Cuaderno de Beirut

Rodolfo Häsler

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كفوشا ام لبق هيا تنك انا
هيا تنك انا*

Ahmad Shafiq Amal & Oum Koulthou

Al hob kulu

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Tiene diez días para conquistar esta ciudad, para declararle su amor, para saber qué era él antes de verla. O para que ella lo seduzca de nuevo con su cabo de rocas sobre el mar, con sus desayunos cada mañana de pan y aceitunas, con los dientes verdes de la Corniche clavados en el rompiente de las olas, con sus cafés humeantes de miradas, de gestos, de charlas, de lecturas. Él está en Oriente, pero sabe que no quedan ya alfombras voladoras, sólo los pies firmes en el suelo para recorrer sus barrios de antaño sin aceras, sus patios y jardines en silencio, sus guerras en los edificios de otro tiempo con la metralla todavía en las fachadas, sus sueños en los nuevos rascacielos de acero y de cristal. Y así, paso a paso, día a día, sin rumbo fijo, con dientes en los ojos, con redes en las manos para no dejar escapar nada, va surfeando espaldas, escalando rostros, detectando signos en las ruinas, identificando mitos, reconociendo la perenne causa de su sed. Se da cuenta de que es el momento de dejar libres a las gacelas que un día cazó en el Monte Líbano cuando todavía no sabía qué era él antes de verla.

Tiene diez días para entender que esta ciudad no regala a la ligera las palabras: todo tiene un precio, todo es negociable, pero en el amor hay mucho cheque en blanco y hasta derrame de ternura. Los nombres de las calles y los barrios de Beirut —hamra, Gemayzeh, Achrafiye— son mechas a las que la Poesía le permite prender fuego, y en esta punta del mundo lo acompaña como un lazarillo a un ciego. Pero sus ojos ven y se percatan de que aquí él ya estuvo, que ya tuvo esta ciudad entre sus brazos, que ya besó su nuca, su nuez, que ya conoce los secretos de este cuerpo oscuro deseado, que ya sorbió de sus lirios la belleza. Y andando sin cesar, acaso sentado en algún que otro café, como a todos los poetas se le desordena la memoria entre lo que fue y lo que desea. No casan en sus palmas redondas los cuadrados de jabón, pero a él no le importa: está en Beirut, y ya sabe que después de verla nunca será el mismo.

 

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* ¿Qué era yo antes de verte?
¿qué era?
Manuel Forcano

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7.2.2019

 

Oh le sacré Liban, les libanais, ces arabes, ces phé niciens, des druzes, des chrétiens, des musulmans, moi je n´imaginais pas que…

 

TIGRAN KAPOYAN va a buscarme esta vez a Rafik Hariri International Airport. Durante el descenso descubro por la ventanilla un mar verde limón asfixiado de luz, y la línea de la costa que es más bien una pendiente cuya inclinación soporta un caos de viviendas de alturas diferentes, entre minúsculos huertos brillantes, una rampa inversa desde las montañas nevadas, y de repente el vacío para después sobrevolar lentamente Ras-Beyrouth.

Son las 15.20h.

Todo aquello que se puede desear, todo lo perdido en el camino, todo lo que pudo perturbar noches de insomnio, reaparece y se acomoda en Gemayzeh, rue Pasteur, rue Gouraud, y cada vez que elevo la mirada me detengo, juego con cierta lentitud buscada, algo que se eleva en la parte superior de las ventanas venecianas, y se esparce por los cristalitos verdes, rojos y blancos de los remates. Cómo ha podido construirse algo así, un tranque, un choque que obliga a detenerse, y el corazón se ensancha mientras cuento los vitrales y la luz dilata las pupilas que ahora son de un color más atrevido. Dejo atrás edificios de tres o cuatro plantas del período francés con detalles ornamentales decó, otros son simplemente líneas largas, más cortas, y cada dos por tres un sólido caserón de piedras rectangulares, balcones de hierro colado y juegos a diferentes alturas de ventanas ojivales y más cristales coloridos para cegar los ojos.

Miro en todas las tiendas, desde fuera, sin atreverme a entrar, hoy decido que no. En una de ellas, rotulada en armenio, se ofrece todo tipo de material eléctrico, propiamente elementos de coleccionista, enchufes, empalmes, dragones, lámparas acumuladas entre polvo desde los años setenta. Me detengo ante un negocio de jabones de Sidón, el olor que inunda la acera me remite a un recuerdo de la infancia cuando conversaba con la señora que venía a lavar la ropa en casa. Jabones de Sidón. No entré, pero he de volver. Me cuesta continuar sin acercarme a tocarlos. Volviendo sobre mis pasos reconozco el llamativo edificio de la iglesia de Saint Antoine, de hormigón armado, construida en la década de los sesenta del siglo pasado, y me apresuro a mi estudio, escaleras Saint Nicolas arriba.

