El otro presagio, el de la noche

Acerca de Ninfas (no musas)

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D’abord derrière les roses il n’y a pas de singes
Il y a un enfant qui a les yeux tourmentés
Georges Schehadé

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Lucas Margarit

 

Dar la voz. Asumir la propia voz y reconocerla. Y reconocer el bien y el mal en cada palabra. Ellas alcanzan la voz y por eso de las preguntas: Medea, Helena, Casandra, Lady Macbeth (que se apropia del nombre del rey, su esposo). ¿Qué hay detrás de cada una de las preguntas? La perspectiva de contener y constituir una historia propia y de comenzar a constituirse como un motor poético. Se produce la transformación y por ello el interrogante que anula una única respuesta. Christina Rossetti en su ciclo de sonetos, Monna Innominata: A Sonnet of Sonnets (1881), había esbozado también una respuesta similar dedicada a Dante y a Petrarca, donde la dama deja de ser una idea (objeto y musa) del poeta para transformarse en la dueña de su propia voz. A través de epígrafes tomados de la obra de estos poetas, Rossetti va elaborando una serie de respuestas para poder construir un nombre que ya no sea Laura o Beatriz, otra voz sin nombre dado o impuesto, sino que recupere su nombre original: Ofelia o Circe diciendo con sus propias palabras quiénes son.

En el libro de Eugenia Straccali, encontramos la constitución de voces poéticas que, siguiendo la línea de Robert Browning a través de sus monólogos dramáticos y continuando a través de Ezra Pound (la referencia en el poema «Medea» nos permite esta afirmación) en la conformación de las Personae (máscaras), establecen un mapa de personajes que por medio de una elección minuciosa parecen formar parte de una sociedad secreta de mujeres hermosas y tristes que cubren sus cuerpos olvidados (a veces violentados) de palabras. Si hablar es estar, hablar es permanecer en la propia memoria y en la memoria de los otros. Así continúa la historia. Si hablar es estar, es ocupar un lugar y aquí un espacio doble: por un lado, el que se enuncia, el de la página alguna vez vedada, el de un sujeto que evidencia su lugar y habla y, por el otro, el espacio referido: el cielo, la roca, la isla. Los dos espacios se entrecruzan señalando un nuevo punto en el mapa de las preguntas y de las afirmaciones. Un punto liminal para poder extender una línea que separe la interrogación del conocimiento.

Porque en estos poema, no es sólo la diseminación del verbo «ser» y sus variantes que aspiran a establecer un discurso de asentamiento de la identidad, sino aquellas preguntas que estas mujeres hacen y que muestran cuál es su modo de conocer. Casandra se pregunta: «¿Qué nombre acertaría a dar a este / monstruo repugnante?» o más adelante Ofelia que dice: «¿Es que yo no tengo derecho a opinar?». Preguntar es entonces detenerse en una perspectiva donde el sujeto esboza un punto de vista particular que a veces se resquebraja en pos de un conocimiento particular y múltiple, donde la voz que parece única se desdibuja como en un calidoscopio de aire y lamento.

Es así que Fedra dice «soy yo la que habla», lo que es una afirmación que se expande con intensidades variadas en todas la voces de este volumen. Cada una de estos personajes se asume como un ser discursivo, son dueñas de sus palabras y parecen estar sometidas al lenguaje del poema. Estar sometido al poema es devenir en poeta, es ubicarse de manera contundente en el espacio de la página, de la palabra siempre legible.

Si Hesíodo, de algún modo, elabora una suerte de catálogo de mitos, Eugenia corrobora una presencia, conforma un conjunto de voces que rompe con lo objetual de la lista y con su distancia. Porque como señalamos antes, la presencia es y se manifiesta a través de esa voz que se afirma y afirma a cada una de estas ninfas. En estos poemas hay una apropiación del «mito» y de los discursos de la tradición para llevar a cabo esa inversión necesaria de la palabra. Como un rescate de aquella perspectiva que ha sido vaciada por la historia, el rescate del motor de la voz y del silencio: ¿a quién hablan estas mujeres atrapadas en un canon? Hablan para sí y hablan a los hombres y hablan a otras mujeres.

Ninfas que se presentan como seres deseantes y que atraviesan las palabras para afirmarse a través tanto a través de la lectura y de la apropiación de esas lecturas como de otra manera de construir un sentido de sus propias leyendas. Un deseo de ser y de continuar siendo, aunque el mito las haya enmudecido o fragmentado, el ensimismamiento melancólico de cada una de ellas, de manera particular, establece no una identidad rígida, sino plástica, donde aquellas afirmaciones a través del verbo «ser» que recorren todo el libro, nos muestran labilidad, mutabilidad: ser abismo y a la vez cielo, ser madre, ser poeta y a la vez asesina. Como una maga, Circe, que transforma también a los otros: «hombres en cerdos / y / cerdos en hombres».

Este recorrido de posibilidades es también una extensa iconografía donde el poema se vuelve también grafos: retrato, grabado, boceto, etc. Por lo tanto, cada figura es una suerte de conjunto de imágenes que compone un cuadro que es siempre un retrato fugaz y a la vez monolítico, un retrato vivo de las muertas, de las exiliadas.

Este conjunto de poemas nos presenta también un acercamiento del mito hacia lo errante y lo humano, el entrecruzamiento de heroínas del mundo clásico y personajes femeninos shakespereanos, nos permite sospechar el artificio en tanto posibilidad de delimitar el espacio de enunciación, un espacio siempre en fuga. Ninfas es un conjunto de voces de mujeres que recuperan una identidad a través de la palabra y del poema, a través de las preguntas que supieron hacer en el momento de leer y ser objeto de lectura.

¿Desde qué lugar estas mujeres hablan? ¿Desde la vida, desde la muerte? Un estado impreciso que se delimita siempre a través de la voz de cada una de ellas. No importa el entierro, no importa el fuego, no importa el agua, es estar acá en este instante de la noche que es el instante del día. Romper con la dualidad imperante del mundo plano y establecerse como seres dadores de vida y de muerte como la “primavera sombría”. Porque todo poema es una respuesta que produce preguntas.

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Lucas Margarit (Buenos Aires, Argentina, 1966). Poeta, profesor, investigador y director de investigación. Es doctor en filosofía y letras por la universidad de buenos aires, su tesis trató acerca de la poesía de Samuel Beckett. Ha realizado su post-doctorado sobre la traducción y la autotraducción en la obra de Samuel Beckett y dirige un proyecto de investigación ubacyt acerca de los textos utópicos ingleses en el siglo XVIII, continuación de uno anterior dedicado a los siglos XVI y XVII. Ha publicado los siguientes libros de poesía: círculos y piedras, lazlo y alvis, el libro de los elementos y Bernat Metge. En ensayo: Samuel Beckett. Las huellas en el vacío, Leer a Shakespeare: notas sobre la ambigüedad. También ha realizado diversas traducciones, entre las que destacan: Enrique VIII de William Shakespeare y Poemas atómicos de Margaret Cavendih (1653). Es parte del comité editorial de la revista Buenos Aires Poetry.

La imagen que ilustra esta entrada es un detalle de la pintura With the valour of my tongue (2016) de la artista iraní Sanam Khatibi.
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