Cuaderno de trabajo

Diego L. García

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De Siluetas hablando porque sí (Ed. Casa Vacía, 2022)

 

Determinadas características del ojo humano y, más precisamente, su acoplamiento con el nervio óptico, procuran la existencia de un punto ciego, una zona donde no hay células sensibles a la luz, una insuficiencia anatómica restricta a un pequeño disco que nos veda el acceso completo al plano visual y, por ende, a la imagen. Con más de 555 millones de años desde la evolución de la vista, «absurda en el grado más alto posible» dado el milagroso nivel de refinamiento del órgano ocular, tenemos menos de 400 años conociendo esta, su invisible imperfección. Por supuesto, la existencia del punto ciego todavía pasa por desapercibida en tanto la información visual que se pierde en esta región prohibida, es suplida por el cerebro, que completa el cuadro a partir del entorno que efectivamente sí se percibe con el movimiento del ojo. Lecturas huroneas y reiteradas al libro más reciente del poeta argentino Diego L. García, me han hecho volver sobre tal hecho de la visión y el filling-in con el que operamos sobre los detalles ausentes, la importancia que el cerebro les endosa. Intuía que esta suerte de virtualidad que nos da la impresión de un continuo sensorial, era precisamente su campo de acción escritural: acaso una búsqueda del punto ciego de la experiencia que photoshopeamos no solo neurológicamente sino culturalmente, para intentar completar, compensar, la elisión de la silueta de un signo, con señales de otro entorno, otras formas, otros planos visuales; y ya no desde la espontaneidad de un reflejo psíquico-fisiológico, más bien a partir del comercio entre imaginación e imagen. Si al mirar recreamos un omitido, al escribir ¿no ocurre también un movimiento que rellena ese espacio vacío e indeterminado de alguna vivencia, o al contrario, no será el vacío el que imbrica a como se re-construye lo vivido en el lenguaje? Mis preguntas, intuiciones y también extravíos sobre la orientación, perspectiva y (des)enfoques del trabajo de Diego L. García, sobre su particular «efecto de realidad», reciben luz específica desde esta breve bitácora laboral, desde este relato que ahora comparte con nosotros sobre cuando Siluetas hablando porque sí todavía era un cuaderno suyo.

C. Panza

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CUADERNO DE TRABAJO

D I E G O  L.  G A R C Í A

 

El cuaderno de notas que usé para escribir, en parte, Siluetas hablando porque sí comienza fechado en noviembre de 2020. ¿Puede delimitarse el tiempo de escritura de un libro? Quiero decir, ¿cuánto de lo que hay en Siluetas en realidad empezó a gestarse mucho antes, a escribirse y reescribirse en notas y versiones? Creo que mucho. De alguna manera habría que buscar el límite en el libro anterior, Las calles nevadas, publicado en 2020 y escrito más de un año antes.

La primera anotación es:

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Revolutionary Road, R. Yates, fiestas, una plaqueta navideña con música de jazz. Oficina de entretenimiento.

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La novela de Yates, que leí en español como Vía Revolucionaria, es de 1961 y su acción se ubica en los 50. Por ahí ya aparecía la atmósfera del libro: la estética noir iba a ser el eje central de la mayor parte de los poemas.

Luego una cita de Brian Eno que finalmente cambié por otra para el epígrafe:

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Cada vez es más común estar en lugares que tengan música de fondo.

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Me interesaba por entonces poder condensar esa idea de la música ambiental con la poesía. Crear texturas que funcionaran en automático y que al mismo tiempo permitieran entrar en ellas por algo más (debía asegurarme, claro, de que hubiera algo más). Que el texto pudiera ser rechazado, ignorado. Que no se posicionara como algo interesante a priori.

