Poets and Money

Trad. Beverly Pérez Rego

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L o s  p o e t a s  y  e l  d i n e r o

C h a r l e s  S i m i c

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Si el público sólo leyera poesía, cuya producción jamás se podría impedir incluso si no se les paga absolutamente nada a los poetas,
la ley de derechos de autor desaparecería en un tris.

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—Tim Parks

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¡Maravilloso!, me dije a mí mismo, después de leer esto. El mundo se va al infierno, pero nosotros los poetas aún tenemos algo de esperanza. Nunca nos hicimos ricos en el pasado y no veremos ni un centavo en el futuro. A pesar de las leyes de derecho de autor, la mayoría de nuestros poemas ya están disponibles libremente para millones de personas en Internet y, en estos tiempos donde hay poca capacidad de concentración, la poesía podría terminar siendo la única literatura que la gente leerá. Sin librerías y con bibliotecas cerradas, los amantes que necesitan estímulos románticos adicionales tendrán que tomar sus iPhones y encontrar un poema adecuado para la ocasión. La fuerza de la poesía proviene de estos usos prácticos. Todo el mundo ha oído hablar de la lectura de poemas en matrimonios y funerales, pero sospecho que nadie ha intentado someter a los asistentes a ese tipo de eventos a un capítulo de una novela o un cuento. No es de extrañar que muchos escritores e intelectuales detesten la poesía. Los poetas trabajan por nada, dice Tim Parks. En otras palabras, producen poemas de la misma forma en que se producen juguetes baratos en una fábrica regida por explotadores laborales en un país del tercer mundo.

Aún más enfurecedor: la mayoría de los poemas son cortos. Dan la impresión de que no tomó mucho tiempo escribirlos. Diez minutos como máximo. Escribir una novela de seiscientas páginas lleva años. Vas y trabajas en tu escritorio todos los días como un minero va a su mina, y te sientes igualmente agotado después. Por supuesto, ese tipo de trabajo debería ser ampliamente recompensado. Un poeta se para junto a la ventana viendo caer la lluvia, o mira el mechón de pelo de su antigua novia, garabatea algo en un pedazo de papel y ha terminado por el día. Lo más escandaloso de la poesía es que poemas hechos de manera tan alegremente negligente terminan publicados en antologías que tus hijos deben estudiar en la escuela. No sólo eso, sino que podrían enamorarse de ellos, memorizarlos y tratar de imitarlos. «¡La poesía está muerta!», grita alguien felizmente de vez en cuando, para alivio de los padres y las clases educadas que nunca leen poesía. Pero ¡ojalá fuera cierto! Uno sólo tiene que ver el número de poemas enviados a revistas todos los días, incluyendo aquéllas que nunca publican poesía. Hoy más que nunca, hay miles y miles de personas escribiendo poesía en este país, algunas de ellas asistiendo a uno de los cientos de talleres de escritura que se imparten en universidades, colleges y demás, y otras escribiendo sus propios poemas solos, muy probablemente en absoluto secreto y con la modesta esperanza de publicar en una revista literaria de cierta reputación y, tal vez eventualmente, llegar a tener un libro que será leído y admirado por otros poetas y otros lectores a quiénes les importa la poesía.

Un novelista exitoso puede, con suerte, hacer un montón de dinero, al igual que alguien que escriba memorias (si él o ella tiene la suerte de haber tenido una madre que asesina al padre del autor frente a sus ojos), y un pintor de tercera categoría puede tener bastante éxito si una cadena hotelera o un banco compran sus paisajes marinos y girasoles; pero muy pocos poetas se ganan la vida con la poesía. En siglos pasados, como mucho, el poeta podía esperar una invitación a cenar de algunos nobles encerrados en su castillo para entretener a sus invitados borrachos, o incluso recibir un pedazo de tierra del rey después de escribir un panegírico sobre sus diversas conquistas y masacres. Pero en tiempos modernos, excepto en la Unión Soviética bajo Stalin, la posibilidad de que los poetas puedan halagar a los altos y poderosos para vivir felices por siempre ha sido anulada. Incluso Robert Frost, quien fue inmensamente popular y ampliamente leído en vida, tuvo que conseguir un trabajo de enseñanza para ganarse la vida. En cuanto al resto de nuestros grandes poetas, volviendo a Whitman y Dickinson, los ingresos que obtuvieron de la poesía, si se supiera su monto, los haría aún más incomprendidos de lo que ya son para muchos estadounidenses.

