El jardín de voces

Jairo Rojas Rojas

 

Se abre el telón y aparece un epígrafe de Pedro Calderón de la Barca, es una advertencia y un guiño, una prefiguración de la curiosa estructura donde se han montado los textos de «Arca rota jardín de nadie» de Claudio Archubi.  El dato del escritor español importa porque su trabajo «El gran teatro del mundo» (1655) parece ser uno de los móviles de la composición que Archubi ideó para su libro. Pero el poeta está lejos de interesarse en el drama religioso o de recrear alegóricamente los misterios eucarísticos o los sacramentos católicos. El poeta rescata de su lectura uno de los rasgos típicos de las piezas teatrales, los diálogos, por su alta capacidad expresiva y generadora de ideas. Archubi hereda y sigue el ilustre ejemplo de la vida como teatro y subraya esa idea a tal punto que hay una proliferación de máscaras a lo largo del libro creando en conjunto un ámbito donde la ficción es un elemento crucial de su poética. No tiene que demostrar el mundo que nos ofrece porque la polifonía de voces que comentan una de las capas de ese mundo serán las encargadas de mantener en pie ese universo regido por leyes propias y autónomas donde cada voz es un personaje, un fragmento, la parte de un todo, un modo ya advertido por Arno Schmidt al decir que: «Lo inconcebible hay que dividirlo en fragmentos más comprensibles».

Archubi, con su estructura asentada en el intercambio de voces, se rebela contra el mayoritario y tradicional sistema de versificación lírica, mas su renuncia nunca es total al recurrir al verso como unidad aglutinadora de imágenes, ritmo e ideas. No es casual que algunas de esas conversaciones se desplieguen bajo un halo enigmático como una sucesión de respuestas sintácticas, contenidas, buscando más bien la precisión, el rigor casi geométrico de la sugestión. El lenguaje, ante esa manipulación por parte del poeta, queda exigido, pero no limitado; fragmentado, pero no caótico, reiterativo para remarcar conceptos y ritmo, elíptico, su musicalidad obedece a la pausa autoimpuesta y a la repetición de imágenes o palabras que colaboran con un ritmo atonal, exigente al momento de la puesta en voz. Archubi es el poeta con varios antifaces, no le sigue el juego al yo lírico sino a un decir plural, del nosotros, de la legión. Con esa explosión y tantas capas es poesía discordante y entrañable al mismo tiempo, superando ciertas consignas de la época establecidas mayormente en lo conversacional directo y lo cotidiano plano, sin vuelo imaginativo, sin magia verbal. «Yo es otro» como diría L’enfant terrible por excelencia y Archubi está interesado en ese desdoblamiento y lo pone en escena en su libro en un nivel poco explorado, donde el yo se desvanece ante la reunión de voces impares. La restricción de establecer una estructura inamovible paradójicamente le ha permitido alcanzar nuevas posibilidades expresivas porque no le interesa cristalizar el lenguaje, más bien dinamizarlo en boca de sus personajes: esposo y esposa, niño y niña, padre e hijo, madre e hija, anciano y anciana, padre e hija, madre e hijo. Actores sometidos al paso del tiempo, al movimiento, a la singularidad de cada decir dentro de un escenario sólo en apariencia sosegado, el jardín.

Pero el contexto va más allá de funcionar como un marco donde cada interlocutor converse y con ello esclarezca sus experiencias espirituales y sus posturas conceptuales; el paisaje natural con el que asociamos el jardín también es un personaje que no se desliga del todo de la comuna poética que en coro forma un especial canto; en sus detalles, los cambios que suceden en el jardín también dan pie a un cambio perceptivo de lo que conocemos como ámbito natural y eso es una virtud de toda poesía, revelar lo no visto, desacomodar las ideas preconcebidas. Hay animales, sí, pero más cerca del símbolo que de la descripción biológica «El gusano buscaba el centro del poema», hay bloques de prosa que recrean una atmósfera, un escenario que colabora con el sentido de lo que sucede en ese lugar, un jardín para las voces que no se limitan a conmover sino que son una tonalidad reflexiva del mundo. Aquí, la secuencia de diálogos perteneciente a la segunda de las siete partes que componen el libro, con sus correspondientes prosas de apertura y cierre:

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…………(Amanece: una mano ha creado la luz, otra el silencio. Una mano sostiene la llama, otra la pared. Quieren abrirse a la mañana, pero dan vida a la sombra. Una mano atrapa el sol, otra muestra que es de plástico. No hay sombras bajo un sol de plástico. Una mano crea las sombras, otra las distancias del mediodía.

…………Cuán cortas las distancias, pero cuán pronto atardece: una mano crea la quietud, otra la línea de la espera.)

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…………Mientras se marchitaba la flor soñó con adornar una cabeza de novia.

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(Esposo y esposa)

 

…………–Nuestro amor es un árbol de papel –dijo ella.

…………–No –dijo él–. Nuestro amor es la hoja desprendida del árbol girando a su
alrededor desesperada arrastrada por el viento.

…………–Nuestro amor es el árbol reflejado en el charco –dijo ella.

…………–No –dijo él–. Nuestro amor es la duplicación de la hoja en su destino que la
mira y tiembla y le recuerda su origen.

…………–Nuestro amor es una hoja seca quemada por el sol –dijo ella.

…………–No –dijo él–. Nuestro amor es la hoja atravesada por la luz consumándose en su
caída hacia el vibrante lecho en busca de reposo.

