«La Máquina de las alegorías»

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Por Alejandro Méndez-Casariego

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Hacer esta reseña del libro La Máquina de las alegorías de Claudio Archubi (Ed. Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2016) fue para mí todo un desafío. También —y esto quiero decirlo sin que el autor se sienta culpable— todo un particular esfuerzo. Un esfuerzo que, desde ya, no está exento de la satisfacción que experimenta quien valora y ama las palabras articulándose en poemas cuando se encuentra con una estructura de decir sabiamente desplegada y pulida, con un poemario de una lucidez deslumbrante.

Porque nos encontramos, desde la primera lectura, ante un material único, complejo y original, aquí es donde debemos afilar los adjetivos, mover las piezas de nuestra propia subjetividad, para encontrar los vocablos que interpreten cabalmente lo que la experiencia de esta lectura nos deja. Con esto quiero decir que cada lectura es una versión, y cada versión es, en sí misma, una alegoría, una representación arbitraria del objeto de lectura. Lo que haré a continuación no es interpretar o explicar esta «Máquina de las alegorías». Simplemente daré mi versión.

En este libro, Claudio Archubi utiliza los disparadores, las herramientas creativas, los marcos contextuales que le brinda aquella original «Máquina de alegorías» del franciscano Ramon Llull, para poner en marcha su propia máquina. Sin entrar en demasiados detalles sobre cómo funcionaba o debía funcionar aquella Máquina, podemos decir que se trataba —mediante la combinación de ciertas palabras o afirmaciones— de establecer criterios de verdad, respuestas lógicas a las preguntas sobre la existencia o, mejor dicho, sobre las distintas formas de existencia.

Pero vamos, sin más anticipos, a la Máquina que nos interesa, la de Claudio Archubi. La Máquina es un ensayo de Opus Nigrum, en su acepción más original, un artefacto alquímico que busca respuestas y sentido a través de combinaciones lógicas, de posibilidades. Todas las combinaciones encierran, en definitiva, una única conclusión: la comprensión del sum, el ser. La noción de la existencia misma. Y las combinaciones son incontables, porque es incontable lo que encierra el mismo concepto de existencia. Medir, pesar, calibrar, determinar son esfuerzos tan eficaces como inútiles: eficaces en establecer los límites, los lugares a los que podemos llegar, el conocimiento que podemos adquirir. Sin embargo, como todo otro esfuerzo humano, es inútil para definir nuestra esencia.

La Máquina gira, desplaza sus partes y genera apariencia de verdad o, más precisamente, versión de verdad. Pero cada verdad es relativa y, generalmente, se contradice a sí misma. Porque toda afirmación que se hace sobre lo trascendente, sobre causas y efectos, referida a la condición humana, tiene una contrapartida en una combinación análoga. Desplaza las piezas, las gira en un sentido o en su opuesto, y otro aspecto de la existencia, otra verdad, queda expuesta. Y sólo hay una forma de dar sentido sustentable a lo que cambia permanentemente: atraparlo en la forma de nuestra visión más íntima, más genuina: la del sentir, la de la percepción única que nos ha ido forjando nuestra experiencia vital. Allí es donde las partes se alinean según su propia lógica: en el poema.

Cada alegoría es una forma de entendernos, una aproximación y, fundamentalmente, un punto de vista. Y cambia porque nosotros mismos cambiamos, pero no en lo esencial: lo que cambia es nuestro punto de fuga. La vida nos mueve de lugar, nos posiciona en contextos móviles, fugaces, en cada uno de los cuales dejamos nuestra huella y nuestra reflexión.

Desde cada cosa, algo es relanzado hacia todas partes, nos dice, pero incluso antes que eso, vivimos, aunque no seamos del todo conscientes de ello, en forma alegórica: movemos delante de nosotros, en cada acto, una representación esquemática de lo que queremos o creemos ser, y elegimos nuestros actos en una especie de multiple choice. Ninguna de cuyas opciones fue creada por nosotros mismos. Sustituimos, para ello, el acto espontáneo por lo predeterminado, por la imagen que factores tácitos o explícitos ya configuraron. Esto sería algo así como el pánico del falso albedrío; la convicción, en lo más profundo, de que lo que parecemos no es exactamente lo que somos. Pocas veces tenemos la lucidez necesaria que nos permite buscar caminos por fuera de los arbitrios de la Máquina, para llegar al sitio protegido donde reside lo que realmente somos. O, para expresarlo mejor, intentamos buscar la médula, la carne viviente, el organismo real, del cual la alegoría es representación. Esto es lo que mi visión lectora encuentra en «La Máquina de las alegorías»: la búsqueda de lo cierto que subyace, de la matriz fundante que produce el reflejo, de la cosa «antes» de su representación. Paradójicamente, Archubi utiliza para hacerlo representaciones, alegorías; recurre a un método arriesgado y virtuoso: se mueve en múltiples direcciones —ascendente y descendente y hacia ambos lados—, desafiándonos a descubrir cuál es el reflejo alegórico y cuál la materia sustancial, la inmanencia.

En la Máquina de Archubi, este juego alegórico está desplegado con perfección y belleza poco comunes; el disparador, aquella Máquina original de la que hablamos, no condiciona ni fuerza la potencia lírica, no la limita. En todo caso le da un marco, una estructura, que Archubi toma prestada para desarrollar una poética de altísimo vuelo. Cito, para que esta afirmación no quede en el aire:

Mira hacia atrás, ¿desde dónde vienes?

Toma la palabra de tus muertos y llévala contigo. Llévala más lejos.

Devuelve esa palabra a tus muertos, una a cada uno. Esa palabra semejante a una mirada, la misma que te ofrecieron antes de irse pero distinta, para que sus ojos vean más allá: desde el futuro hasta el fondo de la Historia.

La profundidad de este registro nos deja pasmados, y su belleza nos conmueve. Porque además de decir lo que dice, su forma alegórica hace que esté disponible para cada lector, según su circunstancia. Esa es la magia de la alegoría; y en esta en particular, el proceso está maravillosamente descripto. La palabra ha sido transformada, y este planteo, en forma de instrucción, de consejo o mandato, eleva la palabra, la carga de sentido, pero otorga a cada uno la posibilidad de establecer y modificar ese sentido, para luego devolverla con su propio sello.

En otro pasaje, el texto determina sus propios límites:

Oh lector, busca el hilo que teje este libro. No lo encontrarás. Levanta, como yo ahora, este triste pedazo de espejo.

La búsqueda del hilo del libro es una tarea que el poeta nos deja a los lectores. La advertencia implícita en el «no lo encontrarás» es lo que yo llamaría un desafío poético. Demanda a un lector que no sea pasivo, un lector que haga uso de esta Máquina para reelaborar los sentidos desde su propio «punto de fuga», desde su propia perspectiva, con la mente y los sentidos alertas.

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autor

Alejandro Mendez-Casariego. Buenos Aires, Argentina, 1952. Estudió Profesorado de Historia en la Universidad Nacional de Cuyo. Junto a José Emilio Tallarico y Gerardo Lewin conduce (con alguna interrupción más o menos prolongada) el ciclo de poesía El Orate y la Musa. Ha publicado los libros: El Elefante de Cartón (2003), Los Réprobos (2007), ambos por Ediciones Patagonia, y Los Dioses del Hogar (Ediciones Deacá, 2016). Publicó algunos ensayos, y numerosas reseñas de libros en revistas nacionales.

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