Rómulo Bustos Aguirre: Casa en el aire

Néstor Mendoza

 

Contados libros alcanzan una conveniente cita entre el poema y la teoría poética, la elaboración del verso y el relato de la práctica escritural. A decir verdad, muy pocos siguen el atributo horaciano del hallazgo y la acotación instructiva —instruccional—: aconsejar mientras se despliega un manejo apropiado de la creación. Esto tiene un mayor peso si se efectúa a partir de la sencillez mientras el autor se niega a recorrer las carreteras gastadas del propio oficio. En ese punto no hay temor a decir porque se tiene conciencia y se conocen las herramientas dispuestas en la mesa de trabajo. O quizás no se conocen todas las herramientas sino que se usan adecuadamente las pocas que se tengan al alcance. Esto me remite a una nueva publicación del poeta colombiano Rómulo Bustos Aguirre. En ese trance, por ese afán de buscar parentelas, se me ocurre vincularla con los primeros y muy transparentes poemas de Jorge Luis Borges, el primer Borges para ser más precisos, aquel Borges objetivista y llano del poema «Llaneza» y de aquel menospreciado primer libro Fervor de Buenos Aires. Igualmente podría sumar la presencia de otro argentino: Roberto Juarroz, junto a varios aspectos que se reiteran en todos los volúmenes de su obra vertical. Tal es el caso del metalenguaje, ineludible en su poesía.

Pero en el caso que ahora nos incumbe, presentes en Casa en el aire (Pre-Textos, 2017), estos elementos se dan de manera casi exclusiva en cada texto. El autor crea una poética en cada poema, algunas más explícitas que otras. Para ello se vale del conocido decálogo, del texto bastante breve, de la estampa recreada, de la anécdota, del refrán, de las contestaciones —«como en el poema Penélope conversa consigo misma»— y la descripción voyerista. Rómulo Bustos Aguirre, me parece, y es lo que he venido notando en este libro, escribe sin el prurito de caer en el giro prosaico, en la repetición que esconde alguna leve cacofonía, en el quiebre brusco de la línea, en el descenso a expresiones «callejeras». Él sabe muy bien que justo allí, en alguna venta de comida o ferias de barrio, de esas que abundan en su natal Santa Catalina de Alejandría o en cualquier ciudad colombiana, puede sujetar la experiencia necesaria. La de Rómulo Bustos es una belleza revelada con los materiales más diversos, nada ostentosos o presumidos. Es como si los elementos aparecieran en el mismo momento de la escritura, como si no importara urdir con fino hilo y con toscas piedras o pedazos, o trozos de objetos amorfos encontrados en cualquier lugar. Su función en el poema será otra. Y no es otra cosa la que nos ofrece el poeta justo al final del primer poema, «Poiesis»: «Ínfima o deforme, te dices/una perla bien puede merecer el esfuerzo».

Rómulo fabula, imagina, inventa: dispone en la misma habitación una piedra, un ala, un alma, un cuchillo,escamas, bichos, colmillos, caricias, palabras…en fin, solo dispone y le otorga a esos objetos una serie de atributos originales, que a falta de una palabra más exacta o certera puede catalogarse de fantástico. Pero lo fantástico como aquel elemento que aparece como verídico, reinventado, como real y para más señas utilitario, como si fuese posible tomarlo y usarlo (pienso, por ejemplo, en otro poema suyo: «El desalmado»); o ejercerlo, también, como un oficio sin salario, como en el texto «El desilusionador», que sigue aquella recomendación faulkeneriana de crear, a partir de materiales del espíritu, algo que no existía antes. Rómulo nos trastada, en unos de sus versos, a viejos video-clips anglosajones, como aquel del británico Robbie Williams:

«(enigmática membrana que es el presupuesto de toda belleza:
desconocer el siniestro esplendor de las vísceras en movimiento)»

Las vacilaciones son bastante productivas, beneficiosas, en la poesía de Rómulo Bustos. Los pasos erráticos, vagabundos, llegan a un sitio no esperado, pero efectivo. Valen, y mucho. Es otro tipo de premeditación. No sé si podemos hablar de completa premeditación en este libro. No es que haya puro azar, pero sí espontaneidad jazzística. Rómulo es un autor de motivos, eso sí es verificable. Pero no importa tanto el punto de partida sino el desarrollo y el desenlace. De cómo el poema se va alimentando, llenando de experiencias, de cosas narradas, evocadas, de cómo se vayan incorporando y cómo evolucionen en el camino. No sabemos en qué punto estas apariciones se sacralizan, se vuelven mito, credo, lengua-tótem, y comparten espacio en alguna cena familiar o de negocios: una última cena. Asombra gratamente cómo se armonizan elementos aparentemente opuestos entre sí; cómo, por ejemplo, en un solo texto, aparece la disquisición teórica, el sutil lenguaje escatológico, lo onírico, el giro burlesco, la inventiva, todo ello sintetizado en el estupendo poema «Un caso de orientación». Una vez más, uno se imagina en primera fila, en una sala de teatro, ante una escena nunca antes representada.