En un país que considera el dinero como el más alto de los bienes, hacer algo por amor no es sólo extraño, sino francamente perverso. Imagine el horror y la ira que sienten los padres cuando un hijo o una hija, cuyo destino era la Escuela de Negocios de Harvard y una carrera en finanzas, de pronto descubre su interés por la poesía. Imagine sus tentadoras descripciones de las futuras riquezas y el poder que esperan a su hija mientras tratan de lograr que reconsidere la decisión. «¿Quién te ha reconocido como poeta? ¿Quién te ha inscrito en las filas de los poetas?», le gritó el juez de primera instancia al poeta ruso Joseph Brodsky, antes de sentenciarlo a cinco años de trabajos forzados. «Nadie», respondió Brodsky. Pudo haber hablado por todos los hijos e hijas que tuvieron que enfrentar la ira de sus padres.

En cuanto a mí, todavía no puedo explicarme cómo me convertí en poeta, y he dejado de intentarlo. Lo que supe desde el primer día es que el dinero no tuvo nada que ver con el asunto. Sólo una vez me olvidé de esto, e hice el ridículo. Fue a principios de la década de 1970, cuando tenía un humilde trabajo dando clases en California y luchaba por mantener a mi esposa y a mi hija. Un día, cuando nos aprestábamos para visitar a unos amigos en San Francisco, recibí una carta por correo de un tipo que iba a publicar una elegante revista de arte, y que después de decirme cuánto le gustaban mis poemas, expresó que le gustaría publicar un par de ellos y me pagaría $600, pero los necesitaba a toda prisa. Esa era una enorme suma de dinero en 1972, particularmente para alguien cuyo salario como profesor asistente en una universidad estatal era bastante miserable, que por lo general no tenía ni un centavo, y cuyos únicos otros ingresos provenían de pequeñas revistas literarias que pagaban entre cinco y veinticinco dólares por poema o, la mayoría de las veces, absolutamente nada.

El problema era que yo no tenía nada en ese momento para enviarle. Entré corriendo a la casa, agarré un cuaderno y un bolígrafo, le dije a mi esposa que condujera el auto, y me senté en el asiento trasero tratando febrilmente de escribir algunos poemas durante nuestro viaje. Al día siguiente, cuando llegué a casa, y durante una semana, seguí trabajando en esos poemas todos los días con entusiasmo y concentración total, mientras pasaba las noches discutiendo con mi esposa sobre cómo íbamos a gastar el dinero. Pero una mañana soleada y brillante me levanté antes que todo el mundo, me senté en mi escritorio y leí lo que había estado trabajando, y me di cuenta de que esos poemas eran totalmente falsos. Rompí los poemas con mucha prisa y vergüenza, y salí a dar un largo paseo con mi perro.

21 de agosto de 2012, 12:05 pm

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Charles Simic.
Belgrado, 1938. Poeta, docente, traductor, ensayista y filósofo de origen yugoeslavo. Emigró a los Estados Unidos en 1954, radicándose en Chicago. Publicó sus primeros trabajos en 1959, cuando tan solo tenía 21 años. Egresado de la Universidad de Nueva York, publicó en 1967 su primer libro, What the Grass Says. Desde entonces ha publicado más de cincuenta libros en los Estados Unidos y en el mundo, entre los cuales figuran: Jackstraws (1999), Walking the Black Cat (1996), A Wedding in Hell (1994), Hotel Insomnia (1992), The World Doesn’t End: Prose Poems (1990), libro por el cual fue galardonado con el Premio Pulitzer, Selected Poems: 1963-1983 (1990) y Unending Blues (1986), entre otros. En 2007, fue nombrado el decimoquinto “Poet Laureate Consultant in Poetry to the Library of Congress” y con el premio Wallace Stevens. En 2014 fue laureado con el Zbigniew Herbert International Literary Award y en 2011 con la medalla Frost.

Beverly Pérez Rego. Poeta y traductora venezolana. Entre sus obras publicadas en poesía: Artes del vidrio (1992: Caracas, Fondo Editorial Pequeña Venecia); Libro de cetrería (1994: Maracay, Ediciones Casa de la Cultura de Maracay, Colección El Cuervo); Providencia (1998: Coro, Fondo Editorial del Estado Falcón, Ediciones Libros Blancos); Grimorio (2002); Escurana (2004: Caracas, Fondo Editorial Eclepsidra, Casa de la Poesía Pérez Bonalde); Poesía reunida (2006: Prólogo de Juan Calzadilla. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana). Como traductora se destacan: Tristia (1996), Alejandro Oliveros (edición bilingüe) y Louise Glück – poesía selecta (2008), Mark Strand (2011), Natalie Handal (Visor, 2012) y Najwan Darwish (2014).

El texto original «Poets & Money» apareció publicando  en The New York Review of Books, durante el año 2012.
La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Diego Abreu.

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