Quién dijo que no existe la dicha

Marilyn Contardi

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Libertad, naturalidad y espontaneidad son los tres vocablos que me vienen a la mente al pensar en la poesía de Marilyn Contardi. Las palabras de la poeta fluyen con ritmo material y espiritual al unísono. En sus poemas pareciera que hay un acuerdo armonioso entre el lenguaje y el mundo. De ahí la dicha que danza entre sus palabras, de ahí esa felicidad que suscitan. Y es que algo extraño sucede cuando se lee a Contardi: las cosas y las palabras encuentran su justo lugar; se reintroducen en un orden que parecía perdido. No hay brecha, no hay fractura. Esa sensación de armonía y reconciliación recuerda el concepto de «mismidad» del Zen: «Los bambúes son rectos y los pinos nudosos. Los hechos de la experiencia son aceptados como son». Así lo escribe bellamente la poeta: «Encontrar la palabra mañana que sea la mañana.». Y así lo afirma  el crítico argentino, Jorge Monteleone, en su introducción a En constante inconstancia, (libro que reúne la obra de la poeta):

En Cerca del paraíso (Córdoba, 2011) hay una fe en la coincidencia entre palabra y mundo y, sobre todo, entre pasado y presente. Ya no hay que invocar a los dioses, las palabras tomaron su lugar como lo intrínseco de los objetos. No hay metáfora, no hay juegos de semejanzas, no es necesario transfigurar el mundo: cada cosa está en su lugar y ese lugar preserva su aura para siempre en el poema, como si lo real volviera a un espacio mitológico o lo fuera sin mediaciones: se halla por fin cerca (de la lengua) del paraíso.

Confiar en el lenguaje en un mundo basado en la desconfianza es quizás lo que ahora más necesitamos. Sobre todo si esa confianza se enraíza en el gozo de la primera mirada; en esa mirada infantil que descubre el mundo y las palabras que lo designan. El mundo que nos muestra Contardi es pleno y sus palabras están vivas, remiten de manera directa y concreta a su experiencia, pero también señalan el enigma:

quién dijo que no existe la dicha
en sus vuelos de transparencias celestes
amarillas,
en el cuerpito de una mora, en el racimo
de glicinas hamacado
entre las hojas,
en el bostezo oscuro de la sombra
por los multiplicados caminos
que tejen una invisible red
resistente, oscilante, etérea
y decidida como rayo de sol
donde se cruzan y se entretejen
al azar de mil combinaciones
los misterios, las alquimias,
las fusiones, y quién sabe…
los enigmas de nacimientos, muertes y resurrecciones

Se está hablando aquí de inocencia y no de ingenuidad, en la mirada de Contardi hay también ironía e ingenio, y esto sólo aumenta esa dicha de las palabras. Quizás dos conceptos japoneses: aware y okashi,  pueden ayudar a situar el asombro ante el mundo que se percibe en sus poemas y el placer juguetón que se desprende de estos. Si como lo sugiere Carlos Rubio, aware muestra la intensidad del sentimiento; la capacidad de conmoverse ante lo efímero de la belleza, y okashi representa el espíritu de poder disfrutar de lo bello porque es gracioso o interesante, es en la poesía de Contardi en donde ambos conceptos encuentran su equilibro.

Tania Favela

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Autobiografía

Nací en Zenón Pereyra, un pueblo de la provincia de Santa Fe situado en el departamento Castellanos, plena zona agrícola-ganadera. Faltaban aún tres días para la primavera, pero como las estaciones se preparan y llegan sin tomar demasiado en cuenta el calendario, en todos los patios ya duraznos y ciruelos se habían cubierto de flores rosadas y blancas. Tres años pasarían antes de que el ejército alemán invadiera Polonia y se desatara la segunda guerra mundial, la guerra civil española ya había comenzado.

Vivíamos en una casa grande, con patios y galerías. En la galería más larga, de unos treinta metros, mis hermanas y yo aprendimos a patinar. En el primero de los patios estaba la higuera por cuyas ramas subíamos al techo. Al llegar el verano aparecían las primeras brevas, gordas, exquisitas. Un poco más lejos, justo en medio del patio, estaba el molino, y dos o tres pasos más atrás las dos grandes casuarinas. En los otros patios estaban los árboles frutales, ciruelas blancas y rojas, duraznos, naranjas, mandarinas, y un palomar, colmenares y gallinas.

