Visiones de «Savia al Mundo»

Oswaldo Flores Cumarín

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El poema también surge, como los árboles, de una tierra que se nos pronuncia bajo los pies, más emotiva e imaginal con los años, y abonada con la marcha ininterrumpida de la existencia. En Savia al Mundo [i] de Jhon Rivera Strédel (Caracas, 1992), esa metáfora, que en la vida es encarnada por el mundo vegetal, se deshoja en poemas de corto pero contundente aliento, que cumplen sobre el ávido suelo de cada página con el movimiento del follaje de un árbol frondoso.

Este poemario revela su condición de árbol hecho de palabras, que honra con su nombre a la savia: esa sustancia que a la merced lunar de la marea porta, debajo de la dura corteza, la vida frágil y poderosa de la estoica majestuosidad que son los árboles. El árbol y su poderosa imagen modulan este poemario que nos brinda imágenes sobre la importancia del cimiento, pues tanto para el poeta como para los árboles, la tierra cobra una importancia trascendental. En la poética de Strédel es la tierra, y su costado de realidad concreta, la que es reverenciada como morada iniciática y principio creador, pero también como esa estancia en el espíritu desde donde se observa y canta la sangre de todas las cosas.

Savia al Mundo, su primer poemario, publicado y editado bajo el sello dcir Ediciones en el año 2018, Strédel lo dedica, con la convicción de un devoto, a los Valles de Tacarigua. Dice: «reposado en sus árboles, en sus ríos, escuchando la savia que recorre todas las cosas, registré sus sonidos» (p.6). Su canta, entonces, entramada en dos partes, celebra tanto la presencia irrefrenable del terruño como el mundo que esa presencia presenta para sí; mientras que el tono breve del poemario, en palabras de su prologuista, José Ángel Leyva, combina trazos de escrituras breves como el haikú, el silogismo y el epigrama.

Sin embargo, más allá de las hormas universales, su poética se inserta en la tradición de la escritura breve venezolana, y se alimenta de la savia de poetas como Reynaldo Pérez Só, Teófilo Tortolero, Enriqueta Arvelo Larriva, Eugenio Montejo y Antonio Trujillo, incluyendo también a voces más contemporáneas como las de Néstor Mendoza y Víctor Manuel Pinto. De hecho, el epígrafe que corona el poemario hace honor a esta herencia en versos de Enriqueta Arvelo: «Gracias a los que fueron a buscar para mi sed y me dejaron ahí bebiéndome el agua de un mundo estremecido».

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ii

 

Un árbol es un hueso
dice la verdad (p.8).

 

Strédel inaugura su palabra con una invocación al árbol, y revela en su estoica serenidad una alusión a la condición humana en cuanto a la vida y el oficio, pues el árbol y el hombre están condenados a la tierra; uno por la condición ineludible de su raíz, el otro, por el precario peso de su existencia. Esta es una poética de lo vital insustituible y del poema como su despliegue, porque de la misma manera como en el árbol suceden al tronco las ramas, es este el rigor en su poema [en la apertura de su propia fronda]. Vivir es ese tallo firme, expuesto al tiempo y al hacha, el poema la débil rama que asoma y no puede sola ser árbol, pero sirve de extensión y medio a la vida. Para Strédel esta es un ars poética:

 

Que la vida tiene que estar
en el centro del tronco
y terminar en las ramas (p.8)

 

La savia que se ofrece al mundo en estos versos, esa verdad en condición de texto poético, no engaña, ni distrae ni supera a la existencia. Esa conciencia pesa en la poética de Strédel y despoja al poeta, porque, aunque el poema abra la corteza y destape la vida, siempre la herida abierta, que es el mundo, prevalecerá ante él; pues, como dice, aunque «este [el árbol/el hombre/el poeta] ofrezca/ su sabia al mundo/ debe estar ahí/ permanente al viento/ y a los helechos» (p.8). Sin embargo, la consagración de Strédel a la palabra poética le permite encontrar en el poema el milagro que en la vida es imposible, la verdad; esa savia secreta de las cosas que fluye y se presiente en su austera brevedad, y que es capaz de transformar el trance doloroso de la vida en liturgia, la mísera condición del hambre en el poderoso sacramento del ayuno.