El otro fervor de Rómulo Bustos, bastante evidente en su estilo y en algunos temas, es José Watanabe: la misma voluntad inestable del verso, el ojo que indaga en dobleces más internos de la realidad captada; en definitiva, el reino del detalle y la cotidianidad redescubierta mediante el referente deformado: el autor toma un episodio, algo icónico, releído, y lo interviene: en el área del mundo pictórico se asemejaría a unos procedimientos del arte moderno: vemos a Fernando Botero desdibujando —recreando— al Niño de Vallecas o al artista venezolano Wladimir Zabaleta con las muy famosas meninas de Velásquez. Quienes conozcan la obra poética del poeta peruano hallarán estas correspondencias.

En el poema que da título a este libro se reitera el valor semántico e inclusive mítico de la piedra en la arquitectura del imaginario poético: por eso el tono aforístico, el vuelo hacia zonas libremente asociadas que propician fundaciones: «De modo que si la casa en el aire fuera posible debía fundarse sobre la piedra». En ese empeño de formular poéticas, Bustos Aguirre no descarta ningún componente: lo aparentemente trivial se complejiza, con ironía se mueve y se abre a otras relecturas. Un juicio dado al vuelvo lo acercaría al antipoema, pero, para mi propio gusto y opinión, solo lo bordea, lo circunda y apenas se deja infectar. No obstante, se nota en algunas «llagas» discursivas y en el delicado desparpajo del poeta costeño.

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C A S A   E N   E L   A I R E

 

Poiesis

Cada mañana
con las calladas maneras de la ostra
reconstruyes con esmero
……………tu pequeño dios

a la medida de tu ignorancia
a la perfecta altura de tu abismo

Ínfima o de forme, te dices
una perla bien puede merecer el esfuerzo

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La pifia

 

Mi hermano, mi desdichado hermano
ha visto a Dios
Para eso sólo bastó
alguna ligera pifia en la disposición de su ADN
sólo eso
Lo demás… lo sabrá Dios

Y yo que he gastado toda mi vida aguardando sus señales
rastreando su sombra

A la hora del juicio
compareceré, sin rastro alguno, para atestiguar por él
…………………………………………………….al milagro

para desmentirme
para atestiguar
que acaso la pifia habita en algún punto ciego de mi alma

Y no habrá nadie que atestigüe por mí

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Deus  ex machina

 

Talle esbelto
cintura ondulante, pechos alzados
Le pregunté cuántos cántaros de agua
………………..había cargado de niña sobre su cabeza
cuántos viajes de la casa al pozo del pozo a la casa
para tener semejantes postrimerías

Ella no entendió del todo mi pregunta
y, riéndose, dijo que no
que nunca había acarreado agua
del pozo a la casa, de la casa al pozo

Pero, seguramente, me dije
muchas generaciones de mujeres de la familia antes de ella
…………………………………………………..lo hicieron por ella
Nalgas erectas, pechos alzados
……………………………………como hechos para el vuelo
ergo
Dios existe

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La cena meritoria

a Nelson Romero Guzmán

 

El día del juicio
comparecerán todos con sus escudillas
reclamando la porción de la cena que les ha sido prometida

Incluso los injustos
Que somos todos

Incluso los animales
Ellos que siempre fueron la cena

Acaso la infinita Misericordia
decida en ese momento darle al cervatillo la parte del león
Crear una forma meritoria del infierno
donde por el resto de la eternidad se invierta la etiqueta
y los comensales pasen a ocupar el centro de la mesa
………………………….el privilegiado lugar de los comidos

He aquí la justa furia del cordero

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Om

Escucho el mugido de la vaca, su larga sílaba
cuando hace un alto mientras pasta y rumia
………………………………su porción de hierba

La dulce
La Iluminad vaca

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Néstor Mendoza. Mariara, Venezuela, 1985. Poeta, ensayista y promotor cultural. Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Realizó estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana. Ha publicado los libros Andamios (2012) y Pasajero (2015). En el 2011, recibió el IV Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo». Sus poemas han sido incluidos en varias antologías de poesía venezolana. Forma parte del comité de redacción de la revista Poesía y del comité organizador de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). Integra el equipo de colaboradores de la revista Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma.

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