Después vendría el tiempo de la escuela y los cuadernos propios —ya no más los cuadernos de los hermanos hojeados a hurtadillas—. El fabuloso mundo de las letras —dibujadas con esmero—, que eran sonido y sentido a la vez, se nos abría. La imaginación ardía mientras al escribir y dibujar se recreaba y se tomaba posesión del mundo. Fui la menor de cinco hermanos que cursamos la primaria en la Escuela Fiscal n° 396 Domingo Faustino Sarmiento.

Fuese dichoso azar o espíritu amable de viejos dioses tutelares trasplantados a estas tierras, lo cierto es que en el espacio familiar de los cuartos, galerías y patios convergieron y se entremezclaron juegos, rondas infantiles, árboles, mariposas, gatos, arias de ópera en las voces de Gigli, de Schipa, azucenas, higueras, enciclopedias de láminas coloreadas, el piano de Alfred Cortot, el violín de Fritz Kreisler, cajas de colores Faber, libritos de cuentos de dos centavos forrados cuidadosamente por mi hermana, historietas, revistas infantiles.

Después la escuela secundaria y la adolescencia, que toma todo lo de la infancia y agrega lo suyo para ejercer el poder absoluto sobre sentimientos, sueños, ideas, y que como un navegante solitario en el océano va hacia un horizonte que espejea a lo lejos.

Los estudios secundarios los realicé en un colegio religioso de San Francisco, provincia de Córdoba. De allí egresé con el título de Maestra Normal. Para ingresar a este colegio fui bautizada, lo mismo que mis hermanas; las tres estuvimos como pupilas.

En la década del 60, en Santa Fe, estudié en el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral. Me recibí —y me resulta un tanto extraño escribirlo— de Directora de Cine Documental. Finalmente, en la práctica no ha resultado tan extraño, ya que la mayoría de los films que he realizado son documentales.

Gracias a una nueva y feliz conjunción de circunstancias, en el Instituto de Cine conocí a Hugo Gola y a Juan José Saer, que eran profesores allí; la relación profesor-alumna se convirtió muy pronto en una relación de amistad que marcaría todo mi desarrollo posterior. El descubrimiento del mundo hasta entonces, por decirlo de algún modo, se había hecho por intuición, en solitario, así como lo recordaba Proust: «No hay quizás días de nuestra infancia que hayamos vivido tan plenamente como los que vivimos sin tener conciencia de haberlos vivido. […] Quién no recuerda esas lecturas hechas en tiempos de vacaciones». Y no dejaré de recordar que la adolescencia fue también el tiempo en el que anduve detrás de los libros de mi hermana, que hacía a su vez sus propios descubrimientos, y allí estaban sus libros de Camus, Beauvoir, Faulkner, a los que, si bien solía guardar bajo llave, se podía acceder —aún conservo el ejemplar de ¡Absalón, Absalón! que le perteneció—.

Pero las lecturas se ampliaron y se intensificaron, gracias a Gola y a Saer la lista de escritores se hizo más extensa y variada, y la relación con los autores que se iban descubriendo se volvía más íntima y se fue convirtiendo, en algunos casos, en una relación de amistad amorosa. Dicho de otro modo, la perspectiva de lectura cambió y con ella la manera de relacionarse, de «dejarse ir» en el texto y, a la vez, de apropiárselo. A veces, al leer alguna página de Virginia Woolf, o de Thomas Mann, o de William Carlos Williams, por uno de esos giros inesperados del pensamiento vuelven, junto al placer de la lectura y como una inesperada felicidad, algunos de aquellos momentos de pleno entendimiento compartidos con Juani o Hugo.

Con el cine ocurrió algo similar. La joven que iniciaba sus estudios de cine en los años 60 era, aun sin tener conciencia de ello, una espectadora privilegiada; algunos de los mejores artistas —Ford, Hitchcock, Bergman, De Sica, Fellini, entre otros— habían estado haciendo películas para ella y, aun cuando llegaran con retraso al cine del pueblo, se desplegaban en toda su complejidad a la mirada todavía ingenua. La revelación de otras formas de hacer cine llegaría a través de los films de la Escuela Documental Inglesa, de los documentales holandeses y del National Film Board. El extraordinario cambio de perspectiva que esos films introdujeron en la mirada sobre el cine mantiene toda su vitalidad.

