Un diario con espinas de neón y sangre

 

Cristian Aliaga

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Llevo años diciéndome que algún día contaré todo.
La verdad es que la pregunta que me ronda busca
responder: ¿qué hace a los peruanos ser lo que son?
……………………………………………………………………Teresa Orbegoso

 

Ve lo que has hecho de mí.
Aquí estoy por tu mano en esta ineludible cámara de tortura,
guiándome con sangre y con gemidos, ciega por obra y gracia
de tu divina baba.
…………………………………………………………………..Blanca Varela

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Pedir es sollozar. Lo dicho ya está perdido. Sin embargo, Teresa Orbegoso rescata una voz de lo extraviado, una luz surgida de experiencias dolorosas que la sacudieron con aires de destrucción. Perú es Perú, y también -como toda América– un Mar del Subdesarrollo con olas de discriminación, cuyas mareas amagan con retirarse pero no desaparecen jamás. En ese mar con irrupciones de tsunamis periódicos del racismo político y mediatizado naufragan identidades que no tienen más salida que soldarse o regenerarse después de todo crimen. Sin embargo, el soberbio y fantasmático pasado amerindio reaparece como un temporal de la estirpe ancestral, que cruza el tiempo con César Vallejo, Blanca Varela y Jorge Eduardo Eielson para recordarnos con furia en este libro que el futuro ya no es lo que era.

Este es un diario íntimo del dolor, del que Teresa emerge como una fiera de rostro impasible, dotada de amor y escalpelo. Es un diario político, una sutil declaración de guerra contra el lugar común, el racismo y la discriminacion. Teresa Orbegoso podría decir como la poeta galega Chus Pato: «mi posición en el desierto es la de quien se sitúa fuera de bando, fuera de bandera, fuera de la placenta que posibilita la vida de la comunidad, su reproducción. Desconozco si más personas comparten mi suerte. Algo, alguien, todos los días, cada milésima de segundo, emite la prohibición». Desde Lima –esa ciudad que «no la deja salir»–, Arequipa –en esa crónica amarga de su propia madre, a la que temerá en sus últimas días; en «una de las ciudades más racistas del Perú»– o su Comas natal –donde niños «pobres y polvorientos, difusos, mínimos, inestables, carecían de suelo y estaban solos», pero «todavía eran inocentes y tenían imágenes»–, Orbegoso construye un mural hecho de hilos, de mixturas que entretejen mundos pasados y presentes, identidades que se mezclan y fusionan. Su mirada lúcida de mujer-artista ataca claroscuros y nos devela un mundo que destella en la soledad.

Al leer «Comas» surge la afirmación incontrastable de  Haroldo De Campos cuando afirma que «toda reducción mecanicista, todo fatalismo autopunitivo según el cual a un país no desarrollado económicamente debería corresponder, por reflejo condicionado, una literatura subdesarrollada, siempre me pareció una falacia de sociologismo ingenuo». «Las mujeres de mi país adolecemos de sentimientos o emociones que permanezcan en el tiempo. Decimos que sí, luego decimos que no. Decimos te odio y después hacemos el amor contigo. Terminamos y luego volvemos. ¿Acaso esto no es un síntoma del subdesarrollo en el que vivimos?», escribe Orbegoso en uno de los tramos trascendentes de este libro, masticando a un tiempo los efectos criminales del patriarcado y las luchas interminables de las mujeres en mundos infernales de dominación y abuso.

