Libro de las opiniones

Santiago Vera

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Debe existir un escenario en el que permanezca siempre serio, sin que nada me perturbe, ni siquiera la misma tenacidad de permanecer siempre serio. Cuando arrojan botas, por poner un caso, no saben los termáculos que aun así pueden seguir con sus pies sobre el planeta tierra, y no, como los huevones de los artistas, que son sus primos, irse para allá y luego encima del allá y luego al frente del allá y siempre allá, en algo. ¿Por qué, a propósito de la permanencia, las exigencias performativas de estar, todos los días, en algo? La respuesta está contenida ya en la respuesta que alguien daría si se le preguntara, de manera que, como no sabemos en ningún caso qué respondería el que responda, el problema está en que la pregunta no constituye realmente un problema. Algo parecido sucede conmigo cuando me busco por detrás, y me doy cuenta, a fuerza de muletazos y caídas de cara, que me estoy (que, en buena cuenta, me voy) por delante. Se abre, entonces, diría incluso que se agrieta, una fama mal considerada. ¿Por qué, a propósito de la permanencia, la fama del famoso, dígase la del artista, es más famosa que la propia cualidad de ser famoso? Tengo, y eso no está mal, unos cuantos conocidos. Soy amigo de alguna gente.

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Hasta el momento he presentado al personaje. La persona es igual, pero tiene ropa. Este de aquí es su escenario. Esa de allá, su mesa. La persona se engolosina con su mesa, la traslada a un escenario distinto. En este momento el vaso, que está encima de su mesa, se le habrá de resbalar por causas de equilibrio. Y como va molesto se revuelve, ensuciando sin saberlo el sofá que de aquí a              allá se denomina en métrica: “el lugar donde los hechos son actos”.

Por obstinado (si bien vecino nuevo) va a pronunciar unas palabras muy sentidas:

Casamentero yo, vine desde otro lado. Yo que soy muy raro ando en busca de una esposa, hijos, un comedor con cuadros. Mi corazón me late duro. Mi tiempo me desgasta. Mis melodías no me oyen. Aunque yo tenga una canción, corazón de metal, piernas de aluminio, sépase que carezco de país, casa, lugar y desayuno. ¿Podrían, ustedes, buenos hombres, alojarme?

 Y el personaje irrumpió en escena y dijo Ya. Duerme en ese sofá por mientras y mañana te conseguiremos una manta.

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Pienso que todo cuanto pienso no lo pienso claramente. Lo pienso con intensidad y vértigo, sí, pero acaso precisamente por eso mi vigor termina disolviendo mis palabras en fragmentos excesivamente chicos para ser conciliables entre sí. Yo pienso, para poner dos casos, en la sombra de una duda y, algunas otras veces, en las tonalidades que adquieren ciertas dolencias cuando más tarde resultan en una preocupación.

Por ejemplo, si la sombra de esa duda reverbera en otra sombra y se confunde sutil y casi inadvertidamente con el reflejo de una confirmación, entonces es probable que me intensifique la sintaxis, que ponga el circunstancial en el medio y se me antojen los sujetos demasiados tácitos y los predicados excesivamente obvios. Si, en cambio, la sombra de esa duda en la que dudo termina siendo, después de despejada la pregunta de donde proviene, no más que el testimonio de alguna irradiación anterior a la misma formulación de la pregunta, entonces es más que seguro que procure la escenificación de dos acciones paralelas en las que las omisiones de una constituyan el motor a partir del cual se desarrolla la otra.

Y cuando, para hablar del otro caso, las tonalidades que adquieren esas dolencias sufren un corrimiento hacia el rojo, confundo inocentemente los planos psicológicos con los astronómicos, de tal suerte que las razones y/o circunstancias del dolor se las confiero, primero, a unos asuntos de kilometraje (y ahí tal vez me ponga a hablar de carros y avenidas), y segundo, a una cuestión de lejanía y distancia, por lo que veo luego justificado llamarle a algún propósito cualquiera X1 y a otro X2, y a otro de un orden distinto Y1 y a otro Y2, procurando así definir su relación en los términos matemáticos de adición y raíz cuadrada. Si, por el contrario, esas preocupaciones devienen tonalidades ultravioletas ya casi invisibles al ojo humano, ahí yo me pongo a matizar los reveses de alguna publicación en el periódico del día y comparo la sangre de la sección policial en blanco y negro con el vestido rojo de Scarlett Johansson en la sección a colores de Fama y amenidades, extrayendo luego una conclusión que forzosamente habrá de referirse en algún aspecto a los flujos y reflujos de mi aparato circulatorio.

Si nada de lo que pienso puedo pensarlo claramente, entonces también esta confesión tiene un destino de tamaño ignoto y sin embargo un miniaturista todavía siente. Por qué un miniaturista de discursos todavía siente es el asunto. Es el tamaño del asunto el que me interesa de mentira comunicar a mis congéneres.

Me encuentro sumamente confundido.