En la década del 70, ya casada y con Cecilia, nuestra hija, que empezaba la escuela primaria, fuimos a vivir a Francia. Después de dos años volvimos a la Argentina, a nuestra casa de Colastiné, donde había quedado viviendo mi madre; nos quedamos un año, y regresamos a Francia. Esta vez, la estadía iba a ser bastante más larga, iba a durar diez años.

Cuando volvimos, en 1985, Raúl Alfonsín llevaba dos años como presidente de la República. En octubre de ese mismo año dimos comienzo al Taller de Cine de la UNL.

Lo demás, y aunque hayan pasado más de treinta años, es historia reciente; es, como si dijéramos, ayer.

Agrego algo más que ya estaba escrito desde antes: hay cosas que parecen resistirse a las preguntas, o en todo caso a dar respuestas, y una de ellas es la poesía. Pienso que el diálogo que sigue da cuenta de esa situación:

—¿Para qué sirve tirarse de espaldas en el pasto de cara al cielo?

—No se preocupe por eso, échese en el pasto, como hacía tantas veces cuando era chico, mire lo que pasa allá arriba con el cielo, las nubes, los pájaros y las luces, y confíe de nuevo en lo que ve.

Lo último, no diría que empecé a escribir poesía desde muy chica —aunque por ahí creo recordar cosas como: «arroyito del bosque, cantarín y secreto…», ¿o sería «serrano»?—, en algún arrebato de escritura que probablemente entendiera que iba por ese lado; lo que escribimos como poesía cuando somos chicos, me parece, es el reflejo de la poesía, es la representación infantil de algo que creemos percibir, pero como «detrás de un vidrio oscuro». Cuando somos chicos estamos empeñados y nos va la vida en eso, en conocer el mundo, en tocarlo, olerlo, oírlo, poseerlo. Jean Cocteau no se dejó enternecer y afirmó: «Todos los niños son poetas menos Minou Drouet» —a propósito de aquella famosa niña poeta de los años 50—. Los niños no escriben poesía porque están en medio de lo que la produce, son parte de eso: la deslumbrante riqueza del mundo.

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Palabras

La mirada recorre la página en blanco, imagina dispuestas, con
conveniencia, las letras. Sus trazos menudos forman palabras, frases
exuberantes de sonidos, se enrollan sobre sí mismas y crecen como
la luna en el río claro de primavera.
Despliegan la conversación de los dos muchachos, en la eternidad
de la adolescencia, por la vereda desierta. Ritman el pulso del
tiempo que discurre en las voces y los latidos de la sangre. Retumban
voces muy antiguas, y de esa cadencia forman de nuevo palabras,
y con las palabras, los sonidos. El círculo se cierra, tiembla como
una gota cargada de reflejos sobre la hoja.
Resplandece como una cúpula y… desaparece, cuando la mirada
remonta irresistiblemente, así vuelan los pájaros, y la página vuelve
a quedar intacta, rotunda como la tajada de sandía en el plato.
Pero las palabras siguen flotando, se apiñan como nubes cargadas
de lluvia. Un trueno lejano viene a retumbar sobre la hoja. Con la
lluvia caerán otra vez. Sé paciente.
No tendrás más que recogerlas y ordenarlas.

…………………………*

Encontrar la palabra mañana que sea la mañana.
Con sus nubes algodonosas tamizando el sol.
Latiguillos de frío castigan las piernas desnudas, «somos criaturas
frágiles, sensitivas, a merced de las sensaciones…».
Diocesitos escapados de la primavera retozan a nuestro lado en
el satén azulino-dorado del aire.
Poner en cada palabra no sólo la esencia del minuto íntegro.
Su presencia. Su presencia irrefutable como una catedral, como
el vuelo de los ángeles y las palomas al atardecer, con todos sus
parajes inscritos en sus luces, en las voces, en los gestos como las
nervaduras de la hoja.

…………………………*

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René Char

 Cuando Char dice «fuera de la poesía»,
dice también, y aún mejor, poesía.

