O Futuro

Abraham Gragera

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O futuro de Abraham Gragera

En la prosa, los linderos rítmicos varían y están al servicio de las capacidades y las ganas de ir más allá de los pactos normativos; la frase se puede alargar indefinidamente, pueden aparecer yuxtaposiciones, omisiones, subordinaciones, cierres súbitos, enumeraciones, no a la manera de lista indefinida e imprecisa, sino como prolongación del goce. Las frases breves y delimitantes también tienen su lugar, su hogar, en este convite. Un gerundio precedido por dos puntos, por ejemplo, produce un eco sonoro, estimulante, vaya que sí. Una a una, y sin aviso previo, las palabras se encadenan y se mueven por el oído que empuja el sentido. El oído es un sentido, lleno, que también tiene una semántica propia. Una semántica acústica, podríamos decir. Parte de estas intenciones las hallamos en O futuro (Pre-Textos, 2017), tercera publicación del poeta madrileño Abraham Gragera, quien ha logrado, con este título, el «Premio al Mejor Libro del Año» en su España natal.    

O futuro emplea como epígrafe dos versos del poeta británico Stephen Spender: «Y quizá la esperanza iba por un camino/que no teníamos costumbre de mirar». Gragera centra sus intenciones en esa búsqueda que implica el tránsito terrestre y los hábitos de la mirada. Busca, cómo no, la esperanza, la suya, la de los suyos; el resultado se pone a prueba en este conjunto de poemas que no se aleja de las pulsaciones cardíacas, del propio trascurrir vital, de la experiencia familiar, los dramas del exilio (como en uno de los poemas finales del libro) y las querellas socio-políticas sutilmente nombradas. En O futuro las elucubraciones ontológicas se dan con tal espontaneidad, de manera tan natural, llana, que se ajustan plenamente a las bisagras estructurales del poema, fortaleciendo las intenciones paternales (autobiografía sutil). En ese saco amoroso, los nuevos nexos afectivos también llegan de la mano de la unión matrimonial: el amor conyugal, ahora sí, es nombrado por el poeta con tal sobriedad y distancia que no deja margen al desborde sentimentalista, mucho menos al deslave apasionado. Lo que notamos es un cuadro de ponderados y moderados colores, y no brochazos irregulares: la voz del texto habla en una boda civil: la unión entre dos seres que dicen sí y se desean a la intemperie natural, ese verde domesticado de cualquier urbe («y la felicidad, más que mi fuerte/es este estarse así, desprotegido»).

En medio de todo, Gragera toma conciencia de las dimensiones del verso: largo o corto, no importa la extensión, el verso está al servicio de las intenciones sonoras (de allí la alternancia entre el versículo, la prosa, el verso de mediana extensión y de la línea poética cortísima, tan visible en el poema «V. 19 de noviembre», en el cual una, dos o tres palabras son suficientes). El recurso autorreferencial es tratado con bastante cuidado, sin excesos, sin mostrar todos los engranajes: la metapoesía llega, así como un breve anuncio, quizás como remate o cierre, en estrofas finales. Gragera está al tanto de esto y, además, de la voluntad de no olvidar el oído: «escribí versos para la ocasión//sonaban bien/pero no se entendían».

Abraham Gragera va del discurso nítido, bastante legible, al discurso con predominio del juego claroscuro, de notas grises, más bien plomizas. Quien habla es una voz madura, con esa madurez propia, digamos, de quienes han llegado a los cuarenta, con estado civil definido, con ejercicio profesional y con los instrumentos adecuados para ejercitarse en el lenguaje poético. O futuro podemos leerlo de manera retrospectiva. Como un balance o un ajuste de cuentas con la propia experiencia, vale decir, con las vivencias y privaciones («…de tanta iniquidad acumulada, tanta renuncia, tanta indiferencia, y tanta compasión que nada pudo»).

Néstor Mendoza

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 A M O R     P R O P I O

 

II. Haciendo picón

Yo recogía ramas más pequeñas, terrones rotos con el zacho, y después me sentaba: la pira que él tejía como un nido, el humo somnoliento, las ascuas cenicientas que el aire pretendía pegar en el talón del cielo azul, huellas de rostros, rastros de caracoles perdidos en la escarcha: tan callando.