Este es un nuevo canto a la terredad, recordando a Montejo, que esta vez no encuentra cántaro en el pájaro, sino en un hueso que en su craquetear anuncia la vuelta de un dolor antiquísimo que surge de la sordina del trabajo; entre las palas, las sierras y los serruchos del hombre que aspira, a penas, a dejar una morada entre su costillar gastado para el amor.  La poesía de Strédel se abre el pecho y desborda la savia de los cansados, de los usados siempre, de los timados que ya ni savia tienen para cantar:

 

Entre la bulla
de las sierras y los serruchos
se trabaja día y noche con las maderas

.

Se arman sillas
donde se sienta el hombre
la mesa donde come y pelea
y la cama donde descansa

:

Lo que viene del ruido
termina entero y callado
en la cama.  (p.14)

 

El poeta sabe del silencio de aquellos. De ellos hace crecer, como la flor en el pantano, este frondoso árbol que luego rasga en sacrificio ante nuestros ojos, para reverenciar con su esencia al prójimo más cercano; para cantar sus dolores y desgarrar, a tientas de una belleza (im)posible, los avatares de la tierra:

 

Nada que fuese construido
se logró en el sueño.

:

Se necesitaba tensión en los músculos
para trabajar.

:

Y nada queda acabado con un par de manos

:

Tuvieron que llegar las manos hermanas
para levantar las columnas
de este lugar honesto
donde con fricción
pulimos las piedras
y le damos un brillo distinto.  (p.15)

 

En Savia al Mundo la escritura es aquella mano hermana que, desde el padecer y el arrullar de los dolores, lucha por levantar una casa, un árbol, una fruta, una obra, cuya savia sean esas, las labores del mundo. Su poema da con una belleza entretejida en ello, como la trama que el árbol dibuja con sus sombras. Es el relato de todo aquello que solo puede ser visto a la sombra de lo solar, con la tristeza de los eternos oficiantes cuyas manos mudas pulen piedras para otorgar un brillo imperceptible a sus propios ojos. Strédel da voz a esos brillos para que puedan ser nuevamente percibidos. El pobre, el hombre que oficia la pala, aquel o aquella que lava los platos, las que tejiendo cavilan con una aguja silenciosa su propia herida; para ellos la nueva piedra, la del poema, cobra aquí su brillo:

 

La pala y el obrero son iguales
descansan poco
y su trajinar es intenso
hasta que se les caiga el mango
o la madera se les quiebre (p.19)

 

 

La aguja en la tela
Para que la mano cosa
La parte que se nos ha estropeado. (p.20)

 

 

…Los pobres no tienen muchos platos…

…Es tan grande el cuidado
hacia lo poco que tienen
que lo más oscuro
debe ser disuelto.  (p.18)

 

La poética de Savia al Mundo se concentra «en el sudor del hombre», y en ese camino encuentra la potencia de la verdad que funda su lenguaje. Entendemos con Strédel que la savia al mundo solo la ofrenda el poema que abandona la falsa y dura corteza del lenguaje, y busca su identidad en la palabra parca, pero justa y potente, que se fragua en la verdad de los trabajos y los días; donde encuentra su vital brevedad para destilar, extraer su zumo, hiriendo al impávido tallo de la vida para lograr el poema.

 

No puedo vivir en la concha
tengo que estar afuera
conocer el sudor del hombre (p. 11)

 

Savia al Mundo planta decididamente su poética entre los márgenes de la vida y el lenguaje; radical en tanto la enraíza, como el árbol, en la experiencia, y la despoja, a la vez, de toda corteza inútil.

 

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 [i] Jhon Rivera Strédel. Savia al Mundo. Caracas: dcir Ediciones, 2018, 46 págs

 

 

 

 

Oswaldo Flores Cumarín. Caracas, 1985. Poeta, docente y licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela.  Actualmente cursa la maestría de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Impartió talleres de aproximación a la escritura poética para la Fundación Casa de las Letras Andrés Bello, entre los años 2012 y 2016.  Fue miembro de talleres de lectura con los poetas Rafael Castillo Zapata (Celarg), Luis Alberto Crespo y Ximena Benítez (Monte Ávila Editores). Poemas suyos han sido publicados en distintos portales web como digo.palabra.txtLetralia y la revista Ciudad de la Hoz. Integró en 2019 el colectivo poético musical Los Cuatro grados del fuego, y el espacio poético alternativo La casa del Guachimán, en La Pastora, Caracas.

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Jhonathan De Aguiar
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