Con su cara de mulo asoma por las ramas
del laurel rosa, acompañado por el zumbido
del abejorro. Algunos dioses hacen chanzas:

«Vean allí esta extravagante criatura, ¿quién
eres? ¿Cómo te llamas?»
Ríen. Dioses adolescentes,
presumidos y mal educados.
Char es paciente,

otro dios,
apoyado en su báculo de oro, con el
resplandor azul a sus espaldas:
«Ven», le dice, «acércate,
y no es a tu candor a quien le hablo,
es al que sabe escuchar nuestras
voces, porque lo inesperado surgirá del lenguaje».
Un dios niño, obediente,
acerca una silla, se inclina,
«Siéntate», ofrece.
Y Char está allá, entre ellos.

Los enigmas de los dioses pululan,
en el aire, como las mosquitas
al sol de Dante, de Homero.
Todo el poniente se pone de granate y oro.
Las piedras calientes, ásperas
son amplios escenarios asentados
sobre las ruinas de los
antiguos teatros. Las lavandas
recogen el resplandor del cielo.
De allí suben las voces de los
siglos, que el poeta siente llegar
a sus oídos
palpitantes y tibias
como el pan recién salido del horno
que él come ahora, complacido,
junto a las aceitunas.

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No escribo yo

No escribo yo,
ellos me escriben,
yo salto, corro, juego, río, bailo
mientras estoy sentada,
huelo la flor, trepo a la rama,
husmeo el viento, mordisqueo
la orejita iluminada del aire,
lo divierto, él se ríe,
me devuelve cosquillas,
tiene gusto a jugo de gramilla,
a pétalo de rosa,
a hoja de limonero, a hoja de menta,
a breva despanzurrada de tanto jugo,
a latón helado y dulce
del tanque del molino contra la lengua,
tiene gusto al agua que se derrama
en la siesta embaucadora,
ardiente, blanca, con aires de pitonisa
y sonrisa de fauno,

ellos son lo que soy
y yo soy ellos,
en este desvarío que nos está llevando
hacia ninguna parte o hacia todas,
y es lo mismo, para nuestro
entendimiento pueril,
si estoy quieta e inmóvil,
si soy como una cáscara vacía,
la muda abandonada por la chicharra en la corteza,
ellos me están llevando,

quién dijo que no existe la dicha
en sus vuelos de transparencias celestes
amarillas,
en el cuerpito de una mora, en el racimo
de glicinas hamacado
entre las hojas,
en el bostezo oscuro de la sombra
por los multiplicados caminos
que tejen una invisible red
resistente, oscilante, etérea
y decidida como rayo de sol
donde se cruzan y se entretejen
al azar de mil combinaciones
los misterios, las alquimias,
las fusiones, y quién sabe…
los enigmas de nacimientos, muertes y resurrecciones

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Poema sin nombre

Teníamos
un cuerpo flaco
de músculos escuetos
flexibles
como una lagartija
o un gato.

La piel,
con los olores
del aire,

todos los olores.

Había olores…

de lluvias,
de paraísos,
de alientos de vaca,
de jugo de moras

había olor a cortezas
a sangre de raspones

había perfumes
de brevas,
de ciruelas,
de mandarinas,
de naranjas,
duraznos
y pisingallos

de gramilla
de trébol
y de barro
en las sandalias

efluvios de
biznagas,
de biznagas secas
en los galpones,
de carbón y leña,
tablones de madera,
aserrín,
suciedad de ratas
de gatos
y gallinas

había olor
a estiércol
a caballos
a bolsas
de maíz
de trigo

a campos
de girasol,
a cuero seco,
a nafta,
olor a cinc
de canaletas
de techos
y de baldes

a glicinas
jazmín de lluvia
agua de aljibe

a pared húmeda
con su teatro
de sombras

olor a tinta
fresca
en los cuadernos
olor a imprenta
en el libro de lectura
a tiza
a lápices
a plumines

olor
a parras
parvas
panales
cera
miel,

olor a bailes
entierros
casamientos
despedidas de soltero
calles de ciudad,
flotando
entre las ropas
colgadas
en la alta oscuridad
de los roperos

olor a pasas de uva,
nueces,
en el fondo
del aparador

había olor
a chiquero
latón
pis de caballo

a hierro
a óxido

laurel, salvia
limón
violetas y
azucenas

a brasa volviéndose
carbón quemado
en el azúcar

a calle mojada
y mariposas
estrujadas
bajo los golpes
de ramas
de paraíso

había olor
a tierra
a viento

había olor
a estaciones
a rieles
durmientes,
alquitrán, aceite
a trenes
de pasajeros
a trenes de carga
pesados
de distancias,
millones
de kilómetros
donde relumbran:

soles, dagas,
palmeras
cuerpos lustrosos
y oscuros
de las playas
de Malasia,
de Singapur,
Ceylán
Casablanca
calles ruidosas
de Detroit
suburbios
de Marsella,
muelles
de Génova,
y de Londres.

