Poesía y pedagogía II

Julio Borromé

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Infancia y poesía

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La infancia es el comienzo del aventamiento del ser humano al mundo. Un comienzo difícil y recio, surtidor de revelaciones y deslumbres del ser. Pero que, con todo, es lo que necesitamos porque estamos vivos y esa condición nos constituye, por naturaleza, al decir de Spinoza. De ese algo de vida por conocer, y de la manera en que se nos presentan las cosas y de la forma en que nos relacionamos con ellas, ejercitamos y obramos ante el vacío inquietante de lo porvenir. Hay que estar en el mundo haciéndonos con estas incertidumbres y a pesar de estar formados por constelaciones familiares, religiosas, educativas y culturales; condicionados y limitados por leyes humanas y divinas; y por algunas maléficas que no aceptamos del todo por miedo a identificarnos con sus poderes. ¿Podremos habitar el mundo libre de todo esto, y aun así, ocuparnos de darle sentido a nuestra existencia?

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No podemos arrancarnos de la infancia sin quedar en la orfandad y con el deseo de regresar a ese patio de la memoria y el recuerdo. Regresamos en sueños en brazos de la amante y recordamos el olor de nuestra madre. Regresamos cuando nos encuentra el árbol de mango una tarde de mayo, el cielo que ya no aguanta el griterío de los loros, la casa y los espejos con la familia adentro, la flor morada de la albahaca, el gallo encaramado en la tapia y el pájaro tendido en el horizonte; y en ese punto nos amenaza el olvido porque la abuela está en la mecedora tejiendo un mantel para la mesa de noche, donde la fotografía del abuelo luce su fuerza marina en alta mar.

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Todos queremos ir a ese mundo donde fuimos y casi siempre hacemos uso de nuestra querencia para no perderlo del todo, porque la infancia nos deja esa rendija abierta por donde asomarnos y mirar el cumplimiento de un destino. Con Freud descendimos a los infiernos y con la experiencia de la infancia detonamos nuestros futuros conflictos personales y con el semejante. Mientras con Jung intentamos sanar la herida del niño interior, ese desgarramiento tenemos que curarlo, si queremos conciliar la sombra y poder ir al encuentro del mundo, sin las neurosis y la amargura con la que violentamos a ese símbolo eterno, que en el camino de la existencia perdimos, y que necesitamos recuperar para integrar nuestra personalidad escindida.

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Sin embargo, no siempre fue así. La Gestalt de F. S. Perls nos enseña a desembarazarnos del pasado, y hacerle frente al presente, dramatizando nuestro juego de no ser más que una versión de nuestros progenitores. No podemos seguir culpando a nuestros padres de nuestras desventuras y fracasos, nos dicen Carl Rogers y Víctor Frankl. Estos buenos psicólogos nos lanzan al mundo a ser responsables de nuestros actos y de nuestra existencia. Y lo que más tarde Deleuze y Guattari hacen con el psicoanálisis y la psicología humanista, es una solicitación a exigir más de la máquina deseante y no quedarnos encerrados en el triángulo edípico. De esos juegos reduccionistas vamos directo a los consultorios donde pasamos la mayor parte del tiempo quejándonos, sin ver resultados concretos y aún profundizando nuestras dolencias álmicas. No hagamos tanto escándalo por el incesto y otros inventos que a fin de cuentas representan el dispositivo de control del psicoanálisis.

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El ser humano modifica el carácter y los mecanismos de defensa reprimen, momentáneamente, los desbordamientos fantasmáticos que forman la estructura psíquica de la infancia. El psicoanálisis se encarga de exhumar con fines estrictamente amorosos aquel material desobediente y difícil de controlar.

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Entonces permanecemos en estado de apertura y nunca afianzados a las cosas por mucho tiempo; y dudamos, ciertamente, de aquel amor desinteresado. Entonces nos ocupamos de colmar los retruécanos conflictivos con invenciones propias, reconstruyendo aquellos episodios donde la memoria nos abandona y solo nos deja el desafío de saber cómo todo eso vendrá después a parar en poesía.