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9.2.2019

QUÉ SABROSA mesa para el desayuno de hoy, terminado con unas excelentes aceitunas maceradas y pan delgadísimo del horno de barro. Con sabor amargo en la boca dejo la vivienda aprovechando que escampa y brillan tímidos los rayos del sol. Subo las escaleras Saint Nicolas; suelo descender hacia Gouraud, pero esta vez desemboco frente al arzobispado griego ortodoxo y el palacio Sursock. Entro en la blanca mansión y al acceder a la segunda planta encuentro dos retratos, pintura nada extraordinaria, muy académica, del matrimonio de filántropos, él atento, de frente, en traje gris y cigarrillo en la mano derecha apoyada en la rodilla, la mirada tímida y dulce; ella en un vestido vaporoso, hélène de Sursock, rostro de medio perfil, mirada segura de su belleza y poderío en el peso de unos pendientes de enormes esmeraldas a juego con el anillo. Visito las estancias y me echo sin prisas en el centro del diwan a disfrutar de la belleza de la luz que se refracta por los enormes ventanales de cristales rojos, naranjas, en arco de herradura, que son la única salida al exterior de los suntuosos salones de una domesticidad elegante y refinada. Salgo a la espesura del jardín mojado y me adentro, nada más girar a la izquierda, en uno de los barrios más caros y tradicionales de la burguesía maronita. La vegetación de aceras y jardines es exuberante y casi tropical y por momentos me hace pensar en un entorno parecido de mi infancia que hace mucho dejó de ser. Desciendo despacio por calles pensadas para una existencia grata, arquitectónicamente cambiante, hay mansiones de estilo otomano abandonadas de años, edificios burgueses, pequeñas tiendas de alimentación, peluquerías, bares acogedores, y la vitrina brillante de un negocio de opalinas y cristales antiguos, con el cartel de saldo por cierre. Entro, todo un acierto, pues Edgar, así se presenta su dueño, perteneciente a una vieja familia maronita, me explica el origen de sus tesoros, y me lleva a la trastienda donde me muestra una colección de doscientos ochenta vasos de limonada encargados por su abuelo a la casa Baccarat, delicados, rayados en líneas blancas. Antes de decir nada me invita a tocarlos. En verano era la costumbre de invitar a los conocidos a limonada de media tarde en la residencia estival. Salgo pensativo de admirar la colección de valiosos objetos, sintiendo la vibración en el cristal de un pasado que obstinado se resiste a morir, carente de futuro, como contradictoria carta de presentación de la ciudad. Me emociona despedirme de Edgar, y al darnos la mano me dice que al salir me fije en la mansión de enfrente, perteneciente a la familia kosremelli, des grands bijoutiers depuis 1892, comenta. Mademoiselle kosremelli es poeta, recibe con periodicidad a sus invitados y ofrece lecturas en su salón abierto, es soltera. ¿Será este el destino de los poetas, vivir rodeado de libros, consintiendo a numerosos gatos?

Sigo andando y pienso cómo será la señorita kosremelli, última de la saga, cómo será su rostro. Continúo el paseo con esa curiosidad. Tomo furn al hayek, donde me paro ante otra inesperada sorpresa, una pequeña fábrica y tienda de jabones naturales, y me decido por los más tradicionales, los de aceite de oliva y los verdes de aceite de laurel, tan antiguos como el propio Medio Oriente. A un paso está Sodeco y en la esquina de la rue de Damas me invade la desolación del esqueleto roído de la Casa Amarilla. De milagro se sostiene en pie, recordando a todo el que pasa que la guerra civil duró quince años. Es imposible continuar, resulta desafiante y terrible el poder de la destrucción, construimos belleza y la convertimos en piedra calcinada. La rue de Damas, mi destino final, fue la línea verde que separó la ciudad en una zona musulmana controlada por diferentes facciones, y otra cristiana. hay edificios que no parecen edificios, voraces formas indefinibles, pesadillas de la mente. ¿Cómo pudo acoger vida lo que ahora son paredes en suspensión, monstruosos agujeros, gargantas del espanto formando caprichos coronados por hierros retorcidos? Se trata nada menos que de la aparición súbita del terror y la degradación del pensamiento. Muero en cierta forma mientras permanezco de pie, y pienso en tantos jóvenes que me interceptan con curiosidad y me hablan, con los que trato, con quienes descubres el fuerte latido del propio corazón junto al fuerte latido del cruce entre Oriente y Europa, políglotas, cosmopolitas, divertidos, bellísimos, ¿a qué se dedican en este territorio perdido que ya no le interesa a nadie?