La autora de este libro –que se deja leer como una serie de crónicas intensas pero también como el diario personal de una poeta– su autora se define como «una sobreviviente que pertenece a una serie de familias forjadas en la tristeza», pero rechaza pensarse «como una huérfana». Seguramente es eso lo que la lleva a «vagabundear como un(a) zombi en busca de la comida prohibida: la verdad, la memoria, la justicia». Depresión, angustia, la pobreza sorda del origen, la disputa miserable de una herencia entre hermanos y el dolor infinito por el rechazo de la madre y la muerte absurda del padre conviven en este libro extraordinario con una imaginación que roza la «alta fantasía» de Alighieri y algunas líneas que hacen pensar en el influjo de poetas del mundo ancestral americano como Nezahualcóyotl. De la zona más dura de la infancia y de su dolorosa salida al mundo, que la esperaba con espinas de neón y sangre, parece surgir en ella una capacidad fantástica para resistir con belleza. Orbegoso se revuelve: «Quería que me vieran». Y lo sintetiza con una frase que resuena desde el fondo del tiempo: El Perú es un país donde lo sagrado pesa y lastima.

Lago Puelo, Abril de 2018

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Lima

Dibujo la sombra de mi hermano muerto. Siento su odio, su vocación para el daño. Me detengo en el lugar de sus ojos. En sus ojos hay agua, barro, olvido. Me miro al espejo: se parecen a los míos. No hay alma. La distancia entre nosotros aumenta. Es la vida, el vidrio, la astilla, el espejo. Trazo la línea de su nariz con la forma de un muro. Era lo bastante grande para hacer notar su culpa, su vergüenza. Sus labios gruesos piden agua. En ellos quedó embalsamado su abandono. Espiralado, su cabello, enredado como sus actos, renunció a vivir aquí. No hizo falta seguir, multiplicar. Su rostro existe a costa de lo desconocido. Fertilidad quebrada que llegó un minuto tarde para lo real. Su rostro se da vuelta. Solo negrura. Maraña. No hay palabras, sólo descanso. Estaciones. Velocidades. Mi guía es él, mi hermano, mi enemigo. Su coro de tigrillos encerrados en una valija. Su risa exagerada, la música insistente de su silbido, su forma chueca de caminar. Lo que debería ser oquedad, se va llenando con sus hirientes guayaberas, sus mancuernas, sus ajíes, sus arañas disecadas, sus escupitajos sobre el plato principal. Algo respira, no refleja. Tuvo su nacimiento mientras lo veía. Es Lima, la otra ciudad, la que no nos deja salir.

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Lima

I draw my dead brother’s shadow. I feel his anger, his vocation for harm. I stop where his eyes are. In his eyes there is water, mud, oblivion. I watch myself in the mirror: they look like mine. There is no soul. The distance between us grows. It is life, glass, splinter, mirror. I sketch the line of his nose with the shape of a wall. He was big enough to bring out his guilt, his embarrassment. His thick lips ask for water. In them, his embalmed abandonment remained. His hair, spiraled, tangled like his actions; he gave up living here. There was no need to keep on, to multiply. His face exists at the expense of the unknown. Broken fertility arriving a minute late for the real thing. His face turns. Only blackness. Mess. There are no words, just rest. Stations. Velocities. He is my guide, my brother, my enemy. His choir of leopards shut in a case, his overblown laughter, the persistent music of his whistling, his crooked way of walking. What should be hollow keeps filling with his wounding guayabera shirts, his dumbbells, his peppers, his desiccated spiders, his spitting on the main course. Something breathes, reflects not. He had its birth while I was watching him. It is Lima, the other city, the one that will not let us go.

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Cristian Aliaga. Buenos Aires, 1962. Escritor, editor y periodista. Cursó sus estudios universitarios en la Universidad Nacional del Comahue donde se graduó en Comunicación (1984). Ha trabajado como periodista en diferentes medios desde entonces. Docente en la Universidad Nacional de la Patagonia y en la Universidad de Leeds (Reino Unido). Ha coordinado talleres de análisis y creación poética junto a Diana Bellessi, Arturo Carrera, Concha García, Alicia Genovese, Reynaldo Jiménez y Victor Redondo. Ha publicado libros como: La sombra de todo (2007), La causa clínica / The clinical cause (2011), La suciedad del color blanco (2013) o La pasión extranjera / The foreign passion (2016).

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