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Aquí demos entrada a Aristóteles, para quien la poesía es más verdadera y universal que la historia; visitemos el Zaratustra de Nietzsche y asistamos a la transformación del espíritu en niño y la plena libertad de quien abandona el pasado y la pesadez sumamente habituada al desierto. El filósofo alemán cifra su eternidad en el presente y en la afirmación de la vida: «Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve a sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí».

 

Si en Nietzsche están representados el Camello, el León y el Niño, en la poesía sagrada de Rilke hallamos tres figuras en el ámbito inconmensurable de lo abierto: el animal, el niño y el enamorado. El niño es la posibilidad de crecer libre sin las máculas del pasado y es su secreta fuerza una potencia que ayuda a su autoconocimiento, aún a costa de los recurrentes fracasos y de la exigencia de levantarse para tender de nuevo hacia el mundo y hallarse «sin sombra de codicia».

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Este niño también lo observamos caminar por las calles de Galilea, corriendo tras Jesús de Nazaret. El hijo de Dios, por un suceso que leemos en el Evangelio de Mateo, reprocha a sus discípulos, y les dice: «Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son con ellos».

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Así, pues, el niño nos acompaña y es un milagro que aún no sea una especie en extinción, a pesar de que los adultos los perseguimos y los asesinamos. Por ello nos sale al paso cada vez que olvidamos quiénes somos y bajo qué estructura de dominación lo velamos. Pero siempre se sale con la suya y nos hace reír, o nos ofrece la posibilidad de hacer preguntas sin obtener respuesta; y nos hace dudar de la seguridad con la cual nos aferramos a las cosas. A veces perdemos el tiempo y nos colgamos de una nube, arrojamos una piedra al río, perseguimos una mariposa y nos dejamos caer en la hierba, y reímos y no sabemos por qué.

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Sobre todo nos burlamos de la muerte y solo nos interesa el presente. Somos solidarios y lloramos con otros niños o niñas cuando compartimos una situación límite, y no sabemos qué hacer, porque los adultos no comprenden que el amor y la lealtad son desinteresados. Y nos peleamos a tal punto que defendemos nuestro orgullo y nuestros juguetes, aún a costa de perder los dientes y rompernos los brazos, hasta que el adulto se entromete y vuelve otra vez a hundirse en el pasado y a probar un poco más de sus propias neurosis y así naturalizar su patología.

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¿Dónde podría estar la poesía si no en el primer alumbramiento de la vida del ser humano?

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Cuando el niño abre el trato con el mundo y con la gente que le rodea o llega a su vida un acontecimiento inesperado, su modo de relacionarse con las cosas que mira, siente y escucha, es de una total apertura y entrega, sin importar el significado de los hechos o de las palabras o si verdaderamente estas representan la cosa pensada. Al respecto, el niño no se plantea problemas existenciales, lingüísticos, gramaticales o metafísicos, solo escucha la sonoridad de las palabras. El poeta Dylan Thomas y el filósofo venezolano José Manuel Briceño Guerrero otorgan preeminencia al amor por las palabras.

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Escuchemos fragmentos del Manifiesto Poético del poeta británico: «[…] quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras», «[…] me importaban los colores que las palabras arrojaban a mis ojos», «[…] me parecían mucho más divertidos la forma, el matiz, el tamaño y el ruido de las palabras a medida que tarareaban, desafinaban, bailoteaban y galopaban. Era la época de la inocencia», «[…] mi amor por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que supe que debía vivir con ellas y en ellas siempre».

