Diego L. García

Muestra poética

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La mirada se fija en el centro, en lo que parece importante, en lo resaltado o lo que toma protagonismo, a lo que Diego L. García (Berazategui, Buenos Aires, 1983) respondería: que tal si nos fijamos en lo oblicuo, en los bordes, en lo que pareciera «no importar», en lo residual o en eso que nadie sospecha. La misma respuesta que diría Chuck Palahniuk, autor de las novelas Fight Club (1996), Survivor (1999), Invisible Monsters (1999) y Choke (2001), entre otras, quien utilizó para sus historias distintas fuentes en apariencia «irrelevantes» como vallas publicitarias, anotaciones que dejaban personas en las facturas o servilletas de los cafetines, en los círculos grandes marcados en las clasificados de periódicos, subtítulos de películas o escenas no discutidas por la crítica fílmica o sencillamente tomando del inframundo de los grupos de adictos al sexo, alcohol o de personas con enfermedades terminales, sus relatos vergonzosos ante el grupo donde estos participaban. Palahniuk aprovechó todo para incorporarlo a su escritura, pero sobre todo a lo que las personas no le prestaban atención. De esta manera Palahniuk se protegía ante lo obvio. García sostiene, tanto para su escritura crítica como poética, la mirada del instante de esas escenas sociales o de distintas fuentes comunicantes que parecen descartadas para cualquiera que se apoya en el protagonismo del código. Sin embargo, no es una actitud de evasión, por el contrario, esta mirada que se concentra en modo de cámara fotográfica, revela, a través de la ironía, la desnudez de la retórica de lo obvio, sea mercantil, política, social o artística, para ello la evasión no toma cuerpo y lo que parece sin importancia adquiere valor. La fotografía está, sin ningún atributo que acentúe o desvalore el objeto observado, el lector solo acompaña estos instantes con sus concepciones de mundo. La muestra poética que se presenta a continuación pertenece a una selección de textos de los libros Esa trampa de ver (2016), fotografías (2018) y Una cuestión de diseño (2018) con notas introductorias de los poetas Luis Eduardo García y Mario Arteca.

Robert Rincón

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Una de las virtudes de (fotografías) es precisamente cómo la escritura de Diego se renueva en relación con sus trabajos anteriores (Esa trampa de ver y Una voz hervida, por ejemplo); si bien conserva varios rasgos distintivos, algunas dimensiones desaparecen y se añaden otras, de modo que su tensión es distinta. La de este libro es una escritura menos rota y elíptica, con una mayor carga narrativa; podría decirse que su nivel de opacidad desciende, aunque no por ello pierde filo; se sigue tratando de una poesía singular en la que se lleva a cabo un desmontaje de ciertas nociones demasiado asentadas dentro de la escritura poética. Hay una renuncia al embellecimiento gratuito, al regodeo musical, a la elevación, a los remates espectaculares, al tono ultra-pop o cómico. Esto resulta en algo completamente alejado de las estéticas de moda de la poesía argentina (y latinoamericana), ya sean imitaciones de Mariano Blatt, Fabián Casas o muestras de «objetivismo confesional».

Luis Eduardo García

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Me parece inolvidable esa manera de describir la propia escritura que realizó alguna vez John Ashbery, durante una entrevista, al señalar que él no sabía ni conocía la dirección hacia la que se dirigen sus palabras. No es un elogio a la inteligibilidad, sino la promoción desde la cual la dificultad en la escritura (esos meandros en los que un poeta se mete sin tener en cuenta una salida segura) consigue poner en circuito una posibilidad de sentido. En Una cuestión de diseño, de Diego L. García, el funcionamiento de sus textos pone en validez una manera de dialogar con ese advenimiento del obstáculo. Se escribe mientras se esquivan los golpes. Este texto pasa de la poesía de referencia política (el «rosariazo») a la referencialidad mimética de lo musical (los Stooges), y todo sucede como si la escritura no fuera adulterada, sin desniveles, porque hay una estructura que la precede y una conveniencia del habla que la sostiene. Esto no es sencillo de lograr, salvo que el escritor se comprometa con la escritura en el sentido de que esa práctica se aleja del oficio necesario para volverse una incrustación de procedimientos. (Aquello que dice García en unos de sus poemas de que el autor desarrolla una «poética de lo mínimo / donde la intimidad se vuelve materia espesa» no es otra cosa que el reconocimiento de la escritura como economía procesada; una especie de concentración derivada del despojo de los sucesos en relieve, para dejar intacto lo que supimos desechar por decisión de un sonido interno, que logramos cultivarlo. Y algo en García que ya es una marca indeleble de los jóvenes poetas argentinos: la manera natural en que se amalgama lo bajo con lo culterano, casi sin escalas, se imbrica sencillamente. Y aquello de que «no se puede civilizar con el pavimento en las orejas…» muestra hacia qué dirección ocurre eso «real» en estos textos.) Nadie podrá pasar desapercibido ante un libro así, porque pone el riesgo de la escritura en su lugar justo, el de la proximidad de la frase ante la abundancia de la construcción sonora, como un castillo que parece caerse a medida que se levanta, sin que sepamos cómo.