Sin embargo…

adentro
llevábamos
algo confuso,
inexplicable

que no era,
todavía,
sospecha.

No.

Ni tampoco
estupor.

No.
Pero…

algo
infinitesimal,
inhallable
que sólo pocas veces
inquietaba el sueño…

un punto
una falla
un quiebre
por donde se filtraba,
como el polvo fino
en la casa abandonada,
inexorable, ciego,
el oscuro reverso de los años.

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Cielos de Internet

 «Internet
te invita
a navegar
por sus espacios.»

De qué materia
serán esos espacios,
de qué color sus cielos
y sus aires?

habrá lugares allí donde
salten y brinquen,
anden por los aires
y se muevan con mucho donaire?

pasarán por allí
bandadas de golondrinas
en vuelos vertiginosos
pasarán bandadas de patos
volando muy alto
hacia el oeste?

estirados
sus largos cuellos finos
en vuelo obediente y dichoso
por el cuerpo inmenso
del aire susurrador

habrá lugar allí
para los vuelos del azul
para el planeo lento
envolviendo
disolviendo
en la bruma
árboles, pastos,
casas, fantasmas,
caballos, hombres
autos, tractores, agonías…

ah, más allá
el horizonte y la luz misma
se curvan,
ruedan a los abismos
y un misterio
se abre
se abre
no deja de abrirse
y en la noche
y en el día…

Espacios de Internet…

…espacios…
qué espacios
qué noches,
qué estrellas,
qué soles,
qué pájaros
qué campanas
qué voces
qué cantos
qué tempestades
qué llantos
qué explosiones
de tinieblas o de luz tienen
esos espacios?

De qué espacios
estamos hablando?

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La hora del tren y algunas cosas más

Esto es simplemente una visión, amigos, simplemente la visión,
mientras voy caminando de vuelta a casa, del tren que pasa antes de
que el atardecer descienda y del rosa vire al lila —algo susurra: todo
obedece a leyes inmutables, vuestros ojos sólo alcanzan a percibir los
matices encantadores— y la estela de humo oscuro llegue y agríe el
aire y antes aún de que, veloz como perdiz que levanta vuelo, entre
a las galerías y los cuartos de las casas, y dado el caso, hasta llegue a
meter su desconsiderado dedo de humo en el velo del paladar de uno
que quedó mirando con la boca abierta el vuelo inesperado del pájaro
que huía volando tan bajo que le rozó los cabellos. Pero al fin y al cabo
una visión puede ser algo tan sustancial y firme como la materia más
compacta, ¿no es verdad?, en fin…

Entonces, esto es así y nada de lo que se diga o haga podrá alterarlo,
porque mal que me pese —y esto sí que no es más que un decir porque
no me pesa en absoluto— el recuerdo se levanta por sí mismo en una
representación tan real como lo que tengo delante de mis ojos y toco
con mi mano, con todos sus pergaminos y sus medallas, y se lleva a
cabo en el mismo anfiteatro real y consagrado de los sueños —además
nuestra naturaleza, abrumada por su materia, es demasiado pesada
como para alzarse contra ella para borrarla—.
Lo que estoy viendo entonces, en este momento, es lo que está
detrás del vidrio de la puerta de entrada de una casa, de esa casa que
queda justo enfrente de la estación del otro lado de la calle, ese rostro,
¡oh!, sí, un rostro que me es conocido desde que era muy chica;
sus ojos me siguen mientras paso, ella me sonríe, es ella quien me
va siguiendo mientras paso, y esa mano mía, cuando la levanto para
saludar, también es suya ahora, se puede decir —«suya»… pero
¿de quién?, querida lectora, lector; esa pregunta me persigue ni bien
llego a este párrafo, le dejo libertad de elegir; humildemente diré, sin
embargo, que al escribirlo pensé en usted—.