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Escuchemos la obertura de Amor y terror de las palabras del maestro Briceño Guerrero:

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Desde siempre la experiencia vivida en la palabra me pareció más real que el contacto directo con las cosas […] En palabras fui engendrado y parido, y con palabras me amamantó mi madre. Nada me dio sin palabras. Cuando yo comencé a preguntar: ¿Qué es eso?, no pedía la ubicación de una percepción en un concepto; pedía la palabra que abrigaba y sostenía aquella cosa, para sacarla de la orfandad, para arrancarla de la precaria existencia suministrada por la palabra cosa, indiferente y perezosa madrastra, y restituirla a su hogar legítimo, su nombre, en el mundo firme de mi lengua. Hogar prestado, es cierto; pero único hogar al cual podían aspirar las cosas, condenadas como estaban a vivir arrimadas en la casa del verbo.

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En este punto regresamos a Aristóteles para quien el oído y la vista son los sentidos superiores mediante los cuales el ser humano recoge del mundo diferentes registros y estos ofrecen la ocasión para aludir a cosas que no están del todo inmediatas. En efecto, el oído cumple una función primordial en la formación y la sensibilidad del poeta. La imbricación de la experiencia en la infancia y el contacto con el mundo conforman los silencios y la convergencia de todos los sonidos. El mundo material, el dinamismo de las emociones, los conceptos y las abstracciones son posibles dentro de la relación voz, palabra y oído.

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El oído conforma el recinto infinito del poeta donde el sonido y el silencio expresan el lenguaje. De estas relaciones surge la escritura, las imágenes, los olores, el enigma, los recuerdos, los nombres, los colores, lo simbólico. Sentimos que este bello poema de Enriqueta Arvelo Larriva nos ofrece su silbante misterio.

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No supe quién me lo dijo.
El acento, divino.

No supe quién me lo dijo.
No corrí tras los detalles
cuando oí lo infinito.

No supe quién me lo dijo.
Lo oí.
¡Dichoso el oído mío!

En ese instante se hizo en mí lo armonioso.
Lo que oí va eterno y limpio.

Y qué tremenda la gracia
de no saber quién me lo dijo.

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Una vez abierto el tiempo en y por la palabra, revelado el instante del nombre y su instauración en el mundo, es posible el acceso a la poesía; y con ella vuelva a abrirse el misterio de revivir el niño que tenemos dentro.

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J.

Julio Borromé. Valera, Trujillo, República Bolivariana de Venezuela. Poeta, investigador y ensayista. Forma parte del Equipo Nacional de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla y del Comité de redacción de la Revista Resolana. Magister en Literatura Latinoamericana por la Universidad de los Andes. (Núcleo Trujillo “Rafael Rangel”). Ha publicado los libros de ensayos: Escritos desde el monasterio (De libros, lectores y cultura) (2009). Los intelectuales y la filosofía de lo popular (2013). Hacia una filosofía del mestizo y el desencuentro de los géneros literarios en la obra de José Manuel Briceño Guerrero (2013). Crítica de la lectura instrumental. Del sentido, la interpretación y el libro en Venezuela. (2014). América Latina: ecología, liberación y utopía. (2019).  Co-autor de los libros: Bolívar desde la razón poética 5 lecturas a «Mi delirio sobre el Chimborazo» (2022). Salvo el fulgor. Decir un día. Lectura comentada de un libro (2021). Leer, leer y leer. Consigna de todos los días. (2018). Bitácora del río. En torno a la poesía de Pedro Ruiz. (2022). Ha publicado los poemarios Tiempo de pájaros dormidos (2002), Camisa de plumas (2004), Salmos al exilio (2006), Desnuda te ves más alta (2007). Genealogía del bosque (2010). Metafísica del Tartamudo (2013). Ha sido Ganador de la Primera Bienal de Poesía Manuel Felipe Rugeles. Ganador de la Primera Bienal de Poesía Gustavo Pereira. Co-Ganador de la Bienal Félix Armando Núñez.

 

La imagen que ilustra esta publicación es el detalle de una obra realizada por el artista venezolano Javier «Ohwallie» Rojas

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