Ojos negrísimos, ojos azules en un salto feroz, de repente verdes, que me acompañan toda la mañana transcurrida en el museo nacional, ese ojo de Baco en un mosaico que pierde las teselas, ojo de heracles llevando a Cancerbero encadenado con la mirada dirigida al inframundo, ojos en hilera en la disposición de sarcófagos antropomorfos fenicios, todos de cara al cielo donde baten las copas de las palmeras, los cedros, los laureles de un verde oscuro como un cuerpo oscuro.

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11.2.2019

RALENTIZO el paso a la sombra del holiday Inn, son las 10 y un suave sol comienza a mimar la mañana. Impacta hasta la desazón el estrecho y altísimo lateral del edificio cuando se le ve de costado, en una peligrosa escalada de terribles impactos de artillería. Una jaca manchada de agujas de dolor. Bajando en dirección al mar logro ver la descomunal fachada principal del edificio taladrada de boquetes que comunican una planta con otra. El hotel fue, durante la guerra, una de las atalayas de control hacia una amplia zona, este y oeste de la ciudad, durante la batalla de los hoteles. Y así permanece, roto, calcinado y fantasmagórico, al punto de transmitir profunda angustia, pura metáfora del vacío. Es sorprendente cómo a cada paso uno siente la manera en que esta ciudad avanza, siempre a la última, tan esnob como pocas, y a la vez, conserva y alardea, cuarenta y cuatro años después, de las huellas de su propia destrucción. herida enconada en la punta del mundo, Beirut es un fénix que duerme en la ceniza humeante, y espera con el corazón ardiente a que alguien atice sus ascuas.

A su lado resplandece restaurado otro de los referentes de su pasado esplendoroso y hospitalario, el Phoenicia, con todo su nuevo brillo, quiere ahora alojar a emires y jeques del golfo que vienen a adquirir todo lo que una antigua ciudad decadente puede vender. Al llegar a la entrada le abren a uno la puerta desde dentro, y de inmediato el brillo y el bling bling del oro y el mármol obligan a cerrar los ojos. Del otro lado y junto al mar, el Saint Georges comienza el proceso de restauración.

Cerca de hamra, en el chamarilero donde adquirí un anillo con un ágata mágica, un ágata manchada, en árabe aqiq, recogí del suelo, asomando una esquina debajo de una cómoda, una foto de Catherine Deneuve jovencísima tomándose un cocktail en el bar del Saint Georges, y como a menudo me sucede durante esta estancia, me gusta pensar que ni restauraciones ni juegos nostálgicos harán que descubra cuando menos lo espere fragmentos de una vida ya periclitada.

El sol pega fuerte en la Corniche y el mar rompe con fuerza sobre las rocas. Son los cimientos de la ciudad, abierta al otro extremo, coqueteando en el espejo, y me dejo llevar por el paseo sobre las rocas verdosas que aparecen y desaparecen, y por la derecha, a medida que avanzo, el horizonte se va ampliando, y las montañas empujan al cielo, y detrás de las primeras colinas surgen las alturas cubiertas de nieve, y al borde del mar, siguiendo la línea de costa, se avista Jounieh, y un poco después Biblos-Jbeil, hasta interrumpirse la visión en Batroun. Y todo explica esa tradición nacional de buscar más allá de la franja costera, de la fértil y verde estrechez, comprimida por las montañas y la nieve, y del otro lado el territorio va hacia otro concepto, Siria, incluso más lejos, en otro imaginario. Donde no llega la brisa marina, el paisaje es áspero. La única salida existente es, pues, el mar.

Desde el patio principal de la universidad americana, fundada en 1860 para formar a las élites locales, se accede directamente a unos espléndidos jardines mediterráneos habitados por gatos, avenidas bordeadas de pinos, cipreses, cedros, adelfas, gomeros, granados que descienden en terraza hasta la Corniche y el mar sereno como corte final. Me siento en un banco junto al Cypress Triangle, y sin darme cuenta rozo y me quemo el dorso de la mano en un mazo de ortigas. El perfume de las coníferas es tan intenso que embriaga y siento cómo purifica los pulmones a la vez que los ojos se lavan en las franjas de azules oscuros y claros que bajan al horizonte.