Una escribe como si dibujara símbolos, alegorías tal vez, nunca lo
supe —si encontrara una respuesta clara y concisa a la pregunta «qué
es la escritura» o «qué relación tienen esos trazos que dibujamos
con las visiones, nuestras visiones, que pretenden apresar y desplegar
sobre la página», ¿alguien puede creer que no lo pondría aquí?, pero
no lo sé, sólo sé de esta fascinación por alegorías o símbolos o lo que
una supone que son…—. Entonces diré que voy, vamos, pasando
frente a la puerta detrás de la cual una persona nos está mirando y
siguiendo con los ojos mientras pasamos. Y una vez que pasamos es
como si nos diluyéramos lentamente como el humo en el reciente
anochecer, porque ya nadie nos ve.

Presencia y recuerdo son, en el momento en que escribo, la misma
cosa. Y ahora al recuerdo se le da por caer, porque se maneja muchas
veces independiente de nuestra voluntad, ¿no es verdad?, sobre ese
vago olor de los pastos en las zanjas, el tapizado cosquilloso de la
gramilla y las otras plantitas que salen a aspirar el aire un poco más
alto, el diente de león, que no sé por qué le llamamos también panadero,
la planta sapo con su lindísima flor blanca parecida a un jazmín,
la verbena de ramilletes rojos y esas otras diminutísimas, hermosas
como un encaje «cabecitas de vieja», del tamaño de una uña, en
plena floración, entretejidas en una carpeta blanca y perfumada, sí,
y entre todas y el barro que yace debajo dan ese olor a zanja inconfundible
y leve.

Y ahora el tren, que al pasar estremece el aire, sacude la tierra, se
refleja voluminoso y liviano como una pluma en el vidrio de la ventana.
Y como he girado la cabeza para mirarlo, entre mis ojos y el tren se
interponen las flores del cantero de la vereda. Unos racimos de flores
blancas, parecidas a campanillas, recién abiertas, muy perfumadas,
que cuelgan de cada tallo, como gotas de lluvia en suspenso, y resaltan
ahora contra el cuerpo oscuro, enorme, del tren al fondo. Lágrimas
de la virgen las llamaba mi madre, que dedicaba su buen tiempo a
cultivarlas; es un hermoso nombre y les cae muy bien.
Y ahora les sugiero que nos dejemos llevar por la siempre vigorosa
imaginación, para ver lo que mientras tanto ocurre en otras calles,
en otras veredas, un poco más lejos de la estación, hacia el centro
del pueblo; allí encontraremos a la gente que ha sacado sus sillones
de mimbre a la vereda recién regada y ya está sentada en ellos, otras
simplemente se han quedado paradas junto a la puerta, uno que
otro, de pasada, se ha detenido a conversar, pero todos ellos en este
momento sólo están atentos al paso del tren.

Toda esa conmoción provocada, si les parece que estoy excediéndome
al decir conmoción podría decir toda esa alteración, provocada
por el paso del tren al atardecer —el tren de la mañana provoca otro
tipo de reacciones, es un pasaje más enérgico, más mercantil, ocurre
en medio del movimiento de negocios y bancos, y aunque tal vez
no haya diferencia en la cantidad de mercadería que se descarga y
se carga, ni en el número de pasajeros que descienden o suben en el
tren de la tarde, su paso tiene otras características, como si sucediera
más rápido, sin remover esa especie de resabio nostálgico o imprecisa
sensación de algo que se anhela sin saber qué es, que la llegada y la
partida de los trenes produce en esa parte del ser siempre atada a ese
atavismo del alma humana que es la errancia—.

