Cesário

 poesía joven de un joven poeta

 

 Por Antonio Carlos Villaҫa (I)

Estando yo en Lisboa, fue un octubre de 1966, muchas veces fui a espiar el busto de Cesário Verde, el mismo jardín que lleva su nombre. Y muchas veces me senté allí de cerca, en un banco cualquiera, para contemplar un poco al poeta tan joven. Escribí en el O Anel:

La niebla envuelve a Lisboa. Veo el busto de Cesário Verde. Me paro. Miro el rostro melancólico del joven poeta, que murió hace tanto tiempo… Es un muchacho en esta mañana de niebla, en un jardín del centro de Lisboa, es un frágil poeta contemplando la vida. Los poetas son infelices. El arte es una especie de condenación.

Una impresión realmente de inseguridad, fragilidad, emanaba del rostro juvenil de nuestro poeta, como de hecho emana de su poesía, toda elaborada en deseos de ser lapidario que caracteriza las estrofas sonoras de Cesário. La forma es escultórica y mantiene cierta frialdad, típicamente parnasiana.

Baudelaire fue su maestro. Pero, a propósito de esto, hay una página clásica de Romalho Ortigão, en Farpas, provocada por la publicación de «Espléndida», 1874. Vale la pena citar un fragmento:

En Portugal, hay honestos empleados públicos, probos negociantes, pacíficos jefes de familia, discretos bebedores de té con leche y de Rosé Colares destemplado con agua de Arsenal, que se consideran seguidores de la poesía de Baudelaire. Como, de hecho, Baudelaire vivió en el Bulevar de los Italianos y ellos viven en la calle Bacalhoeiros, como Baudelaire conocía la moda, la elegancia, el sport y el demimonde, a la medida que ellos apenas conocen las popelinas, las carcasas de bobinet y las pelucas del Sr. Marҫal María Fernandes, sastre de la lateral de Santa Justa, el resultado es haber escrito una poesía falsa que circula, que ni es del medio en que nació ni para el medio para el cual se destina, y que nos hace recordar con veneración y con saudade los versos del Sr. Eduardo Vidal, a pesar que sobre estos pesen las escuelas modernas como pesan los substratos geológicos encima de los animales antidiluvianos (Farpas, vol. X, pág. 221).

Cesário se integra como pensamiento en el vago naturalismo de inspiración comtiana. La materia, todo. Se trata de un discípulo de Comte, Spencer, Darwin. Como notara Monsaraz, Dios y los temas espirituales están ausentes de esa poesía. El Cristo no aparece en la obra de Cesário.

Ningún pasaje evocativo o simple alusión a cualquier principio divino, que hubiese creado la naturaleza, ni siquiera el Dios de Spinoza, en el que el mismo Einstein creía.

Cesário es un burgués y un materialista. No existe religión en sus poemas. Incluso hay una cierta hostilidad a la ética cristiana. Iglesia y clero lo irritan. Escribe a Silva Pinto que

me parece que la Iglesia estará muerta, desde que se pruebe que la moral pública moderna es incompatible con su moral.

La preocupación metafísica está muy lejos de él. Salvo el tiempo. Cesário percibe que todo pasa, y esto lo angustia.

Y yo sólo le respondía: Escúchame. Conforme tú vibras los cristales de la boca musical, nos va minando el tiempo, el tiempo, el enorme cáncer, que te ha de corromper el cuerpo de vestal…

Ese poeta, que detesta escribir en prosa, («Y a mí no hay nada que más me contraríe que escribir en prosa»), llora por causa de la transitoriedad de todo:

Mas tu agora nunca Ah! nunca mais te sentas
nos bancos de tijolos em musgo atapetados,
E eu não te beijarei às horas sonolentas
os dedos de marfim, polidos e delgados.

E tudo enfim passou, passou como una pena
que o mar leva no dorso exposto aos vendavais,
e aqueta doce vida, aquela vida amena
ah nunca mais virà, meu líriu, nunca mais. (II)

Su parnasianismo es más de Baudelaire y de Coppée que de Lecomte de Lisle, o de Heredia o el de Sully Prudhomme. Una poesía del intimismo y lo concreto. Hay en él, como observara Martinho Nobre de Melo, un sentido visual.

