Mariano Rolando Andrade

Fairbanks y otros poemas neoyorquinos

 

 

Fairbanks

Comenzaste a decir adiós
detrás de ese sol de Fairbanks
que nunca acababa de morir,
los dos insomnes
en el esquelético corazón
de una ciudad amnésica,
irremediablemente despierta,
como sus nativos errantes
y ebrios a la vera del Chena.

Ya no te brillaban los ojos
y sonreías como podías,
escapando al mal presagio
de unos versos
que no habían sido escritos,
un silencio que atormentaba
a los puentes inhóspitos
y los monumentos soviéticos
que disfrazaban el despojo.

Dormimos, despertamos
y el sol permanecía ahí,
espiando desde la ventana
de nuestro último motel,
ese ocaso sembrado de besos
y pequeños roces conyugales.
En tu piel se acumulaban
los kilómetros de extrañeza
que emanaban de mi cuerpo.

Al fin alguien decidió partir
por una carretera construida
para borrar desdichas,
o inventar
improbables resurrecciones.
A lo lejos, como distraído,
el indiscreto sol de Fairbanks
extendía sus brazos para hurgar
el destino de los prófugos.

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Itaca

Todos estos años
de islas, diosas y cíclopes.
Estos mares,
cielos y compañeros
de nombres que no recuerdo.
Agotado,
¿extraviado tal vez?
Vagando sin reconocer ya
los rasgos de mi rostro.
Sin astucia
para engañar a las sirenas,
Ni coraje
para descender con los muertos.

Todas estas tormentas,
batallas y victorias pírricas.
Estas mañanas,
canciones y poemas
cuyas melodías no recuerdo.
Agotado,
¿arrasado más bien?
Vagando sin un resquicio
en el tiempo de los hombres.
Sin nervios
para jugar con abalorios,
Ni soberbia
para rechazar la derrota.

¿Hubo una Itaca?
¿La hay?
¿Y mis memorias?
¿Aquel pasado que tuve?

Llevaría otros veinte años
de guerra y viajes
intentar explicar por qué
ahora
la pizarra ligera
quiebra al duro mármol
y la casa de mis ancestros
al palacio romano.
Por qué
un aroma y un silencio se conjuran
para arrancarme
del exilio de la amnesia.

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Temo

Temo las mentiras de mi corazón,
sus medias verdades que suenan puras.
Temo los silencios de mi corazón,
sus sombras, su desidia y su maldad.

Temo las astillas de mi corazón
y la áspera corteza que dejaron.
Temo los aullidos de mi corazón;
sus estallidos impredecibles de madrugada.

Temo mi corazón como temo a la muerte.
Como te temo a veces.

 

Temo las tumbas de mi corazón
y sus muertos que no mueren nunca.
Temo la desesperación de mi corazón,
Su supuesta combustión; sus llamas.

Temo la indiferencia de mi corazón,
su mirada esquiva y su desmemoria rampante.
Temo las certezas de mi corazón.
Temo su alegría y su canibalismo.

Temo mi corazón como temo la muerte.
Como te temo a veces.
Como me temo
casi siempre.

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Escape a Nashville

Si pudiera llevarte esta noche
lejos de Nueva York.
Correr entre los espirales
de luces y neón de Chinatown,
disfrutando la belleza y el crimen
de huir de la ciudad,
sus bocas de subway atascadas
y los paraguas que se chocan.

Si pudiera subirte a este bus
y dejar atrás los vahos asmáticos
que exhala Manhattan
con sus tuberías monolitos,
los bares con parroquianos
fumando al ritmo de la lluvia,
las peluquerías vacías,
los taxis en cámara lenta.

Si pudiera llevarte lejos,
chapotear en charcos
de esquinas pegajosas
y refugiarnos bajo toldos gastados.
Si pudiera subirte a ese bus
hacia una carretera sin número,
bordeando moteles y gasolineras
borroneadas por tormentas.

 

Serían cientos
de mojones en la noche,
con las ventanillas empañadas,
acunados en un aire
impregnado de Oriente
y el rumor
de una lengua susurrada
como un poema incomprensible.

No recordarías
ningún cartel, ninguna ciudad.
Apenas decenas de camiones
velando en desolados playones.
El silbido del caucho
en la negrura de Estados Unidos
y nuestras vidas
vertidas sobre el asfalto.

Te despertaría
al primer claror para ver juntos
el perezoso amanecer en Tennessee,
las siluetas de cedros y robles,
las quebradas, los ríos.
Hank Williams en la radio
llenaría de luz
las millas finales a Nashville.

 

Si pudiera llevarte esta noche
nos perderíamos para siempre
en los bares de Stetsons
de la Broadway del sur.
Los dos,
nuestras vidas derramadas
como una canción
sobre dos amantes olvidados.

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Mariano Rolando Andrade. Buenos Aires, Argentina, 1973. Poeta, escritor, traductor y periodista. Actualmente es editor y miembro del comité editorial de la revista Buenos Aires Poetry. Colaboró en diversos medios en Argentina antes de trabajar como corresponsal de la Agencia France-Presse en París, Bruselas y Nueva York. Publicó la novela Los viajes de Rimbaud, integró la antología de poesía Buenos Aires no duerme y ganó el Premio Juan Rulfo a mejor cuento en lengua francesa de Radio France Internacional. Sus poemas han sido publicados en Argentina, México, Chile e Italia. La imagen destacada de esta entrada pertenece a la pintora neoyorquina Hope Gangloff.

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