Pero… qué les estaba diciendo… esa alteración provocada por el
paso del tren al atardecer, un poco antes de que el rosa vire al lila —y es
tan rápido—, ojalá pudiera seguir un poco más, para que siga siendo el
rosa que va a virar al lila y el delicado equilibrio de la hora los suspenda
ahí, antes de fundirse el uno en el otro, y fíjese —y espero que esta
nueva digresión no se me alargue demasiado—, eso al fin no es otra
cosa, el paso del tren digo, no es otra cosa que el resultado de planes,
designios, decisiones tomadas hace ya mucho, mucho tiempo, cuando
el país, como se dice, era otro, la vida era otra, ¡los pensamientos eran
otros!, en algún lugar lejos, muy lejos de aquí, podemos imaginar
una amplia sala de grandes ventanales, mamparas de vidrio inglés y
amplios y cómodos sillones, o rígidas sillas de respaldos y asientos
de cuero repujado, alrededor de una gran mesa de caoba con patas
torneadas, vaya una a saber, unos cuantos señores de traje oscuro, cabello
untado, bigotes enroscados y poderosos, algunas barbas por ahí,
algún monóculo estirando un párpado y alucinando un ojo por allá,
discutiendo sobre el trazado de las líneas férreas, sí, sin haber visto jamás
una sola paja de estos campos, ni un solo desamparado inmigrante
perdido en la inmensidad de lo desconocido, en el amplio salón del
despacho de algún alto funcionario en la Capital. Pero decidiendo al
fin por intereses razonables algunas veces, mezquinos muchas otras,
el trazado de las líneas férreas para la provincia, para el país entero.

Y precisamente antes de despedirnos y dejarnos absorber por otras
preocupaciones, les ruego que aprovechando la disposición amable
de la hoja en que escribo para acogernos, démonos unos segundos
para prolongar este encuentro levantado sobre el recuerdo, en toda
su materialidad espero, como se yergue un molino en medio del patio
—y me gusta pensar que también ustedes, como yo, han gozado de su
altura para mirar el campo a lo lejos, como miraba aquel niño poeta
desde la terraza junto a su querida Dorotea, «a las lejas tierras, los
montes y valles, los campos y sierras», aunque desde aquí, desde
este lugar, nuestra mirada recorra una pradera lisa, ilimitada, que el
ocaso embellece con sus granates, púrpuras, rojos sangre y dorados;
así que acordándonos una licencia sobre ese recuerdo los invito a
que imaginemos una última vez. Cada uno con los movimientos y los
trazos que su imaginación le provea, pero todos con el mismo paso—.

Imaginemos entonces que el tren recién se ha detenido en la
estación con los bufidos y sacudimientos de enorme búfalo cansado
como lo hace habitualmente; algunos pasajeros empiezan a descender
y entre ellos un señor entrado en años. No diría viejo, aunque
ya lo sea, pero su vejez no es, en este caso, lo que predomina en su
persona. Imaginemos que este señor de figura delgada y cimbreante
que ahora vemos caminar tambaleándose un poco, o debería decir,
más bien, que camina de un modo singular, sus delgadas piernas dan
la impresión de que van como cruzándose al dar los pasos, con las
puntas de los pies ligeramente vueltas hacia adentro, como si cada pie
fuera a tomar la dirección contraria al anterior, imaginemos, decía,
que es ni más ni menos un poeta.

Claro, continuando con este imaginario, esta noche habrá una
reunión en el Salón de la Biblioteca Popular; después de las presentaciones
de rigor y de una breve charla, el poeta leerá sus poemas. Ni
hablar de las idas y venidas, discusiones, consideraciones, explicaciones,
ruegos que han tenido que desplegar los Jóvenes Escritores de
la Comisión Organizadora para convencer al fin a los miembros más
antiguos de la Sociedad Cosmopolita de la importancia de la venida
del ilustre visitante, para ser justos habría que agregar que contaron
con excelente disposición por parte de los editores que en poco
tiempo más tendrán lista la edición de la Obra Completa del poeta,
y es precisamente uno de ellos, el que más íntimamente lo conoce,
que ha estado más cerca del poeta, ha sido su colaborador sin dejar
de ser su admirador y lo ha guiado, se puede decir en todo el largo
y complicado proceso lleno de idas y vueltas que termina en la edición,
el encargado de presentarlo al público esta noche. La pequeña
comitiva se completa con amigos del poeta, ellos también dados a las
letras, unos señores muy amables que caminan diligentes junto a él.

