Contra las grandes obras en tiempos de miseria

Héctor Hernández Montecinos

 

Existen poemas, existen libros y existen obras. Esta simple diferenciación sirve para separar aguas en lo que a poéticas y autores se refiere. Ninguna es mejor o peor que otra, son solo maneras de encarnar el oficio poético y ciertamente el talento. En esta última distinción, es decir las obras, hay algunas que superan todo designio del género lírico montándose en seiscientas, ochocientas o casi mil páginas de una escritura que logra no como otras hacerle el contrapeso a un minuto de vida[1].

Estos esfuerzos desmedidos, monumentales, abruptos y torrenciales representan el triunfo de la poesía ante la ley del capitalismo, el designio de la economía y el valor, pues no hay mesura en la apuesta, en el riesgo de su rechazo y en la violencia de su deseo. En un mundo donde el silencio, la complicidad y el aplastamiento de las subjetividades y el arte reina es que este tipo de empresas literarias son las nuevas sagas, las nuevas épicas, las nuevas epopeyas de vidas tan comunes y corrientes como la de cada uno de nosotros.

 

Cuando el cliché poético de la carencia y el fraude asegura que hay que decir mucho con poco, otros devenires muestran que el lenguaje es demasiado abierto, enorme y profundo como el océano para saciarse con un vaso de agua. Digo todo esto pues sé que este tipo de obras y comentarios sobre ellos molestan a quienes sufren de estreñimiento, pero soy feliz sumergiéndome en la complejidad, reto y disrupción que crean en la idea del lector, que ciertamente es la única vanguardia posible hoy en día: dislocar a ese lector burgués y cómodo. Sigo leyéndolas hace muchos años y aún no logro desentenderme de ellas. No se agotan, ni implosionan, sino que por el contrario, ante el fin de la civilización y el lenguaje son una frontera, un límite, un hito que ya a estas alturas nadie puede negar.

Lo primero que uno se pregunta ante estas es cuándo una obra es grande. Si son quinientas páginas y es el producto de una vida es un mérito, pero si son quinientas páginas escritas en tres años es un fiasco. ¿De dónde viene esa idea tan absurda? Es igual de ridículo que el caso de una novela de esa cantidad de páginas, pues se celebra dicha empresa narrativa como un gran mérito, pero si ese libro es de poesía se vuelve a dudar de su calidad y su arrojo e incluso se ridiculiza desde las sombras de quienes jamás podrán lograr algo así.

Cuando me preguntan cuántas páginas tiene mi obra y les digo que son dos mil siempre queda una mirada desconfiada y una sonrisa nerviosa. Más aun cuando digo que fueron escritas en quince años. No es que me jacte de haberlo hecho, aunque sí me siento orgulloso, pues a los 19 años me propuse lanzarme con todo, los aciertos, los errores, la rabia y el deseo que me movía en aquella época y que hasta este momento me llevan a escribir lo que estoy haciendo ahora. Escribí todas las noches que pasé sin dormir y esa es mi obra, las horas que le robé a los sueños y que en venganza se metieron a vivir en esos poemas. Nunca acumulé libros inéditos por mucho tiempo, por lo mismo nunca mandé a concursos ni me di el tiempo de sobrecorregirlos. Se escribe, se lee, se publica y ya. En ese gesto, ciertamente harakiri, vi y veo un síntoma de como entiendo la poesía con respecto a la vida, es decir, si en mi vida me he equivocado tanto no puedo blanquear esa existencia, que es parte de la obra, en una serie de poemas correctitos, higiénicos y con el afán de su excelencia, su aura, su éxito.

La corrección para mí tiene que ver con un proceso que ocurre dentro de la mente y no con la mano. Se suele predisponer que publican mucho los malos poetas o rellenan con basura. Cuando aparece un prototipo de poema, lo veo, lo visualizo, lo escucho, lo tanteo, pero todo eso ocurre en mi cabeza, en esos planos y maquetas, luego se transcribe esa experiencia, lo cual para los necios significa no corregir, pero lo que algunos hacen con un lápiz en la mano en una hoja de papel yo lo hago cuando ese poema es aún parte de mi vida, de mi cuerpo, de mis sueños. Lo he dicho recién, se pueden escribir poemas, libros u obras, y que estas últimas implican un proceso que arrasa con todo, incluso con ese fantasma que es el autor. Reflexionar el poema como se señala generalmente, implicaría tiempo, pero lo que se olvida es que el poema es un tiempo distinto, un espacio-tiempo en el cual el sujeto se reflexiona a sí mismo, y no al revés.