Mario Arteca

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e s a  t r a m p a  d e  v e r

 

 

frecuencia I
(esa trampa de ver)

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2001
el toque de fondo el humo
de la realidad que detona contra espalda
el golpe de cacerola clase / las piedras
contra las vidrieras los pibes que comen / qué
en la tapa al mando del hoy / imperativo ya
desfondar la olla por el número
que cierra
abierto
¿quién desaprende el saqueo?

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la literatura es mi saco nuevo dice y ensaya
para un público del público su voz
mecánica / todo lo que puede acumular
para narrar esa trampa de ver / la
propiedad que ejerce en el espectáculo
donde desfila es el tema preferido porque
también las balas de afuera están a
su favor / mientras pide un café
y sintoniza su ojo a dieta de velocidad
……
su medialectura es el éxito
cuando la pobreza adora la real gramática
……
¿cuándo termina esto?

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leemos el término «texteo» como fuerza de una aguja
que ya no talla en piedra ni moja de tinta sino
que envía un paño tramado con binarios espacios
de tela y vacío para leer ahí un tiempo en
que lo dicho es más una cuestión de yemas
advirtiendo verdad o transparencia / podríase
leer así la poesía? es decir tocando la falta
de un objeto / un cuerpo que no / un silencio
estirado en líneas y puntos pero que en el fondo
los sensores de la piel traducirían «acá estuvo
en algún momento la palabra»

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frecuencia II
(interferencia en concierto)

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digamos el animal o el sujeto que
roe los espejos en busca de sí mismo
y llega de pronto a la encrucijada: no
puede leer más arriba que sus cejas mientras
desde el atril le arrojan cáscaras que
junta y come con disciplina /
«querés un poco?» dice ofreciendo
a todos su manjar
……
ha votado lo que de sí ya no lamenta

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ellos miran / con sus trajes raídos
y sombreros que cubren la tristeza
un cartel de sopa diaria a noventa centavos
desde el interior alguien dice «he
llegado al valor de mis pies inservibles»
la hora del almuerzo es lo que la cacería deja
sobre un mantel de hule / no hay
previsión meteorológica cuando la lava
arrecia / entonces entrarán también
y agradecerán que la nieve no los ha enterrado
más tarde otros aceptarán el mismo
peso sobre las fichas del progreso / viejas ya
sin juego donde las reciban

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en Utopía no agujerean los estómagos
por una hamburguesa exótica / nadie
conoce esas salsas nuevas ni
tampoco tiene estómago factible
de ser arrollado por el alud
de un cazador sin freno que pasa
sobre sí mismo y en breves
fogonazos se mira las manos / quiere
lavar sus palabras pero
repite el menú
sentado en un bar de juguete
bebiendo el ojo
que le falta
……
acelera por la ruta y se pierde
van detrás las ovejas
ya muertas

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las noticias sólo vienen en latas de conserva
durante estas crisis / sí los peinados
pueden ser abundantes o las frases
de contrabando / pero los gajos
de verdad que alfombraban esta calle
cuando el sol no valía tanto
ya no se ven / los ha barrido el
buen apellido que atraviesa las paredes
y dice «hemos traído la novedad
convertida en papilla dietética»
y viérase cómo aplauden

 

 

( f o t o g r a f í a s )

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Toma al aire libre

otro enfoque. aire libre y algo que cierra
la jornada como pocas veces se podría.
un punto de vista que comparto hasta que las migas
desgranen la escena. no se me ocurre otra palabra.
puede haber escenas de lo real?
porque esta captura no deja desperdicio ni especulaciones.
una melodía simple y a la vez
con una distorsión leve para espantar las moscas:
como los Strokes en You only live once. después
podría llegar la lluvia y la falta de nuevo.
pero revisando los bordes de la imagen
las complicaciones se apagan
cuando no es necesario atestiguar el suceso.
no hay nada que agregar