Valorización de las realidades más simples, cotidianas, dentro de un objetivismo que no desdeña la belleza formal, o el cuidado riguroso de la palabra. Es notable la influencia de Cesário Verde en Augusto dos Anjos, que por lo demás fue profunda. Cesário es un descriptivo. Poeta de lo real, su poder mayor o su don supremo es ver y describir. La falta de unidad o la interpenetración de temas y sentidos dan a su poesía una riqueza impresionante.

El poeta no tuvo ninguna actuación político-social, ninguna participación. Apenas una vez secretario una especie de asamblea republicana, presidida por Ramalho Ortigão. De los 18 a los 20 años, de 1873 a 1875, busca intensamente el reconocimiento, a través de la publicación de poemas en periódicos y revistas de Lisboa y Porto. Luego se retrae, se recoge.

La infancia, la vive en la propiedad rural de su padre en Linda-a-Pastora, que pertenecía a los Verde desde 1797. Adolescente, ya integrado a la ferretería del padre, en la calle de los Fanqueiros, vuelve a menudo a Linda-a-Pastora, a mejorarse.

De este modo, existe un lado urbano y un lado rural, en el destino y en la poesía de Cesário Verde. Hombre de ciudad, profundamente. Y hombre de campo, también profundamente. Experiencia doble o doble vivencia, que los poemas O sentimento dum ocidental y Nós muestran admirablemente.

Citadino, Cesário encarna cierto cosmopolitismo, que marcadamente se siente en los poemas de la primera fase. Es un pequeño materialista, cosmopolita, fascinado por Inglaterra. La fase absorbentemente citadina es predominantemente mundana. Cesário canta y desea las mujeres nórdicas. Y su narcicismo se manifiesta a través del dandismo.

Vestía siempre de chaquetón azul, de corte inglés. Con una camelia en la solapa. Quiere viajar, conocer ciudades, Madrid, París, Berlín, San Petesburgo. Comienza por el amor sensual, de puro dandismo, para llegar al amor de la naturaleza depurado por la enfermedad y la decepción.

Porque Cesário se decepcionó, es verdad. La ciudad, la civilización, el burguesismo triunfante lo decepciona. Es cuando regresa al campo. Hay dos tensiones o dos dialécticas en Cesário -el poeta y el comerciante, el hombre de ciudad y el hombre de campo-. Lisboa y Linda-a-Pastora.

Pero no se trata de una evolución idéntica a la de Eҫa, dice Martinho Nobre de Melo, con agudeza. Pues la experiencia rural queirosiana no es vivencial. Apenas si son unas cuantas estadías en una casa solariega del Duero, de los Resende, en cuya familia noble el novelista se casara. Eҫa es saudosista, tradicionalista. Su ruralismo es superficial. No el de Cesário.

Además no existe ninguna señal de regreso a la religión en Cesário, al centenario de Eҫa. Jesús estuvo ausente de la sensibilidad de Cesário Verde, afirma Nobre de Melo, con razón. Ni siquiera la religiosidad popular le merecía alguna referencia, ninguna simpatía.

El cosmopolitismo, con la adoración del tipo femenino nórdico, su tendencia a vivir en París, la fuga de la patria, el dandismo impertinente, desaparece en corto tiempo, entre 1880 y 1884 cuando publica Nós, el poema de su total reconciliación con el ruralismo, es decir, su integración a la infancia.

«Insigne Labrador» (Abalizado Lavrador), lo llama Eugenio de Castro. La presencia de Inglaterra se substituye por la realidad de la tierra portuguesa. El campo vence en él aquella seducción por Lisboa y otras ciudades. Cómo estamos lejos del retrato de Eugenio de Castro, en la época de las tertulias de casa de Monsaraz:

Cesário el inevitable partícipe en las veladas y ágapes litera rios de la lateral de la Assunҫao. Con su traje a un mismo tiempo de bohemio y dandy, pantalones de cuadros, chaquetón azul marino, lavalliére roja en protesta contra el empaque tado y ridículo aplomo de la monarquía liberal, rosa entre abierta en el ojal de la solapa, quizá hubiese sido allá y no en Chiado, como expone Rocha Martins, que explotó la famosa boutade —adiós, trueca tintas, en réplica improvisada a un quindam que lo había saludado con malicia, ante la fanfarronería espantosa del casaca— entonces, viva, Cesário Azul.

El gusto del pormenor concreto y el poder visual del pintor realista, dice José Regio. Y la adjetivación inesperada. Antonio José Saraiva escribe que el proceso adjetivante de Cesário se equipara al queirosiano, «suplir por el adjetivo una relación verbal una sugestión que moriría, si se desarrollara lógicamente».

