De la verdad poética

Por Wallace Stevens

La poesía tiene que ver con la realidad en su aspecto más particular. Un hecho aislado, desgajado del universo, no tiene significación para un poeta. Deriva su significación de la realidad a la que pertenece. Para ver las cosas en su justa perspectiva precisamos, por ejemplo, calar extensamente en experiencias anteriores. Todo lo que vemos y oímos recibe así su sentido. La función de la ciencia es completar esa interpretación. El científico puede instruirnos mucho sobre cosas que no podemos aprehender por medio de la observación cotidiana. Pero dejando de lado cuan exhaustivo ese tipo de información pueda ser, hay algo que no abarca y ese algo es la particularidad del aquí y del ahora. Existe en la realidad, ya bien lo percibamos como animado o inanimado, como humano o sub-humano, un componente de individualidad ante el cual muchas de las formas de explicación racional se quedan cortas.

La única realidad que le importaba a Platón como mejor podríamos ilustrarla es con los principios de las matemáticas. El propósito de nuestras vidas debería ser —según él— alejarnos lo más posible de los hechos insustanciales y fluctuantes del mundo que nos rodea y estar en comunión con los objetos que pueden aprehenderse, no por medio de las sensaciones, sino a través del pensamiento. Esta es la fuente del ascetismo de Platón. Nos bastaría aquí notar su rechazo de los hechos particulares e individuales de la experiencia como carentes de importancia en cuanto tales. Platón se describiría a sí mismo como realista en tanto es nuestra ruptura con el mundo de los hechos lo que nos permite establecer contacto con la realidad.

¿Qué se desprende de esto? Sencillamente lo siguiente; la poesía tiene que ver con la realidad en el aspecto concreto e individual de la misma que la mente no puede abordar del todo bajo sus propios términos, con asuntos extraños y ajenos del modo que los sistemas abstractos, ideas en las que detectamos un diseño inherente, una estructura que pertenece a las ideas mismas, jamás podrían serlo. Nunca nos es familiar de la manera en que Platón deseaba que los logros de la mente nos fueran familiares. Por el contrario, su función, la carencia que subsana y que de algún modo debe subsanar en toda época que no quiera tornarse barbárica y decadente, es precisamente ese contacto con la realidad en tanto ésta nos toca desde el exterior, la sensación de que podemos palpar y sentir una realidad maciza que no se disuelve del todo en nuestras concepciones mentales. Es lo individual y lo particular lo que hace esto posible. Y la maravilla y misterio del arte, como los de la religión en última instancia, son la revelación de algo totalmente ajeno en virtud de lo cual la inexpresable soledad del pensar se rompe y se enriquece. En efecto, conocer hechos en sí mismos, de la manera normal y rutinaria no tiene ni vigor ni importancia en particular. Pero aguzar nuestra conciencia de la irrevocabilidad mediante la cual algo es lo que es, tiene tal vigor y, a juicio mío, constituye la esencia misma del arte, pero ningún hecho es meramente un hecho, ningún individuo es un universo en sí mismo. El artista exhibe afinidades en la estructura real de los objetos mediante los cuales su significado se profundiza y se ensancha. Lo que deseo subrayar es que hay una unidad que tiene raíz en la individualidad de los objetos y que se descubre de una manera distinta de la que empleamos para aprehender los enlaces racionales.

Wallace-Stevens-portrait (3)Wallace Stevens

La extracción del sentido de un poema y su valoración utilizando criterios racionales fieles a la verdad se han producido mayormente gracias al entusiasmo que genera una verdad moral o religiosa. Pero éste no es el caso hoy día. La política es la responsable. Resultaría caprichoso sugerir que el sentido patente, lo que el poema parece decir, contribuye muy poco al mérito y a la importancia artística del mismo. Sencillamente nos oponemos a que se abstraiga ese contenido de su totalidad y a que se lo valore utilizando criterios que no sean de orden estético. El mensaje es importante, pero su importancia atañe al poema en tanto y en cuanto lo que se dice de un modo particular es una revelación de la realidad. La forma deriva su significación del todo. No es significativa excepto en relación a la realidad que a través de ella se revela.

El verdadero artista jamás es fiel a la vida. Ve lo real, pero no de la misma manera que estamos normalmente conscientes de ello. No nos abalanzamos por el transcurso de una vida como actores en un drama. El arte nunca es igual a la vida. El poeta ve con una agudeza y una profundidad que son enteramente únicas. Lo que importa es que sea fiel a su arte y no fiel a la vida, ya bien su producción artística sea simple o complicada, violenta o apacible. Se piensa que lo emotivo es central a la experiencia artística. Sin embargo, no comparto esa opinión. Si no me equivoco, la esencia del arte constituye un tipo muy particular de profundización sobre la realidad. Pero esa profundización seguramente estará acompañada de emociones extraordinarias. Un poema no sería nada sin ningún tipo de significado. Lo cierto es que el significado es una suerte de conciencia y una suerte de comunicación. Pero no una conciencia ni una comunicación común y corriente.

Lo nuevo debe ser inspirado. Pero debe haber novedad en ello. Esta crisis es más evidente en lo tocante a la religión. Los Teólogos, cuyo pensamiento es en la actualidad el más dinámico, articulan una suprema necesidad, y una necesidad que además ahora se ha tornado imperativa, como demuestra su urgencia, la necesidad de infundir a las épocas del entendimiento una conciencia de la realidad adecuada a los logros de aquéllas, y de tal modo que esa conciencia no sea atenuada por las mismas. Ha habido un hito muy auténtico y que acogemos con regocijo; es la insistencia en una realidad que se impone sobre nuestras conciencias y que rehusa ser dominada y manipulada. Es aquí donde la afinidad entre la religión y el arte se muestra más evidente en nuestros días. Ambos tienen que intervenir en pro nuestro con una realidad que no es nosotros mismos. Esa es la labor del poeta. En ese sentido, la virtud suprema es la humildad, pues los humildes son los que van por el mundo con la inclinación por lo verdadero en sus corazones.

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Este trabajo fue extraído de nuestro archivo. El ensayo de Stevens pertenece al volumen Opus Posthumus (Alfred Knopff, N.Y. 1966) y la traducción fue realizada por Orlando José Hernández. De la verdad poética está publicado en el número 42 de POESIA.

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