Él sonreía, absorto en su tarea de dar a luz al fuego, de dormirlo para llevarlo a casa, al calor de los suyos, como el hombre que sabe que va a morir al hombre: renunciando.

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V. El horno

Amasando la arcilla cosechada, fabricando ladrillos y tejas, en el horno. Así
sobrevivieron a la historia: se juntaban, al llegar la noche, y a la luz del candil formaban
un nuevo círculo, donde los vivos cuentan a los vivos, para siempre. Y cantaban,
después de la cena. Y reían con humor irreverente. O lloraban un poco al recitar poemas
en futuro que lloraban con ellos, de memoria, de tanta iniquidad acumulada, tanta
renuncia, tanta indiferencia, y tanta compasión que nada pudo.

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M I E D O S      I N F A N T I L E S

 

V. La voz de nunca

Teme al silencio, pero cada tarde le pide ser su amigo, y se levanta, mientras los otros duermen, y camino por la penumbra fresca del pasillo hasta llegar al patio, donde espera.

Pero el silencio no aparece nunca, porque hasta nunca tiene también voz, y ojos que miran a través del ámbar que lo ha enjoyado todo con él dentro: el caudal de las grietas que ahora siente latir sobre las líneas de su mano, bajo la nueva capa de pintura; la sombra del jilguero que aletea en la jaula vacía; los crujidos del mimbre destrenzado en la butaca; los planetas de moscas y de avispas flotando alrededor de los limones…

Y así hasta el infinito, que se abría, igual que los limones, en el zumo amargo que su abuela le ofrecía cada tarde, para que no temiese más la voz de nunca: la luz de beber que alumbraba los cuerpos por dentro.

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E L   T E R C E R   D Í A

 

VI

Como dos que soñaran
el uno con el otro
sueños distintos
y al mirarse dijeran
qué extraño
que sólo uno de los recuerde
lo que los dos hicimos

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VII

Y quizá sólo es alguien que hizo algo
que nos hace creer que nos recuerda

que querríamos
creer incluso aquí, donde querer
ya no es posible

qué difícil
es alimentarse
de la cruda realidad
de las metáforas

de quien estuvo donde no cabía
de quien no sabe ni a qué mundo huele

en verdad
deberían haberlo
crucificado de espaldas

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E L    S I L E N C I O    D E S P U É S    D E L    A T E N T A D O

 

II

Qué bien quedabas, con los árboles dados la vuelta,
en la explanada vacía, junto a la inmensa
mole de granito rosa con la efigie del bardo nacional.
Mejor incluso que las rosas pálidas y conmemorativas
puestas a sus pies por una mano noble y anacrónica.
Con la mezcla de trigo y de miel de tus ojos.
Con los cuervos de Brueghel picando en las aguas heladas
y la niebla prendida en los mármoles como una piel de sobra.
Con los cielos dejados atrás, por encima del hombro,
en mi memoria. Eras una ciudad presumiendo de memoria.

Te habría recorrido huella a huella
una y mil veces hasta merecer tu nombre.

Pero soy
gente sin peso, población flotante.

Gente que junta
las manos,
el primer recipiente,
y las lleva a la cara
para dar a los ojos de beber
un trago más de oscuridad.

Oscuridad
que habría recorrido una y mil veces,
huella a huella,
sin encender la última cerilla.

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Abraham Gragera. España,  Madrid, 1973. Poeta. Ha publicado los libros de poemas Adiós a la época de los grandes caracteres (2005), El tiempo menos solo (Premio El Ojo Crítico 2013) y O futuro (2017), todos ellos publicados por la editorial Pre-Textos. Ha traducido, individualmente y en colaboración, a Louise Glück, W. S. Merwin, Pascal Quignard, y S. J. Lec. Dirige, junto a Juan Carlos Reche, la revista de poesía Años diez. Y junto a Luz Arcas la compañía de danza contemporánea La Phármaco.

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