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Encima de todas las cosas hay una pluma. A todas las cosas les ha sido asignada, desde la Creación, una pluma con la cual envolver su superficie. Todas las cosas tienen una pluma porque si no las tuvieran no serían cosas sino plumas, y está demostrado ya que pluma más pluma es cero. Pero a la vez, todas las cosas tienen una pluma para que no sean solamente cosas, sino también cuadernos, jarras, tornillos, manteles y etcéteras. De manera que todas las cosas fluctúan siempre entre ser eso que son, o al menos eso que en virtud de una palabra significan, y ser algo más o algo menos. Cuando son algo más creo que fundan religiones; cuando son algo menos creo que salen en programas de televisión. En realidad lo ignoro. Lo que a mí me interesa son sus momentos, independientemente de sus determinaciones. Por ejemplo su incapacidad en diversas circunstancias para ser esgrimidas a favor de un argumento; su obstinación, en otras, para ser asidas en favor de una utilidad. Puede que no haya solución ante el vaivén indefinido de las cosas tenuemente blancas. Solamente rondar por las periferias, asomarse un poco, de vez en cuando tambalearlas de un soplido.

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Esos procesos demoran. Longitudinal y transverso. Esos procesos son así. Estoy acá. En algunos lugares en donde no estoy, voy a estar. En todos los lugares en donde voy a estar, no estoy. La luz, es la luz la que me ha partido. Se me cae el brazo. Mi espalda se apoya sobre una pared de vidrio. Y eso es solo un término, un primer comienzo. Estamos largamente, ciudadanamente, lejanos. La cuestión recién empieza. ¿Qué es lo que va a terminar? Lo que va a terminar es lo que no ha empezado aún. Lo que va a empezar es lo que no ha terminado aún. Debes entender la naturaleza del proceso. ¿Desde dónde he partido? Desde un punto de partida. ¿Y antes del punto de partida? Un punto de llegada. Longitudinal y transverso. Todo, absolutamente todo, es un exceso. Estoy acá. Y eso es un exceso. La luz, es la luz la que me ha partido. Yo me presento a mí mismo en un yo-tú y en un yo-él. ¿Dónde, en qué parte del proceso, se ha quedado el yo-yo? En un comienzo. En un punto de llegada. Y si hablamos de atrás para adelante: hay algo en la mitad. Sigo acá. Estoy donde antes estaba. Voy a estar donde he estado. He estado en donde sigo estando. Esos procesos demoran. No debo desbordar mis posibilidades. Mis posibilidades son: estar sentado. Estar sentado. Estar parado, para estar sentado. En el camino todo es llano. No pareciera posible su extrema llanura. Cuando menos, da miedo. En cualquier momento se desata la tensión contenida. Me despido, volando. Salgo disparado. Y llego…a otro camino. Y allí me siento. Y me siento de este modo. Y permanezco así, sentado. Y espero. Y espero tanto, que se hace ya, una falta de respeto, un exceso, una sobreabundancia. Mi espalda se apoya sobre una pared de vidrio. Me doy cuenta. Estamos en el comienzo. Otra vez otra vez. El cielo llueve. Y ese es el camino. La lluvia cae. Y ese es el camino. El sol alumbra. Y ese es el camino. El viento sopla. Y ese es el camino. El hombre se comporta. Y ese es el camino. El mar. Y ese es el camino. El camino. Y ese es el camino. Todo es elemental. Todo es primero. Todo existe, con las justas. Estoy acá. Estoy acá. ¡Aquí! ¡Maldita sea! Mi condena es para siempre. Esos procesos demoran. ¿Y cuánto? Esos procesos son así. ¿Y desde cuándo? Esos procesos son así. ¿O sea que no se puede hacer nada? Esos procesos son así. El camino es solamente un camino. No una ruta. Si no tuviera pies, sería un lugar. Si no tuviera cabeza, un espacio. ¡Si no estuviera yo aquí jamás! No contestes, estate. El camino lo perdona todo. En algunos lugares en donde no estoy, voy a estar. En todos los lugares en donde voy a estar, no estoy. Y ya nada es definitivo. Nada está resuelto. Mañana todo es una misma cosa. La misma fuente. Hoy todo es definitivo. Todo está resuelto. ¿Quién ha dicho qué? ¿El yo-yo ha hecho su aparición? ¿El yo-tú? ¿El yo-él? En el fondo, no hay ningún fondo. Yo me espero muchas cosas, entre ellas, a todas. Sin embargo, pero. Aunque, no obstante. Por lo tanto, concluimos. Esos procesos demoran. Mis posibilidades son: estar sentado. Todo es elemental. Otra vez otra vez. Estoy acá. Estoy acá. Y ya nada es definitivo. Longitudinal y transverso. El camino. El viento. El sol alumbra. El hombre. El hombre se comporta. Y permanezco, así, sentado. Y espero. Y espero. Y espero. Una falta de respeto, un exceso, una sobreabundancia. Todo es elemental. Todo es primero. Todo existe, con las justas. ¡Maldita sea! Mi condena es para siempre. Me doy cuenta.

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Santiago Vera: Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Se especializa en temas de estética, metafísica y filosofía del lenguaje. Ha publicado los poemarios Volúmenes silenciosos (Taller la crema, 2012) y Libro de las opiniones (Paracaídas, 2014; Liliputienses, 2019), así como artículos de su especialidad en revistas y medios académicos. Es miembro fundador de la plataforma de poesía e investigación Ánima Lisa y forma parte del comité editorial del boletín de poesía y crítica Pesapalabra.

Los textos de Santiago Vera fueron enviados a POESIA por Diana Moncada, quien forma parte de nuestro Consejo de redacción. La imagen que ilustra el post es cortesía de INSECURE

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