…………–Nuestro amor es un dibujo borrado por la sombra –dijo ella.

…………–No –dijo él–. A la sombra del árbol del origen nuestro amor es una hoja blanca
hundida en sus raíces.

…………–Cuando termina el amor comienzan las palabras –dijo ella.

…………–No –dijo él–. Cuando regresan las palabras se funda el amor.

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(Niño y niña)

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–Juguemos a estar desnudos.

–Pero hace frío.

–Juguemos a que no lo sentimos.

–Como seres de papel.

–No, como seres de frío.
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–Somos seres de papel.

–Pero de papel frío.
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–¿Ya somos grandes?

–Y estamos vestidos.

–Pero estamos desnudos.

–No si pensamos que no.
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–¿Hay que practicar mucho?

–Hasta sentirnos solos.

–Como seres de papel.

–Pero de papel frío.
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–¿Toda la vida?

–Toda.

–¿Hasta olvidar el jardín?

–Y recordar que hace frío.

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(Padre e hijo)

 

–Detrás del muro escucho el viento.

–El pájaro está volando.

–Detrás del muro escucho el desierto.

–El pájaro está en silencio.

–Detrás del desierto escucho el mar.

–Asciende bajo el pájaro su destino.

–Escucho la tormenta.

–El pájaro busca su canto.

–Escucho el silencio.

–Es el canto del pájaro roto en la tormenta.

–Eres el pájaro.

–Soy el muro.

–Soy el pájaro.

–Eres la hoja.

–Pego en el muro.

–Te agita el viento.

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(Madre e hija)

 

–¿Qué es la Verdad?

–Una muñeca de trapo.

–¿La que está en el rincón?

–Una arrojada hace muchísimo tiempo.

–¿La que está rota?

–Una enterrada para siempre, intacta, unida a la tierra de abajo.

–¿Está escondida?

–Su tamaño crece hasta que pisas sobre ella.

–¿Y qué es lo que dice?

–Escucha y oirás

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(Anciano y anciana)

 

–Te veo erguido y cansado.

–Te veo yaciente y enferma.

–Estás en mi sueño.

–Estás en el mío.

–Mi sueño dice: asciende.

–El mío: estás cayendo.

–Mi sueño dice: cruza.

–El mío: ya estás del otro lado.

–Vamos a despertar.

–¿A quién? ¿Adónde?
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–Mi sueño dice: resiste.

–El mío: amas todavía.

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(Padre e hija)

 

–Padre, ¿es la mentira una venda?

–No, la mentira es un cuchillo.

–¿Es la mentira un abrazo de odio?

–No, si el odio es una venda.

–¿Es la mentira un abrazo de amor?

–Sólo si el amor es un cuchillo.

–¿Es la mentira un dedo que señala?

–Si señala hay un cuchillo.

–¿La mentira mata?

–Mira este pan.

–¿La mentira divide?

–La mentira multiplica.

–¿La mentira rompe?

–La mentira abre.

–¿Es un dedo que señala el cielo?

–También se reza con un cuchillo.

–¿Un cuchillo para escarbar la tierra?

–Para encontrar una muñeca rota.

–¿Rota por otro cuchillo?

–Para que cada pedazo sea un cuchillo.

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(Madre e hijo)

 

–Hay un topo, madre.

–Y cava hondo

–entrando en lo profundo del jardín.

–Lo traje para ti.

–Es torpe.

–Abajo vuela.
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–Está ciego.

–Así empieza todo.

–Está dormido.

–Así empieza todo

–Está perdido.

–Todos lo estamos.
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–¿Lo escuchas cavar?

–¿Así te habló?

–Así naciste.

–¿Qué trae?

–Todo.
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–Lo escucho subir.

–Cierra los ojos para subir con él.

–¿Así de sucio?

–Así de limpio.

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…………(Oscureció. Cielo arriba cayendo estaba el títere de la Muerte. Cielo abajo esperando estaba el títere Destino. Giró el mundo entre ellos. No lo veían. Cielo abajo subiendo estaba el títere de la Muerte. Cielo arriba esperando estaba el títere Destino.

…………Insistente giraba el mundo: se estiraron hasta tocarlo.)

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Jairo Rojas Rojas. Mérida, Venezuela, 1980) Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de los Andes. Ha publicado los libros de poesía: La Rendija de la puerta (2012); La O azul (2013) y Los plegamientos del agua (2014). Ha sido galardonado con los premios: IV Bienal de Literatura Ramón Palomares (2011), III Concurso Nacional de Poesía de Venezuela (2012), XIX Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (2013) y la XX edición del premio de poesía Fernando Paz Castillo (2014). Parte de su trabajo ha sido incluido en las antologías: «#Nodos». España: Next door Publisher, «Del caos a la intensidad. Vigencia del poema en prosa en sudamérica». Perú: Hijos de la lluvia editorial, 2016, «Destinos Portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente». Perú: Vallejo & Co, 2015 y «Tiempos Grotescos. La joven poesía venezolana». Sevilla: La tribu de Frida, 2014.

Este esnsayo sobre el libro «Arca rota jardín de nadie» de Claudio Archubi fue remitido a nuestra redacción directamente por su autor, Jairo Rojas Rojas, corresponsal de POESIA en Uruguay. La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra El jardín de las delicias del artista holandés Jheronimus Bosch (el Bosco).

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