El presidente de la Biblioteca, a cargo del discurso de bienvenida,
es el escribano del pueblo, un señor alto, de figura un tanto dislocada,
largas y delgadas piernas, vientre prominente, hombros estrechos y
poderosa cabeza, que a pesar de los años que lleva desenvolviéndose
en un medio que no pone su mejor atención, vamos a decirlo, en los
«bienes culturales» como la poesía, no ha perdido aquellos ideales que
en sus años mozos, cuando transitaba los claustros de la universidad,
lo encontraban a él y sus compañeros en cada rincón de los tumultuosos
pasillos, enfervorizados con el pensamiento de que los bienes
culturales han de ser compartidos, por quienes tuvieron la suerte de
adquirirlos, con las personas que no han tenido acceso a ellos. Aunque
su afición por la lectura haya decaído un tanto debido a la edad o, quien
sabe, a una digestión lenta que lo adormece ni bien termina de comer,
en sus momentos de ocio todavía suele componer versos que escribe
infaltablemente con su fina estilográfica de oro en un cuaderno de
tapas de cuerina verde; una secreta, inflexible inclinación de sus años
muy jóvenes lo lleva por el camino del soneto.
Entonces, podemos imaginar que después de un descanso en
las amplias habitaciones de la casa del escribano, a quien, dicho sea
de paso, le complace enormemente recibir huéspedes en su vasto
chalet, y acompañados por los Jóvenes Escritores de la Región organizadores
de la velada, han llegado al Salón de la Biblioteca donde
se desarrollará el acto.

Frente a las filas del público, las señoras con sus mejores atuendos,
los hombres atentos, algo envarados, algunos un poco extraviados en
un ambiente que no les es familiar —es complicado saber cómo debe
uno comportarse en esas circunstancias, lo mejor es estarse quietos
y callados esperando que las cosas, desarrollándose alrededor, los
envuelva, los rodee, hasta que termine por volverlos invisibles—, no
faltará ni una sola de los docentes, ni las maestras de la escuela primaria,
ni los jóvenes profesores y profesoras de la flamante escuela secundaria
—varios de ellos han pasado por las aulas de la escuela primaria—,
cuando la estricta señora directora haga su entrada, un solo golpe de
su mirada de halcón le bastará para asegurarse de la presencia de cada
uno de ellos entre el público.

Así, una vez acabadas las presentaciones, el poeta, solo frente al
público, comenzará su lectura; y casi imperceptible o aun subrepticiamente
deslizará la presencia del manzano que «una mañana apareció
así lo mismo que una novia y abría los ojos pálidos, de seda», dejará
correr su ribera «rosa y dorada», evocará las «sombras alucinadas
de muselinas», dirá que «es una ramita lo que atraviesa olivamente
el aire, en la punta de un vuelo de nieve», y la voz delgada y atenta y
la dicción suavemente ceceante no oscilarán ni una vez sobre la más
mínima duda, aunque sus ojos perspicaces rocen, a veces, esos ojos que
lo miran entre curiosos, asombrados, lejanos o huidizos o avergonzados
desde las filas de butacas, porque él sabe, el poeta sabe, que contra
todas las resistencias hay algo que permanece, desguarnecido, frágil, en
cada uno, y es ese resto, esa huella de presencia humana antiquísima,
desolada, llaga de la entraña de lo sin nombre, que se esconde, sin
que nadie lo tenga en cuenta, muy adentro. Y sabe que, aun cuando
muy leve y fugazmente, es ahí donde retumbará un sonido, resurgirá
un eco, resonará un llamado, los tocará una nieve, los sorprenderá un
resplandor, los rozará un temblor insospechado y extraño.
Era eso simplemente, ahora ya no los retengo más. El tren acaba
de ponerse en marcha de nuevo. Mientras la voz del poeta, por esa
cualidad casi milagrosa de la imaginación, sigue diciendo:
Y sigue
lloviendo en mi
corazón,
lloviendo,
lloviendo,
lloviendo…

:

:

.

.

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:

:

Marilyn Contardi. Zenón Pereyra, 1936. Poeta, cineasta y traductora argentina. Fue profesora del Departamento de Español de la Universidad de Rennes, y desde 1985 es docente en la Universidad Nacional del Litoral desde. Su obra poética se compone de Los espacios del tiempo, El estrecho límite, Los patios y Cerca del paraíso, entre otros. Los títulos anteriores y poemas inéditos se encuentran en su obra reunida: En constante inconstancia, publicada por la Universidad Nacional de Entre Ríos en el 2018. Entre su obra cinematográfica destacan Zenón Pereyra, un pueblo de la colonización, Homenaje a Juan L. Ortiz, Momentos Musicales. La selección de los textos que componen esta muestra poética fue realizada por los poetas Luis Verdejo y Tania Favela.

La imagen que ilustra este post fue realizada a partir de un dibujo sin título de la artista venezolana Dazazás, 2020.
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