Siguen luego versiones de algunos de los poemas que quedaron y otros que no. Por ejemplo, este que fue desechado:

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retrato de un autor

una máquina de escribir / deja oxidar sin soluciones / los argumentos de un saco vomitado. / su cabeza es un teléfono / que nunca suena. / los niños le dan de comer / como a un hámster sin gracia

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Hay otro (léanse estos como algo incompleto) que tampoco entró en el libro y que me hace pensar, ahora que lo reviso, que lo que sí se mantuvo fue el concepto: vincular los materiales físicos como telas, papeles y metales con ciertas sensaciones:

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bolsas de papel

guarda las bolsas de las compras / el verano es sensual y pálido. / los sonidos de la calle / no dejan deudas / y el blanco brillante se propaga / como una forma del amor

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Avanzando en las páginas del cuaderno, algunos títulos empiezan a encontrar un tono: frases tomadas de conversaciones o diálogos (principalmente) de películas. Algunos de los que quedaron son: «Eres realmente gracioso», «Solo pedía un cigarrillo», «Necesitas un traje nuevo», «Nunca estás seguro», «Estoy algo mareada», entre otros. Me parecía que esas expresiones, así extraídas de sus co-textos, podían alimentar historias y desviaciones de/desde lo que yo estaba pensando; además de aportar una frescura (al límite con lo irracional) que siempre me parece interesante. Encuentro una belleza muy rica en frases que suelen pasar desapercibidas en diálogos. Incluso, en el caso del cine noir, en diálogos faltos de sustancia, simplistas, pues se trata de una estética que trabaja esencialmente con la imagen.

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Hablando de cine, algunas de las películas que aportaron detalles (así me gusta pensar a las extracciones/citas porque en general corresponden a momentos mínimos e irrecuperables de la obra) son: Crime Wave, Fallen Angel, Shield For Murder, Where the Sidewalk Ends, The Woman in the Window, The Stranger. También, se mezclaron otras que no pertenecen al noir como Midnight Cowboy, esa joya dirigida por John Schlesinger y protagonizada por Jon Voight y Dustin Hoffman. A partir de esta última quedaron los poemas «Los premios fantásticos», «un trapo blanco…» y «un cartel dorado…». Y seguramente sigan apareciendo otros, porque una obra así no deja de despertar ideas. Lo mismo con Fallen Angel, y su versión en novela-pulp, de Marty Holland; una belleza que proponía ya por entonces una perspectiva disidente sobre el rol de la mujer (el cine noir, según varias críticas que he leído, tiene mucho de ello).

Otras notas posteriores:

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American Pastoral, Roth, folk vintage, el pueblo más saludable. Chico bebiendo, Frans Hals. Indignation. buddy movies.

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Las novelas de Philip Roth, así como otras que venía leyendo, aportaron algunas sustancias al cóctel. Puntos de partida, escenas, como dije antes, porciones irrecuperables para el lector. Escribir desde la experiencia pero también desde la propia experiencia de escritura, ¿cómo dejar afuera entonces el mundo de los libros? Qué fácil es perder el límite de «lo real» al pensar en las vivencias de uno como lector/autor. El poema «Unos días afuera», por ejemplo, parte de American Pastoral, esa novela increíble para entender la mente de una generación clave para occidente (pienso así lo norteamericano: como un espejo amplificado de occidente, donde después se incorporan variables locales; pero ese eco que nos interpela desde, por lo menos, mediados de los años 50, es ya más bien una cuestión universal).

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Agrego: fotografías de William Eggleston, Saul Leiter, Wayne Sorce y Garry Winogrand. Toda la escuela de Nueva York de street photography me impactaba de tal manera que encontraba (y encuentro) muchos procedimientos comunes a lo que yo intentaba conseguir: el interés por el detalle, por el desplazamiento, por el fuera de foco, por el quiebre del cuadro tradicional, así como la apreciación de lo cotidiano y de la magia de la espontaneidad. Por mencionar algunos aspectos (habría otros, acaso, como el lugar del artista como un ojo más en la multitud).

