Fisuras del viento

Orietta Lozano

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H I J A S  D E L  A L B A

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i n é d i t o s

 

 

 

Desdémona o la urdimbre

El agua está dormida,
brota la raíz de la desidia,
¿Quieres ir a la otra orilla, Desdémona?
Parece que el mundo canta un aleluya,
bajo el árbol de ceniza.
¿Te has detenido otra vez bajo su sombra?
He rezado por el que nace
y por el que muere en este mismo instante,
aún contemplo el rumbo inevitable
por el que hemos de cruzar,
mis ojos ven nubes de astillas,
están ardiendo, danzan,
sobre la cocina vacía de las barcas,
bajo el espejo de las aguas.
Aleluya por la amiga
que viene a calmar la sed del alma,
por la hiedra que trepa hasta la ventana
y trae el canto que derrama lágrimas del tiempo,
Aleluya por el amor que se fue una noche
sin recordar su nombre
y se fue a cuestas con el nombre más amado.
Aleluya por el mundo
que olvida el dolor a cada instante
y a cada instante el dolor viene hasta él,
por la luz que se derrama
como el vuelo de una garza entre las aguas.
¿Te has detenido, Desdémona,
esta tarde en el camino?
¿Te has vuelto pez entre la red,
ciervo entre la trampa,

llama que fluctúa
para no apagarse entre la noche?

Aleluya porque tus pies son lilas silenciosas,
leves, intangibles,
para caer y volver a levantarte.
Este es el día que viene como una profecía,
has pronunciado la palabra y has callado
cuando los caballos relincharon a lo lejos
y se creyeron ciegos
y cerraron sus oídos.
De tanto dolor ya no duele el mundo,
el camino es efímero,
hace heridas y luego punza sobre las heridas.
Aleluya por la mano,
la dulce mano que se aferra
a lo más dulce de esta tierra,
por los pájaros venidos de otros mundos
para beber en esas manos.
Aleluya por la noche en que cesa el rayo
y retorna a la senda de lo inefable.

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Antígona o el silencio

Hay un camino
donde todo se aquieta y se silencia,
no es el camino,
es la flor del viento que persigue Antígona.
¿Qué sueño
te hizo soñar por tanto tiempo?
Tu alma ruge como el océano
entre el cielo y el infierno.
Antígona sueña con su hermana
y se hace sombra con su madre,
el ángel ciego de la calle se aproxima.
Atada y desatada a la tierra desolada,
no hay otro lugar para caer.
Oh, dioses, no me miren tan alto ni tan lejos.
Por segunda vez recojo cal entre mis manos,
los ojos de mi padre me encandilan,
tengo las palmas de las manos
ungidas con aceite.
En el silencio
hay más dolor que en el sollozo.
Tiresias, viejo y ciego mundo,
trae luz a la tumba de tu Antígona,
para que el mundo no devore al mundo,
regrésanos a casa.
El amado aún no llega,
es la hora de cerrar los ojos
y tenderse dulcemente
sobre la sábana blanca de la muerte.

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Ismene o la espera

Amada hermana, oscura y triste,
somos impotentes en este mundo tan atroz,
donde deciden los hombres indolentes.
Perdona mi miedo, mi deslealtad, déjame
con el amor que en la noche espera
en cada una de las siete puertas,
prefiero encontrar el amor y el extravío,
¡Que la muerte por un rato sea olvidada!

Tal vez en un furtivo sueño,
devore el cuerpo de Creonte.
Esta noche mientras lloras y entras a la tumba,
yo camino por campos de papiros
y danzo con el vestido transparente del amor.
Hallaré el olvido
sin la culpa del olvido,
aunque las esquirlas del dolor
puncen mi cuerpo.

Aunque te mienta,
no puedo mentirme a mí misma,
suena igual la lira que los vientos,
suena igual el enigma de la muerte.
Déjame andar lejos de la sangre y el hedor
de este mundo ciego y sordo,
déjame cerrar los ojos y tenderme sola,
como si el mundo no existiera.
Estoy llorando
como un pájaro huérfano y herido,

y vuelvo a regar las flores amarillas del amor,
que permanezca en mis mejillas,
el beso que pedí y que ofrendé,
siempre habrá alguien que recoja la corona.