Siempre sucede que en Beirut el paso del ruido del quehacer diario al silencio se produce en un instante, y sorpresivamente uno puede encontrarse inmerso en la tópica idea del paraíso oriental. Sentado en ese triángulo del azar rememoro las páginas que Gérard de Nerval le dedica a Beirut en su Voyage en Orient:

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Ya en pleno día habíamos dejado atrás el promontorio fértil de Beirut, que penetra dos leguas en el mar, con sus alturas coronadas de pinos parasol y sus escaleras de terrazas cultivadas como jardines, con su horizonte de montañas en anfiteatro. Es seguramente uno de los más amplios panoramas del mundo.

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Desde la media altura del terreno aparecen al fondo, lejos pero claramente definidas, las montañas nevadas y esta vez de forma insistente la blancura de Biblos, con una ligera neblina a modo de corona.

De nuevo en hamra llego con antelación a la cita en el Café París con el poeta Mohamad Nassereddine. Se trata de uno de los clásicos cafés de la calle, pero por desgracia lo han llenado de adornos kitsch, fuentes con frutas de plástico, y seis pantallas que reproducen todas a la vez el mismo cantante estereotipado cantando temas adocenados, acompañado por bellísimas chicas fumando lánguidamente la shisha. Se trata de un fenómeno mundial el ir acabando por destruir o remodelar los viejos cafés, una verdadera cruzada contra la inteligencia, contra los que viven usando su cabeza, en la falsa aceptación de que ya no es necesario verse para compartir. El Café París es otro de esos locales que expulsan en vez de acoger, pero por suerte podría ser fácilmente recuperado desprendiéndolo de su desacertada decoración.

Desde media tarde estaba pensando en un auténtico hummus para la cena de hoy, y lo encontré bien cerca, como a veces sucede con lo más deseado, que por mucho buscar, el destino lo depara no demasiado lejos, como en esos cuentos protagonizados por el jardinero de Alepo. Como manda la tradición, viene servido en plato hondo, un insuperable hummus con tahini, algunos garbanzos enteros a modo de decoración, un chorro de aceite de oliva, acompañado por trozos de tomate, pepino y rábano. Pan de pita. Cómo algo sencillo puede ser tan sabroso y sensual. El arroz con muluhiya queda para otra ocasión. Anoto algunas cosas que he de hacer mañana en Achrafieh y Badaro y subo despacito las escaleras Saint Nicolas hasta llegar a casa. Trotando en plena oscuridad hasta la segunda planta, las cuentas de mi pulsera caen y resplandecen mientras las piso.

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13.2.2019

LA SALIDA a Biblos discurre por una amplia vía que va dejando atrás todo el este beirutí cristiano. Grandes torres de apartamentos, Jdeideh, entre el mar y las montañas. hora y media después me dejan a la entrada de la antiquísima ciudad que tantas ganas tenía denrecorrer. El día es espléndido, casi primaveral, y la luz se multiplica en las copas de las palmeras, en los espesos laureles, en los limoneros que soportan el peso de los frutos. Desciendo despacio la cuesta y veo a la izquierda las ruinas de la ciudad histórica. Es fácil reconocer las diferentes capas arqueológicas, fenicias, romanas, helenísticas, rodeando la ciudadela de los cruzados donde abundan las ojivas góticas que después tomaron los otomanos para las ventanas de sus casonas. El puerto es un caracol recogido sobre las rocas a nivel de oleaje sobre el que se pulveriza la espuma del mar. Disfruto del panorama y me acomodo en la terraza de un café, elijo uno al azar, el de la sillas pintadas de azul. Se trata de una hilera de locales en alto, con sus escaleras de acceso, y otra vez, sin pensar en ello, vuelve a la mente ese Líbano cosmopolita, reflejado en cientos de fotos de personalidades que estuvieron en el local antes de 1975, fotos dedicadas de reyes, emperatrices, actores norteamericanos y sobre todo franceses, cantantes italianos, se repiten fotos de diferentes momentos y edades de Dalida, ¡cómo no, no podía ser menos! Casi todos sonríen felices, pero algunos dejan ver un presentido quiebro en la expresión. Lo francés como referente, sin embargo, va en retirada, es patente a pesar de su fuerte presencia, a pesar de afianzarse desesperadamente en la vida de muchos cristianos y musulmanes liberales, pero Francia no es ya garante de nada en el país, y esta galería de visitantes, ya fallecidos en su mayoría, lo confirma.