Ah O campo não é um passatempo
Com bucolismos, rouxinóis, luar. (III)

El eje ciudad-campo llega a su plenitud final. Integración citadina, integración rural. El retrato de Fialho de Almeida nos parece perfecto:

Alto y muy grave, vestido de azul y con un cuello vuelto sobre una corbata escarlata, daba bien la forma de su carácter, y no se podía mirarlo sin luego verle una ingenua arrogancia lo que quiere que fuese del ser filtrado misteriosamente por una extraña y aristócrata selección. El tipo era seco, una osamenta poderosa, piel blanca, rosada, de buena sangre, la cabeza pequeña y griega, con una frente magnífica y facciones redondas, donde los ojos pardo-amarillos de estatua, ligeramente miopes, tenían la expresión profunda, rectilínea, distante, que la gente nota en las de los marinos acostumbrados a interrogar el océano por dilatadas extensiones.

David Mourão Ferreira consideró O sentimento dum ocidental un instante significativo en la trayectoria ciudad-campo, del que no concuerda Joel Serrão. Me gustaría terminar con las palabras del crítico Joel Serrão:

En el decorrer de los cuatro años que median entre O sentimento dum ocidental y Nós todo parece revelar que el espíritu de Cesário sufrió una evolución profunda. De la ciudad hacia el campo, de la civilización a la rutina, de lo mudable a lo permanente, del conflicto hacia la paz, de la vida solitaria, errante, hacia la comunión familiar, del tedio a la plenitud.

La parábola de su poesía es esta: del cosmopolitismo y del dandismo narcisista hacia el ruralismo, que lo integra a sus orígenes. El empleado de comercio se transforma en labrador:

E sinto, se me ponho a recordar
tanto utensílio, tantas perspectivas,
as tradicões antigas, primitivas,
e a formidável alma popular. (IV)

__________________
Notas:
(I)  Este trabajo de Antonio Carlos Villaҫa que ahora traducimos sirvió de prólogo para Cesário Verde «O livro de Cesário Verde», Aguilar, Río de Janeiro, 1976.

(II) La versión literal de estos versos:

Pero tú ahora nunca Ah! nunca más te sientas
en los bancos de ladrillos en musgo tapizados,
y yo no te besaré en las horas somnolientas
los dedos de marfil, pulidos y delgados.

Y todo en fin pasó, pasó como una pluma
que el mar lleva en el dorso expuesto a los temporales,
y aquella dulce vida, aquella vida amena
ah nunca más vendrá, mi lirio, nunca más.

(III)

Ah El campo no es un pasatiempo
Con bucolismos, ruiseñores, rayos de luna.

(IV)

Y siento, si me pongo a recordar
tanto utensilio, tantas perspectivas,
las tradiciones antiguas, primitivas,
y la formidable alma popular.

holbein14

POEMAS DE CÉSARIO VERDE

 

 

CINISMOS

Yo le voy a hablar lúgubremente
de mi amor enorme y masacrado,
Y con la luz y la fe del creyente.

Le mostraré mi pecho descarnado,
Decirle que es mi cruz y mi calvario,
Ser menos que un Judas embalsamado.

Le voy a abrir mi íntimo sagrario
La vida develarle, al mundo, el gozo,
Como un viejo sabio legendario.

Voy a mostrar, muy triste y tenebroso,
Los pozos abismales de mi vida,
A mirarla de un modo tan nervioso,

Que ha de sentirse, al fin, constreñida,
Dada al dolor, temblando, alucinada,
Y ha de llorar, llorar, enternecida!

Y entonces soltaré la carcajada.

 

HEROÍSMOS

Temo mucho al mar, al mar enorme,
Solemne, rabioso, turbulento,
Erguido en oleajes, rugiendo al viento.
El mar sublime, el mar que siempre rompe.

Temo al ancho mar rebelde, informe,
De víctimas famélico, sediento,
Y creo oír con ellas su lamento
Los ruidos de un túmulo deforme.

No obstante, en una barca transparente,
En su dorso feroz voy a ostentar,
La vela alzada y en el agua fuerte,

Y oyendo bien de cerca su bramar,
Yo me río, sin cuidados, simplemente,
Escupo, con desdén, sobre ese mar!

 

Los textos de este post, tanto en el ensayo como los poemas, fueron vertidos al castellano por Reynaldo Pérez Só. Referidos textos, se encuentran en el número 77/78  de Poesía.

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