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Vuelvo a esa idea anterior: inmiscuirse en una cultura que formateó los modos de pensar y de sentir de buena parte del planeta, es una forma de encontrar respuestas desde adentro. Con «respuestas» quiero decir, intervenciones. No soluciones, sino algo relacionado al cuerpo y a la no pasividad. A veces lo folklórico tiene más de exhibición de otredad y termina por negar lo que pasa por fuera del plano de la estetización (eso que llamamos vida diaria). No hace falta que ponga ejemplos, y tampoco es esto una generalización.

Esas son algunas de las cosas que pasan en Siluetas. O que al menos pasaban cuando era mío, cuando era todavía un cuaderno.

Por último, dejo como pegatinas algunos archivos que conservo y que quedaron plasmados en los pasadizos del libro:

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Portada de la novela-pulp de Marty Holland, Bonde Baggage (1945).

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Fotografía de Saul Leiter

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Póster de la película Crime Wave (1953)

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Fotografía de William Eggleston

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Siluetas
hablando
porque sí

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con las teclas blancas y negras escribe
un relato de lo que acontece.
es un ensayo
sobre las posibilidades de los personajes
de pelar la papa del realismo.
no nos interesa la verdad.
nadie en ningún momento sabe
qué es lo que está diciendo

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un (sujeto) que se construye
con falsos reflejos. aterradores puentes
desde lo que se quiere decir
a lo que una cabeza de paja puede sostener
sobre un palo de madera. los cuervos.
ellos. podrán señalarte la verdad

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un cartel dorado de chocolates.
un héroe muerto en la barra de una cafetería.
las moscas rondan entre platos sin lavar.
montado en un tragamonedas
un melodrama de teléfonos rosas.
ir hacia la playa.
quién sabe cómo?
el mundo es tan estático algunas veces

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Necesitas un traje nuevo

puede limpiar los platos
o saltar por la ventana
todo en un relámpago de sudor
que no podrá evitar que la carta llegue.
el buzón de la realidad está colmado.
pero hay espacio en la muerte
para que todos digan lo suyo.
pagamos para oír
pero solo son siluetas hablando porque sí.
no hay más expectativa
nadie explicará todo esto por nosotros

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un (texto) que se seca en la primera brisa
para dejar como nuevo lo nuevo.
para lanzar una moneda al aire mientras
la efervescencia de una lata blanca
rebota contra la chapa
de un cartel inmobiliario que nos conmueve

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el dinero no le alcanza para completar el trayecto.
lo insuficiente determina el recorte
y la experiencia en el desierto:
ese territorio que ha desechado la idea.
un rejunte de palabras. algo que se dice
sin mucho más para agregar

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en la dirección opuesta al pliegue de las servilletas
y otros servilismos de la correntada
acelera en una (palabra) que no llega a formarse.
podría ser texas o la casa del aleph
cualquier pasta de huevo & limón que sirva
para condimentar este asunto

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Bonito apartamento

el pianista atrás casi como un objeto
estará tocando realmente?
sus movimientos parecen más los de un mecanógrafo.
tiene un pañuelo en el bolsillo del saco
que preparó unas horas antes.
desayunó en piyama. se dio una ducha
con una cantidad de agua que (pensó)
podría haber sido más generosa.
cruzó las calles.
nadie sabe si llegó a destino. se escucha
una música de jazz mientras las siluetas hablan

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D.

Diego L. García. Berazategui, Buenos Aires, 1983. Escritor, poeta y profesor en Letras, por la Universidad Nacional de La Plata. Entre sus libros figuran Fin del enigma (Ediber, 2011), Esa trampa de ver (Añosluz, 2016), Una voz hervida (Jámpster e-books, 2017, Chile), Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018), (Fotografías) (Zindo & Gafuri, 2018), Las calles nevadas (Barnacle, 2020) y Siluetas hablando porque sí (Ed. Casa Vacía, 2022). Forma parte de la antología de poesía latinoamericana País imaginario: escrituras y transtextos 1980-1992 (Ay del Seis, 2018, Madrid). Se publicó en Bolivia una selección de su obra titulada Modo Arcade (Electrodependiente, 2019). Colabora en diversas revistas literarias con reseñas, traducciones y artículos críticos.

La fotografía que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Freisy González Portales

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