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Adele H. O el ruego

Por qué no vienes, maldito amor,
por qué no llamas si yo te espero.
Soy tu reflejo con el nombre al revés,
soy tu animal innombrable,
tu angustiado divertimento,
tu muchacha danzando
alrededor de tu maniático sueño.
Soy tu ángel rendido,
tu primera Eva, tu virgen loca.
Si perdimos tantas veces
y caímos deliciosamente
en el fondo del vértigo y la náusea.
Mi bestia herida, estoy más herida que tú,
estoy derruyéndome como una antigua torre,
estoy construyéndome
como la más etérea;
estoy demente, amarga, dulce.
Me he inclinado ante tu sombra
que me roza dulcemente,
déjame enferma
en el éxtasis de la fiebre.
Amor mío, por qué no llamas,
me estoy deshaciendo
como hielo en el desierto.
Por qué no vienes,
abominable espejismo;
te estoy llamando veloz, te llamo lenta,
mi centinela, mi desesperado solitario
que hurgas profundo
en esta alma que no tiene fin ni tiene fondo.
Me desboco, empaco mi cuerpo,
empaco mi verbo,
miro solo a quien deseo ver,
pero te cubre una terrible sombra,
me nutro con tu insomnio.
Este amor está enfermo, quiere descansar,
este amor está cansado, quiere olvidar,
estamos en regiones extrañas,
en opuestas orillas,
me he envenenado como una esquiza,
me he desintegrado,
llena de pánico y dulce ansiedad.
Eres un niño enfermo
que posee la última pastilla de mi salvación;
estoy perdida, amor, y no te encuentro.
Eres humo, estás etéreo,
yo estoy demente y abrumada.
Me extasío en tu cuerpo,
me visto con tu traje
y me cierro como un triste caracol.
Me extraño y me olvido,
soy una luciérnaga titilando
con la eternidad,
estoy estallando, estoy vacía,
me arrastro, repto,
¿Dónde estás de amor herido?
¿A quién deseas? ¿A quién amas?
Lleva tus manos a mi boca,
lleva tu boca a mis ojos
y perdámonos una vez más
de nuevo y para siempre.
Ven, penetra en mi espíritu,
quédate en mi verbo;
eres mi estremecimiento místico,
mi temblor profano,
el oasis del exilio, yo soy tu paraíso.
Encuéntrame, guíame, toma mis llaves;
sé también callar y hablarle a los espejos,
descreer de mi nombre
y de la oquedad de mi nombre.
Llámame, yo sé ir, ámame, yo sé estar.

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Monelle o la devoción

Yo, Louise,
la que está sola y desahuciada,
en la abyecta noche,
me oculto y me develo,
ante la efímera luz,
un hombre que me ama
me nombró Monelle,
a lo lejos, sintió mi alma con olor a lilas,
y vino a mi noche sin retorno.
Yo, Monelle,
te hablé de las señales y el estigma,
porque ya no tendrás memoria
de mis noches descarnadas,
de mi lluvia alucinada en invierno,
perdí y hallé de nuevo lo perdido,
el canto de la sandalia fría y desolada,
escribí mi misa
y la recé bajo la luna huérfana,
así, inventé quimeras
en el solar de las burbujas,
la aurora sabe
lo que no se dice,
lo que no se olvida y late.
Yo, Monelle,
te hablé
del estupor de los momentos,
cuando vienen y se van y se pierden
en la neblina de los tiempos,
y te hablé sin respirar del fuego interno,
del color del silencio,
del sacramento de la noche,
del temblor del frasco de cristal,
donde coleccionaba lágrimas,
yo también tengo el nombre
de todas mis hermanas,
y soy piedra verde y piedra rosa.
Yo, Monelle, me llamaba a mí misma
con los nombres de las niñas de la noche,
te hablé desfallecida
cuando creía que el viento había muerto
y venia leve, arrastrándose,
sin ganas de comer,
pero también quise hablarte
de las cosas dulces
diluidas en la muerte cruel,
cuando la carne se torna líquida
y gotea por las grietas del vacío.
Yo te digo,
olvídame cuando todo se ha perdido
y recuérdame cuando todo sea hallado.