Cuando se habla de nuestros «ladrillazos» con respecto a mis libros o los de Ernesto Carrión, no me queda más que creer que dos personas que nos hicimos mierda la vida cuando jóvenes hoy podamos desde ese infierno, porque sí, era el infierno, encumbrar estas obras, tanto que es la de él, como Arquitectura de la Mentalidad que es la mía. No las defiendo, no las sobrevaloro ni las compadezco, sino que solo exhibo lo que quiere decir este tipo de escrituras en el contexto del capitalismo que pide ahorrar, acrecentar el valor y ser útil al deseo común, la concisión, el biendecir y lo privado que tiene lo acumulable. Se ha hablado de un «vacío futurístico» con respecto a lo que haremos luego que concluyamos estas empresas poéticas. Sin ponernos de acuerdo con Ernesto y naciendo desde el fondo mismo de estas obras es que ambos hemos optado por el silencio, al menos en poesía, y ese silencio es no solo la renuncia a la poesía sino que a algo mucho más profundo y poco inmediato como lo es la relación del autor y la historia. No es ego dañino, no es hacer carrera poética, no son contactos, no es vanidad, no es carencia de capacidad autocrítica: es pasión.

Cuando descubrí la poesía a los 19 años me fasciné de un modo tal que todo en mí se incendió; hoy a mis 34 años que termino esa obra siento la misma fascinación al leer mi poema de los niños de Marte o el del niño muerto en el fondo del río, que no son distintos a los primeros poemas que escribí del Sordomudoniño o la casita en llamas, incluso al «No a las respetables putas de la belleza». No son libros reunidos, es una obra que siempre se pensó como una sola, de los primeros poemas hasta estos últimos que estoy escribiendo, es un presente grande, un instante extendido en que los poemas del ayer y los del mañana están sucediendo en la propia obra. Se hablan, se odian, se desean, se necesitan y se temen. Muchos insisten en el tema de la corrección y siempre digo una cosa a mis alumnos de los talleres: la poesía se puede corregir una, dos, quinientas veces; la vida, no, es solo una vez y ya. Entonces corregir creo yo tiene que ver no con reposar un libro, releerlo mil veces, preguntarle a maestros o amigos, sino que pasa por hacer de ese libro una parte de ti, de tu vida, de tus noches y tu día a día, pues cuando lo que escribes crees que está fuera de ti quiere decir que está muerto y se debe abortar, ya que no respira contigo. Publicar no es el éxito ni el final de una obra, sino el comienzo de una vida material. Los poemas al escribirse mueren y al publicarse resucitan, están al revés de la vida humana en que se nace y se muere y adiós. La poesía es la resurrección diaria, incesante, libre y creativa.

Un autor no debe ser su editor, debe ser su más amado y su más odiado lector, al mismo tiempo. El editor busca algo, los ojos del autor como lector encuentran y ese es el punto que hace de un poema, un libro o una obra algo importante: su luz, que no solo se ilumina a sí mismo, sino que es parte de un fuego mayor que comparten los átomos y las galaxias, la vida. Una obra que abarque la vida escritural de un hombre o una mujer no significa acumular ni menos publicar todo lo que se le ocurra como creen los tontos, sino que todo lo contrario, uno es parte de todo lo que se deja fuera de esa obra y esa es la obra, la vida de una obra y la obra de una vida que quizá dure quince años, que quizá dure dos mil páginas, pero en ese salto al vacío hay otro salto más y es sobre el miedo y la literatura que para muchos ya casi son lo mismo.

Escribí una obra que para muchos es muy amplia, para mí es pequeña pues allí me escondo entre esas miles de páginas y ni los críticos, ni la academia, ni la prensa cultural me pueden encontrar; en cambio esos que publican sus libritos sudados con sus mejores poemas en diez años lo único que quieren es mostrarse, mostrar el rigor, el oficio, una joya literaria, pero lo que no saben que la única joya literaria es la vida misma, su fascinación y su resurrección.

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[1] Pienso en autores como Ernesto Carrión (Ecuador, 1977), José Manuel Barrios (Uruguay, 1983) y Yaxkin Melchy (1985).

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Héctor Hernández Montecinos. Chile, 1979. Licenciado en Letras Hispánicas en la Universidad Católica de Chile y Doctor en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte. Actualmente cursa otro doctorado en Literatura en la Universidad Católica de Chile. De su proyecto total en tres partes, Arquitectura de la Mentalidad, que supera las dos mil páginas, dos ya han sido publicadas, La Divina Revelación (2011) y Debajo de la Lengua (Santiago: Cuarto Propio, 2.° ed. 2014). Ha sido merecedor de varias distinciones, entre las que destacan el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos y el Premio Pablo Neruda. Es el compilador de 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (2010) y Halo: 19 poetas nacidos en los 90 (2014). Ha aparecido recientemente en El Canon Abierto. Última poesía en español (2015) como uno de los 40 poetas más relevantes de la lengua española nacidos después de 1970. La totografía que ilustra este post es cortesía del portal electrónico Poetas del fin del mundo. Su intervención digital fue realizada por el equipo de POESIA.

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