En un cementerio confederado

Alejandro Oliveros

:

 

Row after row…

A.T.

:

El otoño se aproxima
a los caminos de Virginia
y empiezan a morir los árboles
en este bosque puro de la muerte.

Nada permanece frente al paso
inseguro de la historia.

¿Qué nos trajo a este cementerio
con sus olmos y magnolias?
¿Qué nos hace violar este silencio
oscuro, nosotros, ajenos a la pugna
entre Norte y Sur, nosotros,
que vivimos de otras guerras y miserias?

El otoño comienza a descender
sobre los podridos huesos
de dieciocho mil soldados confederados.

Dieciocho mil lápidas anónimas
que no conmueve el viento.
Constanza pregunta por los hombres,
conocer el nombre de uno solo
de estos «soldados de la guerra»,
sepultados en hileras asimétricas
desordenadas por el tiempo.

El otoño es desolación
y nos acercamos a la tierra de Virginia,
tan negra como la de Nirgua y tan honda
en su paciente espera. ¿Qué nos trajo
a este lugar, el más triste de nuestro
viaje? ¿Qué nos reconcilia con esos
miles de muertos desconocidos?

Nuestro carro se detiene ante
el grueso monumento de piedras amontonadas:
A LOS MUERTOS CONFEDERADOS, a los cuerpos
caídos en la más desesperada
y absurda de las causas.

La noche oscurece los caminos
del viejo cementerio de Richmond.
Constanza se sienta a nuestro lado
y canta una canción sin nombre.

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En un cementerio confederado 
se encuentra publicado en el número 132 de nuestra edición impresa, octubre 2002. Oliveros (1948), es uno de los fundadores de POESIA.
La imagen que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Jessi Keen
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