Sorbo un café árabe y permanezco paralizado, mudo, al amparo de la luz. Aquí se inventó el alfabeto, inspirado según leo en los jeroglíficos egipcios, letras aisladas que permiten transcribir sonidos. Veintidós letras que dieron paso a la elucubración, permitiendo que la oralidad pasara a ser fijada, y en esa apertura, juntar la palabra con su aspecto oculto. hay estelas fenicias en el museo nacional que compiten en emoción con la poesía más depurada: Eshmún me escuchó, por eso estoy de nuevo aquí para adorarlo.

A partir de esos versos se puede tirar de un ovillo, y decir y decir.

Las columnas grises quebradas, tiradas en desorden, rodeadas de cipreses, de alguna palmera, limoneros, son el tablero de un viejo poder que en su momento debió parecer eterno, y que en este instante es pura evocación. No pude comer en todo el día, pensativo, rumiando, alrededor del sentido de la escritura.

Casi oculto el sol detrás del mar en una explosión naranja, detecto entre la hierba una piedra plana circular, con un agujero de lado a lado, y con un golpeen el corazón veo que tengo en la mano una plomada para las redes de pesca. Escribir y pescar en el devenir de un día.

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17.2.2019

ATRAVIESO en coche la negrura de la noche beirutí. Desde el auto de Marwan percibo sombras por la ventanilla, nueve gacelas se desvanecen sobre la acera, un joven casadero afirma: «ana lubnani» (sol libanés), y en el bolsillo de mi pantalón aumenta el poder del ágata manchada que me escogió.

Una línea divide la ciudad, un filo mellado, es una oquedad donde mojo el dedo para escribir. La brisa es fría y el agua no cesa. Me voy a despedir, me gritan algo desde un café que aún permanece abierto, pero no puedo esta vez detenerme.

A medida que avanzo, me disperso, y voy adentrándome en un color pleno. El corazón se recoge como un erizo para volver a tropezar con la misma piedra.

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Rodolfo Häsler. Santiago de Cuba, Cuba, 1958. Desde los diez años reside en Barcelona. Estudió Letras en la universidad de Lausanne, Suiza. Tiene editados los siguientes libros: Poemas de arena (Editorial E.R., Barcelona, 1982), Tratado de licantropía (Editorial Endymión, Madrid, 1988), Elleife (premio Aula de Poesía de Barcelona 1992, Editorial El Bardo, Barcelona, 1993), De la belleza del puro pensamiento (beca de la Oscar B. Cintas Foundation de Nueva York 1993, Editorial El Bardo, Barcelona, 1997), Poemas de la rue de Zurich (Miguel Gómez Ediciones, Málaga, 2000), Paisaje, tiempo azul (Editorial Aldus, México D.F., 2001), Cabeza de ébano (Ediciones Igitur, Barcelona, 2007) –  este último libro ha sido traducido al italiano, macedonio, portugués, francés y parcialmente al alemán – , y Diario de la urraca (Editorial Mangos de Hacha, Ciudad de México, 2013), además de Antología poética (Editorial Pequeña Venecia, Caracas, 2005) y Antología de Tenerife (Ediciones Idea, Tenerife, 2007) y Ha publicado la plaquette Mariposa y caballo (El Toro de Barro, Cuenca, 2002). Ha sido incluido en numerosas antologías de poesía latinoamericana y española. Ha traducido la poesía completa de Novalis (DVD Ediciones, Barcelona, 2001), los minirelatos de Kafka (Editorial Thule, Barcelona, 2006) y Los instantes silenciosos de la poeta francesa Cécile Oumhani, y es responsavble de la edición de la antología de la poeta boliviana Blanca Wiethüchter, El festín de la flama (Editorial La Cabra, Ciudad de México, 2012).. Perteneció al equipo de redacción de las revistas Hora de Poesía y Poesía080, ambas de Barcelona. Ha sido invitado a diversos festivales internacionales de poesía en España, Italia, Portugal, Suiza, Macedonia, Turquía, Túnez, Canadá, México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, Venezuela, Bolivia, Perú, Argentina, Uruguay y Brasil.

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Fabio Rincones.
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