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Henriette o el eco

Yo, Henriette,
recorro la dorada orilla del Wannsee,
donde en otro tiempo
temblé de amor y muerte,
dos estallidos, un solo resplandor,
el pacto, no. La herida.
El eco, no. El destello.
Desde el alba,
el imperturbable dado estaba echado.
Cabalgo sobre un caballo de agua
y lloro bajo los desolados árboles,
cierro los ojos y percibo la tempestad
del mundo
ofreciéndome el fulgor
de su último poema.

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Pentesilea o el furor

Yo, Pentesilea,
en mi pecho
escondo una coraza,
mis palabras son tan suaves
como el canto de una daga.
¿Dónde están las manos del amor,
en qué mar cruzan silenciosas?
Soy ave y amo al pez,
¿dónde viviré?
Dentelladas y besos
se confunden en el vértigo del aire.
Con el primer ardor del alba,
el sacrificio sería la ofrenda,
el ajuar de guerra,
la unción, la flor de muerte,
tu carne para el fuego,
tu sangre para el agua.
Esperando el mensaje
de la concordia o del duelo,
suplicando la llegada
para alucinarme entre el sol
y las estrellas diurnas
he quedado petrificada
entre los jazmines olvidados.
En cada rugido de amor,
caos y silencio,
te he devorado,
estoy absorta, saciada,
te tomo, te recupero,
te doy la forma del jade,
el color del vacío.
Destino ineluctable
galopando sobre mis caminos,
devuélveme la razón.
Me estoy pariendo para devorarme.
Te dije mi palabra
más íntima y oscura.
¿Qué precede a la huida?
Trazo un mapa
señalando un abismo rojo,
fulgor que brilla un solo instante.
Como cristales del rayo en la floresta
resplandece el dolor de mi costado,
lo que está hecho no se puede deshacer,
que caiga el rocío
sobre las hierbas calcinadas.
La noche es blanca,
como la ruta de antílopes
sobre la herida de la escarcha.

 

 

 

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Emma o la herida de los dedos

Tengo la edad del árbol
que despierta en el ojo del que ama,
observo el mundo
como un cerillo a punto de encender,
se retuerce la luz en las astillas,
llevo los dedos extraviados,
llenos de hastío,
mi corazón se rompe de esperarte
cuando cae el peso del dolor.
La noche tiene un lugar donde el silencio
es un secreto en el trapecio,
llevo los dedos tristes,
llenos de rocío.
Gemido lacerante
que llevamos dentro,
que se rasga
a la velocidad de la caída.
La memoria recuerda,
soy un laboratorio inmemorial,
llevo los dedos heridos,
densos, llenos de lumbre
de tanto encender ruegos de humo.
Voy hacia el beso del mundo,
al vestigio del día primigenio.
La noche se estremece y grazna,
llevo en los dedos una hoguera,
un pájaro cantando.

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O.

Orietta Lozano. Cali, Colombia. Ha sido directora de la Biblioteca Municipal de Cali. Su obra incluye poesía, narrativa y ensayos literarios. Parte de sus textos han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués, y publicados en antologías de Colombia e Hispanoamérica. Ha participado en festivales de poesía en Francia, Estados Unidos y Colombia. Durante la XIII Biennale Internationale des Poètes, en Francia, estuvo invitada a su Seminario de traducción de poetas extranjeros, cuyos participantes traducirían su libro Agua ebria. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, con su poemario El vampiro esperado. Ha publicado el ensayo Alejandra Pizarnik (Editorial Tiempo Presente, Bogotá), la novela Luminar (Editorial Universidad del Valle, Cali) y los libros de poesía Fuego secreto (Editorial Puesto de Combate, Bogotá), Memoria de los espejos (Editorial Puesto de Combate, Bogotá), El vampiro esperado (Editorial Puesto de Combate, Bogotá), Antología amorosa (Editorial Tiempo Presente, Bogotá),  El solar de la esfera (Editorial Universidad del Valle, Cali),  Peldaños de agua (Editorial Caza de Libros, Ibagué),  Resplandor del abismo (Editorial Universidad Externado de Colombia, Bogotá), Albacea de la luz (Editorial Cuadernos Negros, Calarcá, Quindío),  La herida de los siglos (Editorial Uniediciones, Bogotá) y Letanía del silencio (Editorial Pigmalión, España). Fisuras del viento (El Taller Blanco Ediciones, 2021), es su libro más reciente.

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Javier Miranda

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