosa que permita que la respiración del lector -su vida que lee- la atraviese. Es fácil, muy fácil, caer en la tentación de anquilosar o amalgamar extremamente la sintaxis y el vocabulario, en nombre de un proyecto mayor que al fin y al cabo, en la experiencia in situ de la lectura, debería permanecer en un segundo plano, como marco. Escribir un Libro de Poemas como este que señalo tiene la misma dificultad que un matrimonio: mantener fresco, vital y excitante el compromiso, el deber y la obligación que nos fabricamos con el: «Sí, acepto escribirte.»

Aclaro que pienso esto hablando sólo desde las posibilidades de lo formal, ya que una sola e íngrima línea de poesía puede ser infinitamente más profunda que una Obra de 27 Tomos. Poetas como Antonio Porchia, Eugenio Montejo o Wallace Stevens, lo demuestran claramente. Lo que quiero decir, es que la estructura del soporte sobre el cual se transmite el libro, puede llegar a reflejar el proceso creativo del poemario y del autor, así como hablar alto y claro sobre las bases de su poética, de sus creencias y preferencias fundacionales. La ingenuidad, claro, no es admisible.

Es muy sencillo: la forma es un problema de fondo.

Odio la palabra «poemario» porque hasta ahora no he escrito «poemarios» sino libros de poemas, sistemas dinámicos, juegos que quizá tan sólo oraculizan algún tipo de hambre o insaciabilidad estructural que tarde o temprano seguramente me lleve a escribir un poemario compilatorio, capaz hediondo de cursilería amorosa, para así tener que tragarme mis palabras y finalmente cerrar el punto de este quizá pretensioso y malcriado ensayito.

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1  Sí, un libro es un horno de lectura. La lectura se adoba y se cocina. Un libro debería servirse con entrada principal, postre, acompañantes sólidos y líquidos, más un buen digestivo. Lo único que no domina un autor es la mordida, pero leer es un placer digestivo, y todo escritor es un cocinero.

 

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Francisco Catalano. Caracas, Venezuela, 1986. Poeta, Licenciado en Comunicación Social y tesista de la licenciatura en Letras (UCAB). Ha publicado de manera independiente el Libro 0 y Libro 1, la primera entrega de su obra poética que consta de un solo volumen de poesía, titulado: l (Caracas: 2010). Sus poemas se encuentran en las antologías: 4M3R1C4 2.0: Novísima Poesía Latinoamericana (Universidad de Nuevo León, Monterrey, 2013); Voces Nuevas 2005-2006 (CELARG, 2007); y La Imagen, el Verbo (UCAB, 2006). Ha publicado y sido reseñado en Papel Literario, Tal Cual, Las Malas JuntasCírculo de Poesía, y la revista POESIA de la Universidad de Carabobo. Ha participado y organizado distintos recitales en Caracas desde el año 2005.

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