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Paisaje de nieve

una toma en un paisaje de nieve.
sujetos que esperan congelados y aún así palpan
lo que vale al desplazarse de ese ahí.
van hacia otro punto de vista
casi impermeable. al fondo una multitud parece
salir de un recital de rock. sin embargo
la posibilidad de atravesar la helada
hace de la fotografía
otra cosa. en detalle se busca otra definición del cuerpo:
algo no aprehendido sino libre
a la acción de lo espontáneo. de otra manera resulta terrible
cumplir objetivos. adeudarse a otro.
pero en este caso eso se demuele
en gestos únicos. una confluencia de deseos
a salvo de todas las convenciones.
en otro ángulo: teletransportarse a los 80
puede tener sus fallas: será necesaria otra toma
para compactar las épocas
y que la cámara vuelva por sus variaciones

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Fotografía frente a un mural

una radiación que proviene de cierta distancia
ha quedado todavía en los rostros. sonreír
parece fácil después de aquello.
hay un espacio para que la tarde caiga y todo se organice:
dos direcciones diferentes que por el momento
no tienen relevancia. sólo la cercanía de las figuras
y ese mural como fondo. al frente
los ojos son perfectos (a pocos pasos eran
el único significado para la realidad).
ya no sirve esa palabra. fue más de lo que podría
haber predicho por los cálculos de perspectiva.
por ejemplo el color rojo como un detalle
que se graba en el sueño de quien se para de espaldas
a la pintura y piensa –suponemos- que esas horas
valen más la pena que la pared blanca
de las cosas que se dejan ganar
una y otra vez todos los días

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Selfie de un empleado estatal

detrás de tantas etiquetas hay algo.
un encuentro
no con las palabras que a eso corresponden
sino con sus correspondencias.
no es fácil tantearlo. pienso que los años
del trayecto podrían haberse compactado a favor
de una cita menos complicada.
pero al menos (sin ser «al menos»)
recorro como una exposición de fotografías
una calle donde no pasa nada.
no es un logro de la poesía
(que a estos niveles ni desciende)
sino una apuesta por pagarle al yo algunas deudas
que contrajera en etapas comandadas
por un empleado estatal prolijo y regador de pasto.
las cosas no cambian.
pero a veces aprenden
a no comenzar por el principio

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(Fotografía #9) Chicago chicken

como si cortaran la luz y las cosas
entonces mejoraran
así se mueve la ciudad. alguien se levanta
y hace los pasos en reversa a ninguna parte:
se ducha y come pensando
que ya casi sonará el despertador.
toma un taxi que no conoce las calles
y lee un diario en una lengua inexistente.
parece haber comprendido
que la única meta es ese trayecto
en el que X vuelve a ser X sin variables
de velocidad ni dirección
(en el menú
«Chicago» resulta ser una palabra ideal).
en el río hay camalotes en miniatura
que llevan imperceptibles vidas
al mejor punto posible de la cámara

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U n a   c u e s t i ó n   d e  d i s e ñ o

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([dropcap]g[/dropcap]ugleo) se trataba del episodio 9
de la segunda temporada titulado
Tren de carga. willie recuerda que
cuando tenía 17 años recorrió el
país viajando en trenes de carga.
es su secreto. no quiere que sus
hijos copien el (mal)ejemplo. un
derecho típico de la paternidad
temerosa del buen civil: evitarse
en la autoflagelación del encierro
propio. pero quién más que alguien
que proviene de afuera realmente
de afuera para cortar la ley? suena
una armónica vagabunda y oímos
«no hay como una estación de trenes en la noche»
algo vive en esa huida
que titila en el fondo oscuro del cielo

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[dropcap]l[/dropcap]a vieja casa era nuestro tren de carga
donde valía decir «frijoles». una tienda
en el fondo bajo uno de los árboles
el pasto húmedo y cagado por el perro
ciruelas muertas en boca de los pájaros
en esos vagones también
éramos polizones. sin saberlo.
hasta qué hora me quedaré escribiendo
este ensayo sobre lo desaprendido?
(mejor será volver
no sea cosa que la cena se enfríe)

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Diego L. García.  Berazategui, Buenos Aires, 1983. Es Profesor en Letras, egresado de la UNLP. Escribe poesía y crítica. Entre sus últimas publicaciones se encuentran: Esa trampa de ver (Añosluz editora, 2016), Una voz hervida (con ilustraciones de Ivankán, Jámpster ediciones, 2017) y Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018). Colabora en las revistas Jámpster, Transtierros y Alto guiso, entre otras.

La nota del poeta Luis Eduardo García se encuentra publicada en el prólogo del libro fotografías (2018) y la nota del poeta Arteca fue remitida a nuestra redacción por la editorial Mora Barnacle para su publicación en POESIA.

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